Cartafolio veneciano (XVII)


Para Claudio Rodríguez Fer, Venecia es Venus:

“Como Venus, Venecia naceu do mar. Quizais por iso ambas, Venus e Venecia, representan a Beleza: a beleza da muller convertida en deusa pola mitoloxía clásica, a beleza da urbe convertida en canon do fermoso pola literatura e polas artes. Acaso ningunha deusa foi máis exaltada que Venus e ninguna cidade foi máis admirada que Venecia. Porque o corpo de Venus é tanto unha Venecia como a cidade de Venecia un recinto venéreo: por algo se conserva no museo do pazo gótico florido Ca’ d’Oro unha solitaria ‘Venus ante o espello’ atribuída a Tiziano”.

Y si el artista olvida poner a disposición de Venus un espejo, ella lo termina encontrando, como la Venus itálica de Canova que se exhibe en una de las salas del Museo Civico Correr. Es una falsa Venus púdica: parece querer tapar su pubis con un paño y pierde todo su fingido recato al mostrar su espalda y su culo en la imagen que refleja un espejo. Se diría que incluso sabe bien que el azogue desgastado la embellece todavía más.

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De tanto mirar y remirar su propio reflejo, Venecia llegó a creer que los espejos únicamente podían devolver su imagen. Enamorada de ella, como Narciso, no podía permitir de ningún modo que le fuese hurtada. Por eso Venecia puso todo su empeño en guardar el secreto de la fabricación de espejos que en Europa y durante mucho tiempo sólo poseyeron los artesanos del vidrio de Murano.

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No son siete los pecados capitales representados en la decoración de una de las columnas del Palacio Ducal, sino ocho. Venecia añadió la vanidad, representada por una figura que se contempla en un espejo. Ella sabrá porqué, yo creo que también.

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Es indudable que el principal espejismo de Venecia es el agua. Pero no es menos cierto que él no basta para satisfacer el narcisismo de la ciudad, que siente la necesidad constante de buscar o inventar otros espejos. Por ejemplo, al caer la noche, la fachada de la Basílica de San Marcos se refleja en un escaparate del extremo opuesto de la Piazza, en la Fabbrica Nuova. El paseante, que creía haber dado la espalda al templo, se descubre avanzando hacia él. Por eso no tiene ninguna dificultad en disculpar la vanidad narcisista de Venecia, es más, la celebra con entusiasmo puesto que a ella debe tan fantásticos regalos.

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En los laterales del palco real del teatro de La Fenice los espejos han sido dispuestos de tal forma que crean el efecto túnel. Esa vertiginosa sensación de multiplicación hasta el infinito es la que Venecia causa una y otra vez.

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Venecia y la pintura, Venecia y la literatura, Venecia y la música, Venecia y el cine, Venecia y la fotografía. Venecia mirándose en todos los espejos hasta que la imagen especular deja de ser reverberación o reflejo para convertirse en la ciudad misma.

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La Scuola Grande di San Rocco pone a disposición de los visitantes espejos para que puedan apreciar con mayor comodidad las pinturas de Tintoretto que decoran el techo. Si el espectador mueve con cierta brusquedad el espejo mientras localiza la escena que desea contemplar, tendrá la alucinación psicodélica de los tintorettos en movimiento, envolviéndolo, persiguiéndolo, trabándolo, sometiéndolo, sojuzgándolo, subyugándolo. Se diría que el espejo pretende ayudar a las intenciones de Tintoretto en San Rocco, como si eso fuese necesario.

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Parece más que pertinente la sospecha de que las fórmulas del spritz al aperol y el bellini se obtuvieron con el único propósito de conseguir dos de los colores de Venecia. Especialmente evidente resulta en el caso del bellini, al que delata su nombre y nuestra boca, donde nunca se terminan de mezclar los sabores del prosecco y el zumo de melocotón, tal y como reclamaría un cóctel realmente serio.

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Los techos de madera que cubren las iglesias de San Giacomo dall’Orio, San Stefano y San Polo son espejos que reflejan la imagen invertida de la carena de un barco veneciano.

