Cartafolio veneciano (XXXII)

Nocturno de la Piazza de San Marco. La orquesta del Caffè Quadri toca el tema principal de la banda sonora de la película Titanic. Rigurosamente cierto. Todavía desconcertada, no sé si tengo que interpretar aquello como una muestra del sentido del humor veneciano o como el síntoma de un espíritu refractario a la superstición.

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Tenía entendido que la noche era uno de los grandes momentos de Venecia. Lamento discrepar. Venecia no me parece una de esas ciudades que ofrecen de madrugada secretos y encantos inéditos a la luz del día o que se reinventan en la oscuridad nocturna gracias a los efectos del alumbrado eléctrico, que aquí es muy precario. Así es que Venecia sigue siendo Venecia por la noche, con el grave inconveniente de que se la ve con dificultad.

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Toda la luz de Venecia se refugia al llegar la noche en las fachadas de la Iglesia y la Scuola Grande di San Rocco.

Cartafolio veneciano (XXXI)


Había una insólita megalomanía o tal vez sólo un modesto deseo de no desmerecer la belleza de Venecia en aquella farola que creía ser la luna.

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Cuando Ánxel Fole, mientras todavía estaba describiendo una escena o relatando una anécdota para su Cartafolio de Lugo, ya percibía el futuro escepticismo o incredulidad de sus lectores, lo intentaba atajar con el añadido final de una muletilla muy suya: “Rigurosamente histórico”. La fórmula, con ligeras variaciones, reaparece cuando el periodista no desea que su crónica retrospectiva pase por cuento o invención. Por un motivo muy similar, he sentido la necesidad de colocar la foto de la farola veneciana que pretendía ser la luna llena sobre la Basílica de San Marcos. No fuera a pensar alguien que intentaba hacer literatura.

Cartafolio veneciano (XXX)


He llegado a convencerme de que no hay casa o palacio en Venecia que no haya acogido, en algún momento de su historia, a un insigne huésped, tal es la profusión de placas en las fachadas que acreditan la estancia de un escritor, un pintor o un músico. Pero la más hermosa de todas es la que descubro mientras aguardo a que abra el Palazzo Vernier dei Leoni para ver la colección de arte reunida por Peggy Guggenheim. Muy cerca, en el muro del jardín del Palazzo Dario que mira al Campiello Barbaro, una inscripción recuerda que allí se alojó Henri de Régnier, quien “venezianamente visse e scrisse”. Sin duda alguna, el mayor reconocimiento que puede dispensar Venecia, a la que, es evidente, le trae al pairo lo que digan esos críticos que consideran la prosa de Régnier démodé.

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Christian Doppler, el matemático y físico austríaco que dio explicación al efecto que lleva su nombre, falleció en Venecia el 17 de marzo de 1853. Una placa en el número 4134 de la Riva degli Schiavoni lo recuerda. Se diría que Venecia le ha concedido la placa, reconocimiento que parece reservar en exclusiva para los artistas, porque advierte la sustancia poética de la materia de sus estudios.

[Imagen: Le Palais Dario, de Claude Monet (1908)].

Cartafolio veneciano (XXIX)


La Venecia que vi relucía bajo el sol y desbordaba alegría. No sé si un viaje en otra estación del año, en otoño o invierno, con acqua alta, corregiría esta impresión. Probablemente no. Al fin y al cabo, uno termina encontrando lo que busca. Por eso, los románticos del siglo XIX descubrieron en Venecia una ruina melancólica ahogándose. Por la misma razón, Corpus Barga, en el año 34 del siglo XX, al tener noticia de que las góndolas atravesaban la plaza de San Marcos inundada, en lugar de darse a sombrías elucubraciones, pidió urgentemente billete para el primer hidroavión con destino a Venecia: “Las gloriosas palomas de la plaza, ante el grave problema de no poder posarse en ella, estarán convirtiéndose en cisnes”.

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Los temas mitológicos siempre fueron del gusto de Venecia, como demuestra su arte. Es más, la ciudad inventó su propia mitología. Por eso, Venecia está en las mejores condiciones para saber apreciar esa imagen de las palomas convertidas en cisnes. Una fantástica y poética metamorfosis, que ni las de Ovidio. Sólo en Venecia podía Corpus Barga acertar a definirse de forma tan exacta: el más puro clasicismo combinado con el futurismo del hidroavión.

