Al asalto de la Puerta del Sol

Vale que eso de asaltar la Puerta del Sol es un arcaísmo, porque la Puerta del Sol ya sólo conserva la losa del kilómetro cero como último vestigio del tiempo en que fue el corazón de la ciudad, también su corazón periodístico; pero, adondequiera que se haya mudado ese corazón, todavía hay quienes aspiran a asaltarlo y conquistarlo.

Madrid ejerce una fuerza centrípeta y devoradora. Parece que no hay más prensa que la que se urde en Madrid y que no hay otros columnistas que no sean los que pisan los pasillos de las Cortes o que, por lo menos, se avecindan en la Corte. Esto último es requisito imprescindible para los empeñados en el menester de la conquista de la capital, según advertía hace algunas semanas Arcadi Espada:

“No es exacto que Madrid no haya puesto nunca condiciones. La principal condición siempre ha sido vivir allí. Cójase la relación de los columnistas que hoy jueves escriben en los tres principales periódicos españoles. A ver cuántos viven en la provincia. Hágase lo mismo con las tertulias televisivas, radiofónicas, etcétera”. (El Cultural, 29-5-2008)

Madrid, ya se dijo, es un imán centrípeto y devorador, también un narcótico que induce la amnesia. En Madrid se olvida que toda España no es Madrid, que la provincia existe y que no todo el periodismo se hace a la sombra del madroño. Vistos desde la hoguera de las vanidades de la capital, los periodistas de provincias son unos provincianos y la provincia, el escenario sinónimo del fracaso.

En alguna lejana provincia, puede que haya alguien que, creyendo que ni siquiera pisa el campo donde hay que dar la batalla, asuma ese diagnóstico de la derrota, dolorosamente convencido de la irrealidad de su ciudad, de su existencia y hasta de su escritura, persuadido de que “en las ciudades provinciales uno escribe siempre sobre el agua”. Así lo decía en 1984 en el periódico Ideal de Granada un veinteañero que firmaba Antonio Muñoz Molina y que se sentía vinculado a la ciudad por “esa costumbre que llamamos lealtad” que, según añadía, quizás no fuese más que “el indicio de una resignación más sombría que el fracaso”. Para aquel joven los nombres de otras ciudades eran promesas de realidad, vida y escritura, un sueño que supongo que ha cumplido. Pero yo encuentro más vida y libertad en los artículos granadinos de la serie Diario del Nautilus que en los que últimos que ha escrito en Nueva York.

En alguna lejana provincia, también puede que viva alguien que cree que no somos nosotros quienes elegimos las ciudades, sino que son ellas las que nos eligen; alguien que no siente vocación de conquistador, sino que asume alegremente su condición de conquistado. La ciudad puede que sea Zaragoza y el periodista, Julio José Ordovás. De su provincia llega un libro con un hermoso título, Papel usado (Eclipsados, 2007), y un prólogo al que agradecemos que no incurra en la falsa modestia de pedir perdón por recuperar artículos publicados en la prensa.

“Este libro está hecho de papel de periódico. Y sus páginas, manchadas de café y de ceniza y de urgencia y de humedad, tienen el color amarillo del tiempo, la usada luz de la vida. Esa luz que nos hace abrir los ojos cada mañana”.

Lieschen leyó este texto como la premonición de unos artículos que son como ventanas por las que se ve a su autor, sentando en un café, leyendo el periódico o escribiéndolo y, al tiempo, la vida tal y como se atisba desde la mesa de ese café, escrita y descrita de un modo que, también por la tranquila alegría y luminosidad que destila, sería imposible en Madrid. El presagio era exacto.

Baroja, en respuesta a la pregunta sobre lo que era preciso hacer para convertirse en escritor, soltó: “Váyase usted a Madrid y póngase a la cola”. Francisco Umbral fue de los que se puso a la cola, tal vez el último en explotar literariamente la aventura de la conquista de Madrid, hasta convertirla en una epopeya, pero no el último en protagonizarla. Estos días de verano la intentan, con las ganas y las ilusiones engendradas en su provincia, los estudiantes de periodismo que hace unas semanas se sometieron dócilmente a unas absurdas pruebas diseñadas como criba de la larguísima cola de aspirantes. Los que las han superado gozan del privilegio de trabajar en la prensa madrileña por nada o por calderilla. Será para que vayan comprobando así, a las bravas, que no hay en Larra nada de la poesía que le ponen los profesores y que hay oficios que siguen sin dar para vivir; será un rito de iniciación que pretende irlos convenciendo de que para vivir en Madrid o para vivir del periodismo o, simplemente, para sobrevivir hace falta prostituirse un poco.

A ellos, devoradores de periódicos que además se quieren comer Madrid, les digo lo mismo que el otro día un hombre, justo cuando salía de un vagón de la línea 10 de metro donde se había ganado unas monedas tocando la flauta travesera, le dijo a un muchacho que llevaba enfundada su guitarra: ¡Suerte!

Maneras de ser español

Se equivocan quienes hayan creído que mis últimos paseos romanos me han distraído de la actualidad madrileña. Y la “actualidad”, según han decretado, es Camba. Así que, amparada en el dictamen que me exime de inventar alguna peregrina justificación, regreso –o no, porque no me había dado tiempo a irme- a Camba. Aproveché para eso la pasada feria del libro, en la que el fantasma del periodista no compareció para firmar ejemplares de su nuevo libro, Maneras de ser español. Debió de ser que ignoraba haber ganado por fin el permiso para abandonar el limbo por la gloria literaria de una tarde en el Retiro. Su presencia hubiese puesto una nota de color a las crónicas periodísticas sobre el evento que, dicho sea de paso, este año quedaron algo cojas sin los tópicos del sol inclemente en el Paseo de Coches, el éxito de los abanicos publicitarios de las editoriales o el tormentón inesperado que, en realidad, todo el mundo espera. El tiempo durante la feria jugó al despiste y ganó, porque ciertamente a los cronistas se les notó despistados y faltos de recursos para suplir el manoseado repertorio costumbrista que les fue robado este año: efectos en el periodismo del cambio climático.

Así que fui a la feria a encontrarme con Camba y, a decir verdad, la primera impresión que me causó su libro no fue todo lo grata que esperaba. La tapa dura y el pesado gramaje de las páginas despertaron añoranzas de los viejos tomitos de Espasa Calpe, pequeños, manejables y flexibles, confeccionados con un papel que parece hecho de la misma pasta que los periódicos y que ha tenido la deferencia de ir amarilleando para actuar como eficaz contraste de una prosa que no ha empalidecido, que conserva frescos sus colores originales. Alguien debió de pensar que los artículos de Camba merecían una edición de ringorrango; y no es que no la merezcan, es que la que ha resultado se parece a las pirámides de los faraones, todo lo fabulosas que se quiera, pero tumbas al fin y al cabo.

No dejé que esta idea empañase la alegría por ver recuperados algunos artículos anarquistas de los inicios de la carrera periodística madrileña de Camba, además de las crónicas parlamentarias fechadas en 1907 de la serie “Diario de un escéptico”, epígrafe que tan bien se acomodaría como título de su obra completa. Sólo algunos, muy pocos, de estos textos habían sido rescatados antes de las hemerotecas, de manera que ellos constituyen la novedad que hay que celebrar de la nueva antología, preparada por Ediciones Luca de Tena.

Quienes se sumen a la fiesta tal vez se pregunten, felices por un instante en la sorpresa, si la exhumación de aquellos artículos significa que los editores asocian el anarquismo juvenil de Camba con el modo de ser español. No parece posible que exista en el mundo el grado de inocencia necesaria como para creer que ésa sea la tesis de Ediciones Luca de Tena. Pero, por si acaso, en atención a algún ingenuo irredento que pueda sobrevivir, los editores se han cuidado de llevar una clara advertencia a la portada, donde, no en vano, se ha descartado la combinación ácrata del rojo y negro en beneficio de la roja y gualda para estampar el título de la antología. Y en esta cuestión cromática queda aclarada y resumida la intención inspiradora del libro: envolver a Camba en una bandera.

La edición se congratula porque Camba abandonase “el entretenimiento sentimental” del anarquismo por un más recto camino, cuando mejor sería que intentase una explicación de ese viraje, porque no parece suficiente atribuirlo, como él hizo con una de las boutades que le eran propias, a una “alimentación ordenada”. La edición se satisface de las puyas de Camba contra el nacionalismo catalán, gallego y vasco, pero no advierte que el periodista se burló de quienes clasifican a los hombres por países y que se sintió igualmente incómodo ante las manifestaciones de un rancio y mal entendido patriotismo español.