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A los cristales que, sujetos por molduras doradas según el gusto bizantino, cubren las pinturas que decoran las paredes del café Florian les ha sido encomendado el trabajo de protegerlas. Pero su verdadera vocación es la de espejos deslumbrados por las luces venecianas.

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El nombre de Venezia es el espejo literal en el que se mira la "z" del Gran Canal.

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El traghetto cruza de una a otra orilla sorteando lanchas y vaporetti, zigzagueando con profusión de zetas que son el reflejo acuático del cauce del Gran Canal.

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En los espejos venecianos vi reflejada mi propia imagen, sin comprender que me acusaban del mismo narcisismo que me tiene aquí escribiéndome en Venecia.

Cartafolio veneciano (XVI)

Cuando los turistas rescatan del olvido a los insectos es casi siempre para maldecirlos por su saña aguijoneadora. No sucede así en Venecia, que invita a afectar el vuelo de una libélula para validar la tarjeta de transporte antes de viajar en vaporetto.


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En la noche anterior a la festividad del Redentore, el gran espectáculo no lo constituyen los fuegos de artificio, absolutamente modestos en comparación con el derroche de pólvora que acostumbra aquí hasta el más pequeño pueblo, sino el regreso de las embarcaciones que por millares se han concentrado en el Bacino San Marco para contemplar la pirotecnia. Cuando todavía no se ha disipado la densa nube de humo de los fuegos, remontan el Gran Canal con sus farolillos encendidos, componiendo una maravillosa procesión de luciérnagas blancas, verdes y rojas. Resulta indignante que la policía desaloje, expeditivamente y de muy malas maneras, el puente de la Accademia, impidiéndonos disfrutar de esa estampa única y hermosísima. No tengo vocación de chivata, pero considero más que justificada la denuncia contra la insensibilidad policial que deslicé en una bocca di leone.

Cartafolio veneciano (XV)


No es que tenga especial devoción por Pietro Longhi, pero deseaba ver su cuadro L’elefante. Las reproducciones me recuerdan a dos elefantes posteriores: el del Goya, Disparate de bestia (Disparate nº 21), y el de Eugenio F. Granell, en una de las serigrafías incluidas en Rastros de vida e poesía. Preparando el viaje a Venecia, me decepciono al descubrir que el cuadro de Longhi no se conserva en la ciudad, sino en Vicenza. Durante mi viaje, me decepciono al comprobar que no puedo consolarme siquiera con otro ejemplar de fauna exótica debido a Longhi, La mostra del rinoceronte, que Ca’ Rezzonico tenía en préstamo.

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Al final, Venecia decide compensar mi pequeña decepción y me regala un elefante. Es el que se arrima a la base de una de las columnas que flanquean la puerta de entrada de la Scuola Grande di San Rocco. Pequeño, está muy lejos de poseer la envergadura que le permita sujetar la columna, como hace con un obelisco egipcio el elefante de Gian Lorenzo Bernini que se encuentra en Roma, junto al Panteón y la iglesia de Santa Maria sopra Minerva. Me pregunto si este elefante veneciano no sería el capricho de un escultor que añoraba a algún otro.

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Stendhal me da noticia, noticia que también participó en su día a Byron, de un escritor que le fascinaba. Se trata de Pietro Buratti, autor de Elefanteide. Storia verissima dell’elefante. Me falta tiempo para salir disparada a hacer algunas averiguaciones sobre la obra. El resultado de las pesquisas indica Buratti se inspiró en un hecho real, la peripecia de un elefante que había sido traído a la ciudad y era exhibido en la Riva degli Schiavoni a la incredulidad de los venecianos. Al llegar la noche, el animal decidió recuperar la libertad y darse un paseo que le llevó al interior de la iglesia Sant’Antonino en el sestiere de Castello. Allí fue apresado por los alabarderos de la República que lo perseguían. Las autoridades ordenaron matar al elefante, por rebelde y sacrílego. Buratti situó este episodio en el Carvanal de Venecia de 1819 y lo narró en un centenar de octavas de versos endecasílabos en lengua veneciana. En su poema, el elefante es presentado como una criatura de formidable potencia sexual e inteligencia, desde luego muy superior a los funcionarios estatales que decretaron su muerte. Es difícil saber si Buratti, cuando escribió con su habitual genio satírico la Elefantiada, era consciente de que la obra iba a ser censurada y él mismo arrestado. Pietro Buratti se convertía así en uno de esos insumisos que los poderes y el estado nunca toleran, una estirpe simbolizada en su obra por el elefante.

