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Adoquines sumergidos en asfalto


¿Cómo fue el 19 de julio de 1936 y cómo Madrid en aquel domingo? No es Ignacio Abel, el protagonista de La noche de los tiempos, sino su autor, Antonio Muñoz Molina, quien reflexiona sobre aquel día en este pasaje de la novela: “Quiero imaginar con la precisión de lo vivido lo que ha sucedido veinte años antes de que yo naciera y lo que dentro de no muchos años ya no recordará nadie […]. Pero quién podrá adelantar la mano traspasando la frontera del tiempo; tocar las cosas, no sólo imaginarlas, no sólo verlas en vitrinas de museos o fijándose mucho en los pormenores de las fotografías: tocar la superficie fresca de esa jarra de agua que un camarero acaba de dejar sobre el velador de un café de Madrid; ir por una acera de la Gran Vía o de la calle de Alcalá y pasar de la claridad del sol a esa zona de sombra que dan los toldos listados, cuyos colores no permite distinguir el blanco y negro de las fotos; tocar las hojas carnosas de los geranios que se ven en el quicio de una ventana”. En el obsesivo intento de dar precisión al lugar que fue, pero que fue para otros, de dibujar la exacta y puntual silueta de la ciudad que no fue habitada por el escritor y que sólo le cabe imaginar, echarse a la calle y recorrer el mismo itinerario que su personaje hace en un taxi; y, entonces, el descubrimiento:

“[…] todo ha desaparecido, o casi todo, igual que ha desaparecido casi todo lo que podría ver si me fuera concedido el don de ir en ese taxi asomado a la ventanilla, salvo la topografía de las calles y la arquitectura de un cierto número de edificios: todo arrasado por un gran cataclismo que está sucediendo a cada minuto, más eficiente y más que tenaz que la guerra, que se ha llevado todos los automóviles, todos los tranvías con sus anuncios descoloridos por la intemperie, todos los toldos y todos los letreros de las tiendas, que ha sumergido en asfalto los adoquines y antes arrancó de ellos los rieles de los tranvías, todas las maniquíes de los escaparates con sus vestidos de verano y sus bañadores y los cabezones sonrientes de las sombrererías, todos los carteles pegados por las fachadas, desvaídos por la lluvia y el sol, arrancados a jirones, carteles de mítines políticos y de corridas de toros y partidos de fútbol y combates de boxeo, carteles de concursos para elegir a la señorita más guapa en la verbena del Carmen, carteles electorales que habrán durado desde la campaña de febrero y en los que tendrán expresiones rotundas de triunfo candidatos luego derrotados. Ver y tocar, oler […]”.

Somos supersticiosos, creemos que las cosas nos lo dicen todo. “No sólo me tocaron/ o las tocó mi mano,/ sino que acompañaron/ de tal modo/ mi existencia/ que conmigo existieron/ y fueron para mí tan existentes/ que vivieron conmigo media vida/ y morirán conmigo media muerte”. Estos versos de Neruda explican el modo en que advertimos en la rotunda materialidad de los objetos el vago espíritu de la mano que tocaron o los tocó. No son testigos de nuestra vida, sino una prolongación de ella misma. Por eso nos son tan queridos algunos objetos nuestros, en apariencia anodinos y banales, y por eso nos empeñamos en salvarlos, como si al hacerlo nos salvásemos un poco a nosotros mismos y nuestra memoria. Por la misma razón, buscamos los objetos que rozaron otras personas en otros tiempos, como si, una vez desaparecidas ellas y periclitados ellos, fuesen los únicos depositarios de la verdad de lo que fue. Constituyen mucho más que rastros del pasado; son la metonimia que si acertamos a leer correctamente nos devolverá vivo lo que es historia.

Durante las recientes obras en la Puerta del Sol y su entorno, fue levantado el asfalto. Entonces, en el tramo de la calle Alcalá hasta Sevilla, quedaron a la vista antiguos adoquines. Sólo una fina capa de asfalto separaba los tiempos. Y tanto o más que esto impresionaba que había sido posible retirarla sin dañar los adoquines, que salieron a la luz intactos, desgastados tan sólo por una erosión antigua, cuyas causas parecían tan fáciles de adivinar como el tráfico de las carretas por las roderas que dejaron en las calles de Pompeya. Era imposible no ceder a la tentación de saltar las vallas para caminar sobre aquellos adoquines y, al hacerlo, creer imaginar a anteriores peatones, más aún, tener la sensación de que el tiempo había sido abolido y no estar ya paseando por la ciudad de hoy, sino por aquella del mismo nombre pero que necesariamente fue otra. Para mí, aquellos adoquines poseían una elocuencia emocionada que desconoce la Mariblanca repuesta en la plaza poco después.

