
Gaziel y el virus del periodismo
En la reseña que firmó Jordi Amat en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia de un libro de Gaziel, Quina mena de gent som, y de otro sobre él, Gaziel: l’home és el tot, se definía al periodista como “un gran intelectual de la Edad de Plata hispánica” que había dejado una “profunda” impronta en la Cataluña del primer tercio del siglo XX. Tal vez juzgando insuficiente esta valoración de Agustí Calvet y pretendiendo dar la justa medida de su talla, se añadía: “Por talento podría haber sido un Ortega y Gasset, pero el virus del periodismo congeló un gran ensayista”. Leído a prisa, el apunte, que coloca a la misma altura a Ortega y Gaziel, puede parecer bienintencionado e incluso elogioso. Pero adviértase que el salto -el que va de lo que fue e hizo Gaziel a lo que pudo ser y haber hecho- es realmente fenomenal y en absoluto lisonjero.
El abismo que se abre entre ambas orillas es lo que no fue y lo que no hizo –y que aparenta motivar un lamento– habiendo tenido las facultades precisas –añadido que semeja tornar el quebranto en reproche. Un argumento muy socorrido sirve para explicar cómo el talento fue dilapidado: el virus del periodismo. Un virus pernicioso donde los haya, quién lo discutirá. Nadie, porque la inercia invita a no conceder al periodismo excesiva consideración social como profesión ni, mucho menos, prestigio como género.En efecto, el periodismo es reputado como una dedicación pequeña y, lo que es peor, castradora de algunas biografías llamadas a más altas tareas, por el sobado tópico que maneja la crítica. En el mejor de los casos, pretende el halago, aunque parezca errar el tiro dirigiéndolo a una hipotética potencialidad; y casi siempre, no logra esconder un cierto desdén, más o menos virulento, más o menos evidente, por la obra que realmente fue. El tópico constituye una de las más persistentes manifestaciones del desprestigio del periodismo al que, por otra parte, no han dejado de contribuir con sus declaraciones los mismos que lo ejercieron.
El propio Gaziel, por ejemplo. En reiteradas ocasiones, aludió a su primera vocación: “Jo pretenia arribar a ser un escriptor català famós”. El día de su sexagésimo segundo cumpleaños, encabezó un repaso a su trayectoria profesional con una referencia a aquel destino soñado y desviado por el periodismo: “Yo creo que nací siendo escritor. Si la suerte me hubiese sido favorable pienso que habría podido escribir obras importantes, quizá alguna gran obra –novela, ensayo, teatro, historia”. No cabe atribuir esta declaración a un sombrío sentimiento de frustración o derrota motivado por las circunstancias en las que escribió aquellas líneas -1949, cuando la guerra y la dictadura lo habían dejado “sense diari i sense professió”-, tampoco a un pesimismo surgido con la edad, cuando los años pesan y tientan a considerar precario cualquier balance. No, porque apreciaciones semejantes se pueden espigar en escritos suyos muy anteriores.
Quizás una de las primeras reflexiones sobre una vocación extraviada por culpa del periodismo la realiza a propósito de Miquel dels Sants Oliver. Fue escrita en 1923, en vísperas del cuarto aniversario de la muerte de quien consideraba su maestro y cuando él estaba a punto de cumplir diez años en el ejercicio de la profesión. Gaziel se explaya en la descripción del que consideraba el conflicto que atravesó la biografía de Oliver y que no era otro que el enfrentamiento entre la íntima vocación, la literatura, y la fatalidad, el periodismo. Gaziel no puede evitar condolerse de la “pérdida irreparable” que había en el hecho de que Miquel dels Sants Oliver aplazara primero y dejara sin cumplir, a la postre, su vocación como crítico literario e historiador, novelista y poeta. Por escribir la crónica sobre el último discurso de Maura o atender al escándalo parlamentario del momento, Oliver había sacrificado su vocación. Fue el periodismo, “el absorbente hermanastro de la literatura”, el que había mutilado al verdadero Oliver. Gaziel elogiaba las excelentes páginas que dejó escritas en la prensa, pero ellas, añadió, “no pueden consolarnos de las que hubo de dejar de escribir”. La conclusión era que a Oliver el periodismo no había hecho más que “disminuirle”.Es imposible saber si en 1923, cuando Gaziel publicó su semblanza de Miquel dels Sants Oliver, ya sentía reencarnando en sí mismo el conflicto entre literatura y periodismo que le atribuía a aquel. De ser así, lo que pareciera comprensión imaginativa del dilema biográfico de Oliver no sería más que conocimiento de primera mano de los sentimientos que él mismo albergaba al contemplar la encrucijada en la que abandonó el estudio de la filosofía y la historia por el periodismo. Cabe sospechar que, en efecto, cuando hablaba de Oliver también lo hacía, de algún modo, de sí mismo. Lo que es seguro es que los términos en los que en aquella ocasión se refirió a Oliver –la frustración de la íntima vocación literaria, no obstante, siempre viva, el periodismo como fatalidad o la renuncia al catalán impuesta por la dedicación periodística– fueron exactamente los mismos que emplearía tiempo después al comentar su propia trayectoria, eso sí, con las cautelas que aconsejaba el no parecer que pecaba de inmodestia. Gaziel siempre se reconoció discípulo de Oliver, incluso mucho más, su “hereu”. A ello contribuyeron algunos elementos externos de su biografía, como el haber entrado de su mano en el periodismo o el haberle sucedido en la dirección de La Vanguardia. Pero tanto o más influyeron otros elementos menos visibles en generar el sentimiento de que en él se reeditaba el destino de Oliver, por ejemplo, que también en su caso las “honrosas, pero durísimas galeras del periodismo” habían malogrado una carrera literaria.
Ahora bien, el hecho de que Gaziel creyese que había dejado sin cumplir su vocación literaria no puede servir de coartada a la crítica para asumir como buena y repetir una vez más la machacona cantinela, al menos, no sin preguntarse por los motivos de la tenacidad con la que Gaziel la entonó. Las declaraciones de Gaziel antes que servir para perpetuar el tópico, demuestran qué poderoso y viejo es ese lugar común, ilustran hasta qué punto un gran periodista había interiorizado las apreciaciones que minusvaloraban su profesión y en qué medida estaba arraigada la convicción de que las páginas de los periódicos no soportan nada perdurable, al menos, sin que medie la que él llamó la “prueba del libro”. Gaziel pudo lamentarse porque sabía bien que los laureles que coronan las testas de los dedicados, incluso con mediocridad, a otros géneros de mayor prestigio, nunca se obtienen gracias al periodismo. Por otra parte, también cabría preguntarse si las expresiones quejosas por la vocación frustrada coincidieron con los momentos de decepción que le deparó esa profesión sanguinaria que es el periodismo, como bien sabe cualquiera que lo haya ejercido. Qué duda cabe que a Gaziel el periodismo le ofreció mil y una oportunidades para maldecir de él y para dolerse por la vocación abandonada que, en esos instantes, pudo representarse como un refugio seguro.Por mucho que su imaginación jugase con lo que pudo ser y no fue, Gaziel no se engañaba: “Estoy llegando al final de mi vida y no he sido más que un periodista. […] Y no me arrepiento en absoluto”. Para recordatorio de quienes denuncian que Gaziel no adoptó las convenientes medidas profilácticas contra el virus del periodismo, ahí tienen la declaración sin rastro de contrición y también las que realizó en otras ocasiones enorgulleciéndose públicamente de su carrera. Así lo hizo en 1934, cuando se cumplían veinte años de la publicación de su primer artículo en la prensa:
“¡Veinte años de fidelidad profesional, de labor diaria, constante, sin una interrupción, sin el más pequeño cambio, con la misma regularidad, tal vez monótona, pero sin duda eficiente, del peregrino que va siguiendo paso a paso un solo y recto sendero, a menudo mirando a uno y otro lado, oyendo de continuo mil cantos y voces tentadoras al margen, mas sin dejarse nunca distraer de lo fundamental, que es seguir siempre adelante! ¿Le parecerá a alguien extraño, por lo tanto, que hoy experimente yo, al considerar el tiempo pasado y el camino recorrido, una disculpable, una ligera emoción? Mientras me enjugo el sudor y me paro un instante a respirar un poco de aire puro, quiero hacer un examen de conciencia…¿Cuál ha sido mi labor en esos veinte años? Una labor muy simple: publicista libre, desligado de todo partidismo, procuré decir siempre a mis lectores lo que me pareció más conveniente en cada caso, ante cada problema. Bien: lo más conveniente ¿a quién? ¿A mí…?
[…] A mí, periodista ingenuo, no sé por qué extraña ilusión u oscuro instinto, se me ocurrió preocuparme por el bien público. Naturalmente: lo mismo en veinte años, que en veinte mil, es ésta un peregrina preocupación que, sentida con candor y a secas, prácticamente no conduce a nada.
