Julio Camba no es Sergio Dalma

Había prometido, a mí misma y a quienes me sufren, desengancharme de Julio Camba. Lieschen puede ser una recalcitrante cafeinómana y periodicomaníaca, pero había decidido que ya era hora de abandonar la también vieja adicción a Camba y de poner punto final a la campaña de proselitismo en la que estaba absurdamente empeñada. Pero hay provocaciones que es imposible ignorar, como ésta que leo en una semblanza biográfica del periodista:

“Se Julio Camba se tivese dedicado á canción lixeira nos anos oitenta do século XX, podería ter empregado como nome artístico o de Sergio Dalma. O pontevedrés é o Sergio Dalma do xornalismo da primeira metade do século pasado. Unha aproximación á súa obra xornalística leva a esta precipitada conclusión. (…) Era un tipo de fácil consumo, con moito público, o mesmo que o referido cantante de Bailar pegados”.

Admitamos, reprimiendo el impulso de buscar más certeros calificativos, que las líneas antes citadas constituyen una “precipitada conclusión”. Pero lo que resulta absolutamente imposible es contener el alarido: ¡Julio Camba no es Sergio Dalma! La prosa de Camba no es melódica, romántica, ni está aquejada por una sentimentalidad blandengue. La aparente ligereza de los artículos de Julio Camba nada tiene que ver con la genuina banalidad de las canciones de Sergio Dalma.

La comparación no puede ser más desafortunada y, a buen seguro, resulta igual de agraviante para los incondicionales del periodista que para los del cantante. Pero quizás los primeros están más curtidos, dado el extenso repertorio de sandeces y desatinos que se han escrito sobre Julio Camba con absoluta impunidad. Él avisó claramente que sus artículos no debían tomarse “ni completamente en serio ni completamente en broma”. Y, sin embargo, unos leen con severidad puritana lo que no era más que un guiño, creyendo revestir así de mayor autoridad literaria su obra; mientras otros, sintiéndose legitimados por la falta de gravedad con la que Camba hablaba de su propio trabajo, ven sólo chanza incluso en las líneas más descarnadas y se permiten comparaciones y licencias que jamás se concederían con otros escritores de supuesto mayor relumbrón.

Dado que de símiles musicales se trataba, hubiese sido más sencillo citar al propio Camba, quien predicó con la palabra y con el ejemplo que el periodismo, esa literatura de café, debía ser como la música de café. Podrá objetarse que la comparación carece de eficacia explicativa, puesto que no sólo despareció en su día la ambientación musical de aquellos locales, sino también la misma institución del café. Entonces, con la seguridad de que Camba, que todo lo ha soportado, todavía puede resistir una nueva necedad, diría que Julio Camba es Henry Mancini. La obra de ambos está al servicio de dos géneros considerados menores: el artículo periodístico, poco más que un escalón que por sí mismo no basta para conducir a la gloria literaria; y la banda sonora de películas, esa música imprescindible a la que los espectadores pocas veces prestamos atención. La popularidad de los artículos de uno y de las melodías del otro debe mucho a su aparente sencillez y modestia, apenas un divertimento. Y, sin embargo, poseen la complejidad de las piezas perfectamente calculadas y acabadas. Por esa razón, los artículos de Julio Camba se sostienen fuera del papel del periódico en que vieron la luz, del mismo modo que lo hacen las melodías de Henry Mancini liberadas de las imágenes para las que fueron concebidas.

La foto

Confieso mi devoción por el periodismo que practica Enric González. Entre sus méritos –y no lo considero el menor- se encuentra el haber obrado el milagro de que yo, tan ajena e ignorante de todo lo relacionado con el fútbol, leyese con pasión de tifoso los comentarios sobre la liga italiana que durante varios años publicó en El País. Pero es que, en sus manos, el relato deportivo se convertía también en la crónica de la vida política, social y económica de Italia. Aquellos textos podrían haber aparecido perfectamente en las páginas de la sección de Internacional, si no fuese porque el periódico es una estructura rígida y esclerótica, a pesar de que aspire a retratar un mundo muelle, accidentado y en mudanza. Ahora, Enric González anda en las mismas y con el pretexto de comentar la programación televisiva habla de otros asuntos que le salen al paso. Los domingos, además, escribe unos artículos que, de hacer caso al epígrafe que los encabeza, “Un asunto marginal”, podrían pensarse pergeñados a propósito de cualquier anécdota irrelevante. A estas alturas, claro está, Enric González no se encuentra en condiciones de engañar a sus lectores.

