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Deogracias Gratis et Amore (IV)




Aunque no era una de aquellas polillas periodísticas de la especie de Deogracias Gratis et Amore, Mariano de Cavia también cayó en la trampa arácnida de algunos editores:

«El director de un semanario vino a pedirme alguna cosita, según la frase consagrada.
No se crea que este director cultivaba el ‘sablazo literario’ en la forma rudimentaria y primitiva de los que den cosas gratis, con o sin amore.
Semejante sistema está ya mandado recoger, gracias al progreso de los tiempos, con el cual es incompatible hasta la famosa y socorrida fórmula de Mr. Buloz, el fundador de la Revue des Deux Mondes:
―Cuando se escribe por primera vez en mi revista, no se cobra. Bastante recompensa es la admisión y publicación del trabajo.
No; ni siquiera este tono se daba el director del semanario a que me refiero. El hombre era de los que pagan, y de los que pagan con puntualidad.
Eso del ‘pago’ y eso de la ‘puntualidad’, palabras archiseductoras en este país donde la escuela único que prospera y triunfa
es la mágica escuela
de Guzmán de Alfarache
y Perico Manguela
hacen caer en la red a mucho incautos, y a mucho imprevisores, y a muchos tímidos, que se mueren de vergüenza antes que decir:
―Y por esto que usted me pide, ¿cuánto me va usted a dar?
Más tarde se dice (¡ya lo creo que se dice!) con más o menos rodeos, pero, entre tanto, se regala la doncellez, y al ir a cobrar ‘puntualmente’ el trabajo que se entregó, se cobra una cantidad… irrisoria.
―El semanario –le dicen a usted– no puede pagar más.
Y exclama usted como he exclamado yo más de dos veces (porque más de dos veces he caído en el lazo):
―¡Caracoles! Eso del ‘pago’ y eso de la ‘puntualidad’ es un disfraz del sablazo. Un sablazo sin filo y sin punta, pero sablazo al fin».

Mariano de Cavia
“Crónicas momentáneas. Sablazos literarios”

Papel, tinta, plomo y café con media




Para hacer un periódico se precisa una inteligencia empresarial, una inteligencia editorial y una tropa de reporteros, pero no basta. O, al menos, no bastaba cuando el periodismo solo podía fabricarse a base de papel, tinta y plomo. En 1917, Tovar se puso a calcular los raudales consumidos por El Imparcial en cincuenta años:

1. En efectivo metálico, el saco de duros hace sombra a la fachada principal del Banco de España.

2. Con la bobina del papel para hacer las hojas del periódico habrá para envolver a España entera.

3. De plumas, un elefante resultaría un acerico.

4. Todos los pinares de la Península son insuficientes para producir la goma gastada.

5. En tiempo y saliva malgastada, ustedes compararán.

6. La torre Eiffel resulta una tontería al lado de las cuartillas escritas.

7. Todos los sastres que conocemos no han cortado ni recortado lo que nosotros.

8. Con la cinta telegráfica de nuestro servicio habría para hacerle una corbata al globo terráqueo.

9. De fósforo gastado, mucho más y mejor que lo qe ha fabricado el monopolio de cerillas.

10. De tintas… ¡la mar!

11. De tipos de imprenta hemos hecho más derroche de plomo que en la guerra europea.

12. Y de cafés con media, podría llenarse la Plaza de Toros de Madrid (esto por cuenta de los interesados).


 
En efecto, el periodismo decimonónico se hizo bajo los efectos moderadamente excitantes de la cafeína rebajada con leche y la media tostada. Pocos fueron los disidentes del café, partidarios de brebajes más fuertes: a mediados del XIX, resultaba exótica la afición de Ortega Munilla a la cerveza, y excesivo, según los maledicentes, el gusto de Mariano de Cavia por el vino. Todavía faltaba mucho para que el whisky corriese por las redacciones. Me parece a mí que no están suficientemente estudiadas las secuelas que estos y otros estupefacientes posteriores han dejado en la prosa informativa de cada época, en la puesta en marcha de la función nerviosa del periodismo.