Yo no recuerdo haber escrito, entre tantos millones de palabras, ni una sola línea dictada por el interés personal. Millares de artículos ha ido labrando sobre el papel mi pluma, como en el campo los surcos que con su arado abre el labrador; enjambres de ideas lancé a manos llenas, como el sembrador las semillas; y nunca, ni una sola vez, lo hice movido por un afán de beneficio propio. Me habré podido equivocar mil veces, otras, algunas, habré dado en el clavo. Pero siempre mis aciertos han sido tan gratuitos, tan desinteresados como mis errores”.
Gaziel bien podía preciarse de su independencia y de haber ejercido el periodismo como un fin en sí mismo y no “a manera de trampolín, como tantos, sólo el tiempo necesario para escalar otros planos más altos y otras situaciones más pingües”. Lo que no obstaba para que supiera lo que aquellos veinte años de periodismo podrían haber rendido en otra ocupación:
“En veinte años, con un poco de inteligencia y con la actividad, sin duda considerable, desplegada por mí, hoy yo podría haber sido un comerciante, un industrial, un financiero, un abogado, un político, no diré de primera ni de segunda fila, pero sí, tal vez, de cuarta o quinta, de ésos que tienen sólidamente remachada ya, contra viento y marea, una fuerte posición social, que se sustenta en copiosos bienes muebles e inmuebles, cuentas corrientes, hipotecas, valores bursátiles o altas consejerías remuneradoras. No he de hacer más que mirar a un lado y otro, desde mi polvoriento camino, y ahí los veo, a esos hombres admirables, con sus haciendas, sus fábricas, sus almacenes, sus villas y sus palacetes. […] Y lo curioso es que incluso algunos pretenden modestamente que yo valgo más que ellos. ¿A qué valor se referirán?...”
El periodismo había sido un oficio menudo, uno de los modos de vivir que difícilmente dan para vivir, “no un negocio malo, sino pésimo” que, además, no le había reportado ningún honor.
“¿Honores? ¡Santo Dios! Creo, sinceramente, ser el único español a quien todavía no se le ha hecho un homenaje. […] De suerte que cuando veo, en días de gala, a esos señores con el pecho acribillado de condecoraciones, o simplemente, cuando en el despacho de cualquier abogado, médico, industrial, o en la rebotica de un tendero o en el camerino de una cupletista contemplo tantas placas, medallas, diplomas, dedicatorias y otros afectuosos ex votos; cuando diviso por el mundo tanto botarate encumbrado, tanto granuja enriquecido, los ojos se me pasman, la boca se me entreabre largamente, y yo me digo con razón: ‘¡Qué poco debes de ser tú, cuando jamás has merecido nada de eso!’. Pero lo más extraño de todo es que esta reflexión no me apesadumbra en lo más mínimo, sino que -¡seré yo loco!- al hacérmela siento brotar en la soledad de mi alma el calorcillo de un orgullo casi irreprimible”.
Gaziel concluía: “No me arrepiento de mi vida. Estoy satisfecho de mis veinte años de periodismo”. Y hacía votos por otros veinte años más de profesión. La guerra civil y la dictadura le negaron un periódico donde escribir, pero eso no significó que el periodista fuese liquidado. Basta leer el prólogo que puso a Meditaciones en el desierto, donde afirmaba que aquellos apuntes, fechados entre 1936 y 1956, eran “artículos nonatos”, nacidos de “un instinto irreprimible” que lo empujaba a continuar comentando, aunque fuese en soledad, la vida pública día a día como siempre había hecho. Así que Gaziel continuó siendo periodista, incluso en el desierto.En definitiva, Gaziel llegó al periodismo sin habérselo propuesto y hasta abandonando una vocación anterior, que siempre contempló con esa nostalgia tramposa que se dirige a lo que pudo ser y no fue. Pero estaba orgulloso de su carrera y hondamente convencido de la dignidad e importancia de la prensa, que permitía llegar “al fons de les consciències”, que era “l’educadora per excel.lència de la gran massa popular”. Quizás fue eso, la posibilidad que le ofrecía el periodismo de convertirse en un espectador privilegiado de su tiempo y de modelar las conciencias de sus lectores, lo que encontró sumamente tentador el joven Agustí Calvet y lo que lo mudó en Gaziel.
Desmintiendo los temores de Gaziel sobre la fugacidad de su obra como periodista, desde hace algún tiempo se suceden las ediciones en libro que recogen sus textos y los estudios sobre su trayectoria, destacando la magnífica biografía que Manuel Llanas le dedicó en 1998. También ha llegado el reconocimiento a su trabajo como director de La Vanguardia. Fueron sus “facultades de piloto”, que él mismo reivindicó en más de una ocasión, las que permitieron la modernización del diario de la familia Godó. Ratificando, todavía hoy, su idea de lo ingrato que puede llegar a ser el periodismo, algunas frases, como puñales, se clavan en una obra considerada, a pesar de todo, insuficiente. A buen seguro Gaziel estaría con Josep Pla cuando afirmó que “el periodista será siempre el pariente pobre –aunque gane más- del literato”, quizás también con el Pla que escribió:“Debo señalar, aún, otra variante de disidencia condicional: los que pretenden que dadas mis –dicen ellos- facultades podría dedicarme perfectamente a un género de trabajos más elevado. Estos honorables señores piden una novela. […] El paternalismo difuso que hay detrás de esas insinuaciones es, sin duda, de agradecer; aunque, puestos a ser francos, diré que este retintín se ha vuelto, a mis oídos, algo fastidioso”.
A quienes andan hoy pidiendo a Gaziel, dadas sus facultades, un ensayo, quizás el periodista les respondiese, más o menos, con las palabras del solitario de Llofriu que son citadas por Xavier Pericay en Josep Pla y el viejo periodismo:
“Me habría gustado enormemente poderme dedicar a la literatura narrativa de una manera sistemática. […] Las necesidades de la vida me introdujeron en el engranaje periodístico y en la dispersión ineluctable. Con todo, no querría pasar por un hombre de ‘posibilidades fallidas’. En los trabajos desprovistos de opción, he puesto toda mi buena voluntad”.
No, Gaziel no fue un hombre de posibilidades fallidas. Pertenece a una estirpe, quizás ninguneada, pero que en él y en algunos otros alcanzó la excelencia. En ella se pueden mirar los profesionales de hoy para enorgullecerse de ser lo que son, periodistas. Algunos de ellos, a veces y aunque sólo sea por epatar al personal, sienten hormiguear la tentación de decir en voz alta qué gran periodista se perdió en tal o cual escritor, congelado fatalmente por el virus de la literatura. La respuesta que obtuve, en cierta ocasión en que me rendí al impulso, fue una sonrisa que pretendía ser indulgente y que, en realidad, resultó sarcástica.
Revival de los ochenta
Una va paseando despreocupada y felizmente, distraída, mirando como sin mirar los escaparates. Hasta que advierte que no es uno, sino dos y tres y cuatro los maniquíes que gritan a los transeúntes: ¡vivan los ochenta! Visten aquellos pantalones ceñidísimos con los que había que pelearse ferozmente para lograr embutirnos en ellos y aquellas camisas que, en virtud de una categórica ley de compensación textil, tenían la suficiente holgura para hospedar a un coloso. Las camisas van sobradas de tela a lo ancho y también a lo largo, de hecho, llegarían a las rodillas si no fuesen recogidas, abolsando el excedente de tela, con un cinturón convenientemente escandaloso que descansa al bies en las caderas torturadas por su peso. Nada tiene de particular todo esto. Cualquiera sabe que, tarde más, tarde menos, toda moda regresa y que lo hace con pretensiones de novedad que sólo los más jóvenes pueden creer. Quienes tenemos la memoria de más años hemos asistido a la vigencia de la moda que ahora vuelve. Es más, vestimos entonces según sus dictados para descubrirnos después irremediablemente ridículos, absurdos sin paliativos, en aquella estampa que el tiempo tornó inverosímil y caduca.Así es que una va despreocupada y felizmente paseando y la banal visión de los escaparates se convierte en la súbita constatación del paso del tiempo. Ya tenemos edad para ver regresar una moda o, visto de otra forma, ya no tenemos edad para asumirla, nos sabemos condenados a ser disidentes. Así es como advertimos, de repente y sin previo aviso, que tenemos la edad que no sabemos ver en el espejo por las mañanas, porque el reflejo del paso del tiempo sólo estamos dispuestos a descubrirlo en los demás o en relampagueantes signos externos, como estos escaparates que proclaman una verdad cruel. Tampoco tiene todo esto nada de particular, incluso ya sabíamos la teoría por el tango, aquello de que veinte años no es nada. El caso es que vamos paseando distraídamente, igual que envejecemos, y también para distraernos de estúpidas cavilaciones que arruinen la tarde nos ponemos a rezar al santo patrón de los diseñadores implorando que no permita que este revival de los ochenta nos devuelva también aquellas hombreras imposibles en su desmesura, de verdadero espanto.