La nueva antología pretende hacer de Camba el militante de un patriotismo que no fue el suyo. Véase el artículo “¡Que nadie ose decir la verdad!” para comprobar que el periodista era de los que se permitían silbar el día del estreno de una obra de teatro española en un país americano, indiferente a las críticas que le dedicaban sus coterráneos:

“En vano yo procuraba demostrarles que la obra era mala. Ellos sostenían que, representadas en el extranjero, todas las obras son buenas, aun las del propio señor Linares Rivas, y que al silbar aquella me estaba conduciendo como un mal patriota. ¿Cómo convencerlos de que el mal patriota era el autor y de que el patriotismo consistía precisamente en silbarlo? […] Indudablemente, hay muchas cosas que, llevadas al extranjero, adquieren sobre su valor real un valor representativo, por lo que acaso no sea conveniente decir nunca la verdad del otro lado de los Pirineos. ¿Vamos, en vista de esto, a juramentarnos para decirla únicamente entre nosotros?”.

Se escucha en este texto el eco nítido de la voz de Larra, por más que no aparezca citado, que una cosa es que Camba aprovechase o hiciese suya alguna idea ajena y otra que no le repugnase escribir con las palabras de otros.

Camba colecciona países, atento a las lecciones y modelos que proponen, y, al mismo tiempo, sin complejos provincianos, porque descubre que, visto de cerca, no es oro todo lo que se ve relucir desde el sur de los Pirineos. Regresa a casa y lo hace hastiado porque la farsa continúa, lo que no significa que trate los asuntos domésticos con la superioridad del viajero cosmopolita que ha encontrado fuera todas las respuestas y todas las soluciones.

Esa constante doble perspectiva no se aprecia en la nueva antología. Lo que quiere decir que Camba continúa siendo su mejor antólogo, porque supo seleccionar para sus libros los artículos de mayor mérito y también los que le permitían componer un discurso que deshace la posible ambigüedad de sus partes, un relato cuya verdad casi nunca está en uno solo de sus capítulos. Por eso, por destruir la coherencia de la narración por entregas que hizo el periodista, Maneras de ser español es una mala antología, sin ni siquiera mostrarse eficaz en su intención de construir un nuevo hilo discursivo. En efecto, incluso recordando los propósitos de los editores, no se entiende ese batiburrillo de textos: ya me explicarán, por ejemplo, qué hacen bajo el epígrafe “Vascos” varios artículos que la única relación que guardan con el asunto es la mención al casino de San Sebastián. Y, en definitiva, es una pésima antología porque propone una lectura de Camba que es un falseamiento, una violación. Catalina Luca de Tena lo presenta como autor de una reflexión sobre “el ser español”, a él, un descreído de que la nacionalidad explicase alguna cosa y mucho menos que definiese una identidad. Camba no anduvo metido en ese embrollo, sino en el más modesto –o ambicioso, según cómo y quién lo mire- de hacer la crónica de su tiempo, lo que exigía entender las viejas y las nuevas reglas del juego de la política y la economía, la sociedad y la cultura, mucho más complejas si se contemplan sin las plantillas simplificadoras de los esencialismos nacionales y nacionalistas.

Todo esto me parece a mí, pero he de confesar que ando algo despistada con lo que pueda significar “ser español”. Últimamente los periódicos –no sólo el fundado por Torcuato Luca de Tena- lo encuentran definido en la efusión de sangre de una tarde de José Tomás en las Ventas, en el delirio futbolístico desatado con la Eurocopa y en la causa de los defensores de la lengua castellana, entre los que, por supuesto, se cuentan toreros y futbolistas, como para subrayar con su presencia que todo trata sobre lo mismo. Los desorientados agradecemos el servicio prestado.

Un malentendido...

Leo: “Diego Medrano convierte a Umbral en un personaje de ficción” (El Mundo, 7-VII-2008). Y yo que tenía entendido que eso ya lo había hecho el propio Umbral.

...una sospecha fundada...

Leo a Anton M. Espadaler en La Vanguardia (8-VII-2008): “Ignoro qué lugar ocupa hoy Xammar en las estanterías de las facultades de periodismo”. Le ahorro a Espadaler el enlace al catálogo de las bibliotecas de las facultades madrileñas de periodismo (que ni siquiera se llaman así, sino de Comunicación o Ciencias de la Información, lo que, por supuesto, nada tiene que ver con la casualidad) para evitar el espectáculo desolador del desierto en forma de resultado de la búsqueda.

Continúa el artículo: “Pero si quien fue descrito por Pla como ‘el hombre más inteligente que conozco’ y por Salvador de Madariaga como ‘el hombre más inteligente de Europa’ no figura en el número de los imprescindibles, ese vacío significaría que alguna cosa, y no precisamente buena, chirría en los actuales planes de estudio”. Espadaler me ahorra el comentario sobre la ausencia de Xammar y otros periodistas de su generación en unas universidades que no pueden reconocer su magisterio, porque desconocen su obra. Claro que algún profesor habrá que tenga la osadía de hablar de ellos, a título de fósiles ilustres, en sus clases de historia del periodismo.

...y una intuición

Un elemento que compartió aquella generación de periodistas a la que pertenecía Xammar fue el sombrero. Fue la última que utilizó aquella prenda para cubrir la cabeza y abrigar el estilo. Además, todos sus miembros, cronistas entre dos épocas y dos mundos, escribieron la elegía sobre la prenda cuando advirtieron que caía en desuso. Piénsese bien y se observará que este asunto del “sinsombrerismo” tiene mucha más enjundia y mayor potencia metafórica que ese del “sincorbatismo” que ocupa estos días a los periódicos.

Vuelvo hacia atrás y me enredo pensando si no será que los periodistas no podemos quitarnos el sombrero en gesto de respeto ante Xammar y sus compañeros por la sencilla razón de que ya no estilamos llevarlo puesto.

Cocinar

No empecé a cocinar hasta los 18 años. Entonces, lejos del amparo familiar, hice dos descubrimientos: que mi madre era una gran cocinera y que era posible aburrirse mortalmente comiendo si el recetario se reduce a dos o tres platos. Es decir, realmente descubrí –no lo sabía antes- que me gustaba comer y que lo había hecho hasta entonces magníficamente. Resultaba que no me quedaba más remedio que aprender a cocinar. La tarea se me antojaba imposible -lejos del magisterio materno que, demasiado tarde, me reprochaba no haber aprovechado- y hasta deprimente sin paliativos -porque sospechaba que, por muchos que fueran mis avances culinarios, jamás me acercaría a la excelencia de los guisos de mi madre. Pero había que intentarlo, siquiera fuese para no morir por avitaminosis. Gracias a la indeleble memoria de los sabores y olores que me habían nutrido y que intentaba reproducir y a las urgentes llamadas telefónicas a la mujer que intentaba desvelarme los secretos de su alquimia, comencé a cocinar. Sobre los primeros resultados sólo cabe decir que me permitieron no desfallecer por inanición. Con el tiempo, llegué a estar razonablemente satisfecha de algunos mis platos. Más tarde, incluso gané la seguridad suficiente para invitar a mis amigos a comer mis guisos y también para abrir algunos libros de recetas, como una exploradora que despliega un mapa en busca de nuevos destinos no imaginados.

Todavía hoy el de Simone Ortega, 1080 recetas de cocina, es mi preferido. Cumple la primera exigencia que hace al género Julian Barnes:

“Nunca compres un libro por sus ilustraciones –recomienda en El perfeccionista en la cocina a aquellos que deseen hacerse una biblioteca del tema y ahorrarse dinero. Nunca jamás señales una foto en un manual de cocina y digas: ‘Voy a hacer esto’. No puedes. Una vez conocí a un fotógrafo publicitario, especializado en comida y, créeme, el trabajo de posproducción que hace poco nos mostró a una Kate Winslet con cuerpo de sílfide no es nada comparado con lo que hacen con la presentación de un plato”.