Cartafolio veneciano (XXVIII)


Los gondoleros resultan perfectamente creíbles porque asumen con absoluta seriedad su personaje. Pero si uno los espía con atenta dedicación descubrirá, en cierto momento, una fugaz sonrisa irónica, como la de unos actores que se rieran un poco de nuestra ingenuidad de espectadores crédulos y también de ellos mismos por haber llegado a olvidar que interpretan un papel. Del mismo modo, Venecia parece convencida de sí misma y nos convence. Embelesada ella y embelesados nosotros, de repente y sólo durante un instante, la ciudad se desdobla y esboza una sonrisa irónica. Es la sonrisa del ensueño que conserva el sentido de la realidad.

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La sonrisa franca y abierta de la estatua de Carlo Goldoni que ocupa el centro del Campo San Bartolomeo no es la sonrisa de Venecia, sino aquella otra, irónica e inteligente.

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En el último momento, cuando Venecia roza peligrosamente el engreimiento, recurre a una ironía descreída. Su belleza es mayor cuando advertimos que posee el sentido del humor y la inteligencia de no tomarse completamente en serio, ni a ella misma ni a nuestra devoción.

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El sentido del humor de Venecia, rápido y fugaz como un guiño, ha pasado, generalmente, inadvertido. No para Mary McCarthy que salpicó su Venecia observada con ejemplos del humor que hay en la Venecia improbable, inesperada e inverosímil, la que nos permite descubrir lo absurdos e insensatos que resultan los presupuestos de lo que llamamos sentido común en el contexto veneciano. Venecia, afirmó la escritora, es “un Liliput swiftiano”. Envidiable lucidez, la de McCarthy y la de Venecia.

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Cartafolio veneciano (XXVII)


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Pasa una góndola solitaria o ninguna o, de repente, tantas que se forma un atasco sin cláxones y sin impaciencia. Desde el observatorio que elegí para contemplar este tráfico, me pareció advertir que la cadencia con la que llegaban las góndolas no era caprichosa. Pero tampoco fui capaz de desentrañar la ley que gobernaba sus mareas, aunque, tal vez, podría ser la misma que trae siete olas a la playa entre dos largos momentos de remanso.

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La elegancia suprema es el modo en que los gondoleros apoyan el pie en las paredes para tomar el impulso exacto que permite doblar la esquina que dibujan dos estrechos canales y hacer un giro o un quiebro con el que esquivar un obstáculo encontrado en su trayecto. El gesto tiene la suave, leve y natural precisión de un paso de baile que al espectador le parece fruto de una improvisación espontánea, aunque en realidad haya sido ensayado un millón de veces. La elegancia es este ballet veneciano.

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El silencio es el paso de una góndola. No agita las aguas, ni el aire; no crea el más mínimo rumor. Nada la ha anunciado, a no ser el ferro de su proa asomando tras una esquina o apuntando bajo un puente. En Venecia, el silencio no es estático.

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Qué bien estar aquí sentada viendo pasar las góndolas, sin otra ocupación que marear la ocurrencia esa del silencio que se mueve. Hasta que comienzan los ensayos de un grupo de rock en la planta baja de la casa de al lado. Escándalo de guitarras eléctricas y una batería. ¡¡Dubi dubaaa!! ¡¡¡Dubi dubaaaaa!!! Para que luego digan que Venecia es una ciudad romántica. Lo que hace Venecia es carcajearse con ganas de los románticos.


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No tengo ni idea de si aquel pasajero de una góndola me creyó, sentada allí, bajo el arco que da al canal y sola, una típica estampa veneciana o una rareza de la ciudad. El caso es que me tomó varias fotografías. A saber por qué lugar del mundo andan esas postales del viaje de alguien en las que aparezco retratada. Me da un ataque de risa cada vez que me acuerdo.

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La pareja que se regala un paseo en góndola se rinde a un simulacro romántico que tiene poco que ver con el amor.

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A cierta hora, el gondolero desviste el uniforme y recoge a su chica para llevarla a casa. Ella no da la espalda a su gondolero, sino a Venecia. Él se olvida del discurso que, entre la historia y la anécdota, seguramente ha repetido en varias ocasiones a lo largo del día sobre la independencia republicana que la Serenísima supo conservar durante más de mil años, sobre la casa natal de Marco Polo y sobre la capacidad de La Fenice para, haciendo honor a su nombre, resucitar en varias ocasiones de sus cenizas. No invento nada; yo escuché a la pareja hablar de sus cosas. El amor viaja en góndola cuando el gondolero ha concluido su jornada de trabajo.