La historia consiste en esto: en el trabajo arqueológico de levantar el asfalto y encontrar debajo adoquines; descubrir tal vez, como hicieron las piquetas en la calle Arenal, que apenas hay que excavar y que ni siquiera los raíles de los tranvías fueron arrancados; pisar aquellos empedrados y preguntase por quiénes fueron los que lo hicieron antes. La respuesta, como cualquier relato, reclama una comprensión imaginativa y, si no fuésemos malinterpretados, diríamos que novelesca, en la medida en que se trata de atravesar la noche de los tiempos, disipar las tinieblas que han ido oscureciendo los escenarios, los objetos, las personas, sus razones y sinrazones, todo lo sucedido treinta y cinco años antes de que yo naciera.

La Gran Vía madrileña


La fotografía es una de las muchas que permiten ilustrar el proceso de construcción de la Gran Vía madrileña, cuyo centenario se conmemora estos días. En la pared del edificio cuyos bajos estaban ocupados por un café, resulta bien visible el cartelón con un gallo que, aupado sobre una bobina de papel, levanta arrogante su cabeza hacia el sol naciente. Formaba parte de la campaña publicitaria que en 1917 precedió la salida del diario El Sol. Mariano de Cavia había sugerido bautizar el periódico de Nicolás María de Urgoiti con el nombre de “Renovación”. No triunfó su propuesta, pero el astro del título era una metáfora de la misma idea, de la decidida apuesta del diario por derribar los pilares podridos que sustentaban la “vieja política” de la Restauración. El Sol decía aparecer en el firmamento periodístico con el deseo de alumbrar una nueva aurora. El periódico abominaba de la “España oficial” y ponía todas sus esperanzas en “otra España aspirante, germinal, una España vital”, de acuerdo con el programa formulado por José Ortega y Gasset; se rebelaba contra la “España de charanga y pandereta,/ de cerrado y sacristía” e invocaba la “España del cincel y de la maza” que comenzaba a alborear, según cantaban los versos de Antonio Machado. El periódico defendía –y él mismo encarnaba– una aspiración de modernización que, de alguna manera, también representaba la apertura de la Gran Vía. Pero en aquel año tan crítico de 1917, a pesar de los deseos y los trabajos de unas élites, los madrileños todavía caminaban entre escombros y desmontes. Tal cual se aprecia en la foto.


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Cartel de la campaña de lanzamiento del diario El Sol.



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En el “Universo de la literatura española contemporánea” (1927) de Ernesto Giménez Caballero, éste era el “sistema solar”; pillaba justo enfrente de la “Nebulosa de la Academia”.
 

En el Rastro

Encuentro en uno de los puestos del Rastro madrileño un par de libros que llaman mi atención. Me llevo los dos por el precio de uno. No porque conozca la mecánica del regateo, sino porque, a la hora en que los puestos comienzan a ser desmantelados, el encargado de esa tarea no quiere desaprovechar la oportunidad de soltar lastre. Se me alegró la cartera y se me entristeció, un poco, la mañana, al darme por pensar en el escaso valor que en este comercio sentimental que es el Rastro se le concede a los recuerdos de una vida contenidos en el libro regalado, por más que esa vida se califique de vulgar en el título.

El autor es Ricardo García López, un nombre que no fue el suyo más que en la partida de nacimiento. Fue Cao, como él mismo se bautizó cuando niño; Caíto de Jaén, reconversión del apelativo infantil que efectuó el joven cuando tuvo veleidades toreras, y K-Hito, tercera vuelta al nombre que así, ajaponesado, alcanzó notoriedad en la prensa de principios del siglo XX como caricaturista. Publicó en La Tribuna de Salvador Cánovas Cervantes –apodado El Nini, porque los maledicentes aseguraban que sus cualidades no lo emparentaban ni con Cánovas ni con Cervantes-, en El Imparcial, Nuevo Mundo, ABC, El Debate, Ya y en el diario gráfico Ahora, de Luis Montiel, quien le prestó apoyo financiero para la fundación de las revistas infantiles Macaco y Macaquete y también de Gutiérrez, “Semanario español de humorismo” que se editó entre 1927 y 1935, que llegó a tirar más de 20.000 ejemplares y donde trabajaron muchos de los que en la posguerra hicieron La Codorniz. Además, K-Hito, junto a Xaudaró y Antonio Got, montó Films SEDA, siglas de Sociedad Española de Dibujos Animados. La empresa llegó a producir un par cortometrajes en un modesto intento de emular a Walt Disney. Antes de esta aventura, de dibujar para tantas publicaciones y de frecuentar la Granja del Henar o el Lion d’Or, tuvo que conformarse con el café barato y sin gloria de los tupinambas. Dicho de otro modo, K-Hito fue de los que contó los días de incertidumbre antes de conseguir conquistar la Puerta del Sol:

“Por la estación del Mediodía vine yo a la conquista de Madrid con una corbata blanca, de dudosa albura a causa del viaje, un bául con cuadros y ropa y mis buenos treinta duros. Avancé calle de Atocha arriba en un coche de punto, sin encontrar resistencia, y ante una casa de huéspedes humilde y lóbrega de la calle de Mesonero Romanos se detuvo el jamelgo”.

Desde luego que hay fantasmas que se consideran invocados a la mínima y a éste le bastó el pretexto de lo que escribí el viernes por la tarde para aparecérseme el domingo por la mañana en el Rastro. Y aquí estoy, atendiéndolo, no vaya a sentirse desairado.

El libro de recuerdos que me traje es un poco como esos atadillos de cartas que venden en algunos puestos con la noticia de alguien, ya un fantasma, que, a falta de herederos que guarden su memoria y sus objetos, busca al menos un curioso que lo resucite un rato. No somos nosotros los que vamos al Rastro a encontrar, sino a ser encontrados; en el Rastro uno está a merced de los fantasmas.

La almoneda del Rastro ofrece, como un cachivache más, la imagen o el símbolo que es metáfora de lo que uno quiera, de una cosa o de la contraria. La que compré y anoto aquí está muy usada, tanto o más que los gastados objetos que se preguntan escépticos que quién los va a querer, pero a mí me gusta y finjo la novedad. ¡Qué le vamos a hacer si los periodistas somos unos acreditados chamarileros! Somos chamarileros sin la dignidad orgullosa del oficio cuando nos empeñamos en vender como mercancía nueva, sin estrenar, la que está bien sobada. La vanidad nos engaña, nos hace olvidar nuestra verdadera condición y también que el destino de los papeles en los que escribimos y hasta de nuestro nombre será el mismo que el de cualquier trasto que se malbarata o regala en el Rastro. Se equivocan quienes creen que los números atrasados de nuestro trabajo no se devalúan.

Al asalto de la Puerta del Sol

Vale que eso de asaltar la Puerta del Sol es un arcaísmo, porque la Puerta del Sol ya sólo conserva la losa del kilómetro cero como último vestigio del tiempo en que fue el corazón de la ciudad, también su corazón periodístico; pero, adondequiera que se haya mudado ese corazón, todavía hay quienes aspiran a asaltarlo y conquistarlo.

Madrid ejerce una fuerza centrípeta y devoradora. Parece que no hay más prensa que la que se urde en Madrid y que no hay otros columnistas que no sean los que pisan los pasillos de las Cortes o que, por lo menos, se avecindan en la Corte. Esto último es requisito imprescindible para los empeñados en el menester de la conquista de la capital, según advertía hace algunas semanas Arcadi Espada:

“No es exacto que Madrid no haya puesto nunca condiciones. La principal condición siempre ha sido vivir allí. Cójase la relación de los columnistas que hoy jueves escriben en los tres principales periódicos españoles. A ver cuántos viven en la provincia. Hágase lo mismo con las tertulias televisivas, radiofónicas, etcétera”. (El Cultural, 29-5-2008)

Madrid, ya se dijo, es un imán centrípeto y devorador, también un narcótico que induce la amnesia. En Madrid se olvida que toda España no es Madrid, que la provincia existe y que no todo el periodismo se hace a la sombra del madroño. Vistos desde la hoguera de las vanidades de la capital, los periodistas de provincias son unos provincianos y la provincia, el escenario sinónimo del fracaso.