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Mejor que un elefante entrando en una cacharrería, un elefante entrando en Sant’Antonino.

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San Marcos y el león alado fueron los símbolos en los que afirmó su independencia la Serenísima República con respecto al papado de Roma. El elefante de Pietro Buratti puede ser considerado un símbolo de la insumisión contra el estado veneciano. El león declara su rebeldía civil frente a la teocracia. El elefante proclama su rebeldía individualista frente a la plutocracia y mesocracia de todos los estados. ¡Qué magnífica pareja!

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Encuentro en una librería de lance de Rio terrà dei Assassini un libro de fotografías del Novecento pertenecientes al archivo del Gazzetino de Venezia. En él se incluye una imagen de 1907 que, según informa el pie, muestra a la elefanta Gelsomina encaramada a un barril frente al estudio fotográfico Ferretto en la Piazza Bressa de Treviso. Está rodeada por un grupo de hombres, todos con bombín y muchos bigotes, que prestan más atención al fotógrafo que al animal. No puedo evitar el deseo de que Gelsomina, imitando al elefante de Buratti, salga huyendo de la escena para recuperar su dignidad de animal salvaje y recordar a los hombres su doméstica mansedumbre.

Cartafolio veneciano (XIV)


En la Piazza de San Marco unos carteles avisan de la prohibición de dar de comer a las palomas. El ave que en ellos aparece tiene plumas que parecen púas, la cresta enorme y tiesa de un gallo de pelea, el caparazón de una tortuga, un cabeza que es todo pico y por patas, los afilados dientes de un serrucho. Si este ejemplar del bestiario veneciano fue diseñado, como parece evidente, para resultar amenazador, constituye un rotundo fracaso. Porque el caso es que no intimida a nadie y, desde luego, no disuade a los visitantes de alimentar a las palomas. De lo que cabe deducir que la caricatura sólo tiene éxito si es capaz de evocar un referente ideal que el espectador guarda en su memoria; cuando eso sucede, estará dispuesto no sólo a admitir la distorsión caricaturesca, sino a contemplarla como el más eficaz retrato. La caricatura tiene mucho más difícil el éxito cuando su modelo real anda demasiado cerca, permitiendo la confrontación de la representación con lo representado. Nadie reconoce en el engendro de los carteles a estas palomas que revolotean alborotadas, pero pacíficas, alrededor de un niño que les da de comer en San Marcos.

Cartafolio veneciano (XIII)


La evocación de los caballos venecianos y, en particular, de la estatua ecuestre del condottiero Bartolomeo Colleoni, obra de Andrea Verrocchio, trajo a la memoria de Juan Rof Carballo el recuerdo de la lectura infantil de un artículo de Corpus Barga sobre la fauna equina madrileña. Quién sabe si el texto sería uno de los recogidos en Paseos por Madrid, aquel en el que protestaba por toda aquella “caballería aérea para cocearnos la mirada” con la que los arquitectos estaban rematando los edificios de la Gran Vía y Alcalá. O tal vez fuese aquel otro en el que juzgaba la estatua ecuestre de Felipe IV, obra de Pietro Tacca, en la Plaza de Oriente, como la mejor de Madrid y de cualquier otra ciudad del mundo, más genial incluso que la del Colleone. Rof Carballo me lleva de Venecia a Madrid y Corpus Barga, de Madrid a Venecia. Me fascina descubrir dos artículos que riman, tanto como cabalgar por los corredores que abren entre las dos ciudades.

[Imagen: Rimozione del monumento equestre di Bartolomeo Colleoni; Venezia; 1915-1918. Foto Archivio Storico Trevigiano–Treviso].