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El viajero llega a Venecia pensando en el momento en que asistirá al paso de una góndola en la que viaja un acordeón haciendo sonar La biondina in gondoletta. Pero hay excesos rococós que Venecia no se permite. Y hace bien.

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Cartafolio veneciano (XXVI)


Venecia guarda dos secretos: su relación con el agua y las diferencias, tenues y rotundas al tiempo, entre la personalidad y el carácter de cada uno de sus sestieri. No sé de ningún libro, ningún cuadro, ninguna fotografía, ninguna película que haya desentrañado esos dos secretos, indescriptibles en su infinita sutilidad.


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En contra de una creencia muy extendida, Venecia no flota, ni es un inmenso palafito. Discutiendo también la versión que fundó el mito romántico y melancólico de la ciudad, tampoco da la impresión de que el suyo vaya a ser el destino de la Atlántida, engullida por las aguas. Venecia ni flota, ni se hunde. Su relación con el agua es, sucesiva y simultáneamente, tan amable o tan beligerante como la que puede mantener uno consigo mismo. En efecto, una intimidad tan notable sólo puede darse porque el agua es Venecia.

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No hay ni el más mínimo propósito metafórico en la afirmación de que el agua es Venecia. Eso es, ni más ni menos, lo que dice el callejero oficial de la ciudad –que habrá que convenir que no es sospechoso de veleidades literarias– en su título: Calli, Campielli e Canali.

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El encargado de amarrar el vaporetto que esperábamos nos insta a embarcar, a pesar de ir ya atestado de viajeros. Lo hace de un modo imperativo y apremiante que resuelve instantáneamente nuestra cobarde indecisión: “¡Avanti! ¡Avanti! ¡Coraggio!”. ¡Qué gran filósofo!

Cartafolio veneciano (XXV)

La Casa Goldoni pasa por ser el único museo literario de Venecia. Creo más exacto y ajustado a la realidad señalar que toda la ciudad es un museo literario.

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Tiziano Scarpa se encuentra entre quienes afirman que si un día Venecia se hunde bajo las aguas del Adriático, lo hará aplastada por el peso de tanta literatura como ha tenido que soportar. Yo creo exactamente lo contrario. Puedo admitir que, en ciertos casos, esa literatura resulta insoportable, pero lo es para el gusto del lector, no para Venecia. Todas esas páginas no sólo no representan una carga para ella, sino que son los cimientos sobre los que se yergue orgullosa. En efecto, si los miles y miles de troncos que sostienen la ciudad, en lugar de pudrirse, se mineralizaron hasta adquirir consistencia pétrea, no fue por la adherencia de una capa de barro que los aisló del contacto del oxígeno, como comúnmente suele decirse. No, lo que ha fosilizado esos apoyos que, indestructibles, siempre la mantendrán en pie han sido todas las imágenes literarias que ella ha inspirado y seguirá inspirando.

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María Zambrano afirmó: “Una ciudad sin escritores queda vaciada de su esencia de ciudad, y aparece como un complejo aglomerado, como algo que puede cambiarse, transmutarse o desaparecer sin que su vacío se note”. Porque Venecia es una ciudad con escritores resulta inconcebible y, por inconcebible, imposible, su desaparición.

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El vacío de Venecia actuaría del mismo modo que lo hacen los agujeros negros, engullendo cualquier materia o energía situada en su campo gravitatorio. Para hacerse una idea de las dimensiones del vacío generado por la desaparición de Venecia sólo hay que recordar que en su campo gravitatorio se encuentran el hombre y su idea de la belleza.

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María Zambrano llamó la atención sobre el carácter laberíntico de muchas ciudades del Mediterráneo: “Son, sin duda alguna, reflejo o improntas de una antigua y viejísima categoría de ciudad mítica, del laberinto de Creta”. Estas palabras parecen escritas a propósito para Venecia que, no en vano, conservó durante siglos la posesión colonial de la isla. Quizás fuese tanto para recordar el laberinto minoico primordial como para declararse sucesora de la brillante civilización que alumbró la talasocracia cretense.