En efecto, cualquier cocinero, por poco perfeccionista que sea y en legítima defensa de su frágil autoestima, debe evitar a toda costa esos libros con fotos. Quién no se ha sentido completamente frustrado y, lo que es peor, desalentado durante largo tiempo para probar la aventura de hacer un nuevo plato al comparar el decepcionante resultado que ha obtenido, después de seguir al pie de la letra una receta, con la fotografía que la acompaña. Mi edición de Alianza Editorial de Simone Ortega tiene el buen gusto de no incluir, ni siquiera en la portada, una de esas ilustraciones que siempre terminan por insultar al lector cocinero.

Por muy experimentado que sea un cocinero –y mucho más, cuando no lo es-, siempre afrontará una nueva receta lleno de incertidumbres. El mejor libro de cocina es aquel que despeja el mayor número de ellas. De nuevo, Julian Barnes:

“El perfeccionista aborda una nueva receta, por sencilla que sea, con inquietudes antiguas: las palabras destellan ante él como señales de ‘¡alto!’. ¿Esta receta está descrita de un modo tan impreciso porque hay un feliz margen –o, más bien, una libertad terrible- de interpretación, o porque el autor o la autora es incapaz de expresarse con mayor exactitud? Empieza con palabras simples: ¿cómo de grande es un ‘pedazo’, qué volumen tiene un ‘dedo’ o una ‘gota’, cuándo una ‘rociada’ se convierte en lluvia? ¿Es una ‘taza’ un término genérico rudimentario o una medida norteamericana concreta? ¿Por qué nos dice que añadamos un ‘vaso de vino’ lleno de algo, cuando hay vasos de vino de muchos tamaños? O […] ¿cómo se entiende esta instrucción de Richard Olney: ‘Añada tantas fresas como le quepan en las dos manos juntas’? ¡Vamos, anda! ¿Tendremos que escribir a los albaceas del difunto Olney para preguntarles cómo de grandes tenía las manos? ¿Y si la mermelada la hicieran niños o gigantes de circo?”.

A renglón seguido, Barnes pone otro ejemplo del desconcierto que suelen provocar los escritores de recetas a propósito de un asunto, para nada baladí, como es el tamaño de una cebolla. Para ellos sólo existen tres tipos: pequeñas, medianas y grandes. Hacen gala de una imprecisión desasosegante, de un total desprecio a la plural realidad que cabe en la cesta de la compra, en la que lo mismo puede entrar una cebolla del tamaño de una chalota como de una bola de petanca. Pues bien, nadie podrá hacer ese reproche a Simone Ortega. Ella recomendará utilizar para un sofrito una cebolla mediana y, entre paréntesis, indicará que pese unos 80 gramos aproximadamente. Nos dirá que la miga de pan que figura entre los ingredientes de un relleno para empanadillas ha de ser del grosor de un huevo. Y nunca jamás se atreverá a pedir que añadamos un chorro de aceite, sino que precisará de cuántas cucharadas soperas está hablando. Esto no significa que Simone Ortega sea una fundamentalista del sistema de pesos y medidas. Son reconfortantes los remedios que ofrece si, finalmente, una salsa queda demasiado espesa o, por el contrario, excesivamente clara.

Llegué a Simone Ortega antes del principado televisivo de Arguiñano y del reinado mundial de Ferrán Adriá. Por eso, no debo al primero el orgullo de la cocina casera, ni el segundo ha conseguido acomplejarme. Cada uno a lo suyo, que es lo que viene a decir Barnes:

“La relación ente cocina profesional y doméstica tiene similitudes con un encuentro sexual. Una de las partes suele ser más experimentada que la otra; y cada una de ellas debería tener el derecho de decir, en cualquier momento: ‘No, esto no lo hago’”.

Ese derecho a negarse a hacer algo se le reconoce a Ferrán Adriá –o a hacerlo desestructurándolo, como la surrealista receta de la tortilla de patatas que propone-, pero se le acostumbra a hurtar a quienes cocinan en su casa, que parece que deberían de sentirse inferiores. Pues no, ¡gloria a los habitan las cocinas domésticas y se declaran Bartlebys!

Las 1080 recetas de cocina no están en mi biblioteca, sino en mi cocina, honradas por manchas de grasa, salpicaduras de salsa de tomate y restos de harina. Acoge entre sus páginas, como una madre amorosa, recetas ajenas anotadas en trozos de papel o recortadas de aquí y de allá. Y, de la misma forma que el libro admite esta inmigración, las recetas de Simone Ortega han emigrado de mi cocina a las de algunos de mis invitados. Eso sí, lo hacen en forma de plagio, porque me arrogo –aquí lo confieso- el hallazgo culinario silenciando su procedencia.

Sólo un reparo cabe poner al libro de Simone Ortega: debería incluir, como desearía para cualquier recetario Julian Barnes, “además de tiempos de cocción y números de raciones, un índice de probabilidad de depresión; de uno a cinco nudos corredizos del verdugo”. Claro que no es una objeción seria, porque esa indicación de la dificultad de elaboración de un plato y la estimación de la consiguiente posibilidad de fracaso y de abatimiento no suelen figurar en otros libros que no sean esos que se titulan, sin empacho de los insultos dirigidos a sus lectores, Cocina fácil para novatos, torpes e imbéciles.

Simone Ortega ha muerto. Mucho de lo que sé de cocina se lo debo a ella. Todo lo demás, lo más importante y lo que ni el mejor libro de cocina puede nunca enseñar, a mi madre. A pesar de estos magisterios, porque la cocina no es una ciencia exacta, no he conseguido igualar las capacidades de mi madre y, aunque ya sin esperanzas de hacerlo algún día, continúo entre los fogones.

Cartafolio de Roma (y VI). Coleccionismos

Mario Praz escribió en La casa de la vida que “cada uno tiene una lista de placeres que le están negados porque no los comprende”. Yo no alcanzo a comprender qué secreto gozo satisfacía su furor coleccionista, qué placer le proporcionaba abarrotar con muebles, pinturas y esculturas de finales del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX sus domicilios romanos: primero, un apartamento en el palacio Ricci de Via Gulia; finalmente, la tercera planta del palacio Primoli, en Via Zanardelli. Tampoco lo debe de entender la guía que amablemente acompaña a los visitantes en su recorrido por las habitaciones de la última residencia del anticuario, considerada desde 1995 oficialmente casa-museo, aunque, en realidad, siempre lo fue. Lo ininteligible que le resulta aquella pasión a la que se entregó Mario Praz queda patente en las explicaciones que hilvana, aderezadas con una gracia llena de ironía y franco desapego hacia el erudito fetichista y exenta por completo de la devoción que parece presumible en la encargada de mostrar aquel legado.

Sin embargo, entiendo perfectamente y comparto la preferencia de Mario Praz, entre todos los rincones romanos, por la Piazza della Rotonda y sus calles aledañas. Esta plaza es uno de los grandes placeres, con efectos alucinógenos, que Roma regala. Salir de la fascinación hipnótica que provoca la vista del Panteón –en especial, cuando llega la noche y la iluminación confiere una vaga sensación de irrealidad a la contundente majestuosidad de su pórtico- no es fácil. Pero siempre se puede reclamar ayuda en alguno de los muchos locales que en la zona despachan al apabullado paseante la cafeína imprescindible para comenzar a reponerse.

A sólo dos pasos se encuentra la Tazza d’Oro, donde sirven “el mejor café del mundo”, según alardean, tal cual, en castellano, los luminosos del establecimiento. No sé si alguien está en condiciones de corroborar la excelencia insuperable de este café después de ser obligado a tragarlo rápidamente arrimado a la barra, ante la ausencia descortés de una mesa a la que sentarse para degustarlo con tranquilidad. Así que resulta preferible caminar un poco más, no mucho, y acercarse al Giolitti. El café es delicioso, los espejos espejean, las lámparas son enormes y pretenciosas, la Via Uffici del Vicario entra por la vidriera del salón y los camareros van uniformados, con chaquetillas blancas y también con la especie de altanería antipática de quienes saben que trabajan en un local con la distinción que otorga una historia que se remonta a 1930. Es perfecto y uno está dispuesto a perdonar que los veladores no sean de mármol, ni las sillas, de madera y tapizadas de rojo.