Café con gotas (VI)
¡Qué tendrá el café que prepara la Negra Tomasa! Estrellas de Areíto probaron su pócima y, bajo los efectos del bilongo, cantaron así.
Contar y andar

“Contar y andar es la función del periodista”, dijo Manuel Chaves Nogales. Así que se trata de eso, de contar y andar o, si se permite la levísima corrección, de andar para contar. Puede que ya no se estile esa forma de hacer periodismo, pero en el primer tercio del siglo XX hubo toda una generación de periodistas andariegos. A ella perteneció Corpus Barga. Lo tuvo claro desde el principio: había que patear las calles antes de ponerse a escribir. Era el programa que formuló en 1913 en la presentación de Menipo, donde fue director de sí mismo, puesto que era el redactor único del semanario:
“Menipo salta definitivamente del cuadro del Museo del Prado y después de calentarse los pies con unas cuantas fuertes pisadas, convenciéndose al mismo tiempo de que su cuerpo puede caminar, ha echado un trago del jarro que tiene a su vera, y volviendo a embozarse en su capa, firme de figura y único de genio, se ha lanzado a la calle. […] Menipo sabe que un periódico no se hace en la redacción por unos señores que, teniendo que ir a la Redacción, no se enteran de las cosas. Un periódico donde se va a hablar de lo que pasa en la calle, tiene que hacerse en la calle también”.
El procedimiento, ése de andar y contar, queda bien a la vista, por ejemplo, en las crónicas italianas que publicó en El Sol en los años 20. En ellas aparece la descripción de piazza Navona en la noche de la Befana, de las callejas del antiguo Campo de Marte tomadas por los voceadores de periódicos, del ambiente de los viejos cafés como el Greco y de los novísimos como el Biffi, del Corso desbordado por una manifestación de camisas negras, de las iglesias napolitanas en una mañana dominical y de la galería Vittorio Emmanuele de Milán. Para evitar equívocos habrá que advertir que Corpus Barga no tiene vocación de guía turístico. Sus textos no sirven de Baedeker, ni siquiera cuando visita el Vesubio y Pompeya. Por otra parte, tampoco son los suyos banales cuadros de tipos y costumbres. Aquellos con quienes se topa en su paseo por el Pincio, pongamos por caso, le permiten hacer la disección de la sociedad romana. El callejeo es el método del atento observador que encuentra en la anécdota una categoría; en el detalle, un síntoma y en el escenario de la ciudad, el pálpito de la sociedad, la política y la cultura, de la época, que es, en definitiva, lo que interesa al periódico.
En 1915, cuando Europa se está matando en la Gran Guerra, él se encuentra en París como corresponsal de la revista España. Se presenta a sus lectores y les explica cómo afronta su trabajo:
“[…] no busquéis en mí nada esencial; soy hombre de ciudad, quiero decir, de café y de tranvía; vivo entre cosas movibles y pasajeras; no tengo el eterno espectáculo de los campos, sino la visión vertiginosa y chocante del tráfago del arroyo… Y por este arroyo he de navegar en la vana cáscara de nuez de la anécdota callejera.
Pero dentro de su banalidad hay anécdotas que flotan en la superficie y anécdotas que se sumergen. En calidad de hombre negativo, de hombre pozo, de hoyo en el cauce del arroyo callejero, a las últimas he de agarrarme.
Lo más sorprendente de esta gran guerra, para dar una gran sorpresa a las profecías, no ha sido la guerra aérea, sino la guerra submarina. La anécdota sumergible es el submarino de la reflexión. Yo dejaré a estos submarinos que lancen sus torpedos contra todos los enemigos boyantes.
¡Españoles y lectores míos! ¡No me leáis si habéis de llevaros las manos a la cabeza cuando las palabras sumergidas en estas páginas intenten torpedear, sin aviso previo, a algún enorme Lusitania de la España vieja!”
El periodista, uno de los que confiaban en que una victoria aliada diese una oportunidad a una España nueva y vital frente a la España vieja y oficial, advierte que se agarrará a la anécdota callejera. Y así fue siempre, anda que te anda, cuenta que te cuenta, Corpus Barga construyó sus crónicas a partir de anécdotas llenas de intención que eran lo mismo que torpedos. Su estrategia tenía validez universal, lo mismo servía al corresponsal destinado en una ciudad europea que al periodista cuando ejercía la profesión en casa. No por azar dio el título genérico de “Paseos por Madrid” a una serie de artículos que publicó en El Sol entre diciembre de 1922 y enero de 1923. El título cuadra perfectamente para reunir a su amparo los escritos sobre Madrid que Corpus escribió ruando por sus calles.
El paseo también fue el método de otros, por ejemplo, de Joseph Roth. Él mismo lo explicó en un artículo de 1921 que, como proyecto periodístico, Corpus Barga no habría tenido inconveniente en suscribir. La cita, larga, merece ser reproducida íntegra, porque resulta imposible parafrasearla o comentarla sin despojarla de su ajustada, precisa y exactísima expresión:
“Lo que veo es el rasgo ridículamente anodino en la faz de la calle y del día. […] Solo son importantes las pequeñas cosas de la vida.
¿Qué me importa, a mí, paseante que marcha en diagonal por un avanzado día de primavera, la gran tragedia de la historia universal que recogen los editoriales de los periódicos? […] En vista de los acontecimientos microscópicos, todo pathos es en vano, se pierde sin sentido. Lo diminuto de las partes impresiona más que la monumentalidad del conjunto. Ya no necesito los gestos ampulosos, que intentan abarcarlo todo, del héroe del teatro universal. Yo soy un paseante.
Al soporte publicitario en el que se anuncian con grandes caracteres cosas como, por ejemplo, los cigarrillos Manoli, como si de un ultimátum o de un memento mori se tratara, le pierdo todo el respeto. De alguna manera, creo, el valor ilusorio de un ultimátum y de un cigarrillo se revela aquí en la manera en que ambos hallan expresión. Lo que se anuncia con letras tan grandes es pobre en importancia y contenido. Y me parece que en esta época no hay nada que no se anuncie con grandes caracteres. En eso consiste su grandeza. Tengo para mí que la tipografía se ha transformado en ideario. Lo más importante, lo menos importante y lo poco importante solo son asuntos que parecen tener más, menos o ninguna importancia. Les otorgamos valor por su imagen, no por su esencia. El acontecimiento de la semana es aquel que ha sido declarado acontecimiento de la semana gracias a la presión, al gesto y al ademán del brazo que se levanta para golpear. No hay nada que sea; todo significa. Sin embargo, ante el resplandor de un sol que se extiende implacable por el muro, por la calle, por el raíl, que se cuela por las ventanas y se refleja, concentrado, multiplicado por mil, lo irrelevante hinchado se eclipsa. Irrelevante –cree un servidor, engañado por la impresión, por la tipografía como ideario que predomina- es todo cuanto consideramos importante y nos tomamos en serio: el cigarrillo Manoli y el ultimátum”.
Dice Joseph Roth: “Lo que veo es el rasgo ridículamente anodino en la faz de la calle y del día”. Apunta Corpus Barga: “No busquéis en mí nada esencial; soy hombre de ciudad, quiero decir, de café y de tranvía; vivo entre cosas movibles y pasajeras; no tengo el eterno espectáculo de los campos, sino la visión vertiginosa y chocante del tráfago del arroyo…”. Replica Roth: “La naturaleza ha entrado en una guía. Lo que veo, sin embargo, no aparece en ninguna guía. Lo que veo es el vaivén inesperado, repentino, sin ningún fundamento […]”.
Los paseos madrileños de Corpus Barga –un “hombre negativo” que no está, según su propio aviso, “satisfecho de mí mismo ni de los demás”– y los paseos berlineses de Joseph Roth –un “huraño”, de acuerdo con su autorretrato– tienen mucho en común. Ambos convirtieron la anécdota sumergible y el rasgo anodino que encontraron en la calle en el pilar de sus crónicas, que, no obstante, distan mucho de ofrecer un resultado trivial o insustancial. Las páginas que escribieron en los periódicos han migrado ya a las de los libros de historia. Es imposible prescindir de los artículos de Corpus Barga para dibujar la estampa del Madrid de los años 30 e inevitable remitirse a los textos de Roth para reconstruir la Alemania de Weimar, como bien sabe Eric D. Weitz.
Corpus Barga y Joseph Roth ocuparon sus plumas escribiendo sobre los automóviles, el tranvía y el suburbano, la barbería, los cafés, la alpargatería, los parques y el cinematógrafo. Su atención no fue casi nunca para el Palais Royal, el Luxemburgo o la fachada del Louvre. Ellos eran paseantes y periodistas, viajeros sentimentales de la insigne estirpe que desciende de Laurence Sterne, quien creía que en ese tipo de "minucias, en apariencia desdeñables, se descubren los rasgos del carácter nacional mucho mejor que en las graves materias de estado”. Y fue Sterne quien les enseñó el método: “[…] y me eché a la calle sin saber bien adónde iba. Ya lo pensaré en el camino”. En el camino, lo que hicieron Corpus y Roth fue “dibujar el rostro del tiempo”. La cita es de Roth y también la apostilla: “Y ésa es la tarea de un gran periódico”. De esos grandes periódicos que inventaron una forma de hacer periodismo que ya no es. ¡Ay, el viejo periodismo!, que exclamaría Xavier Pericay.