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Hablando de otras ciudades o de la ciudad en abstracto, María Zambrano siempre parece estar refiriéndose a Venecia. Da la impresión de que no habría opuesto reparo alguno a suscribir las palabras que Italo Calvino hizo pronunciar a Marco Polo en Las ciudades invisibles: “Cada vez que describo una ciudad digo algo de Venecia. […] Para distinguir las cualidades de las otras he de partir de una primera ciudad que permanece implícita. Para mí es Venecia”.

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Conocemos demasiado bien y demasiado mal nuestras ciudades implícitas para atrevernos a escribir sobre ellas. Sólo nos lo permitimos con otras ciudades, donde la ignorancia encuentra misterios y la vaga familiaridad, deslumbramiento, donde el amor no ha tenido tiempo para los reproches. Quizás no haya otra forma que la indirecta y vicaria de ver y describir las ciudades implícitas. No sé si este es el caso, si no hago más que escribir sobre Lugo y Madrid. Pudiera ser.

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La ciudad implícita es la que nos ha enseñado qué es una ciudad. Es una categoría a través de la cual nos es posible observar, comprender, soñar y amar otras ciudades; es una categoría que no se afirma categóricamente.

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Dicen que Venecia es un tema agotado. Si eso fuese cierto, significaría que también están agotados otros temas: la memoria y el deseo, el deseo y los sueños, los sueños y el amor. Pero la ciudad y la memoria y el deseo y los sueños y el amor son los temas de nuestras vidas.

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Marcel Proust advirtió: “La Belleza no fue concebida por Ruskin como un objeto de goce, sino como una realidad más importante que la vida”. Hay que hacer caso al aviso y tener mucho cuidado con Ruskin.

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Nada de Ruskin, mi Baedeker fue la Venecia venérea de Claudio Rodríguez Fer.

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Venecia era una ciudad leída y releída: Henri de Régnier, Philippe Sollers, Jean-Paul Sartre, Paul Morand, Henry James, Jan Morris, Mary McCarthy, Joseph Brodsky, Predrag Matvejevic, Tiziano Scarpa, Diego Valeri, John Julius Norwich, Josep Pla, Corpus Barga, Javier Marías, Víctor Gómez Pin, Mauricio Wiesenthal, Félix de Azúa, Silvia Ugidos, Martín López-Vega... Pero Venecia exige, como ninguna otra ciudad que conozca, la propia experiencia.

Cartafolio veneciano (XXIV)

En las librerías venecianas tienen una presencia destacadísima los libros de Manuel Vázquez Montalbán protagonizados por Pepe Carvalho. Seguramente es debido a la curiosidad que siente toda Italia por el inspirador de comisario Salvo Montalbano de Andrea Camilleri, pero, aún así, me parece una suerte de reparación al injusto olvido al que ha sido relegado aquí el detective gastrónomo y quemalibros, el espectador escéptico de los episodios nacionales que tuvieron lugar durante la transición del franquismo a la democracia.

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No me atrevo a aventurar una explicación de por qué es más fácil encontrar en las librerías venecianas las novelas del detective Pepe Carvalho que las del comisario Guido Brunetti. ¿Será que en la justa literaria triunfa Manuel Vázquez Montalbán o que los venecianos no se creen la Venecia de Donna Leon? Se me escapa si los escaparates de las librerías venecianas expresan un juicio literario o extraliterario.

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Pues ni una cosa, ni otra. Sencillamente Venecia no tiene un juicio sobre las novelas de Donna Leon. Acabo de leer en el periódico una entrevista a la escritora, de paso estos días por Santander. En ella encuentro la explicación a la ausencia de Guido Brunetti en su propia ciudad. Es realmente singular y admito que jamás, ni en mis más retorcidas elucubraciones, se me habría ocurrido: la novelista se niega rotundamente a que traduzcan al italiano sus libros. Dice preservar de este modo su anonimato en Venecia, donde reside, que la ciudad es demasiado pequeña para que la fama que le acarrearía la edición italiana de sus obras no terminase por trastornar su vida. Es portentoso el esnobismo aristocrático de que son capaces los populares autores de best-sellers. Claro que, bien mirado, en la República de las Letras, son los únicos que se lo pueden permitir; el esnobismo y renunciar a los ingresos que reportaría la venta de los derechos de sus novelas.