Pues bien, hace algunas semanas, uno de los asuntos marginales que metió en su artículo fue el uso, que se ha hecho imprescindible en la prensa, de estampar la fotografía de los columnistas junto a sus columnas: “No logro entender qué interés puede tener alguien en conocer el aspecto de quien escribe, pero el fenómeno parece imparable. Poco a poco, los periódicos se han llenado de caritas, sonrientes, tímidas, espantadas”. Ahí estaba agazapado el reproche a unos lectores absurdamente cotillas, que pasan por ser algo así como espías sin misión que les sirva de coartada para sus ejercicios de metomentodo o voyeurs carentes de imaginación que necesitan de un fetiche para excitarse porque la prosa periodística no les basta. La reconvención es injusta, porque si hay un género que reclama toda la atención sobre su autor es el artículo. Lorenzo Gomis, zanjando elegantemente las quisquillosas y estériles disquisiciones profesorales sobre la cuestión, lo dijo así: “Una columna suele ser un recuadro con una firma al final”. En efecto, buscamos una columna y lo hacemos sin saber qué lleva dentro hoy, con la seguridad sonámbula de la página del diario donde nos aguarda y con la única certeza de que en ella está su autor. Es a él y su firma lo requerimos. Los lectores lo sabemos y también los articulistas, aunque no sean especialmente perspicaces y siquiera sea por instinto de mercader, porque lo que venden es su firma. Al fin y al cabo, la carrera del articulista no consiste en otra cosa que hacerse un nombre, una firma; y la medida del éxito la ofrece una ecuación en la que el cuerpo de la tipografía de la firma es directamente proporcional al jornal que cobra el firmante. Hubo un tiempo, anterior al de la inflación de caritas en la prensa, en que otro inequívoco indicio del triunfo de un periodista era el haber ganado el derecho a ver su foto junto a su texto.

En cierta ocasión, preguntado Umbral por si lo primero que leía en el periódico era su columna, dijo para quien quisiera entender: “No. Es lo primero que miro, para ver la foto”. No era una boutade, él se mostraba en la foto y en ella estaba el recordatorio de la única exigencia de la columna. Por otra parte, eso mismo, mirar la foto, es lo que hacían sus lectores antes de nada. Vale decir, querido Enric, que si hay voyeurs es, en este caso, porque hay exhibicionistas.

Los hay y los hubo, porque así lo exige el género. En 1911, Julio Camba se hace retratar para dar “cierta publicidad a mi fisonomía”. Tras abandonar la impostura del anarquismo y desertar de la bohemia madrileña, había dimitido del bigote y recortado las melenas para resultar más creíble como corresponsal en Londres. “Es cierto –escribe a su director- que la cara está un poco mal; pero la chaqueta, que es lo importante, ha salido muy bien. Esa chaqueta les demostrará a ustedes que, a pesar de mis protestas, yo soy ya un poco inglés. Cuando uno se pone una chaqueta semejante, es que ya se va adaptando uno a este ambiente”. Y el periódico publica aquellas fotografías y, por si sus lectores no se enteran, les advierte que el periodista viste “una chaqueta tan elegante como su propio estilo literario”. Camba está construyendo un estilo, un punto de vista desde el que escribir sus crónicas, la imagen que los lectores han de tener de él; y todo es uno y lo mismo. La operación se lleva a cabo en sus textos, donde se presenta como un hombre viajero y escéptico, y en los retratos que encarga de sí, donde se repite una media sonrisa y una mirada intencionada e irónica. Cuando en octubre de 1913 comienza a escribir en ABC, proclama desde el mismo título del texto inaugural: “Mi nombre es Camba”. Interpela directamente a sus lectores a los que solicita que “sepan mi nombre y que se familiaricen pronto conmigo”, que sean indulgentes con sus apasionamientos y se acostumbren a sus pequeñas paradojas.