En el Giolitti cabe el recuerdo de los cafés que fueron y ya no son. Quizás por eso –o, más prosaicamente, por los efectos levemente alcohólicos de un frapuccino- allí comenzamos a diseñar una ruta por Roma buscando los célebres y extintos cafés de la ciudad. Parecía plausible hacer este peculiar ejercicio de arqueología en una ciudad tan dada –ruinas obligan- a esta disciplina. Así, llegamos a Piazza di Spagna y en el lugar donde un día estuvo el Caffè Al Buon Gusto, después rebautizado como Nazzari, donde Gogol acostumbraba a tomar su taza de café muy cargado con nata, se encuentra hoy un negocio de moda. Una tienda del mismo gremio ocupa el número 347 de Via del Corso donde estuvo el Singer. Muy cerca, en Piazza Colonna, en el local del Caffè Ronzi se venden ahora teléfonos móviles y ordenadores. En el inicio de la Via del Babuino y con vistas a la Piazza del Popolo sobrevive el Caffè Canova; es un decir, porque es más restaurante que café y, además, hace gala de una fría decoración postmoderna que no se redime ni colocando fotos de Fellini y carteles de 8 1/2.

Estas visitas no prepararon el ánimo para contemplar lo que es –y no admito discusión posible al respecto- una violación sacrílega: un McDonald’s ha colonizado, en Largo San Carlo, el espacio que perteneció a finales del siglo XIX al Caffè di Roma; y un establecimiento de la cadena Autogrill ha hecho lo propio con el Caffè Aragno, con la agravante de usurpar el mítico nombre, que es el único vestigio del histórico local que no ha sido liquidado. Nada permite evocar el espacio en el que Oscar Wilde degustó un granizado de café, del que Luigi Pirandello hizo salir a Matías Pascal barruntando en la posibilidad de fingir su suicidio, o donde nació, entre tantas otras publicaciones políticas y artísticas, La Saletta d’Aragno. Sólo rebuscando mucho, se puede encontrar en una pared una pequeña muestra del mármol que decoraba la terza saletta por la que pasaron Marinetti, De Chirico, Modigliani, Picasso, Ungaretti y Trilussa, algunos de los muchos célebres clientes del establecimiento. En 1894, Zola escribió: “Diez minutos en el café Aragno, definido el corazón de Roma”. Hoy sobran nueve minutos y medio para comprender que en el Aragno lo único que queda definido es la falta de romanticismo del capitalismo global que, además y por razones absolutamente más serias que las que aquí nos ocupan, no tiene corazón.

Para evitar un previsible nuevo disgusto aplazamos hasta otra oportunidad la excursión a la Piazza San Lorenzo in Lucina para ver qué ha pasado con el Caffè Nuovo, el más bello de Roma, a decir de Stendhal. También porque, a estas alturas, de repente, sentimos un poco ridículo y absurdo este coleccionismo de cafés del que, sin embargo, no nos arrepentimos. Sin muchas esperanzas de ver atendida la demanda, pido para el insensato y desquiciado afán la indulgencia que le negué a Mario Praz.


A Julio, que no censuró mis desvaríos cafeteriles e incluso se prestó a convertirse en un cómplice perfecto; también por su compañía en la visita a la Casa-Museo de Mario Praz.


Imagen:
Amerigo Bartoli: Amici al caffè (1929)
Galleria Nazionale d’Arte Moderna di Roma


Cartafolio de Roma (V). Derecho de réplica

La embajada de España en el Vaticano o, para ser más precisos, su biblioteca despertó una poderosa fascinación en Josep Pla. La atracción se fundaba en la sospecha de que los legajos allí conservados contenían importantísimos secretos y noticias que podrían ocupar con provecho las horas de un disciplinado erudito. Pero Pla no pertenecía a ese gremio, por eso -y a pesar de la atracción que el lugar ejercía en él- nunca llegó a frecuentarlo durante su estancia romana en los años de la guerra civil, según su propia confesión:

“Muchos días, después de comer, mientras bajaba la escaleras de la Piazza [di Spagna], me ponía a deliberar sobre si tenía que dirigirme a la biblioteca o al café del Greco, que está muy cerca. Siempre me decidí por el café del Greco”.

Los fantasmas, como todo el mundo sabe, existen. El de Josep Pla debió de creer que en el último texto de este blog se insinuaba que hizo caso a quien lo invitó a abandonar el Greco por haber acogido al “masonazo” de Goethe, así que se apresuró a reclamar el derecho de réplica y me hizo abrir sus Notas dispersas exactamente por la página –la 735– de la cita antes reproducida. Atiendo su solicitud y aclarado queda.

Cartafolio de Roma (IV). Antico Caffè Greco

Mucho debió de extrañar Corpus Barga el Café de Levante y la tertulia “anárquicamente instituida” allí por Valle-Inclán y Ricardo Baroja. Era llegar a alguna de las capitales europeas a las que lo enviaba su trabajo como corresponsal y lo primero que hacía era buscar cafés en los que curar su nostalgia. Roma lo decepcionó. La ciudad de las siete colinas no tenía –y la constatación era también un lamento- más que un café. Aunque en la crónica que escribe en noviembre de 1923 no cita por su nombre el local en cuestión, éste no puede ser otro que el Greco.

El establecimiento era el único café literario de Roma –juicio que ya había expresado en 1906 James Joyce- y, lo que no admitía discusión, el más antiguo. Todavía hoy, con la vanidad que se puede permitir el superviviente, las servilletas de papel recuerdan a los clientes la fecha de su fundación: 1760. Hay quienes regatean unos años a la historia e identifican este lugar con el café de Via Condotti que en sus memorias Giacomo Casanova recordó haber visitado en 1743. En cualquier caso, es indudable que sólo dos cafés pueden presumir de más larga vida -en Italia, el veneciano Florian; en Francia, el parisino Procope- y que en Roma, donde cualquier garito con cafetera abierto anteayer se dice Antico Caffè, ese título sólo le corresponde al Greco.

La pátina del tiempo doró el nombre del Greco, al que dieron lustre los escritores y artistas que dejaron en él muchas de sus horas. No pocos de ellos eran visitantes llegados del extranjero. Una vez en Roma, convertían el Greco en lugar de encuentro y tertulia –los ingleses oficiaban sus reuniones en torno a la misma mesa, casi un altar sagrado, en la que se habían sentado Byron, Shelley, Keats, Turner, Reynolds y Gibson-, en su taller de trabajo –Gogol escribió muchas de las páginas de Almas muertas en sus veladores-, o, sin disimulos, en su domicilio –el pintor ruso Aleksandr Ivanov hacía que le remitiesen su correspondencia aquí.

Sería imposible gran parte de la literatura de los siglos XIX y XX si se prescindiese de los nombres de todos aquellos que franquearon la puerta del café Greco para instalarse en él durante largas temporadas o siquiera fuese ocasionalmente. Sólo así se explica que el escritor y crítico literario Giuseppe Prezzolini afirmase que prefería para sí formar parte del panteón de los hombres de letras que frecuentaron este local, antes que un monumento en la Santa Croce de Florencia.

Un cronista con alma lírica afirmaría que el Greco ha sabido mantener su disposición arquitectónica y su decoración original para no molestar a los fantamas de los viejos clientes que todavía habitan el local. Un cronista con alma prosaica diría que todo el atrezo se ha conservado para asegurar el negocio a costa de los crédulos supersticiosos que llegan con la intención de invocar a aquellos espíritus y salen, inmunes a las propiedades despabiladoras de la cafeína que consumen, con la ilusión de que han confraternizado con ellos. Claro que también es cierto que, según para quien, algunas presencias espectrales resultan del todo incómodas. Josep Pla, en una evocación del café Greco, recordó cómo un día de 1938 el periodista Manuel Brunet lo conminó a salir de él: “Vámonos a otro café. Yo no puedo respirar el aire de un establecimiento que ha frecuentado un masonazo de esta categoría”. El masonazo al que se refería Brunet era Goethe.

Justo por tratarse del café que serenó los ánimos embriagados de Goethe ante el espectáculo que le ofrecía Roma, pero también por ser el lugar donde Alberto Moravia dijo haber esperado durante quince años el fin del fascismo y un refugio en el desierto del exilio para María Zambrano, fuimos al Greco. Wilhelm Müller, quien ya advirtió en su día que el café no era demasiado frecuentado por los romanos, todavía tiene razón. Somos los turistas los que ocupamos la mayor parte de las mesas que se apretujan en el largo y estrecho pasillo que alguien bautizó como “ómnibus”. Unos llegan cumpliendo obedientemente la ruta que dicta una guía, para dar unos minutos de descanso al cuerpo baqueteado en las caminatas romanas, escribir alguna postal y añadir una foto al álbum del viaje; otros, fetichistas literarios, acuden con premeditación y alevosía, pertrechados con sus cuadernos moleskine en los que garabatean sin descanso. El cronista lírico dirá que unos y otros mancillamos la historia de estos veladores -de mármol, por supuesto, como mandan los ortodoxos cánones cafeteriles-; el cronista prosaico, que los actuales clientes aseguramos la supervivencia del museo con nuestra cotización, obligatoriamente generosa, porque así lo estipula la carta de precios y porque no sería bien visto pedir sólo un vaso de acqua di cannella, el agua de la fuentecilla que se encuentra nada más entrar en el local.