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Resulta incomprensible cómo el periodista dejó escapar viva a Donna Leon sin acribillarla a preguntas, por ejemplo: ¿Es Guido Brunetti un vero veneziano? ¿Basta que el comisario presuma de ser un buen conocedor de la ciudad si la ciudad no lo conoce a él? ¿Negándose a la traducción, Donna Leon se protege sólo a sí misma o también a su comisario del examen de los venecianos? ¿No considera que ellos serían sus lectores más competentes? ¿Acaso teme someter al juicio de Venecia la ciudad que describe en sus novelas? ¿Cómo es posible que no corroa a la escritora la curiosidad por saber cuál sería el veredicto de Venecia?

Cartafolio veneciano (XXIII)

Salvar Venecia es salvar al futuro de la incredulidad, de la sospecha de que la ciudad no fue más que una quimera, una utopía, un espejismo o una alucinación colectiva de los hombres del pasado.

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El periódico de hoy trae las conclusiones de un estudio realizado por el Instituto de Ciencias Marinas de Venecia: en menos de un siglo, los diques móviles proyectados por el plan Moisés serán insuficientes para contener las acometidas del Adriático. Antes que editorializar sobre la necesidad de combatir el cambio climático que está provocando la subida del nivel de los mares, que es a lo que apuntan los científicos, el periodismo –con la necrofilia que le es propia y sin que la pluma se le conmueva– prefiere titular dando por segura la muerte de Venecia en 2100. Los modernos profetas del apocalipsis tienen la misma querencia que los antiguos por poner fecha al fin del mundo en titulares tremebundos.

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Paul Morand: “Venecia se está ahogando. ¿Será quizá lo más hermoso que le pueda ocurrir?”. No hay manera de disculpar a Morand, ni aun teniendo en cuenta los signos de interrogación.

Cartafolio veneciano (XXII)


Cuentan que, de tanto en tanto, cuando un invierno se presenta especialmente crudo, la laguna se hiela presentando una estampa de una rareza más que inverosímil, imposible, en una ciudad ya de por sí absolutamente singular. Así hemos de admitirlo, si damos crédito a los testimonios escritos y también a algunos cuadros. Por ejemplo, uno que se conserva en Ca’ Rezzonico y que muestra la superficie helada de la laguna animada por juegos infantiles y el paso de transeúntes. El lienzo, fechado en 1788 y obra del taller de Francesco Battaglioli, se titula, precisamente, La laguna ghiacciata. Su autor, consciente de lo insólita que resultaría la escena a sus futuros espectadores, tuvo la precaución de añadir una leyenda subrayando que aquella era una vera imagen. Son extraordinarias las dificultades que Venecia ofrece a los costumbristas que, a poco que se descuiden, ven sus obras tomadas por ejemplos de desenfrenado realismo mágico. En tales circunstancias, ciertamente, todas las precauciones son pocas.

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Venecia, ciudad inverosímil, parece retar a la razón. Pero hay que dominar la tentación racionalista para entender y gozar de la ciudad.

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La incredulidad que provoca Venecia es la reacción de la razón. Es el sentimiento el primero en dar crédito a la ciudad y el que, por tanto, posee el hilo de Ariadna que ha de guiar a la razón por el intrincado laberinto veneciano.

Cartafolio veneciano (XXI)


A finales del siglo XV el impresor Aldo Manuzio el Viejo se instaló en Venecia para cumplir su sueño de editar textos clásicos de Aristóteles, Platón, Horacio, Ovidio o Virgilio, además de grandes poetas italianos, como Dante y Petrarca, en cuidadas y elegantes ediciones en octavo, hoy diríamos ediciones de bolsillo, mucho más manejables que los mamotretos salidos de las imprentas hasta entonces. Para aprovechar el espacio de la página, las letras adoptaban un hermoso carácter inclinado, diseñado por Francesco Griffo, que se llamó itálico o aldino. También con la intención de abaratar el coste final, decidió hacer tiradas de mil ejemplares de cada uno de los libros editados bajo el sello distintivo del ancla y el delfín. Comenzaba así la lenta democratización del libro. Me parece una injusticia desmesurada que uno de los lugares más gloriosos de Venecia, aquel al que Manuzio el Joven trasladó la Academia Aldina fundada por su padre, esté hoy ocupado por uno de los edificios considerados unánimemente más feos de la ciudad, el de la Cassa di Risparmio, en Campo Manin. Sólo una placa en el lateral del edificio que da a Rio Terrà S. Paternian recuerda la relevante historia del escenario. Allí mismo rendí pleitesía a los príncipes del arte de la impresión.