“Menipo salta definitivamente del cuadro del Museo del Prado y después de calentarse los pies con unas cuantas fuertes pisadas, convenciéndose al mismo tiempo de que su cuerpo puede caminar, ha echado un trago del jarro que tiene a su vera, y volviendo a embozarse en su capa, firme de figura y único de genio, se ha lanzado a la calle. […] Menipo sabe que un periódico no se hace en la redacción por unos señores que, teniendo que ir a la Redacción, no se enteran de las cosas. Un periódico donde se va a hablar de lo que pasa en la calle, tiene que hacerse en la calle también”.El procedimiento, ése de andar y contar, queda bien a la vista, por ejemplo, en las crónicas italianas que publicó en El Sol en los años 20. En ellas aparece la descripción de piazza Navona en la noche de la Befana, de las callejas del antiguo Campo de Marte tomadas por los voceadores de periódicos, del ambiente de los viejos cafés como el Greco y de los novísimos como el Biffi, del Corso desbordado por una manifestación de camisas negras, de las iglesias napolitanas en una mañana dominical y de la galería Vittorio Emmanuele de Milán. Para evitar equívocos habrá que advertir que Corpus Barga no tiene vocación de guía turístico. Sus textos no sirven de Baedeker, ni siquiera cuando visita el Vesubio y Pompeya. Por otra parte, tampoco son los suyos banales cuadros de tipos y costumbres. Aquellos con quienes se topa en su paseo por el Pincio, pongamos por caso, le permiten hacer la disección de la sociedad romana. El callejeo es el método del atento observador que encuentra en la anécdota una categoría; en el detalle, un síntoma y en el escenario de la ciudad, el pálpito de la sociedad, la política y la cultura, de la época, que es, en definitiva, lo que interesa al periódico.
En 1915, cuando Europa se está matando en la Gran Guerra, él se encuentra en París como corresponsal de la revista España. Se presenta a sus lectores y les explica cómo afronta su trabajo:
“[…] no busquéis en mí nada esencial; soy hombre de ciudad, quiero decir, de café y de tranvía; vivo entre cosas movibles y pasajeras; no tengo el eterno espectáculo de los campos, sino la visión vertiginosa y chocante del tráfago del arroyo… Y por este arroyo he de navegar en la vana cáscara de nuez de la anécdota callejera.
Pero dentro de su banalidad hay anécdotas que flotan en la superficie y anécdotas que se sumergen. En calidad de hombre negativo, de hombre pozo, de hoyo en el cauce del arroyo callejero, a las últimas he de agarrarme.
Lo más sorprendente de esta gran guerra, para dar una gran sorpresa a las profecías, no ha sido la guerra aérea, sino la guerra submarina. La anécdota sumergible es el submarino de la reflexión. Yo dejaré a estos submarinos que lancen sus torpedos contra todos los enemigos boyantes.
¡Españoles y lectores míos! ¡No me leáis si habéis de llevaros las manos a la cabeza cuando las palabras sumergidas en estas páginas intenten torpedear, sin aviso previo, a algún enorme Lusitania de la España vieja!”
El periodista, uno de los que confiaban en que una victoria aliada diese una oportunidad a una España nueva y vital frente a la España vieja y oficial, advierte que se agarrará a la anécdota callejera. Y así fue siempre, anda que te anda, cuenta que te cuenta, Corpus Barga construyó sus crónicas a partir de anécdotas llenas de intención que eran lo mismo que torpedos. Su estrategia tenía validez universal, lo mismo servía al corresponsal destinado en una ciudad europea que al periodista cuando ejercía la profesión en casa. No por azar dio el título genérico de “Paseos por Madrid” a una serie de artículos que publicó en El Sol entre diciembre de 1922 y enero de 1923. El título cuadra perfectamente para reunir a su amparo los escritos sobre Madrid que Corpus escribió ruando por sus calles.El paseo también fue el método de otros, por ejemplo, de Joseph Roth. Él mismo lo explicó en un artículo de 1921 que, como proyecto periodístico, Corpus Barga no habría tenido inconveniente en suscribir. La cita, larga, merece ser reproducida íntegra, porque resulta imposible parafrasearla o comentarla sin despojarla de su ajustada, precisa y exactísima expresión:
“Lo que veo es el rasgo ridículamente anodino en la faz de la calle y del día. […] Solo son importantes las pequeñas cosas de la vida.¿Qué me importa, a mí, paseante que marcha en diagonal por un avanzado día de primavera, la gran tragedia de la historia universal que recogen los editoriales de los periódicos? […] En vista de los acontecimientos microscópicos, todo pathos es en vano, se pierde sin sentido. Lo diminuto de las partes impresiona más que la monumentalidad del conjunto. Ya no necesito los gestos ampulosos, que intentan abarcarlo todo, del héroe del teatro universal. Yo soy un paseante.
Al soporte publicitario en el que se anuncian con grandes caracteres cosas como, por ejemplo, los cigarrillos Manoli, como si de un ultimátum o de un memento mori se tratara, le pierdo todo el respeto. De alguna manera, creo, el valor ilusorio de un ultimátum y de un cigarrillo se revela aquí en la manera en que ambos hallan expresión. Lo que se anuncia con letras tan grandes es pobre en importancia y contenido. Y me parece que en esta época no hay nada que no se anuncie con grandes caracteres. En eso consiste su grandeza. Tengo para mí que la tipografía se ha transformado en ideario. Lo más importante, lo menos importante y lo poco importante solo son asuntos que parecen tener más, menos o ninguna importancia. Les otorgamos valor por su imagen, no por su esencia. El acontecimiento de la semana es aquel que ha sido declarado acontecimiento de la semana gracias a la presión, al gesto y al ademán del brazo que se levanta para golpear. No hay nada que sea; todo significa. Sin embargo, ante el resplandor de un sol que se extiende implacable por el muro, por la calle, por el raíl, que se cuela por las ventanas y se refleja, concentrado, multiplicado por mil, lo irrelevante hinchado se eclipsa. Irrelevante –cree un servidor, engañado por la impresión, por la tipografía como ideario que predomina- es todo cuanto consideramos importante y nos tomamos en serio: el cigarrillo Manoli y el ultimátum”.
Dice Joseph Roth: “Lo que veo es el rasgo ridículamente anodino en la faz de la calle y del día”. Apunta Corpus Barga: “No busquéis en mí nada esencial; soy hombre de ciudad, quiero decir, de café y de tranvía; vivo entre cosas movibles y pasajeras; no tengo el eterno espectáculo de los campos, sino la visión vertiginosa y chocante del tráfago del arroyo…”. Replica Roth: “La naturaleza ha entrado en una guía. Lo que veo, sin embargo, no aparece en ninguna guía. Lo que veo es el vaivén inesperado, repentino, sin ningún fundamento […]”.
Los paseos madrileños de Corpus Barga –un “hombre negativo” que no está, según su propio aviso, “satisfecho de mí mismo ni de los demás”– y los paseos berlineses de Joseph Roth –un “huraño”, de acuerdo con su autorretrato– tienen mucho en común. Ambos convirtieron la anécdota sumergible y el rasgo anodino que encontraron en la calle en el pilar de sus crónicas, que, no obstante, distan mucho de ofrecer un resultado trivial o insustancial. Las páginas que escribieron en los periódicos han migrado ya a las de los libros de historia. Es imposible prescindir de los artículos de Corpus Barga para dibujar la estampa del Madrid de los años 30 e inevitable remitirse a los textos de Roth para reconstruir la Alemania de Weimar, como bien sabe Eric D. Weitz.
Corpus Barga y Joseph Roth ocuparon sus plumas escribiendo sobre los automóviles, el tranvía y el suburbano, la barbería, los cafés, la alpargatería, los parques y el cinematógrafo. Su atención no fue casi nunca para el Palais Royal, el Luxemburgo o la fachada del Louvre. Ellos eran paseantes y periodistas, viajeros sentimentales de la insigne estirpe que desciende de Laurence Sterne, quien creía que en ese tipo de "minucias, en apariencia desdeñables, se descubren los rasgos del carácter nacional mucho mejor que en las graves materias de estado”. Y fue Sterne quien les enseñó el método: “[…] y me eché a la calle sin saber bien adónde iba. Ya lo pensaré en el camino”. En el camino, lo que hicieron Corpus y Roth fue “dibujar el rostro del tiempo”. La cita es de Roth y también la apostilla: “Y ésa es la tarea de un gran periódico”. De esos grandes periódicos que inventaron una forma de hacer periodismo que ya no es. ¡Ay, el viejo periodismo!, que exclamaría Xavier Pericay.