En alguna lejana provincia, puede que haya alguien que, creyendo que ni siquiera pisa el campo donde hay que dar la batalla, asuma ese diagnóstico de la derrota, dolorosamente convencido de la irrealidad de su ciudad, de su existencia y hasta de su escritura, persuadido de que “en las ciudades provinciales uno escribe siempre sobre el agua”. Así lo decía en 1984 en el periódico Ideal de Granada un veinteañero que firmaba Antonio Muñoz Molina y que se sentía vinculado a la ciudad por “esa costumbre que llamamos lealtad” que, según añadía, quizás no fuese más que “el indicio de una resignación más sombría que el fracaso”. Para aquel joven los nombres de otras ciudades eran promesas de realidad, vida y escritura, un sueño que supongo que ha cumplido. Pero yo encuentro más vida y libertad en los artículos granadinos de la serie Diario del Nautilus que en los que últimos que ha escrito en Nueva York.

En alguna lejana provincia, también puede que viva alguien que cree que no somos nosotros quienes elegimos las ciudades, sino que son ellas las que nos eligen; alguien que no siente vocación de conquistador, sino que asume alegremente su condición de conquistado. La ciudad puede que sea Zaragoza y el periodista, Julio José Ordovás. De su provincia llega un libro con un hermoso título, Papel usado (Eclipsados, 2007), y un prólogo al que agradecemos que no incurra en la falsa modestia de pedir perdón por recuperar artículos publicados en la prensa.

“Este libro está hecho de papel de periódico. Y sus páginas, manchadas de café y de ceniza y de urgencia y de humedad, tienen el color amarillo del tiempo, la usada luz de la vida. Esa luz que nos hace abrir los ojos cada mañana”.

Lieschen leyó este texto como la premonición de unos artículos que son como ventanas por las que se ve a su autor, sentando en un café, leyendo el periódico o escribiéndolo y, al tiempo, la vida tal y como se atisba desde la mesa de ese café, escrita y descrita de un modo que, también por la tranquila alegría y luminosidad que destila, sería imposible en Madrid. El presagio era exacto.

Baroja, en respuesta a la pregunta sobre lo que era preciso hacer para convertirse en escritor, soltó: “Váyase usted a Madrid y póngase a la cola”. Francisco Umbral fue de los que se puso a la cola, tal vez el último en explotar literariamente la aventura de la conquista de Madrid, hasta convertirla en una epopeya, pero no el último en protagonizarla. Estos días de verano la intentan, con las ganas y las ilusiones engendradas en su provincia, los estudiantes de periodismo que hace unas semanas se sometieron dócilmente a unas absurdas pruebas diseñadas como criba de la larguísima cola de aspirantes. Los que las han superado gozan del privilegio de trabajar en la prensa madrileña por nada o por calderilla. Será para que vayan comprobando así, a las bravas, que no hay en Larra nada de la poesía que le ponen los profesores y que hay oficios que siguen sin dar para vivir; será un rito de iniciación que pretende irlos convenciendo de que para vivir en Madrid o para vivir del periodismo o, simplemente, para sobrevivir hace falta prostituirse un poco.

A ellos, devoradores de periódicos que además se quieren comer Madrid, les digo lo mismo que el otro día un hombre, justo cuando salía de un vagón de la línea 10 de metro donde se había ganado unas monedas tocando la flauta travesera, le dijo a un muchacho que llevaba enfundada su guitarra: ¡Suerte!

Baden-Baden

Corpus Barga asegurou, sen demasiada convicción, que foi o político Francisco Silvela quen pronunciou, por vez primeira, a coñecida frase sobre o verán na capital española: “Madrid en verano y sin familia, Baden-Baden”. A sentenza, como todas as que se fan célebres, non ten unha única atribución, senón que foi adxudicada ó suposto enxeño de moitos outros. Nada importa quen poida presumir da paternidade da comparación da cidade do Manzanares coa estación balnearia alemá; tampouco que unha indisimulada mostra de orgullo castizo inspirara a frase, porque esta converteuse antes no consolo daqueles que se vían obrigados a ficar en Madrid durante a época estival que nunha incitación a desistir de facer planes para fuxir da cidade durante a abafante fogaxe do mes de agosto. Nos anos finais do século XIX e primeiros do XX, os que podían, trasladábanse durante as vacacións estivais a poboacións costeiras do Cantábrico. “De San Sebastián a Santander –escribiu tamén Corpus Barga- se extendía el veraneo de primera”, e esas dúas cidades, en concreto, gozaban do prestixio que lles proporcionaba o feito de seren elixidas pola familia real para pasar os meses de estío. A prensa da época adoitaba enviar a elas a algún xornalista que, como os que hoxe chegan cos calores propios da estación a Palma de Mallorca, Marbella ou Sotogrande, tiña a misión de escribir sobre “un tema tan inconsútil como el veraneo”. A cita é de Wenceslao Fernández Flórez quen tivo que enfrontarse a esa rutina periodística nos inicios da súa carreira.