Cartafolio veneciano (XII)

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“Pienso –escribió Juan Rof Carballo sobre los gatos venecianos– que son dogos desdichados o crueles, pecadores y rapaces, a los que se les ha concedido a la vez la merced y el castigo de continuar habitando la ciudad portentosa”. Para el lucense, los gatos componían una misteriosa Santa Compaña en procesión desde la Piazzetta a Santa Maria dei Frari y esa imagen tal vez es la más hermosa de todas cuantas he leído a propósito de los felinos. Pero todas ellas no son más que evocaciones literarias de un pasado que ya es historia. Sea porque los dogos han ganado el cielo después de su purgatorio gatuno o, más prosaicamente, porque los animales fueron exterminados sin piedad por las autoridades locales, lo cierto es que no queda ni rastro de la población felina que antaño fue tan numerosa. Yo, desde luego, no puedo decir haber visto ni un solo gato deambulando por las calles y esa debe de ser una de las mudanzas más radicales del paisaje urbano veneciano de los últimos siglos.
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El único gato veneciano que recuerdo haber visto es el que sujeta un niño en el lienzo L’ultima Cena, de Tintoretto, que cuelga en la sacristía de la iglesia de Santo Stefano. Sin embargo, sería larga la enumeración de los perros que aparecen en la pintura veneciana. Desde luego, encabezando la lista estarían los de Vittore Carpaccio, que unas veces son una presencia importante en el cuadro (Visione di Sant’Agostino) y otras, un detalle casi inadvertido a bordo de una góndola (Miracolo della Reliquia della Croce). Carpaccio siempre les buscaba un sitio, aunque fuese ciertamente incómodo, como el que le concedió al perro, literalmente acogotado por una espada, en el retrato de un caballero que se muestra en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. En la pareja, reñida hasta la disyuntiva, de perros y gatos, Carpaccio y los pintores venecianos siempre declararon su indiscutible preferencia por los canes.

Cartafolio veneciano (XI)


En Venecia se ha contado el número de puentes y de canales, pero nadie podrá nunca jamás contar el número de leones, el animal que identifica a la Serenísima República desde que adoptó a San Marcos como patrón. Sólo en la Porta della Carta del Palacio Ducal hay setenta y cinco leones, según la contabilidad con la que se entretuvo Edward Verrall Lucas. Por su parte, Jan Morris elaboró una tipología, que no será completa, porque ninguna lo podría ser, pero que sí permite hacerse una idea de la infinita pluralidad. Me parece fabulosa y no me resisto a reproducirla:

“La ciudad rebosa de leones, leones alados y leones normales, leones grandiosos y leones raquíticos, leones en los portales, leones que sujetan ventanas, leones en ménsulas, leones orondos en los jardines, leones rampantes, leones soporíferos, leones amables, leones feroces, leones destartalados, leones vivaces, leones muertos, leones que se pudren, leone en chimeneas, en macetas, en cancelas de jardín, en divisas, en medallones, acechando entre el follaje, leones descarados encima de columnas, leones en banderas, leones en tumbas, leones en cuadros, leones a los pies de las estatuas, leones realistas, leones simbólicos, leones heráldicos, leones arcaicos, leones mutilados, leones de quimera, medioleones, superleones, leones con cola larguísima, leones con plumas, leones con joyas por ojos, leones de mármol, leones de pórfido y un león real, extraído de la vida, tal como dice el artista con orgullo, por el infatigable Longhi y colgado, entre el resto de sus cuadros de genre en la galería Querini-Stampalia. Hay leones griegos, leones góticos, leones bizantinos e incluso leones hititas. […] Todas las placas de hierro de compañías de seguros tienen un león alado, e incluso aparece un león apesadumbrado al pie de la Cruz en una pintura de la Scuola de San Marco”.