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Unha bágoa por Alonso
Na xerga xornalística de principios do século XX, as notas necrolóxicas chamábanse tamén bágoas. Aquí esvara unha por Alonso...
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Alonso era en realidade o seu primeiro apelido, pero converteuse no nome polo que foi coñecido un dos xornalistas máis veteranos da cidade de Lugo. Creo que estaba orgulloso da súa profesión e da súa carreira, así mo pareceu o día que me deu unha fotocopia dun vello Boletín de La Voz de Galicia na que figuraba unha pequena foto súa coa data de ingreso na empresa: o primeiro de decembro de 1969. Se é posible un orgullo sen vaidade, ese foi o que tamén percibín cando, antes de mandarme a informar sobre a segunda visita de Fidel Castro á terra natal do seu pai, Láncara, me deu copia de dúas crónicas que, anos antes, el firmara con ocasión da viaxe anterior do ditador cubano.
Tiven a inmensa fortuna de facer prácticas durante varios veráns na redacción de La Voz de Galicia en Lugo cando a dirixía Alonso. Lémbroo diante do plano das páxinas do xornal do día seguinte aínda en branco, cando o único certo era a publicidade que ían levar; escribindo os seus textos ou facendo a última revisión dos escritos dos seus redactores; elixindo a fotografía de portada; mantendo unha tranquilidade inconcibible cando todos estabamos abelloados polos nervios ou entrando e saíndo do seu despacho, e volta a entrar e saír, contaxiando a todos a súa excitación, o que, en verdade, podía chegar a ser crispante cando xa estabamos todos dabondo crispados; consumíndose ante a inminencia da hora de peche nun día complicado; interrompendo o traballo da tarde con calquera conto mentres remexía nos petos do pantalón facendo un estrondo metálico cunha chea de moedas, chaves e sabe deus que máis; relatando un sucedido con ollos pícaros e un chisco maliciosos que rían antes que a cara; confirmando por teléfono coa sede do xornal en A Coruña que recibiran as páxinas coa información lucense antes de dar por concluída a xornada.
Alonso chamoume por teléfono o día que fixen o derradeiro exame da licenciatura para ofrecerme un contrato de traballo. Nunca esquecerei a alegría que representou aquela chamada, a euforia desenfreada que nin un Pulitzer creo que poida regalar. Así volvín a traballar con el e cos excelentes xornalistas que dirixía, sen dúbida ningunha, dos mellores que teño coñecido. Todos foron comigo bos e xenerosos, nunha medida imposible de expresar. Todos ensináronme o que a facultade de xornalismo non soubo ensinarme e tamén o que ningunha facultade de xornalismo pode ensinar. Se sei algo do traballo ben feito e do orgullo modesto de ser xornalista é grazas a eles.
Alonso, José Abelardo Alonso Sánchez que ese era o seu nome completo, foi un home e un xornalista bo e xeneroso. Era sobrio e tímido na expresión dos seus afectos diante das persoas que estimaba e hiperbólico e excesivo cando non as tiña enfronte. Acabo de recibir a noticia da súa morte e supoño que esta é unha necrolóxica, a primeira que escribo. Meu querido Alonso non sabe canto me doe que sexa a súa. Eu non sei quen me vai desculpar, coma el fixo noutras ocasións, a falta de experiencia, quen a sobriedade, que non é falta de cariño nin de admiración.
[Publicado na edición lucense de La Voz de Galicia, 2 de maio de 2009]
Tiven a inmensa fortuna de facer prácticas durante varios veráns na redacción de La Voz de Galicia en Lugo cando a dirixía Alonso. Lémbroo diante do plano das páxinas do xornal do día seguinte aínda en branco, cando o único certo era a publicidade que ían levar; escribindo os seus textos ou facendo a última revisión dos escritos dos seus redactores; elixindo a fotografía de portada; mantendo unha tranquilidade inconcibible cando todos estabamos abelloados polos nervios ou entrando e saíndo do seu despacho, e volta a entrar e saír, contaxiando a todos a súa excitación, o que, en verdade, podía chegar a ser crispante cando xa estabamos todos dabondo crispados; consumíndose ante a inminencia da hora de peche nun día complicado; interrompendo o traballo da tarde con calquera conto mentres remexía nos petos do pantalón facendo un estrondo metálico cunha chea de moedas, chaves e sabe deus que máis; relatando un sucedido con ollos pícaros e un chisco maliciosos que rían antes que a cara; confirmando por teléfono coa sede do xornal en A Coruña que recibiran as páxinas coa información lucense antes de dar por concluída a xornada.
Alonso chamoume por teléfono o día que fixen o derradeiro exame da licenciatura para ofrecerme un contrato de traballo. Nunca esquecerei a alegría que representou aquela chamada, a euforia desenfreada que nin un Pulitzer creo que poida regalar. Así volvín a traballar con el e cos excelentes xornalistas que dirixía, sen dúbida ningunha, dos mellores que teño coñecido. Todos foron comigo bos e xenerosos, nunha medida imposible de expresar. Todos ensináronme o que a facultade de xornalismo non soubo ensinarme e tamén o que ningunha facultade de xornalismo pode ensinar. Se sei algo do traballo ben feito e do orgullo modesto de ser xornalista é grazas a eles.
Alonso, José Abelardo Alonso Sánchez que ese era o seu nome completo, foi un home e un xornalista bo e xeneroso. Era sobrio e tímido na expresión dos seus afectos diante das persoas que estimaba e hiperbólico e excesivo cando non as tiña enfronte. Acabo de recibir a noticia da súa morte e supoño que esta é unha necrolóxica, a primeira que escribo. Meu querido Alonso non sabe canto me doe que sexa a súa. Eu non sei quen me vai desculpar, coma el fixo noutras ocasións, a falta de experiencia, quen a sobriedade, que non é falta de cariño nin de admiración.
[Publicado na edición lucense de La Voz de Galicia, 2 de maio de 2009]
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Enric González, censurado
Definitivamente, Carlos Boyero eligió un mal día para dejar de fumar. Vale renunciar al tabaco y hasta prescindir del café que tira del cigarrillo prohibido, pero, al mismo tiempo, no poder meterse el chute diario de Enric González es un infierno sólo imaginable por quien sea esclavo de la adicción a su columna. Yo conozco ese infierno. Yo misma padezco los síntomas del mono en esta mañana de domingo. Ya son varios días de abstinencia forzada. El cuerpo no consiente más aplazamientos y reclama perentoriamente su dosis. Las manos temblorosas pasan con ansiedad las páginas del periódico. Los ojos vidriosos rebuscan a la desesperada el “asunto marginal”. Sin éxito. Mendigo entonces la metadona que me permita sobrevivir al día. La nocilla no sirve ni para endulzar el desayuno, como para pedirle que calme el síndrome de abstinencia. El artículo llorando la clausura del Pequeño País es un amable cuadro costumbrista que hace más pesarosa la añoranza de los afilados análisis de Enric González sobre el desmantelamiento del periodismo por parte de los dueños del sector. Y la defensora del lector ejerce de defensora de la empresa cuando comenta la foto de los culos de Letizia Ortiz y Carla Bruni; debió de pensar que estaba eximida de su trabajo puesto que ya lo había dejado hecho Enric González en la última página del periódico del mismo día que su portada llevaba la imagen.Dicen que la culpa de la ausencia de Enric González y de mi mono es de la censura. Se veía venir. No podía quedar impune la costumbre del periodista de poner un poco de dinamita en algunas frases que colaba aquí y allá, de hablar para quien quisiera entender, de decir su canción a quien con él va. Estaba llamando demasiado la atención. Alguien ha debido de entender que ya estaba bien de que anduviese celebrando el bicentenario de Larra a lo grande, con sus ensayos sobre cómo decir lo que no se puede decir. Alguien ha creído llegado el momento de que aprenda a preguntar en qué sentido ha de escribir para verse impreso, respete el látigo que lo gobierna y concluya todos sus artículos proclamando “lo que no se puede decir, no se debe decir”. ¡Con ésas a Enric González! Para empezar ha dejado El País en blanco. Género viejo éste de los artículos en blanco y el único que aplaca el mono dominical de los adictos, antes y mejor satisfechos con las cábalas sobre qué dirá o qué no dirá el artículo en blanco que con la certeza de lo que dicen los artículos en negro.
La más acendrada retórica franquista
ABC, queriendo sin duda ahorrar el trámite de convertirse en rata de hemeroteca a quien esté interesado en estudiar la retórica franquista que exudaban los periódicos en los años de la dictadura, publica hoy esta noticia necrológica:“Cristianamente ha fallecido a los 95 años en Madrid doña Menganita de Tal. Era viuda del general de Caballería don Zutanito de Cual, héroe de nuestra Guerra civil, que luchó en Rusia con la División Azul y jinete olímpico que batió el Récord del Mundo de salto de longitud en Barcelona, en 1951. Dama de acrisoladas virtudes, de espíritu indomable, siempre destacó por su simpatía y naturalidad. Doña Menganita de Tal deja nueve hijos, veintisiete nietos y treinta y cuatro bisnietos. El funeral por el eterno descanso de su alma se celebrará…”.
