La
portada es, en sí misma, un ensayo.
Los
zapatos. Bicolor, del modelo llamado en inglés spectator. No podrían ser otros los que calzase el insigne mirón. Él,
que siempre discutió el mito burgués del trabajo, no quería ser más que un flâneur, pero un flâneur liberado de la
obligación profesional de escribir unos artículos que justificaran económica y
socialmente su verdadero temperamento. Camba, por supuesto, no lo explicó con ese
redicho galicismo baudeleriano, lo que él escribió fue que la mejor ocupación
que podía encontrar su “filosofía escéptica y peripatética” sería la de
hombre-sándwich, emparedado entre dos anuncios, paseando lenta y
despreocupadamente por Picadilly y Regent Street. Así que esa indolencia que
sugieren los zapatos descansando sobre la mesa es, sencillamente, perfecta. Por
otra parte, los spectator invitan a imaginar al dandi. El dandismo,
según la exacta definición de Umbral, es el esfuerzo sostenido de suprimir el
yo en beneficio de un personaje ficiticio, fabricado a base de palabras y
actitudes, frases y sorpresas, lecturas y sastrería. El día que Camba decidió inventarse
a Camba se marchó al estudio de Compañy a hacerse retratar. El fotógrafo le
pidió dos cosas: una, que sonriese; la segunda, que estirase los puños. Pero Camba aún no tenía una sonrisa que lucir, tampoco el dinero para unos
puños, que le tuvieron que dejar allí mismo. Descubrió que su personaje no podía ir por la vida de prestado y que su empeño no iba a
resultar tan fácil ni tan barato como había creído.
Se inventó una sonrisa burlona, sarcástica y jovial. Se compró un traje en Savile
Row y unos zapatos en Dover Street. Y envió desde Londres una nueva foto a su
director: “Es cierto que la cara está un poco mal; pero la chaqueta, que es lo
importante, ha salido muy bien. Esa chaqueta les demostrará a ustedes que, a
pesar de mis protestas, yo ya soy un poco inglés”. Su periódico anotó al pie del retrato, para aviso del público, que siempre anda despistado:
“Sabíamos que era Julio Camba el más elegante de los cronistas. Ahora vemos –con
regocijo también– que es el ‘más cronista’ entre los elegantes de Londres”. El
dandismo de Camba fue un dandismo discreto, pocas veces advertido o exactamente
ponderado: el de la americana. Pero no tenemos ningún problema en admitir la
licencia de los zapatos bicolor; es, sin duda, una metáfora más legible y,
desde luego, posee un insuperable encanto años 30.
La
túrmix. El cacharro que hace picadillo y lo revuelve todo hasta convertirlo en
una papilla más o menos digerible, imprescindible para cualquier columnista. En
manos de Camba, la túrmix acoplada a la máquina de escribir fue un
instrumento anarquista de primer orden, al que lo mismo le daba una catedral
gótica que un sombrero de paja, todos los ministros de un gobierno que los
campos sonrientes en primavera, un artículo del Daily Telegraph que las obras completas de Voltaire. Camba ponía en
marcha la túrmix y trituraba las jerarquías apuntaladas. Tenía una indeclinable
querencia por la bagatela. Prefería, sin duda, un gabán viejo, un par de gemelos de
teatro, una máquina de afeitar, un pollo asado y el humor con el que se acababa
de levantar la señora Fisher, la patrona de su pensión, a la catedral, al
prohombre ministerial o a los laureles del panteón literario. La túrmix de la
portada es un acierto definitivo como metáfora y una impecable verdad objetual.
Camba se pirraba por los chismes, al menos eso fue lo que contó
Augusto Assía:
“Su
erudición, además de peculiar y extensa, era muy up to date.
Se
enteraba de todo lo que ocurría en el mundo y sobre todo de las pequeñas cosas,
las historias de la vida diaria y de los inventos extraños y pintorescos, de
muchos de los cuales se enamoraba y, deseaba tenerlos, aunque no se sabe muy
bien para qué.
-¿Va usted a Francia? A ver si me trae una cafetera que ha aparecido hace poco y que mantiene el café caliente todo el día debido a un gadget que tal y tal – le decía a uno y le daba la tienda donde podía comprarse, hacía un mapa preciso de la calle en París y en las distintas esquinas iba poniendo las distintas tiendas: ‘aquí hay una pajarería’ anotaba, ‘aquí un herbolario’, ‘pues aquí, aquí hay las cafeteras, en una hojalatería’ acababa precisando triunfalmente”.
-¿Va usted a Francia? A ver si me trae una cafetera que ha aparecido hace poco y que mantiene el café caliente todo el día debido a un gadget que tal y tal – le decía a uno y le daba la tienda donde podía comprarse, hacía un mapa preciso de la calle en París y en las distintas esquinas iba poniendo las distintas tiendas: ‘aquí hay una pajarería’ anotaba, ‘aquí un herbolario’, ‘pues aquí, aquí hay las cafeteras, en una hojalatería’ acababa precisando triunfalmente”.
La
portada es, ya se dijo, un ensayo precioso que nos entretiene la espera del día
9. Ese día, según han prometido los Libros del K.O., los zapatos y la túrmix de Camba llegan a las librerías.
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