Tal es la variedad, que hay leones para todos los gustos. Y Jan Morris no oculta el suyo propio y elige, entre tal profusión leonina, aquellos que le resultan más imperiales, más feos, más tontos, más misteriosos, más modestos, más directos, más patéticos, más desnutridos, más vistosos, más indecisos, más seniles, más sufridos, más francos, más enigmáticos, más seguros de sí, más atléticos, más amenazadores, más reprochadores; y se detiene antes de confesar cuál es el que le parece el más alegre entre todos. Jan Morris tiene razón al hablar de la “obsesión chiflada” que siempre ha provocado el león en los venecianos. Y que continúa afectándoles, porque lejos de estar cansados del felino, lo siguen colocando en forma de aldabones y aldabillas en sus puertas, para complicar todavía más, como si eso fuera necesario, la vida al inverosímil osado que un día decidiese acometer la misión imposible de contabilizar el derroche de leones. Por otra parte, hay que advertir al futuro visitante de Venecia –y éste ha de tomar buena nota, porque el aviso no consta en ninguna guía de la ciudad– que esa “obsesión chiflada” es absolutamente contagiosa.

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Los leones más cursis y redichos de Venecia son los que decoran la tapia que rodea el Palazzo Cavalli-Franchetti, en uno de los extremos del puente de la Accademia. Es insoportable la arrogancia presuntuosa de esos lechuguinos que han hecho la permanente a sus melenas hasta que parezcan chorreras postizas.

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Los tres leones que se encuentran a la izquierda de la puerta del Arsenal parecen la representación de las tres edades del león. Sólo el mayor gira la cabeza para mirarse a sí mismo en dos momentos anteriores. Los leones deben de ser, como nosotros, sólo memoria.

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Excusa improvisada para prolongar el paseo nocturno por la ciudad de los leones: No nos iremos a dormir hasta encontrar un león que nos eche la lengua. De madrugada, dimos con el león más impertinente e inoportuno de toda Venecia, el que se burló de nosotros y nos mandó a la cama. Venecia leonina y lúdica.

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Dos de los leones que más me fascinaron son obra de Carpaccio. El primero, Il leone andante di San Marco, se encuentra en el Palacio Ducal. El segundo, el que aparece en San Gerolamo e il leone nel convento, está en la Scuola di San Giorgio degli Schiavoni. El primero es un león alado, imponente, que posa una de sus patas delanteras en el libro con la consabida leyenda, Pax tibi, Marce, Evangelista meus. Es un león que, como todos y cada uno de los detalles del Palacio que lo acoge, pero quizás mejor que cualquiera de ellos, proclama la grandeza de la Serenísima República. Un león para la propaganda. El segundo león, el que acompaña a San Jerónimo en su entrada en el convento, tuerce la cabeza en un gesto manso como si fuera un inofensivo y tierno gatito. Convierte en cómico el susto de los monjes que, con revuelo de hábitos, salen corriendo despavoridos al verlo. Un león para una viñeta de cómic. Resulta realmente increíble que los dos leones se deban al mismo pintor.

Cartafolio veneciano (X)


Emergiendo del agua de la laguna, del Gran Canal y de los pequeños canales, los pilotes; sobre el recuerdo del agua de la lluvia que almacenaron, las vere da pozzo; sobre el agua de los canales, los puentes; buscando el cielo, las chimeneas; suspendidos en el aire, las altane; entre el cielo y la tierra, las torres inclinadas; entre dos pasajes, el misterio de los sottopòrteghi. Todos estos elementos, pilotes, brocales de pozo, puentes, chimeneas, altane, torres y sottopòrteghi, aparecen repetidos constantemente en Venecia. Sin embargo, la reiteración nunca cansa, porque en cada aparición el modelo adquiere una prodigiosa diversidad, una imaginativa originalidad. Esta modesta y delicada arquitectura veneciana define la personalidad de la ciudad, tanto como lo pueda hacer la distinción aristocrática o eclesiástica de palacios, iglesias y scuolas.

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En el Miracolo della Reliquia della Croce al ponte di Rialto de Carpaccio, que se expone en las Gallerie dell’Accademia, descubrí lo antigua que es la escasamente publicitada vocación aérea de Venecia que expresan sus chimeneas y altane.

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Los puentes venecianos han borrado la memoria de que la Utopía no es una isla, sino un archipiélago.