Lieschen no dice que los fantasmas no existan, pero no los encontró en el Antico Caffè Greco. Se habrán ido con el humo que siempre adensó el ambiente, hoy higienizado por la prohibición de fumar, seguramente para disgusto de Stendhal que ya no puede acudir aquí, tal y como acostumbraba en los días de sus paseos por Roma, para “fortalecerse el alma con un toscano”. En esta atmósfera fumífuga, que extingue las volutas del humo tabacoso y el rastro humoso de los fantamas, a Lieschen ni siquiera le apeteció un cappuccino, sino –yo, pecador, me confieso- una granità de limone.

Imágenes:

Lienzo de Ludwig Passini: Caffè Greco en Roma (1856). Hamburger Kunsthalle.

Cuarta fotografía: Caffè Greco, 1947. Archivio Storico della Città di Torino.

Cartafolio de Roma (III). Catacumbas

A principios de mayo, los sabugos de la Via Appia Antica ya habían florecido, para sorpresa de una gallega que siempre aguardó las modestas flores de este arbusto para el mes de junio. Parecían el anticipado tributo silvestre que la naturaleza coloca en los restos de los monumentos sepulcrales que flanquearon la más famosa de las carreteras consulares, la Regina viarum. Hace falta un gran esfuerzo de imaginación o repasar los grabados de Piranesi para hacerse una idea de la estampa que ofrecía esta salida de Roma en la que, junto a las fastuosas villas de los patricios, se levantaron humildes sepulturas y también grandiosos edificios funerarios, como el de Cecilia Metella. En la zona también se encuentran las catacumbas de San Sebastiano, Santa Domitilla y San Callisto. Estas últimas son el lugar más frecuentado de la vía, quizás porque allí los autobuses fletados por las agencias de turismo disponen de amplios aparcamientos donde aguardar a que sus pasajeros hagan la visita de rigor antes de conducirlos a otro de los destinos de la Roma imprescindible que enumeran las guías de la ciudad.

Son muy pocos los que se toman el par de minutos que separan estos enterramientos cristianos de las Fosas Ardeatinas, en realidad, otras catacumbas. Fueron el escenario de la masacre cometida el 24 de marzo de 1944 por las fuerzas de ocupación alemanas, bajo la dirección de Herbert Keppler, jefe la Gestapo en Roma. 335 personas fueron asesinadas en represalia por el atentado de un grupo de partisanos contra soldados de las SS, en Via Rasella, el día anterior. Los alemanes colocaron explosivos para enterrar los cadáveres y la memoria de la ignominia. Hoy siguen abiertos dos grandes boquetes, resultado de la detonación, pero las víctimas han sido exhumadas y reposan en un mausoleo en tumbas identificadas con sus nombres. El silencio aquí es mineral y no precisamente porque el lugar recuerde haber sido una mina de puzolana.

Otro rastro de la memoria de la ocupación alemana de Roma se encuentra en el rione XI, el de Sant’Angelo, más conocido como la città degli Ebrei o el guetto. Se trata de un pequeño rincón, el Largo 16 ottobre 1943. Éste fue el día de la grande razzia que supuso la detención de un millar de judíos, luego deportados a campos de concentración nazis. Así se explica que, más o menos aquí, una anciana de la película Gente di Roma, de Ettore Scola, se desvanezca absolutamente conmocionada al ver, seis décadas después de aquella fecha, a soldados nazis idénticos a los de entonces deteniendo de nuevo a los judíos. Nadie le ha advertido que es el rodaje de una película, a ella, que lleva tatuado en su brazo el número que la marca como superviviente de un Lager.

De Roma a Florencia; de Termini a la estación de Santa Maria Novella. El tren que nos trae quizás se detenga junto al andén donde una placa –que, de no llegar guiados por un azar con veleidades de historiador, pasaría completamente inadvertida– recoge el sobrio y emocionado recuerdo de que ésta fue la última vista de la ciudad que tuvieron quienes partieron de aquí el 8 de marzo de 1944 con destino a los campos de exterminio del Reich.

Sería muy fácil afirmar que estos lugares –una mina abandonada, un rincón de la ciudad o una estación ferroviaria- son espacios arqueológicos, catacumbas sin ni siquiera interés turístico, en el país en el que acaban de ser atacados e incendiados cinco campamentos de gitanos de origen rumano y que prepara disposiciones legales que convertirán en delincuentes a los inmigrantes sin papeles, que requerirán a quienes soliciten la residencia acreditar un determinado nivel de renta mínima, y que obligarán a someterse a pruebas de ADN que demuestren el vínculo de parentesco a los familiares de un inmigrante que aspiren a establecerse junto a él. En realidad, el ordenamiento jurídico se apresura a apuntalar una política social que ha permitido la existencia de los guetos en los que se ha recluido a los rumanos, muchos establecidos en el país desde hace décadas o que han nacido ya en él.

El holocausto judío no concierne únicamente a la historia alemana, porque sólo fue posible en el semillero del odio antisemita que secularmente compartió toda Europa, en donde se tomó prestada la palabra italiana ghetto porque servía para designar una realidad próxima y propia. Auschwitz –el último estadio de una burocracia y un aparato legal que comenzó decretando la muerte cívica, política y económica de quienes fueron señalados como extraños y enemigos– no es un relato periclitado, sino una pregunta abierta sobre los abismos del alma humana. Y la “caza de los sin papeles” que se está viviendo en Italia no es sólo, como nos la presentan, un nuevo exceso del excesivo Berlusconi: es la proclamación en voz alta, sin rebozo, complejos, ni hipocresías, de un sentimiento y una política que comparte Europa, esa que hace exámenes de lengua y cultura a los inmigrantes que solicitan la reagrupación familiar; la que utiliza el eufemismo de centros de estancia temporal de inmigrantes para referirse a las cárceles en las que se retiene durante meses o años a quienes se dispensa el tratamiento de delincuentes, aunque, de acuerdo con la letra de la ley, sólo han cometido una irregularidad administrativa, y la que crea guetos de inmigrantes en las ciudades y en el sistema educativo. Ni siquiera la insolente desfachatez de las proclamas xenófobas puede considerarse una peculiaridad italiana, porque, sin ir más lejos, hace pocos días la Federación de Asociaciones de Vecinos de Lugo no tuvo reparo alguno en solicitar la creación de un censo de los gitanos e inmigrantes que viven en la ciudad.

A la sombra de los sabugos que crecen junto a las Fosas Ardeatinas leemos lo que dejó escrito, a modo de advertencia, Primo Levi en Si esto es un hombre:

“Habrá muchos, individuos o pueblos, que piensan, más o menos conscientemente, que ‘todo extranjero es un enemigo’. En la mayoría de los casos esta convicción yace en el fondo de las almas como una infección latente; se manifiesta sólo en actos intermitentes e incoordinados, y no está en el origen de un sistema de pensamiento. Pero cuando éste llega, cuando el dogma inexpresado se convierte en la premisa mayor de un silogismo, entonces, al final de la cadena está el Lager. Él es producto de un concepto del mundo llevado a sus últimas consecuencias con una coherencia rigurosa: mientras el concepto subsiste las consecuencias nos amenazan. La historia de los campos de destrucción debería ser entendida por todos como una siniestra señal de peligro”.

Claro que la Europa escandalizada por los desafueros demagógicos de Berlusconi considerará, al mismo tiempo, de un alarmismo injustificado las palabras del escritor. Quizás sea porque ha desactivado su testimonio, al creerlo alusivo a un pasado carente de significado para el presente; quizás sea porque ha reducido su experiencia del horror a mera arqueología.