El obituario pretende incensar las glorias de la dama de acrisoladas virtudes y del héroe de nuestra guerra civil, pero resulta que el único que realmente se cubre de gloria es el propio periódico.
Las lenguas del exilio
El fotógrafo Agustí Centelles fue uno de los exiliados que, en penosas condiciones, se vieron forzados a cruzar los Pirineos en febrero de 1939 ante la inminencia de la entrada de las tropas franquistas en Barcelona. Fue uno de aquellos republicanos que escucharon los gritos de “allez, allez!” de los gendarmes franceses apremiándolos a entrar en la playa de Argelès-sur-Mer, donde con alambradas se había cercado un campo de concentración. Por las anotaciones del diario que Centelles comenzó a llevar poco antes de su salida de España y que acaba de editar Península, podemos seguir su peripecia en aquellos días. En sus páginas queda constancia del dolor por dejar atrás a su familia; del hambre que no podían saciar los mendrugos de pan que fueron el único y escaso alimento probado durante días; de la diarrea y de los piojos, que se ensañaban con los refugiados, y de aquel viento que, por más que nos sea descrito por éste y tantos otros testimonios de quienes estuvieron allí, sigue siendo inimaginable en su torturadora constancia y su inclemente fuerza. A pesar de las terribles circunstancias, Centelles no dejó de hacer apuntes en su diario, que se extiende hasta poco después de su salida, en octubre de 1939, del campo de Bram a donde había sido trasladado a principios del mes de marzo.Las fotografías que tomó en Bram comparten con su diario una inquebrantable voluntad de dejar, para el futuro, el relato de la experiencia personal y colectiva de los exiliados españoles refugiados en Francia. Y parte de ese futuro era su propio hijo Sergi, entonces un pequeño que todavía no había cumplido dos años. A él dedica un resumen de su vida que comienza a redactar, en el mismo cuaderno que le sirvió de diario, el día 20 de abril de hace exactamente setenta años. Aquel relato arrancaba con una justificación: por qué escribe en catalán.
“Utilizo el catalán para que, sea cual sea nuestra suerte y allá donde estemos tú, tu madre y yo y los otros familiares que puedan vivir con nosotros, tengas el orgullo y la satisfacción de llamarte catalán.Ya desde este momento te pido perdón por la serie de faltas que puedas encontrar, con el tiempo, a lo largo de este escrito. Yo nunca había practicado el catalán por medio de la escritura. Ahora, desde que estoy en este campo, he recibido innumerables cartas de compañeros y amigos en esta lengua, y no me ha quedado más remedio que contestarles como ellos lo hacían. Lo que acabo de escribir no refleja toda la verdad. Ahora recuerdo que a tu madre, de solteros y luego de casados, contigo ya en el mundo, le había escrito muchas veces en catalán, desde el frente de guerra o desde Lérida, donde yo, soldado de la leva de 1930, prestaba servicio como fotógrafo del Comisariado General de Guerra. Estoy seguro de que en castellano me saldría más redondo, más florido, pero no. Prefiero que tu lectura de esto sea en catalán para que de esta forma te llegue más al alma”.
Lamento citar en castellano estas líneas que hicieron arrepentirme de haber evitado el pequeño esfuerzo que hubiese representado la lectura de la edición catalana de este diario.
La advertencia de Centelles sobre la lengua que utiliza no es, ni mucho menos, banal. Explicando por qué descarta el castellano aclara también qué es lo que impulsa su escritura. Ella no busca la efectividad literaria que le permitiría el castellano. Su testimonio pretende un tipo de eficacia más radical: comunicar la verdad descarnada de su propia alma que sólo podía expresarse en la lengua que hablaba y que sólo ocasionalmente había cultivado antes por escrito, el catalán. Son las palabras en catalán las únicas en las que le resulta concebible la historia de su vida, de sus circunstancias actuales y el retrato de su propia identidad. Sólo a través de ellas es posible la serena afirmación de todo lo que es y ha hecho, de todo aquello que los vencedores de la guerra censuran y de lo que querrían despojarlo, en definitiva, de todo aquello que el exilio no puede derrotar.
El exilio sólo pudo expresarse en su propia lengua, que no fue una. En el caso de Centelles fue el catalán. En el de un hombre que acababa de perder a su padre en Estados Unidos, el gallego. De él tenemos noticia por el cuaderno de notas, fechadas entre 1938 y 1940, de Castelao:
“Cando morreu un galego en Nova York. Embalsamado e pintado. Un fillo, ao verme, esclamou con ledicia: ‘Morreu papá’”.
La alegría a la que se refiere este apunte es la nacida de la posibilidad de expresar aquel íntimo dolor en la lengua de la vida y de la muerte, en la que prestaba las únicas palabras que enunciaban el momento y los sentimientos. “Morreu papá”. Ésas, y ninguna otra, eran las que permitían comunicar y compartir el dolor, las que quizás también proporcionaban una suerte de consuelo.
En los escritores que vivieron el exilio no son infrecuentes las alusiones a él como un medio hostil para la lengua propia. El profesor Vicente Lloréns, interpretando el sentir de aquellos escritores desterrados, que bien pudo ser el suyo propio como exiliado en Estados Unidos, escribió:
“Para todo escritor expatriado, tanto discursivo como imaginativo, la lengua del lugar donde encuentra acogida tiene primordial importancia. En país de lengua ajena se siente cohibido y empequeñecido. Por bien que llegue a dominarla, la espontaneidad con que la emplea cualquiera nacido en el lugar, por poco dotado que esté, le producirá una sensación de inferioridad, y no digamos en presencia de sus iguales en cultura, que pueden permitirse el juego, la sutileza, la originalidad de expresión de que él sólo es capaz en su propia lengua, no en la otra. Añádase a esto la impresión, falsa muchas veces pero que el tiempo puede hacer verdadera, de que en un medio extraño su misma lengua nativa se empobrece”.
En otra ocasión, el mismo Vicente Lloréns, abundando en sus reflexiones sobre la imposición de otra lengua que conllevó tantas veces el exilio y, en especial, de la dolorosa sensación de deterioro de la propia, se preguntaba: “Esta muerte muda, en que el habla se extingue por falta de su natural aliento nativo, ¿a quién puede afectar más sensiblemente que al poeta, cuya razón de vida parece inseparable de la lengua?”.
Los escritores y, singularmente, los poetas del exilio acertaron dar una eficaz expresión literaria al sentimiento por esa “muerte muda”, pero por qué negar que idéntico sentimiento, en absoluto amortiguado, pudo ser albergado por cualquiera de los desterrados de 1939. En la verdad sin galas poéticas de Agustí Centelles en Bram o de aquel gallego anónimo en Nueva York, se encuentra una manifestación tan directa, sincera, sensible y conmovedora, o incluso mucho más, que en otros testimonios literarios sobre la imposibilidad de la renuncia a la lengua que los expresaba. Nada indica que fuese específico del escritor desterrado “el afán –que le atribuyó Vicente Lloréns– de afirmación propia a través de la lengua, con la cual se identifica plenamente; salvarla es salvarse: por eso teme también perderla”. Los expulsados tras la guerra civil, no sólo los escritores, se aferraron a la lengua –a las lenguas del exilio– para salvar de la derrota su propia identidad. La lengua no sólo hablaba por ellos; ellos eran la misma lengua. La fidelidad a las palabras era, en definitiva, la fidelidad a sí mismos y a las causas de su exilio.