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Sería muy fácil discursear sobre el hecho de que en el lugar de la Academia Aldina, corazón del humanismo renacentista, se levante hoy la sede de un banco. No creo que merezca la pena entristecer el ánimo ni gastar fuerzas en decir lo evidente.

Cartafolio veneciano (XX)


El tráfico comercial y el tráfico informativo siempre han compartido sus rutas. Siendo así y siendo Venecia el enclave en el que se cruzaron las más importantes rutas comerciales entre Oriente y Occidente, bien puede afirmarse que, durante siglos, no hubo mejor lugar que Rialto para estar al tanto de lo que sucedía en el mundo. No por casualidad Shylock preguntaba, en El mercader de Venecia, por las noticias de Rialto. Los barcos que llegaban lo hacían cargados de mercancías y también de noticias. Estas no dejaban de ser una mercancía más y, como tales, eran puestas a la venta allí mismo. Pronto se establecieron impresores que editaban papeles con ese material informativo. Al parecer, un aviso veneciano de 1563 fue el primero en llevar por título Gazzetta, que era el nombre de la moneda de plata que costaban aquellas hojas. La denominación iba a tener éxito internacional y pasaría a designar en toda Europa las publicaciones noticiosas de periodicidad semanal. Esta gacetillera visitó Rialto con la misma reverencia con la que los peregrinos acuden a los lugares santos que contemplaron las obras y milagros de los profetas.

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La gacetillera, que imagina las objeciones que merecerá lo que acaba de escribir, ha de añadir que no ignora que nada santifica los orígenes de la profesión. En Rialto, las noticias ciertas se mezclaban indiscriminadamente con los rumores, los embustes intencionados y las fabulaciones más rocambolescas. Así es que en este lugar no tendría ningún sentido la inscripción que, en el pavimento de la basílica de Santa Maria della Salute, reza: “unde origo, inde salus”. En el origen no encontrará el periodismo la salvación. Pero una cosa es que lamentemos no descender de una estirpe intachable y otra muy distinta, abjurar de ella o negarse a honrar a los padres. Así es que no me desdigo: con reverencial devoción peregriné a Rialto.

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Gacetillero. Dícese del que vende patrañas folletinescas y su alma al diablo por una gazzetta en los mercados de Rialto, donde otros se ocupan en negocios igualmente corruptos, pero mucho más lucrativos.

Cartafolio veneciano (XIX)


No recuerdo dónde leí que había en Venecia una Calle del Cafetier. Debe su nombre al hecho de que, en algún momento impreciso del pasado, en ella tuvo establecimiento un tostadero de café. No me hizo falta buscarla. La encontré recién llegada a la ciudad, cuando todavía arrastraba mi maleta camino del hotel. Por ella habría de pasar a diario. Por si cabe la duda de que el plan de hospedarme tan cerca de aquel lugar fue urdido por los duendes del café, añadiré que, además, el hotel estaba casi puerta con puerta con el Palazzo Minelli en el que se alojó una conspicua cafeinómana, George Sand. La escritora debía medir las dosis de infusión que bebía no por tazas, sino por hectolitros, a la vista de la fabulosa fortuna que gastó en café durante su estancia veneciana y que precisó en una anotación: veinticinco mil francos. Realmente imbatible.

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La singularidad de la Calle del Cafetier era una descomunal mentira. Cuando en uno de mis paseos encontré otra del mismo nombre, me hizo gracia. Con la segunda, me mosqueé. Y la tercera me decidió a entrar en una librería para comprobar en el Calli, Campielli e Canali si la enumeración era infinita. Según la fuente consultada, en Venecia hay cuatro calles Cafetier, dos Corti, un Sottopòrtego y un Ramo del mismo nombre.

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Estaba convencida de que la toponimia cafetera de Venecia ya no guardaba secretos para mí, cuando Giuseppe Tassini me proporcionó una magnífica revelación: antiguamente los venecianos llamaron botteghe da acque a los cafés. De manera que la Calle y el Sottopòrtego delle Acque recuerdan en su nombre haber acogido los locales que en el siglo XVIII y, según dice una guía de la época, servían “le migliori cioccolate, caffè, acque gelate e rinfrescative, ed altre simili bevande”. Además, otros pasajes de la ciudad, como la Corte de Ancillotto, fueron bautizados con el nombre del propietario de un antiguo café. Paseando por las páginas del libro de Tassini, me llega desde todos los rincones el olor amargo del café que era para Simone de Beauvoir, junto a la fragancia dulce de la canela, el aroma de Venecia.