Cartafolio de Roma (II). Cómo Roma sucede a Roma

Fueron los bárbaros de Totila quienes, en el siglo VI, iniciaron el sistemático saqueo que sufrió el Coliseo. Destrozaron parte de su arquitectura para apoderarse de las grapas de bronce que unían los bloques de travertino. Hoy siguen siendo visibles, como heridas imposibles de cicatrizar, los agujeros en los que se hendían aquellas piezas. El anfiteatro se convirtió a partir de entonces en una cantera que suministró los preciosos materiales con los que se construyeron muchos de los palacios e iglesias de la ciudad, destino verdaderamente privilegiado, si se tiene en cuenta que otros muchos terminaron en los hornos y reducidos a cal. El expolio sólo se detuvo a mediados del siglo XVIII, cuando Benedicto XIV, recordando que la tradición señalaba que éste había sido el lugar del martirio de los primeros cristianos, lo consagró a la Pasión de Cristo y construyó en torno a la arena las catorce estaciones de un vía crucis.

El emperador Foca cedió en el año 608 el Panteón, que había permanecido abandonado durante los dos últimos siglos, a Bonifacio IV, quien lo convirtió en iglesia cristiana. Los papas no sólo se tomaron la licencia para modificar el templo según criterios que hoy espantan por su falta de respeto a la arquitectura original, sino que también se arrogaron el derecho a despojarlo de muchas de sus riquezas. El emperador bizantino Constante II le arrebató la cubierta de bronce dorado que cubría la cúpula en el 663 y Urbano VIII utilizó esa misma aleación, en este caso, procedente de las vigas del pórtico para construir ochenta cañones para el Castel Sant’Angelo y las cuatro columnas torsas del baldaquino de Bernini en la Basílica de San Pedro. Apreciar la belleza de esta obra no impidió a Stendhal llorar al recordar la procedencia del material con que fue realizada. Lo de los cañones parece más difícilmente disculpable y es como para, todavía hoy, solicitar a todos los dioses romanos, incluido Marte, nuevas lágrimas una vez las hayamos derramado todas en el Vaticano.

Este Urbano VIII era miembro de la familia de los Barberini, la misma que también recurrió a la cantera del Coliseo para levantar el palacio que se encuentra en Via delle Quattro Fontane. Una ingeniosa frase recuerda la inestimable colaboración de aquella saga familiar en el saqueo y la destrucción de los restos que pervivían de la antigua Roma: “Quod non fecerunt barbari, fecerunt Barberini” (“Lo que no hicieron los bárbaros, lo hicieron los Barberini”).

Stendhal invita a la condescendencia: “Si la Roma del clero no hubiera sido construida a expensas de la Roma antigua, tendríamos muchos más monumentos de los romanos; pero la religión cristiana no hubiera hecho una alianza tan íntima con la belleza; no veríamos hoy ni San Pedro, ni tantas iglesias magníficas”. Es más, la Roma del clero, aquella que primero mutiló y devastó el legado de la Roma pagana, terminó en algunos casos por salvar de la destrucción total ciertas construcciones, por asegurar siquiera fuese la pervivencia de sus ruinas al consagrarlas y reconvertidas en lugares para el culto y la liturgia cristiana.

Roma parece desafiar a distinguir entre la ciudad antigua y la moderna, la pagana y la cristiana. Quienes aceptan el reto pueden caer exhaustos, si no comprenden pronto que es imposible separar los tiempos, del mismo modo que es inabarcable la tarea de seguir las mudanzas y el destino actual del mármol y el bronce, las estatuas y columnas, que un día dieron esplendor a la Roma de los césares. La ciudad ofrece algunas pistas, revelaciones fugaces y alumbradoras como relámpagos, oportunidades que la intuición no debe desaprovechar, como la que se presenta ante la casa dei Manili, en Via della Reginella, en pleno ghetto. La fachada del edificio, de mediados del siglo XV, integra un altorrelieve de un león abatiendo un gamo, una estela griega con dos perros y un relieve funerario con cuatro bustos. Sobre una de las ventanas que miran a la Piazza Costaguti puede leerse una inscripción labrada en piedra que proclama “Have Roma”. Ni siquiera la guida rossa de la ciudad, abrumador tratado sobre el patrimonio monumental y artístico romano, puede aclarar si este collage es tan antiguo como la casa o constituye el resultado de posteriores y sucesivas reformas, y sabiamente ni siquiera se pregunta por el origen de las piezas clásicas que integra. Otra modesta metáfora sobre la destrucción y la construcción de Roma que siempre ha llamado mi atención se encuentra subiendo las escalinatas diseñadas por Miguel Ángel que conducen al Campidoglio: a la izquierda, en el jardín, se levanta la estatua de Cola di Rienzo, de 1887, que descansa sobre un pedestal levantado con los vestigios ensamblados de quién sabe qué edificios de la Roma antigua.

Junto a las huellas visibles de la Roma imperial están las invisibles, no menos determinantes para la ciudad. Cuentan que Miguel Ángel, en los descansos de sus trabajos en el Vaticano, gustaba de pasear por las ruinas del Foro y del Coliseo. “Iba –escribió Stendhal- a elevar su alma al tono necesario para sentir las bellezas y los defectos de su propio dibujo de la cúpula de San Pedro. Tal es el poder de la belleza sublime; un teatro da ideas para una iglesia”. Provoca cierta desazón comprender que nunca alcanzaremos a descubrir todas las ideas que, además de materiales de construcción, suministró la antigua Roma y que palpitan, como un corazón secreto, en la Roma por la que hoy paseamos.

De pronto, recordamos que veníamos advertidos por Goethe del desasosiego que provoca en el espectador la dificultad de penetrar en el misterio de la existencia de la ciudad:

“Cuando percibes una existencia con una antigüedad de dos mil años, transformada de formas tan diversas y de modo tan radical y, no obstante, continúas pisando el mismo suelo, contemplando la misma colina, incluso a menudo la misma columna y la misma muralla que hace tanto tiempo, y cuando descubres en el pueblo vestigios del antiguo carácter, te conviertes en testigo de las grandes decisiones del destino, y así al observador le resulta al principio dificultoso discernir cómo Roma sucede a Roma, no solamente la ciudad nueva a la antigua, sino también cómo se suceden las diferentes épocas de la Roma antigua y moderna”.

Quizás demasiado tarde comprendimos que sólo hay una Roma, que Roma sucede a Roma, haciéndose eterna.

Cartafolio de Roma (I). Los gatos

De todos los domicilios que ocupó María Zambrano durante su exilio romano, entre 1953 y 1964, el más presente en sus evocaciones fue el que se encontraba en el número 3 de la Piazza del Popolo, justo encima del Caffè Rosati. Compartió aquel piso, vecino de las iglesias gemelas de Santa Maria dei Miracoli y Santa Maria di Montesanto, con su hermana Araceli y sus gatos. Cuentan que uno de los motivos que decidió a María Zambrano a abandonar Roma fueron las repetidas denuncias anónimas contra ella y sus gatos. Al parecer, la familia gatuna llegó a sumar, según el testimonio de Jaime Salinas, más de treinta miembros, pero no deja de sorprender que los felinos, incluso en ese número, fuesen considerados molestos en una ciudad que bien podría decirse que tiene como animal sagrado al gato.

Pocos de los que llegan a Roma están avisados de esta circunstancia. Todavía en su ignorancia y rindiendo gustosos culto al relato mitológico, acuden sin pérdida de tiempo al Campidoglio para buscar en una de las salas de los Museos Capitolinos la representación de la loba que amamantó a Rómulo y Remo. Llegan allí a venerarla, para lo que olvidan deliberadamente que es una obra del siglo V a. C. realizada en talleres etruscos o quizás de la Magna Grecia y, en cualquier caso, muy anterior a la leyenda sobre los orígenes de la ciudad. También borran de su memoria que los gemelos que buscan con sus bocas las hinchadas ubres de la lupa capitolina son una trampa, un añadido del siglo XV. Los peregrinos recién llegados a Roma no tienen el ánimo para discutir el símbolo de la Mater Romanorum, puesto que no quieren pasar por unos descreídos. Será cuestión de poco tiempo que descubran que esas pequeñas mentiras no dañan el mito, del mismo modo que no va en su perjuicio el que los romanos idolatren hoy a otros mamíferos, los gatos.