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Como si a Venecia no le bastasen sus más de cuatrocientos cincuenta puentes, celebra dos de sus fiestas, las del Redentore y las de la Salute, tendiendo pontones provisionales con barcazas; uno, sobre el canal de la Giudecca y el otro, sobre el Canalazzo. Venecia convierte en fiesta la necesidad atávica de puentes.


[Tercera imagen: Ponte della Canonica-Venice, de John Singer Sargent].

Cartafolio veneciano (IX)

José Luis García Martín confesó: “Si en este momento me preguntaran: ¿cuál es tu máxima aspiración en la vida?, ¿qué esperas llegar a ser?, respondería sin dudarlo un momento: peatón en Venecia”. Que nadie se equivoque; parece modesta esa aspiración peatonal, pero constituye la ambición más descomunal que puede albergarse. Es exactamente la mía.

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En un par de ocasiones, patosa como soy y distraída como estaba admirando la ciudad, a punto me encontré de terminar en el agua de los canales venecianos. Fui salvada del chapuzón y debería estar agradecida, pero es que, al tiempo, me robaron la posibilidad de inscribir mi nombre en la gloriosa lista diaria de los que van a parar a los canales; una lista que el Gazzettino di Venezia publicaba en otros tiempos y que, desde luego, debería recuperar urgentemente.

Cartafolio veneciano (VIII)

Tenía intención de buscar el libro, pero no lo estaba haciendo. Fue de un modo completamente casual -como cualquiera lo creerá si digo que se trataba de mi primer paseo en una ciudad que es un laberinto- que me topé con Filippi, la librería editora de Curiosità veneziane, de Giuseppe Tassini. Deseaba el libro como guía por la historia menuda que cuentan los nombres del callejero veneciano; y allí estaba. Venecia, guiñándome un ojo.

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Advertencia leal a los poetas. Absténganse de la lectura del libro de Giuseppe Tassini, que dinamita sin pensárselo dos veces cualquier metáfora que ustedes hayan encontrado en la ciudad. Esa es la intención iconoclasta de la información que recuerda que la Calle del Paradiso debe su nombre al apellido de una familia patricia. Con material tan prosaico, ciertamente, no hay manera.

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Advertencia leal a los novelistas. Corran a leer el libro de Giuseppe Tassini, cantera de mil historias. Por ejemplo, la del Sottopòrtego y la Corte del Paradiso, cerca de la Ruga Giuffa de Santa Maria Formosa, que llevaron en otro tiempo el nombre dell’Inferno. Con material tan poético, la novela se escribe sola.

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Basta con citar los nombres de las calles y campi venecianos que se recorren en un itinerario cualquiera. La mera enumeración ya resulta literaria, de tan preñados como están esos lugares y sus nombres de historias y leyendas. No lo digo con malicia, ni en descrédito de la literatura de tema veneciano. Me limito a constatar las facilidades que regala la ciudad a los escritores. Por el mismo motivo, pasear por Venecia es leer el libro más fantástico e insuperable que sobre Venecia se haya escrito.

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Leer, al regresar al hotel, el libro de Giuseppe Tassini, que desvela los secretos que guardan los nissioéti, las "sabanitas" con los nombres del callejero, no es leer; es reiniciar el paseo por Venecia.

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No busqué la explicación que ofrece Tassini sobre el origen del nombre del Ponte della Cortesia, porque, por una vez, me resultaría completamente indiferente. Para mí se llama así porque un veneciano intentó abrirse paso entre los turistas que lo colapsábamos con un apresurado pero amable requerimiento: “¡Permesso, permesso!”.

Cartafolio veneciano (VII)

Siempre me ha fascinado la nomenclatura veneciana. Los nombres del callejero (calle, campo, campiello, piazza, piazzete, piazzale, strada, vie, corte, sotopòrtego, liste, crosère, ramo, rughe, salizada, rio terrà, fundamenta, canale, canalazzo, rio, bacino, dàrsena, pissìna, squèro), de las embarcaciones (gondola, traghetto, sandolo, vaporetto, motoscafo, topo, trabaccolo, cavallina, viperra, bissona), de los pilotes (palina, dama, bricola), de las pasarelas móviles que se utilizaron siglos atrás para cruzar los canales (tòpe, sàndoli, mascaréte, s’ciopóni, peàte, puparìmi, caorline, sanpieròte o toletta) y de los islotes de la laguna (canneti, barene, velme, ghebi). La riqueza y singularidad de un vocabulario casi siempre sin traducción fue la intuición de una ciudad única. El vocabulario inventado habla de la formidable potencia creadora de Venecia.