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Dicen que hay más de tres mil callejuelas en Venecia. Pero no cabe atribuir a la fatiga de la imaginación que ciertos nombres –Cafetier, Paradiso o Forno, entre otros– se repitan en tantas ocasiones. Que uno de los barrios bautizase una calle con un nombre no cancelaba la posibilidad de que fuese empleado, de nuevo y con absoluta legitimidad, en otra zona de la ciudad. Estos duplicados, triplicados, cuadriplicados, quintuplicados o sextuplicados son el recordatorio de que Venecia se constituyó como una federación de repúblicas que hoy se hacen llamar sestieri.

Cartafolio veneciano (XVIII)


Sabía ya de antemano que el cuadro de Alessandro Milesi Al caffè, también conocido como Notissie Nove o La lectura del giornale no se encuentra en Venecia. No obstante y por razones obvias, el retrato de esa mujer que sujeta con una mano una taza de café y que tiene en su regazo un ejemplar del Gazzettino di Venezia y, a su espalda, una veduta de la ciudad estuvo muy presente en mi memoria. Rindiéndome al impulso carnavalesco del seudónimo y componiendo mi disfraz con un expresso y un Gazzettino, me hice fotografiar en los cafés venecianos.

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Como Josep Pla, “ir paseando por Venecia, con el sabor del café que habéis tomado en el paladar y la memoria llena del sueño presente”. De todos los cafés, el caffè alla veneziana que me sirvieron en una terraza de Campo Santo Stefano fue el que se conservó durante más tiempo vivo en el paladar. Y entre todos los paseos, el que di con ese gusto resonando en la boca es el sueño pretérito que mejor perdura en mi memoria.

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Incluso a los venecianos les pareció desmesurado el nombre de Alla Venezia Trionfante para un café, así que lo rebautizaron Florian, apócope del nombre de su propietario, Floreano Francesconi. El orgullo inflado por los triunfos de la República no les nublaba la razón hasta el extremo de no advertir que aquella pompa y grandilocuencia atentaba contra el espíritu espontáneo y democrático de la institución del café. Lo tenían claro: primero cafeinómanos, después venecianos.

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Cada una de las salas del Florian es una cajita. Su interior ha sido forrado con papeles primorosos y guarda mesas liliputienses. Tomar allí un café es como hacerlo en una de las habitaciones de una casa de muñecas.

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No es el café (más el suplemento correspondiente por la música de la orquesta) lo que pagan los clientes del Florian, sino la entrada a un museo que da derecho a sentarse a una de sus mesas en compañía de Goethe, Byron, Henry James y el tutti quisqui del otro Libro de Oro de la Serenísima República, en el que están inscritos los nombres de la nobleza literaria de los últimos siglos. Me preguntan por el precio del café en el Florian. A nadie se le ocurre interesarse por el de la entrada en las Gallerie dell’Accademia.

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Uno no va al Florian a tomar café, sino a encontrarse con los fantasmas de los escritores que lo frecuentaron. Como resultó que los fantasmas habían tenido la descortesía de largarse de vacaciones, me entretuve imaginando desencuentros venecianos, un poco a la manera de aquel entre Kafka y Proust, oficiado por el camarero de un café, que inventó Nuria Amat en Viajar es muy difícil.

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Empieza a llover en la Piazza y la orquesta del Florian interrumpe abruptamente la pieza que estaba tocando para interpretar ‘O sole mio. Es probable que la fórmula haya demostrado su efectividad en otras situaciones de emergencia. Pero lo que es hoy la música no consigue conjurar el diluvio universal.

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Miguelanxo Prado incluyó en Papeles dispersos un retrato que le hizo al violinista del Florian mientras continuaba tocando en la terraza que la lluvia reciente había dejado desierta. Yo creo que se ha puesto a diluviar simplemente para que compruebe que es cierta la absoluta imperturbabilidad de los músicos del café, dibujada por Prado, ante las circunstancias más adversas.