Los periodistas más hábiles saben incluso sacar partido estilístico de aquellos rasgos de su fisonomía menos favorecedores. Wenceslao Fernández Flórez, por ejemplo, se hacía retratar y caricaturizar de perfil, precisamente la pose que hacía imposible disimular su aquilina nariz. Rafael Cansinos Assens lo vio claro: “¡Es mucha nariz esa nariz! Es la tragedia del humorista, que lucha con ella como con un biombo, interpuesto entre él y su interlocutor. (…) ¡Qué más humorismo que el que destila esa nariz semejante a un pez-espada que se interpone entre nosotros y el de esta singular conservación en que un humorista, con toda la seriedad del mundo, trata de convencerme de que lo es!”.

Hoy se ha democratizado la foto, antes privilegio reservado a los mejores, lo que provoca algunas confusiones o paradojas, como las de aquellas columnas sin personalidad, temperamento, ni carácter, cuya autoría es reclamada por una cara con la expresión de suficiencia, propia de quien se cree dueño de una fisonomía y un estilo original y que, en realidad, son de lo más vulgar. Del mismo modo, parece un contrasentido que quien es merecedor de la foto reniegue de ella. Enric González confesaba su intento de rebelarse contra la exigencia de la foto acompañando su artículo dominical: “Cuando se anunció que los artículos de este diario irían acompañados por una imagen del autor, rogué que me eximieran. Lo conseguí, creo, en el primero de esta errática serie marginal. Para el segundo echaron mano de una imagen disponible en Internet. No creo que el diseño de esta página haya ganado en estética. Tampoco es grave”. Lo que yo no creo es que la foto, en la que aparece con la cabeza ligeramente ladeada, media sonrisa y mirada burlona, sea el fruto azaroso de una búsqueda en google. El periodista ha estudiado cómo mirar a la cámara, ha posado con la misma pose que adopta en sus textos. Por eso soy una voyeur sin mala conciencia y todos los domingos me gusta mirar la foto antes de leer el artículo.

Espontáneos




Durante algunos meses de 1934, El Progreso de Lugo mantuvo una sección en la que publicaba los textos que remitían a la redacción del periódico colaboradores espontáneos. Aquellos que saltaban al albero de la plaza del periodismo lo hacían buscando una primera oportunidad, con el deseo de ver su nombre en el cartel del día y, sin duda, considerándose diestros en el manejo de la pluma. Empuñarla exigía cierto valor, porque los remitentes sabían que iban a someter su trabajo, sobre cuyo valor necesariamente debían de tener alguna fe, al juicio ajeno. El diario les había advertido que sólo publicaría aquellos textos que considerase aceptables; es más, amenazaba con ser implacable en sus dictámenes: “¡El honor de la publicidad o las tenebrosas profundidades del cesto de los papeles!”. Los escépticos sobre las severas intenciones críticas del periódico fueron prevenidos: “No se devuelven los originales rechazados. En el cesto de los papeles que tenemos en la redacción caben perfectamente todos”.

Nunca hubo tradición taurina en Lugo, ni falta que le hace a la ciudad, tampoco les era necesaria a aquellos espontáneos del periodismo para saber que su decisión requería tanto coraje como el que se precisa para coger los trastos de matar. No era únicamente que estuviese presente la posibilidad de la íntima herida en la vanidad que suponía el ver rechazado un trabajo, sino que, además, sus autores podían convertirse en objeto de público escarnio. El Progreso insertaba en sus páginas comentarios, tan breves como despiadados, sobre los artículos recibidos y no publicados. De muestra, sirvan estos botones:

“Somos unos admiradores fervientes de la aldea en verano, pero nuestro entusiasmo no llega a tanto, y, por consiguiente, su artículo se quedará sin veraneo. ¡Paciencia!”

“¿Quiere usted que lo publiquemos con faltas de ortografía y todo? Lo que se iban a reír sus amigos”.

“Dice usted en una carta: ‘Le ruego, señor director, publique en el diario de su digna dirección el presente cuento que yo he inventado como colaborador espontáneo’. Pues mire, amigo, el director desea preservar muchos años la digna dirección de EL PROGRESO. Si publicamos su cuento es muy posible que dejase de ser director”.