Cartafolio veneciano (VI)


El modo de llegar a Venecia es una de las convicciones en las que se parapetan, absolutamente irreductibles, quienes han viajado a ella en alguna ocasión. No es la única; acostumbran poseer y pregonar muchas más. Casi todas se refieren a la hora en que hay que hacer tal o cual cosa. Señalan un momento, exacto e ineludible, en el que tomar un café en el Florian, un spritz en cierto campo o un cicheto e un’ombra en una de las tabernas próximas a Rialto. No es otro el instante en el que disfrutar de las vistas desde las Zattere que el que ellos indican. Defienden que hay que visitar la Basílica de San Marcos en el momento del día, ni antes ni después, en que la luz del sol entra en el templo incendiando los mosaicos, porque de otra forma no podremos decir que conocemos el templo. Pero es el crepúsculo el momento de mayor prestigio de Venecia y de todas las islas de la laguna, cuando el visitante ha de apresurarse si quiere atender todos sus deberes, como regresar a Venecia desde el Lido o pasear por Torcello. ¿Han tomado buena nota de las recomendaciones? ¿Sí? Pues olvídenlas. A no ser que no les importe enloquecer planificando el día en Venecia según esos usos y husos horarios. Por otra parte, la hora en el que uno toma su café en el Florian o en el Quadri y aquella en la uno se aproxima en un vaporetto a la Riva degli Schiavoni, el Palacio Ducal y la Piazzeta siempre será la hora.

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Esos que dicen que cada lugar de Venecia tiene su hora y cada hora veneciana, su mejor escenario, son peligrosos lobos desacreditadores de la ciudad que se hacen escuchar al presentarse disfrazados con las pieles de cordero de su supuesto amor por Venecia. En realidad, no saben apreciar la belleza de cualquier rincón y de cualquier momento en Venecia. Hacen casi tanto daño a la ciudad como aquellos que difundieron la especie de que Venecia es sólo un destino adecuado para un estado de ánimo, ya sea el de lánguidos, deprimidos y decimonónicos románticos o el de empalagosas parejas de enamorados que desean mecerse en una góndola.

Cartafolio veneciano (V)


Aquella postal remitida desde Venecia decía que la ciudad también nos esperaba a nosotros. Y eso fue, exactamente, lo que Venecia nos hizo creer, que había atravesado los siglos mientras nos aguardaba. Venecia mintió de un modo tan convincente como debe hacerlo para todo el mundo.

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Con precisión más acorde con el libro de estilo del periodismo que del relato legendario, está señalada en el almanaque la fecha de la fundación de Venecia: el viernes 25 de marzo del año 421, exactamente a las doce del mediodía. Venecia inventa y dibuja con minuciosa puntualidad los perfiles vagos y difuminados de sus leyendas y también de nuestros sueños.

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Venecia era una obsesión que me acompañaba desde hacía mucho tiempo. Venecia, por fin, es un sueño hecho realidad. Esto, dicho así, resulta de una vulgaridad absoluta. Es lo que parece: el lema publicitario de un hotel en el cartel de un vaporetto. “Il tuo sogno diventa realtà”.
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Ramón Gómez de la Serna escribió: “El que está en Venecia es el engañado que cree estar en Venecia. El que sueña con Venecia es el que está en Venecia”. Yo estuve en Venecia cuando creía estar en Venecia. No hubo engaño: por las noches, mientras dormía, sólo soñaba con la ciudad. Por la noche y por el día, Venecia es una experiencia onírica.

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Escribo para convencer al sueño de mi presencia en él.