Los gatos forman parte del paisaje urbano. Igual se asoman a una ventana del Trastévere para mirar displicentes a los transeúntes, que pasean entre las ruinas del área sacra del Largo Argentina y sestean en el mismo lugar que ocupó la Curia de Pompeyo, donde en los Idus de marzo del año 44 a. C. –desdiciendo los buenos augurios que se atribuían a esa fecha- Julio César fue asesinado. Y no se sabe muy bien si han elegido este lugar sagrado de la Roma republicana porque poseen un reverencial sentido de la Historia o porque les resulta absolutamente indiferente -a ellos que disfrutan de siete vidas- el magnicidio en el que colaboró –sí, también él- Bruto.

Los gatos más hermosos y, cabe sospechar, más felices de Roma son los que viven en el cimitero acattolico, muy cerca de la Porta San Paolo y a la sombra de la pirámide que fue construida como monumento sepulcral del pretor y tribuno Caio Cestio Epulión en el año II a. C. Ni siquiera el rumor del tráfico de las calles adyacentes puede estropear el encanto del que más parece un jardín romántico. Aquí fueron enterrados John Keats y Percy Bysshe Shelley y, por esa razón, el lugar se ha convertido en ineludible destino de una peregrinación literaria y laica que, antes o después, también conduce a la Casina Rossa de Piazza di Spagna. Los mismos gatos parecen llegados hasta aquí para rendir tributo a ambos poetas. A partir de mi reciente visita, estoy incluso dispuesta a admitir que quizás hayan leído sus obras. Al menos de la capacidad lectora de uno de ellos no me cabe la menor duda. Allí lo encontré, detenido durante minutos y minutos ante una lápida en memoria de Axel Munthe, torciendo la cabeza para evitar el sol que amenazaba con deslumbrarlo e impedirle la lectura de la larga inscripción, ajeno por completo a la presencia de quienes curioseábamos a su alrededor, absolutamente atónitos ante la escena. Supuse que a mis amigos gatófilos les encantaría recibir las fotos que atestiguaban las capacidades de aquel animal ilustrado. Así fue, si bien una de mis corresponsales, que, además de sentir reverencial amor por los gatos, está investida de la autoridad que le confiere un doctorado en Biología, no tuvo reparos en desmontar la leyenda que yo había construido sobre el gato lector al que ya idolatraba: es un hecho científico incontestable –me hizo notar- que un gato con el pelaje de ese color no es gato, sino gata. Tenía que haberlo sospechado; al fin y al cabo, las encuestas atribuyen al sexo femenino mayor gusto por la lectura. Por otra parte, sólo una gata podría compartir con la loba la representación simbólica de Roma.

Julio Camba no es Sergio Dalma

Había prometido, a mí misma y a quienes me sufren, desengancharme de Julio Camba. Lieschen puede ser una recalcitrante cafeinómana y periodicomaníaca, pero había decidido que ya era hora de abandonar la también vieja adicción a Camba y de poner punto final a la campaña de proselitismo en la que estaba absurdamente empeñada. Pero hay provocaciones que es imposible ignorar, como ésta que leo en una semblanza biográfica del periodista:

“Se Julio Camba se tivese dedicado á canción lixeira nos anos oitenta do século XX, podería ter empregado como nome artístico o de Sergio Dalma. O pontevedrés é o Sergio Dalma do xornalismo da primeira metade do século pasado. Unha aproximación á súa obra xornalística leva a esta precipitada conclusión. (…) Era un tipo de fácil consumo, con moito público, o mesmo que o referido cantante de Bailar pegados”.

Admitamos, reprimiendo el impulso de buscar más certeros calificativos, que las líneas antes citadas constituyen una “precipitada conclusión”. Pero lo que resulta absolutamente imposible es contener el alarido: ¡Julio Camba no es Sergio Dalma! La prosa de Camba no es melódica, romántica, ni está aquejada por una sentimentalidad blandengue. La aparente ligereza de los artículos de Julio Camba nada tiene que ver con la genuina banalidad de las canciones de Sergio Dalma.

La comparación no puede ser más desafortunada y, a buen seguro, resulta igual de agraviante para los incondicionales del periodista que para los del cantante. Pero quizás los primeros están más curtidos, dado el extenso repertorio de sandeces y desatinos que se han escrito sobre Julio Camba con absoluta impunidad. Él avisó claramente que sus artículos no debían tomarse “ni completamente en serio ni completamente en broma”. Y, sin embargo, unos leen con severidad puritana lo que no era más que un guiño, creyendo revestir así de mayor autoridad literaria su obra; mientras otros, sintiéndose legitimados por la falta de gravedad con la que Camba hablaba de su propio trabajo, ven sólo chanza incluso en las líneas más descarnadas y se permiten comparaciones y licencias que jamás se concederían con otros escritores de supuesto mayor relumbrón.

Dado que de símiles musicales se trataba, hubiese sido más sencillo citar al propio Camba, quien predicó con la palabra y con el ejemplo que el periodismo, esa literatura de café, debía ser como la música de café. Podrá objetarse que la comparación carece de eficacia explicativa, puesto que no sólo despareció en su día la ambientación musical de aquellos locales, sino también la misma institución del café. Entonces, con la seguridad de que Camba, que todo lo ha soportado, todavía puede resistir una nueva necedad, diría que Julio Camba es Henry Mancini. La obra de ambos está al servicio de dos géneros considerados menores: el artículo periodístico, poco más que un escalón que por sí mismo no basta para conducir a la gloria literaria; y la banda sonora de películas, esa música imprescindible a la que los espectadores pocas veces prestamos atención. La popularidad de los artículos de uno y de las melodías del otro debe mucho a su aparente sencillez y modestia, apenas un divertimento. Y, sin embargo, poseen la complejidad de las piezas perfectamente calculadas y acabadas. Por esa razón, los artículos de Julio Camba se sostienen fuera del papel del periódico en que vieron la luz, del mismo modo que lo hacen las melodías de Henry Mancini liberadas de las imágenes para las que fueron concebidas.

La foto

Confieso mi devoción por el periodismo que practica Enric González. Entre sus méritos –y no lo considero el menor- se encuentra el haber obrado el milagro de que yo, tan ajena e ignorante de todo lo relacionado con el fútbol, leyese con pasión de tifoso los comentarios sobre la liga italiana que durante varios años publicó en El País. Pero es que, en sus manos, el relato deportivo se convertía también en la crónica de la vida política, social y económica de Italia. Aquellos textos podrían haber aparecido perfectamente en las páginas de la sección de Internacional, si no fuese porque el periódico es una estructura rígida y esclerótica, a pesar de que aspire a retratar un mundo muelle, accidentado y en mudanza. Ahora, Enric González anda en las mismas y con el pretexto de comentar la programación televisiva habla de otros asuntos que le salen al paso. Los domingos, además, escribe unos artículos que, de hacer caso al epígrafe que los encabeza, “Un asunto marginal”, podrían pensarse pergeñados a propósito de cualquier anécdota irrelevante. A estas alturas, claro está, Enric González no se encuentra en condiciones de engañar a sus lectores.

Pues bien, hace algunas semanas, uno de los asuntos marginales que metió en su artículo fue el uso, que se ha hecho imprescindible en la prensa, de estampar la fotografía de los columnistas junto a sus columnas: “No logro entender qué interés puede tener alguien en conocer el aspecto de quien escribe, pero el fenómeno parece imparable. Poco a poco, los periódicos se han llenado de caritas, sonrientes, tímidas, espantadas”. Ahí estaba agazapado el reproche a unos lectores absurdamente cotillas, que pasan por ser algo así como espías sin misión que les sirva de coartada para sus ejercicios de metomentodo o voyeurs carentes de imaginación que necesitan de un fetiche para excitarse porque la prosa periodística no les basta. La reconvención es injusta, porque si hay un género que reclama toda la atención sobre su autor es el artículo. Lorenzo Gomis, zanjando elegantemente las quisquillosas y estériles disquisiciones profesorales sobre la cuestión, lo dijo así: “Una columna suele ser un recuadro con una firma al final”. En efecto, buscamos una columna y lo hacemos sin saber qué lleva dentro hoy, con la seguridad sonámbula de la página del diario donde nos aguarda y con la única certeza de que en ella está su autor. Es a él y su firma lo requerimos. Los lectores lo sabemos y también los articulistas, aunque no sean especialmente perspicaces y siquiera sea por instinto de mercader, porque lo que venden es su firma. Al fin y al cabo, la carrera del articulista no consiste en otra cosa que hacerse un nombre, una firma; y la medida del éxito la ofrece una ecuación en la que el cuerpo de la tipografía de la firma es directamente proporcional al jornal que cobra el firmante. Hubo un tiempo, anterior al de la inflación de caritas en la prensa, en que otro inequívoco indicio del triunfo de un periodista era el haber ganado el derecho a ver su foto junto a su texto.