“Su ‘Sueño dorado’, ¡ay!, no es más que eso: un sueño. Y no sueñe usted con verlo publicado. Después de todo, la vida es sueño”.

“La hazaña de ese detective es digna de pasar a la historia. Mándelo usted a la sección ‘Gente menuda’, de ‘Blanco y Negro’. Allí quizá que se lo publiquen; si pone debajo, ‘niño de cinco años’”.

“Eso lo escribió Saturnino Calleja hace muchos años. ¡Los hay frescos!”.

“Usted oyó campanas y no sabe en dónde. Su trabajito, tan pulidito y tan relamidito, con recomendación y todo, ha salido sin novedad para ‘Cestona’”.

Estos eran los mensajes que el periódico dirigía a los colaboradores espontáneos, que eran identificados por sus iniciales, suficientes para la ignominia. No es difícil sospechar a aquellos espontáneos abochornados por la humillación, desertando de la tertulia del café durante semanas en la confianza de que la concurrencia terminase por olvidar.

La figura del espontáneo siempre despierta curiosidad, porque nunca se sabe si salta a la plaza movido por la inconsciencia del peligro o por el coraje del que conoce bien a lo que se enfrenta, para demostrar a los demás sus cualidades o para demostrárselas a sí mismo. Es fácil deducir que la espontánea que aquí escribe no se encara a ningún peligro –una vez ha dejado de ser una espontánea en los papeles periódicos y, sobre todo, extinta ya en la prensa gallega la costumbre de comentar sádicamente los originales recibidos y desechados. Como, en este caso, no existe la amenaza de los astados, tampoco desprecio ni ignorancia del peligro; como, además, tampoco se trata de la disyuntiva entre vocación y el tópico de “más cornás da el hambre”, supongo que sólo cabe decir que una mezcla de vanidad e inseguridad alimentará este sitio… con trabajitos puliditos y relamidos, por supuesto.

As vítimas do 36 en Galiza. Memoria e paz para sempre


Entre os días 9 e 13 do pasado mes de xullo, celebrouse na Facultade de Humanidades no campus de Lugo da Universidade de Santiago de Compostela o curso de verán “As vítimas do 36 en Galiza. Memoria e paz para sempre”, organizado polos profesores Claudio Rodríguez Fer e Carmen Blanco. O programa permitía asomarse, a través das exposicións de investigadores e historiadores, ó coñecemento que hoxe temos da represión desatada pola guerra civil e a ditadura franquista nas catro provincias galegas e padecida por mulleres e homes, por galeguistas, socialistas, comunistas, anarquistas, sindicalistas, republicanos e masóns, por escritores e mestres, polos que se botaron ó monte para integrarse na guerrilla ou polos que emprenderon o camiño do exilio.

O programa académico completábase coa presenza de familiares daquela Galiza mártir que son as vítimas do 36. Isaac Díaz Pardo, encarnación da resistencia cultural galega no interior e no exilio e membro do Consello da Memoria, participou nunha táboa redonda sobre a desfeita e a recuperación da memoria galega. Sofía Andrade, Xesús Pérez Regueiro e a familia Vega prestaron o seu testemuño sobre o doutor Rafael de Vega Barrera e outros represaliados en Lugo. Sobre Díaz-Villaamil e o masacre de Montecubeiro falou Manuel Sarille Lenceiro, el mesmo membro dunha familia represaliada e presidente da Asociación para a Dignificación das Vítimas do Fascismo. Esther Varela Casares, neta de Santiago Casares Quiroga, compartiu as súas lembranzas da posguerra na Coruña franquista. O curso tamén permitiu o encontro cos familiares de Humberto Solleiro, asasinado en Vigo, e Urania Mella, filla do librepensador Ricardo Mella, que foi encarcerada en Saturrarán e que morreu en Lugo en 1945. Tamén interviñeron as familias do sindicalista Francisco Mazariegos e da mestra Mercedes Romero Abella; da intelectual republicana Juana Capdevielle e Francisco Pérez Carballo, gobernador republicano da Coruña cando comeza a guerra civil, e do galeguista Alexandre Bóveda; todos asasinados en 1936.