Foi no mes de agosto de 1917 cando recibiu o encargo do xornal madrileño para o que traballaba, ABC, de viaxar a Santander e Donostia. A experiencia foi o inicio da forxa do seu inconfundible estilo periodístico, porque daquela aparcou a ampulosa e pretensiosamente solemne prosa que cultivaba: “En presencia del trivial fenómeno del veraneo –lembrou el mesmo-, vi cuánto había de ridículo en aquella competencia lírica de los cronistas frente a temas tan superficiales, y opté por aplicar a estos una expresión sin solemnidad, más divertida y punzante, caricatural”. O coruñés asociou o descubrimento do humor como un dos resortes fundamentais da súa obra periodística a aquela experiencia como correspondente estival, ás crónicas escritas aquel verán: “Fueron las que me abrieron bruscamente el camino y las que me enseñaron el mío”.

O artigo que inauguraba a serie e que permite facerse idea do ton de toda ela estaba dedicado á choiva que cae en Santander á chegada do cronista. O efecto humorístico conséguese a partir da idea de que é a propia cidade a que está a provocar as torrenciais chuvieiras coa pretensión de convertelas en reclamo turístico. O humor e maila implícita reflexión sobre os esforzos da cidade por dar publicidade os seus encantos e xustificarse como destino turístico salvan o artigo de converterse nunha peza do peor costumismo sobre un tema, o das inclemencias climáticas, recorrente na prosa periodística daqueles xornalistas estivais. Cómpre lembrar que só dende catro anos antes, cando a familia real estreara o pazo da Magdalena, Santander facía a competencia a Donostia como capital do veraneo monárquico. Naquel primeiro artigo, Fernández Flórez descubre pois que a pretensión de Santander de emular e rivalizar coa cidade vasca pode dar moito de si e non dubidará en explotalo.

Donostia si tiña a tradición turística á que aspiraba Santander. Quizais por iso, o traballo do cronista aínda era máis difícil nesta cidade. Fernández Flórez sabía que a novidade dos seus artigos non podían ser os asuntos tratados, porque a praia da Concha, o casino ou as pulgas que martirizaban ós turistas, formaban parte do trillado repertorio do perfecto cronista donostiarra e das expectativas dos lectores. Así, o coruñés toma eses temas como escusas para realizar exercicios de estilo. Fernández Flórez foi relevado en setembro por Julio Camba, enviado polo mesmo xornal coa mesma misión que aquel. Camba sabe que a cidade ten unha ducia de temas literarios que, ademais, xa foron tratados polo seu compañeiro e aplicándolles un humor que el mesmo manexa con mestría. Minte cando di nun artigo que chegou a pensar en tornar a Madrid tras comprobar que non quedaban crónicas por facer. Nun verdadeiro tour de force, Camba vai escribir non o seu artigo sobre o casino da cidade, senón que lle vai dedicar ata sete textos, incluídos case todos en La rana viajera. E aínda que é ben sabido que as comparacións son odiosas, Camba gaña, na miña opinión, a un Fernández Flórez fresco, pero cun estilo aínda por madurecer que, ás veces, parece asemellarse ó de Luis Taboada en Portugal en broma. En calquera caso, unha estraña nostalxia dun pasado non vivido sentimos ó pensar naqueles tempos nos que a lectura da prensa deparaba eses duelos entre dous formidables xornalistas e deles consigo mesmos. Só coñezo Baden-Baden por fotos do seu pasado máis glorioso, así que non me atreverei a dicir que Madrid, este verán, Baden-Baden. Agora ben, o certo é que as temperaturas foron moito máis soportables do habitual, pero, a cambio, a prosa periodística dos correspondentes estivais foi máis abafante, plúmbea e aburrida que nunca. Xa se sabe: cando non hai temas orixinais, nótase máis a falta de estilo. Grazas que xa está aquí o outono, aínda que non faltará quen nos espete o artigo das castañeiras madrileñas.

Lecer, Galicia Hoxe, 30 de setembro de 2007.