J. Casals, el viejo dueño de unos libros de lance
Julio Camba y yo nos conocimos en Buenos Aires. Yo pasaba los días metida en el archivo de la sede de la Federación de Sociedades Gallegas en la calle Chacabuco. Él me aguardaba a la vuelta de la esquina, en una librería de viejo minúscula que sacaba parte de su mercancía a la calle. En una de las dos mesitas que flanqueaban la puerta de entrada reposaban unos tomitos con sus artículos. Entonces no tenía ni idea de que la capital porteña era el escenario perfecto para nuestra presentación. Él había viajado allí en su juventud y aprovechó su estancia para escribir artículos en algunos periódicos y para jugar a ser anarquista. Lo mío era infinitamente más aburrido: me había llevado a Buenos Aires una beca y me pasé el tiempo, muy formalita y como era debido, estudiando. Él hizo el viaje de ida y vuelta gratis: llegó como polizón y regresó deportado por el gobierno argentino por sus actividades políticas, envuelto en un prestigio revolucionario que a él le encantaba y que al periódico español que dio la noticia de su retorno le parecía perfectamente coherente con el apellido que le cambió por error, Caníbal, Julio Caníbal. Lo mío prometía ser infinitamente más caro, sobre todo, la vuelta. Porque había llenado con libros una maleta que pesaba un quintal y cuya facturación comportaba una fortuna que no tenía. Me salvó la mejor actuación de mi vida: con la cara más beatífica y menos caníbal que pude poner, expliqué a un responsable de la compañía aérea que era una estudiante pobre de solemnidad y que la maleta contenía un tesoro para mí. Aquellas dotes teatrales, que ignoraba poseer, debieron de resultar muy convincentes. O eso o al tipo le hizo gracia mi desfachatez, el caso es que los libros viajaron gratis. Entre ellos iban los de Julio Camba, que hacía una nueva travesía transoceánica de bóbilis.Los cinco tomitos de Camba estaban editados por Espasa-Calpe. Me costaron cada uno de ellos un peso, el precio medio de mis adquisiciones bibliográficas en Buenos Aires. Esto vendría a demostrar que no mentía cuando declaraba ser una menesterosa estudiante y que las librerías de viejo de aquella ciudad eran un paraíso, incluso para los más exiguos presupuestos. Los títulos de los libros eran Un año en el otro mundo, Sobre casi nada, Haciendo de República, Aventuras de una peseta y La ciudad automática. No incluían ninguna noticia biográfica del autor, tampoco un prólogo que me pusiese sobre aviso de lo que me disponía a leer. De manera que la única tarjeta de presentación de Camba fue su propia obra. Luego vendría el interés por la biografía de aquel periodista, la búsqueda de otros libros, las visitas a la hemeroteca, el rencor hacia mis profesores de periodismo por no haber citado siquiera su nombre, la indignación por el silencio al que parecía condenado y la absurda campaña de proselitismo en la que me empeñé durante un tiempo. Pero eso fue después, al principio sólo estuvieron aquellos libros que fundaron mi devoción por Julio Camba, sin intermediarios.
En realidad sí hubo un intermediario, se llama J. Casals. Deduzco que fue el primer dueño de estos libros de Camba que tengo ahora mismo sobre la mesa mientras escribo. Su firma, escrita a lápiz, figura en cada una de las primeras páginas de los cinco volúmenes. ¿Quién era J. Casals? Tuvo que ser, desde luego, un ferviente admirador de Camba. No sólo compró, uno tras otro, estos ejemplares, sino que los debió estimar de una forma especial, puesto que les hizo poner unas nuevas cubiertas, de un color granate que ha perdido la viveza original, pero no su distinción. En la parte superior del lomo, en letras doradas, hizo estampar el nombre de Camba y el título de cada libro; en la inferior, sus propias iniciales, J. A. C. Nunca he lamentado su decisión de reencuadernar estos libros sacrificando sus cubiertas originales. No lo he lamentado, ni siquiera en el caso de la primera edición de Sobre casi nada. No soy de ese tipo de fetichistas. Antes que dolerme por la pérdida, valoro el cariño mimoso que aquel lector dispensó a los libros.Desde el día en que compré estos libros de Camba, fantaseo con la biografía de J. Casals. Casals, ¿un apellido catalán? ¿Era quizás un emigrante que llegó a Argentina a hacer fortuna? ¿Cuándo llegó y cómo le fue en su aventura? Tal vez sugestionada porque yo me encontraba en Buenos Aires siguiendo el rastro de los exiliados republicanos de 1939, quienes, por otra parte, parecían conjurados para facilitarme la tarea y salían a mi encuentro sin apenas buscarlos, he terminado por adjudicarle esa misma condición a J. Casals. Me amparo en algunos datos que, sin llegar a ser concluyentes, al menos me permiten no tener que desechar la hipótesis como si de una fantasía caprichosa se tratase. Un año en el otro mundo, Sobre casi nada y Haciendo de República son ediciones madrileñas de Espasa-Calpe de los años 1927, 1928 y 1934. Los ejemplares de Aventuras de una peseta y La ciudad automática fueron publicados bajo el sello Espasa-Calpe Argentina en 1942. Me figuro, entonces, que los tres primeros libros fueron comprados en España y los dos últimos, en el exilio bonaerense. De ser cierta la frágil deducción, surgirían otros enigmas por esclarecer en torno a la figura de J. Casals. Entre todos ellos, me intrigaría sobremanera qué le ocurrió entre 1934 y 1942. En cualquier caso y fuera quien fuese J. Casals, nunca le he dejado de agradecer que me presentase a Camba y los libros que recibí en herencia.
Los otros dueños de mis libros
Los libros de lance llevan siempre consigo la historia secreta de sus anteriores dueños, que juegan con nosotros a mostrarse y a esconderse. Es imposible descifrar la firma estampada con chillona tinta roja en la primera página de Charlas de café de Santiago Ramón y Cajal, una edición de Espasa-Calpe de 1941 que hoy me pertenece. Sin embargo, el antiguo propietario ha guiado mis lecturas ocasionales de este libro a través de los subrayados y marcas que dejó junto a algunos de los aforismos, pensamientos y anécdotas que recogen sus páginas. Abro ahora mismo al azar el libro y no puedo evitar la sensación de leer por encima de su hombro cuando llama mi atención sobre este comentario: “Afirmaba Diógenes ‘que nada hay más miserable que el viejo pobre’. Hay todavía algo peor: el viejo enfermo, desengañado y escéptico”. ¿Qué le decían estas líneas? ¿Se sentía él ese anciano derrotado, como parece sugerir también su atenta lectura de otros pasajes del capítulo dedicado a la vejez y el dolor? ¿Y cómo leeré yo misma esas frases el día que, sintiéndome vieja, reabra el libro casualmente, otra vez, por esta página? ¿Pondré una nueva señal junto a la que él colocó? *****
Que la mañana de aquel domingo de junio en el mercado de Sant Antoni de Barcelona fuese luminosa no debió de ser interpretado como un buen augurio sobre las posibilidades de conocer al anterior dueño de los libros que compramos, los cuatro tomos publicados por Casa Editorial Estudio entre 1915 y 1917 con las crónicas que Gaziel escribió sobre la I Guerra Mundial para La Vanguardia. Su identidad es un misterio absoluto. Le reprochamos que no nos ofrezca una pista, ni un minúsculo detalle que desate la imaginación y permita inventarle una identidad, una biografía; pero le agradecemos su decisión de reencuadernar los volúmenes con unas resistentes cubiertas que han protegido eficazmente del paso del tiempo las páginas amarillentas que recibimos en legado. Al librero le reconocimos en secreto la sensibilidad de querer vender los cuatro tomos juntos, evitando la diáspora en distintas bibliotecas de los libros hermanos, sin por ello pretender sablearnos. Sería por eso que la mañana barcelonesa era luminosa o quizás porque entonces comenzó nuestro trato con Gaziel.
*****

Una no termina de sentirse dueña de los libros de lance que ha ido comprando. Parece que estuviesen aquí de prestado y que, el día menos pensado, fuera a presentarse alguien reclamando su legítima propiedad. Quien aspire a recuperar los nueve volúmenes de la preciosa edición que Aguilar hizo de las obras completas de Wenceslao Fernández Flórez y que están ahora mismo ante mí, tendrá que acreditar que un nieto travieso e irreverente garabateó en sus páginas, aquí y allá, permitiéndose incluso “corregir” los trazos de la caricatura del escritor coruñés que hizo Fresno y que se incluye en uno de los tomos. Siempre he bendecido el imaginario descuido del abuelo y la vocación pintarrajeadora del nieto, porque gracias a los desperfectos causados me vendieron los libros a un precio módico, desde luego muy lejos de la fabulosa cotización que suelen alcanzar en el mercado. De este modo he llegado a creer que sólo pagué el precio de un alquiler que expirará en cualquier momento, que, en efecto, no me puede garantizar la propiedad indefinida de estos libros.
Café con gotas (V)
Nada, que no aparece. Continúa perdido el calderito pa’ tostar un buen café… No está ni en casa de Eugenia, ni en la de Antonia… Y Compay Segundo sigue empeñado en buscarlo, ahora en compañía de su hija.
Händel y la dulzura de vivir
Ernst Bloch escribió: “La música no llena el espacio: lo crea”. Para mí, la música de Händel crea un espacio para la celebración de la vida, para la alegría. Esto parece evidente en Música para los reales fuegos artificiales o en su Música acuática. Pero en muchos pasajes de sus Concerti grossi también encuentro una suerte de regocijado alborozo que quizás se remansa en las sonatas, las suites o las fugas, pero sin llegar a desaparecer nunca del todo.La música de Händel crea un espacio para una alegría tranquila, más honda y mucho más verdadera que la de los arrebatos eufóricos que revelan su mentira una vez han quemado todas nuestras energías en piruetas alocadas. Esa alegría reposada no se encuentra jamás en los espacios monumentales, fastuosos y apabullantes, escenarios excesivos donde parece incongruente otra cosa que no sea un reverencial respeto y una postrada admiración. La sosegada alegría de Händel no habita en esos recintos sobrehumanos y asfixiantes, sino en salones amplios y maravillosos, al tiempo que discretos y sobrios, donde es posible la vida y donde se respira un aire tónico y revitalizador.