En cierta ocasión, preguntado Umbral por si lo primero que leía en el periódico era su columna, dijo para quien quisiera entender: “No. Es lo primero que miro, para ver la foto”. No era una boutade, él se mostraba en la foto y en ella estaba el recordatorio de la única exigencia de la columna. Por otra parte, eso mismo, mirar la foto, es lo que hacían sus lectores antes de nada. Vale decir, querido Enric, que si hay voyeurs es, en este caso, porque hay exhibicionistas.

Los hay y los hubo, porque así lo exige el género. En 1911, Julio Camba se hace retratar para dar “cierta publicidad a mi fisonomía”. Tras abandonar la impostura del anarquismo y desertar de la bohemia madrileña, había dimitido del bigote y recortado las melenas para resultar más creíble como corresponsal en Londres. “Es cierto –escribe a su director- que la cara está un poco mal; pero la chaqueta, que es lo importante, ha salido muy bien. Esa chaqueta les demostrará a ustedes que, a pesar de mis protestas, yo soy ya un poco inglés. Cuando uno se pone una chaqueta semejante, es que ya se va adaptando uno a este ambiente”. Y el periódico publica aquellas fotografías y, por si sus lectores no se enteran, les advierte que el periodista viste “una chaqueta tan elegante como su propio estilo literario”. Camba está construyendo un estilo, un punto de vista desde el que escribir sus crónicas, la imagen que los lectores han de tener de él; y todo es uno y lo mismo. La operación se lleva a cabo en sus textos, donde se presenta como un hombre viajero y escéptico, y en los retratos que encarga de sí, donde se repite una media sonrisa y una mirada intencionada e irónica. Cuando en octubre de 1913 comienza a escribir en ABC, proclama desde el mismo título del texto inaugural: “Mi nombre es Camba”. Interpela directamente a sus lectores a los que solicita que “sepan mi nombre y que se familiaricen pronto conmigo”, que sean indulgentes con sus apasionamientos y se acostumbren a sus pequeñas paradojas.

Los periodistas más hábiles saben incluso sacar partido estilístico de aquellos rasgos de su fisonomía menos favorecedores. Wenceslao Fernández Flórez, por ejemplo, se hacía retratar y caricaturizar de perfil, precisamente la pose que hacía imposible disimular su aquilina nariz. Rafael Cansinos Assens lo vio claro: “¡Es mucha nariz esa nariz! Es la tragedia del humorista, que lucha con ella como con un biombo, interpuesto entre él y su interlocutor. (…) ¡Qué más humorismo que el que destila esa nariz semejante a un pez-espada que se interpone entre nosotros y el de esta singular conservación en que un humorista, con toda la seriedad del mundo, trata de convencerme de que lo es!”.

Hoy se ha democratizado la foto, antes privilegio reservado a los mejores, lo que provoca algunas confusiones o paradojas, como las de aquellas columnas sin personalidad, temperamento, ni carácter, cuya autoría es reclamada por una cara con la expresión de suficiencia, propia de quien se cree dueño de una fisonomía y un estilo original y que, en realidad, son de lo más vulgar. Del mismo modo, parece un contrasentido que quien es merecedor de la foto reniegue de ella. Enric González confesaba su intento de rebelarse contra la exigencia de la foto acompañando su artículo dominical: “Cuando se anunció que los artículos de este diario irían acompañados por una imagen del autor, rogué que me eximieran. Lo conseguí, creo, en el primero de esta errática serie marginal. Para el segundo echaron mano de una imagen disponible en Internet. No creo que el diseño de esta página haya ganado en estética. Tampoco es grave”. Lo que yo no creo es que la foto, en la que aparece con la cabeza ligeramente ladeada, media sonrisa y mirada burlona, sea el fruto azaroso de una búsqueda en google. El periodista ha estudiado cómo mirar a la cámara, ha posado con la misma pose que adopta en sus textos. Por eso soy una voyeur sin mala conciencia y todos los domingos me gusta mirar la foto antes de leer el artículo.

Espontáneos




Durante algunos meses de 1934, El Progreso de Lugo mantuvo una sección en la que publicaba los textos que remitían a la redacción del periódico colaboradores espontáneos. Aquellos que saltaban al albero de la plaza del periodismo lo hacían buscando una primera oportunidad, con el deseo de ver su nombre en el cartel del día y, sin duda, considerándose diestros en el manejo de la pluma. Empuñarla exigía cierto valor, porque los remitentes sabían que iban a someter su trabajo, sobre cuyo valor necesariamente debían de tener alguna fe, al juicio ajeno. El diario les había advertido que sólo publicaría aquellos textos que considerase aceptables; es más, amenazaba con ser implacable en sus dictámenes: “¡El honor de la publicidad o las tenebrosas profundidades del cesto de los papeles!”. Los escépticos sobre las severas intenciones críticas del periódico fueron prevenidos: “No se devuelven los originales rechazados. En el cesto de los papeles que tenemos en la redacción caben perfectamente todos”.

Nunca hubo tradición taurina en Lugo, ni falta que le hace a la ciudad, tampoco les era necesaria a aquellos espontáneos del periodismo para saber que su decisión requería tanto coraje como el que se precisa para coger los trastos de matar. No era únicamente que estuviese presente la posibilidad de la íntima herida en la vanidad que suponía el ver rechazado un trabajo, sino que, además, sus autores podían convertirse en objeto de público escarnio. El Progreso insertaba en sus páginas comentarios, tan breves como despiadados, sobre los artículos recibidos y no publicados. De muestra, sirvan estos botones:

“Somos unos admiradores fervientes de la aldea en verano, pero nuestro entusiasmo no llega a tanto, y, por consiguiente, su artículo se quedará sin veraneo. ¡Paciencia!”

“¿Quiere usted que lo publiquemos con faltas de ortografía y todo? Lo que se iban a reír sus amigos”.

“Dice usted en una carta: ‘Le ruego, señor director, publique en el diario de su digna dirección el presente cuento que yo he inventado como colaborador espontáneo’. Pues mire, amigo, el director desea preservar muchos años la digna dirección de EL PROGRESO. Si publicamos su cuento es muy posible que dejase de ser director”.

“Su ‘Sueño dorado’, ¡ay!, no es más que eso: un sueño. Y no sueñe usted con verlo publicado. Después de todo, la vida es sueño”.

“La hazaña de ese detective es digna de pasar a la historia. Mándelo usted a la sección ‘Gente menuda’, de ‘Blanco y Negro’. Allí quizá que se lo publiquen; si pone debajo, ‘niño de cinco años’”.

“Eso lo escribió Saturnino Calleja hace muchos años. ¡Los hay frescos!”.

“Usted oyó campanas y no sabe en dónde. Su trabajito, tan pulidito y tan relamidito, con recomendación y todo, ha salido sin novedad para ‘Cestona’”.

Estos eran los mensajes que el periódico dirigía a los colaboradores espontáneos, que eran identificados por sus iniciales, suficientes para la ignominia. No es difícil sospechar a aquellos espontáneos abochornados por la humillación, desertando de la tertulia del café durante semanas en la confianza de que la concurrencia terminase por olvidar.

La figura del espontáneo siempre despierta curiosidad, porque nunca se sabe si salta a la plaza movido por la inconsciencia del peligro o por el coraje del que conoce bien a lo que se enfrenta, para demostrar a los demás sus cualidades o para demostrárselas a sí mismo. Es fácil deducir que la espontánea que aquí escribe no se encara a ningún peligro –una vez ha dejado de ser una espontánea en los papeles periódicos y, sobre todo, extinta ya en la prensa gallega la costumbre de comentar sádicamente los originales recibidos y desechados. Como, en este caso, no existe la amenaza de los astados, tampoco desprecio ni ignorancia del peligro; como, además, tampoco se trata de la disyuntiva entre vocación y el tópico de “más cornás da el hambre”, supongo que sólo cabe decir que una mezcla de vanidad e inseguridad alimentará este sitio… con trabajitos puliditos y relamidos, por supuesto.