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Venecia ocupa el espacio fronterizo que se encuentra entre el mar y la tierra, entre Oriente y Occidente, entre la historia y el mito, entre la memoria y el deseo, entre el urbanismo y la poesía, entre la vigilia y el sueño. Y Venecia hace lo único que cabe hacer con las fronteras: violarlas.

Cartafolio veneciano (IV)

Cualquiera que escriba sobre Venecia parece sentir la obligación de describir las primeras impresiones que la ciudad le ha causado. Yo renuncio a presentarme a ese examen. Entre otras razones, porque mis primeras impresiones fueron ya escritas, con una fidelidad premonitoria que consigue desasosegarme, por Henri de Régnier:

"[...] es con el espíritu lleno de tu presencia que regresé hacia ti. Dado el paso, y sobrepasados los diques que te defienden de la pleamar, desde el navío que nos llevaba, te divisé, una mañana. ¿Eras tú? Me parecía, a medida que nos aproximábamos, que era mi recuerdo que te construía para mí. Todo lo que deseaba de ti se realizaba en un instante por un prodigio que me parecía natural. Luego, estuviste allí, auténtica, pero tan maravillosa y tan frágil, bajo un cielo transparente como el cristal, que tuve miedo de que sólo fueras la imagen de mi ilusión, evocada por la fuerza de mi deseo y cuyo espectáculo, destruido al menor golpe, sólo dejaría de ella, encima del espejo surcado de la laguna, el infructuoso vapor de una nube irisada”.

Cartafolio veneciano (III)

Thomas Mann hizo pensar a Gustav Aschenbach que “llegar a Venecia por tierra, desde la estación, era como entrar en un palacio por la puerta de servicio, y que sólo como él lo estaba haciendo, en barco y desde alta mar, debía llegarse a la más inverosímil de las ciudades”. Pues bien, Aschenbach comparte el pecado de todo aquel que viaja a Venecia: creer que el mejor modo de llegar a la ciudad es el propio. Por esa razón, quienes tuvieron la primera visión de Venecia nada más salir de la estación de Santa Lucia no conciben otro medio de llegar que no sea el ferrocarril. En definitiva, lo que para unos no es más que una puerta de servicio, para otros constituye el fastuoso pórtico que franquea realmente la entrada en Venecia, el único y el que no se cansan de publicitar. No tengo el propósito de polemizar con nadie, pero sí mi propio criterio al respecto. Si lo dejase por escrito, vendría a ser el elogio de la llegada a Venecia en avión, que debe ser el medio de transporte más comúnmente utilizado y que fue, ni que decir tiene, el mío. En el texto celebraría con entusiasmo la posibilidad que ofrece el viaje aéreo, si uno es afortunado y el día despejado, de contemplar la primera veduta de Venecia, anticipo de otras que el viajero encontrará en los museos y reproducidas en algunas postales, y también de constatar que no es un cuento eso de que Venecia es un pez. Convertiría al viajero en un pájaro más de la laguna, sobrevolándola mientras localiza una presa piscícola propiciatoria. Explotaría y retorcería esa imagen todo lo que pudiese, para lo que me valdría del largo catálogo de aves que el arte veneciano esculpió en piedra o compuso en mosaicos. Creo que el elogio podría quedar muy resultón, con sus pinceladas poéticas y todo. También sería, por supuesto, completamente ineficaz a la hora de persuadir a quienes hayan llegado en alguna ocasión a Venecia por otros medios que la próxima vez deberán hacerlo en un avión que aterrice en el aeropuerto con el nombre más fantástico al que un aeropuerto puede aspirar: Marco Polo.

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Porque un taxi me llevó por carreteras acuáticas desde el aeropuerto Marco Polo a Venecia, soy capaz de entender el deseo que sintió Aschenbach de que su travesía en góndola hasta el Lido no terminase nunca: “¡Ojalá fuera eterna!”. Un deseo que no tuvo a bien concederle Thomas Mann, quien en escasos párrafos y expeditivamente lo colocó en su destino, pero sí Luchino Visconti, que demoró ese pasaje todo lo que se puede cinematográficamente, sugiriendo la eternidad del instante anhelada por Aschenbach.