Quizás fuese más preciso llamar a esa alegría serena “dulzura de vivir”. Jesús Bal y Gay definió con exquisita sensibilidad ese poderoso sentimiento, que participa de la alegría y la felicidad, pero es distinto a ellas:
“En la alegría de vivir, así como en la felicidad muy intensa, hay una cierta dosis de embriaguez, de enajenamiento, incompatible con la claridad de conciencia esencial a la dulzura de vivir. Por eso ésta se manifiesta con un tempo moderato cantabile, entre placeres con sordina, placeres menudos, concurrentes, ninguno de los cuales bastaría para arrebatarnos, pero que juntos producen en nosotros esa imponderable sensación de felicidad consciente de sí misma, que es, al mismo tiempo, reconciliación con la vida, con la naturaleza, con el prójimo, eco humano de la aprobación de Dios a su propia obra en los días del Génesis. […] Nadie, por mucho que se lo proponga, logra por sí mismo la dulzura de vivir: cosa es ésta que recibimos como un don, gratuita e inesperadamente, cuando el corazón está desembarazado de urgencias y de afanes y el espíritu en reposada, ociosa vigilia. Todo nuestro ser comienza entonces a sentirse vivir plenamente y en su interior vibra un ronroneo de gato o de Rolls-Royce. Hay en ese estado una conjunción de finas delicias de los sentidos, al fondo de las cuales late un horizonte iluminado por una luz espiritual”.No importa el estado de ánimo con el que llegue a escuchar a Händel. Invariablemente con su música percibo la dulzura de vivir, me siento moradora de un espacio en el que “un dorado enjambre hibleo” de menus plaisirs, que diría Bal y Gay, colma “horas tan apacibles que el tiempo se convierte en una epifanía de la eternidad”. Incluso el lamento de Almirena, llorando su cruel suerte, construye ese lugar. Su aria es de una suave melancolía a la que algunos días también me abandono, dulcemente.
George Orwell y T. S. Eliot
Los periódicos traían el otro día la noticia de que T.S. Eliot rechazó en 1944, en nombre de la editorial Faber & Faber, la publicación de Rebelión en la granja de George Orwell. ABC dedicaba toda una página al asunto y Público, nada menos que dos. Causa sorpresa el alarde tipográfico y de espacio concedido a la supuesta revelación proporcionada por una carta manuscrita del poeta que, según estas informaciones, acaba de hacerse pública. Asombra porque, en primer lugar, son bien conocidas las dificultades que encontró la novela de Orwell. Rechazada por más de un editor, Rebelión en la granja tuvo que aguardar un año a ser publicada. Por otra parte, también era sabido que T. S. Eliot fue uno de los que dijo no. Es más, The Times sacó a la luz el 6 de enero de 1969 la carta de la negativa. En ella, Eliot se cuidaba de piropear el talento literario de Orwell: “Estamos de acuerdo en que la novela es una destacada obra literaria y que la fábula está muy inteligentemente llevada gracias a una habilidad narrativa que descansa en su propia sencillez, cosa que muy pocos autores habían logrado después de Gulliver”. Tras los parabienes, expresaba sus dudas respecto a que “el punto de vista que ofrece sea el más apto para criticar, en el momento presente, la situación política”. Incluso está documentada la reacción de Orwell ante la sugerencia de que “cualquier animal que no fuera el cerdo podía haber sido elegido para representar a los bolcheviques”: la tachó de estúpida.
Caben serias sospechas de que la carta a la que se refieren las crónicas publicadas ahora sobre este viejo episodio sea la misma que se conoce desde 1969 y que, sin necesidad de sabihondas erudiciones ni de rebuscar en secretas bibliografías, se encuentra citada por Bernard Crick en el prólogo a la edición de Destino de Rebelión en la granja. Los extractos recuperados estos días por la prensa parecen calcos, salvo por los inevitables matices debidos a la mano de distintos traductores, de los reproducidos por el profesor Crick.Así, resulta inevitable el desconcierto intrigado por el modo en que la historia de Orwell censurado por T. S. Eliot, que cualquier lector de la edición de bolsillo de Rebelión en la granja conoce, ha llegado a adquirir la categoría de magnífica e inédita revelación. Pero no seré yo quien critique a los periódicos por convertir el viejo suceso en noticia sensacional, sobre todo si sirve para ir al corazón del dilema -hoy y siempre, actual- que el episodio ejemplifica en la historia.
Rebelión en la granja fue considerada una novela decididamente incómoda e inoportuna por su crítica al estalinismo en el momento en que éste se había convertido en un aliado en la guerra contra Hitler. En ese sentido, la posición de T.S. Eliot era la expresión de una corriente de opinión compartida de forma prácticamente unánime por la intelligentsia británica. Los perfiles del debate que Orwell suscitaba fueron trazados con claridad por él mismo en un prólogo, que no llegó a ver publicado, para su libro:
“El tema que se debate aquí es muy sencillo: ¿Merece ser escuchado todo tipo de opinión, por impopular que sea? Plantead esta pregunta en estos términos y casi todos los ingleses sentirán que su deber es responder: ‘Sí’. Pero dadle una forma concreta y preguntad: ¿Qué os parece si atacamos a Stalin? ¿Tenemos derecho a ser oídos? Y la respuesta más natural será: ‘No’. En este caso, la pregunta representa un desafío a la opinión ortodoxa reinante y, en consecuencia, el principio de libertad de expresión entra en crisis”.Sustituyamos en esta cita la crítica a Stalin, minoritaria e inoportuna en 1944, por cualquier otra considerada hoy impolítica. Sustituyámosla por cualquier opinión con la que la sociedad esté hoy en radical desacuerdo, con la que no ya la sociedad, sino nosotros mismos discrepemos ferozmente. Y, como recomendaba Orwell, volvamos a preguntar: ¿reconocemos y defendemos el derecho de esa opinión a tener cauces de expresión? Interpelados de este modo, descubrimos que la verdadera defensa de la libertad no puede ser egoísta. No tiene ningún mérito ni valor defender nuestra propia libertad. Lo que hay que decidir es si estamos dispuestos a suscribir las palabras de Voltaire citadas por Orwell: “Detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo”.
En el marco definido por la Guerra Fría resultaba muy fácil defender la libertad de Orwell a decir lo que decía en Rebelión en la granja. Lo difícil había sido hacerlo sólo un poco antes, en el preciso momento en que su discurso era objeto de censuras. Cómodamente instalados en el presente, donde todavía queda más lejos el año 1944 con su ganga histórica, también resulta muy sencillo condenar a T. S. Eliot, como hace Sergi Doria en ABC. Lo difícil es saber si el juez está dispuesto a pronunciarse con semejante severidad contra los “hormigueos conservadores” actuales.Por otra parte, es desviar la atención del verdadero problema debatir si Rebelión en la granja es un texto de “trazo grueso y esquemático”, tal y como sostiene Constantino Bértolo en Público, para exculpar a T. S. Eliot, al que sólo critica el error de reconocer valores literarios a la novela. Parecería que Bértolo quiere decir que la equivocación política de Eliot constituyó, en realidad, un acierto literario, si no fuese porque tampoco aprecia nada reprochable en su negativa a publicar una voz política inconveniente. Algo no he debido de entender correctamente y confieso la total confusión que me provoca que el autor de La cena de los notables (Periférica, 2008) califique la decisión editorial de Eliot de “responsable y prudente”. Advierto una discrepancia irreconciliable entre la demoledora crítica expuesta en aquel libro y este último y condescendiente juicio.
Parece imposible declarar inocente de los cargos que se le imputan a T. S. Eliot sin que eso signifique una aquiescencia comprensiva y cómplice con las opiniones acreditadas por la adhesión de la mayoría que niegan la posibilidad de expresión a aquellas minoritarias, molestas e inoportunas. Pero, ya quedó dicho, tampoco parece que tenga mucho sentido dictar una condena contra T. S. Eliot si, al tiempo, no estamos dispuestos a descabalgar de nuestra pretendida superioridad moral para ser igual de implacables con nosotros mismos. Antes de condenar o absolver, quizás tendríamos que arrancar el caso de T. S. Eliot y George Orwell de los libros de Historia, traerlo realmente a las páginas de los periódicos y responder con sinceridad a las preguntas que plantea. No sé si somos capaces, ni siquiera si estamos dispuestos a intentarlo.
Café con gotas (IV)

“¿Dejar el café y el tabaco? Antes me escondo en un platanar”, dijo Compay Segundo. De hacer caso al rumor, continúa atrincherado en sus convicciones. Hay quien jura haberlo visto por ahí, envuelto en la fantasmal nube de humo de un habano H. Upmann y buscando el calderito extraviado para prepararse un café. No me cuesta nada creerlo.
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