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La lluvia cae con tal intensidad que forma una espesa cortina blanca que hace imposible distinguir, desde el interior del café, las Procuratie Vecchie. El diluvio ha convertido el Florian en un submarino y por la escotilla se ven peces surrealistas que huyen del agua.

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Cinco minutos más de tormenta era todo lo que necesitaba la Piazza para convertirse en una piscina y Byron para animarse a salir del Florian nadando.

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En el submarino del Florian viajé a las profundidades abismáticas del subconsciente de Venecia.

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El submarino del Florian es, sin lugar a dudas, incomparablemente más fantástico que aquel que colocó un artista de la Bienale en el Gran Canal, frente al Palazzo Grassi, quizás admirado por su osada genialidad y sin advertir que, además de osadía, hace falta un talento descomunal para competir con la genialidad de Venecia.

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Desde lo alto del Campanile de San Marcos se corrobora la impresión sobre la que quizás cabía alguna duda a ras de suelo: la alineación matemática y perfecta con la que están dispuestas las mesas y las sillas de las terrazas de los cafés Florian, Quadri y Lavena. Ni por un milímetro, fuera de su sitio. Como si las hubiera colocado el mismísimo Palladio.

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En la Piazza de San Marco se libra a diario una guerra. Es la que enfrenta, de una parte, a la orquesta del Florian, y de otra, a las del Quadri y el Lavena. Estos dos últimos cafés, por estar tan próximos, se han visto obligados a llegar a una entente cordiale. Así, cuando una orquesta ameniza a sus clientes, la otra descansa. Respetan escrupulosamente este turno pacífico, del que han excluido o se ha excluido el Florian. De manera que mientras el Quadri se lanza al ataque con My way, el Florian se defiende con If I were a rich man; cuando el Florian reanuda las hostilidades con un tango, el Lavena ya ha afilado sus violines y envía un vals a la contraofensiva. En el medio de la Piazza, el fragor de la batalla es una sinfonía dodecafónica con lejanas reminiscencias de Henry Manzini, Carlos Gardel, Richard Strauss, Frank Sinatra, Lucho Gatica, Barbara Streisand y Tchaikovsky.

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Durante la ocupación austriaca, las bandas militares ofrecían con frecuencia conciertos en la Piazza de San Marco. Sus interpretaciones eran, al parecer, magníficas. Además, en un gesto que pretendía ganarse la simpatía de los venecianos, acostumbraban a elegir temas pertenecientes a óperas italianas. Era en vano, porque en cuanto la música comenzaba a sonar los italianissimi se exiliaban en los soportales de las Procuratie. Sólo retomaban el paseo por la Piazza cuando el concierto había concluido y quedaba despejado el peligro de ser tomados por colaboracionistas musicales o, lo que venía a ser lo mismo, detestados austricanti. Las fronteras territoriales que traza el sentimiento patriótico siempre son así: curiosas y arbitrarias, por no decir ridículas.

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Será por hacer honor a la sobada comparación de la Piazza con un fastuoso salón de baile que las orquestas de los cafés no descansan nunca. Y es por cooperar al acabado perfecto de la metáfora que me pongo a bailar. Mientras giro y giro y giro al compás de un vals vienés, me pregunto si todos, los músicos, el público y los bailarines, advertimos que nos hemos convertido en aplaudidos austriacanti.

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El Caffè al Ponte del Lovo fue el café de Carlo Goldoni, el que citó en Le Massere y el que seguramente inspiró otra de sus obras, La bottega del caffè. Hoy sólo parece un acogedor espacio doméstico y así debió de serlo siempre. Pero, además, el local fue el privilegiado patio de butacas desde el que Goldoni asistió a las representaciones de la sociedad de su época. Allí pudo contemplar y estudiar los tipos, diálogos y escenas de la vida cotidiana que luego trasladó a los textos con los que lideró su rebelión contra la commedia dell’arte. Cafés como éste siempre parecen preguntarse, con nostalgia de su pasado glorioso, en qué momento y por qué motivos dejaron de ser una reproducción a escala de la vida de su tiempo y, por lo tanto, talleres de escritura.

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El Harry’s Bar está perfectamente sellado al exterior y hasta enrejado. No sé si en Venecia a alguien le apetece enclaustrarse, aunque sea en compañía de Ernest Hemingway, Orson Welles y Truman Capote.