Rara vez antes fora reunido tal número de familiares de vítimas do 36. Que o encontro se producira no marco dun curso académico e no seo dunha universidade tamén conferiu singularidade á cita, concibida como un acto de homenaxe e recoñecemento ós que perderon a vida ou sufriron cárcere, persecución, represión ou exilio, e maila condena dun ignominioso silencio, dende a sublevación franquista.

Agora ben, as familias das vítimas do 36 –elas mesmas, tamén vítimas- tiveron unha activa participación no curso. Foron moito máis que os destinatarios dunha merecida e pendente homenaxe. A súa presenza era dunha coherencia absoluta cos propósitos académicos da cita. Ofreceron o seu emocionado e sereno testemuño, que constitúe en si mesmo unha fonte para a historia, máis aínda cando, lamentablemente, xa son irrecuperables tantas outras voces que poderían ter sido recollidas e escoitadas. Por outra parte, elas portaban a lembranza de que as vítimas do 36 foron homes e mulleres de carne e óso, que tiñan pais e fillos, que traballaron e soñaron e que polos seus traballos, soños e ideas pagaron o máis alto prezo. Esta verdade tan sinxela é esquecida, ás veces, incluso por aqueles que nalgún momento temos estudado ou investigado as súas biografías. Quizais estou recoñecendo unha incapacidade propia, pero non importa.

O home que chama a nosa atención, que seguimos e perseguimos obsesivamente nos rastros que a súa vida deixou, vaise convertendo nese proceso nunha personaxe. O propósito inicial é descubrir os perfís humanos e singulares que se agochan detrás dun nome. Pero o frecuente trato cos datos e detalles dunha vida, o exercicio de imaxinación comprensiva preciso para entender motivos, argumentos e circunstancias, remata –nunha estraña, involuntaria e inadvertida perversión- por crear unha certa sensación de irrealidade. Paradoxalmente, a familiaridade acadada vai consumindo e apagando a emoción e a intuición primeiras, e fosilizando aqueles episodios ós que queriamos insuflar vida. Ás veces, de súpeto, tomamos conciencia dese viciado procedemento que deshumaniza e falsea o noso obxecto de estudio. Algún detalle atopado no curso da investigación ou algún testemuño localizado danos unha labazada, que é o brusco recordatorio do impulso orixinal e do obxectivo final das horas de estudo, que descubrimos desfeitas e inútiles. As familias das vítimas que participaron no curso quizais non sospeitan que a serenidade da súa presenza e do seu discurso foi esa labazada.

A labazada non sería precisa de non ter esquecido a ensinanza do mestre sen ira: “Dende a poesía para a vida,/ dende o estudo polo coñecemento,/ dende a memoria contra a morte”. O curso “A vítimas do 36 en Galiza. Memoria e paz para sempre” foi o recordatorio de que a única homenaxe digna e dignificante, que desafía á morte, nace da memoria e que esta só é posible dende o rigor do estudo que procura o coñecemento da vida. Ese é o humanismo, de fondas raíces vitais e poéticas, do que aspiramos a ser chamados, con xustiza, algún día, discípulos.

[Publicado no diario lucense El Progreso, 17-IX-2007].

Periodistas y calamares

Leo que el cocinero japonés Seiji Yamamoto ha pretendido epatar a sus colegas y al mundo con la presentación de uno de sus últimos platos. No debe de ser fácil: los propios cocineros son responsables de que se vaya agotado nuestra capacidad de sorpresa en torno a la alta gastronomía. A mí, desde luego, cada vez me impresionan menos esas cocinas que más parecen laboratorios; o las recetas que dictan con la precisión de una fórmula química y que establecen la medida exactísima en la que intervienen en la elaboración de un plato los distintos ingredientes y condimentos –algunos muy exóticos, por sí mismos o por la insospechada combinación propuesta-; tampoco me dejo deslumbrar con facilidad por las sofisticadas técnicas que emplean, ni por los prolijos y larguísimos nombres con los que bautizan sus guisos que, no obstante, de poco sirven a quienes estamos sentados a la mesa para adivinar qué nos disponemos a degustar. Los grandes cocineros se empeñan en presentarse como verdaderos alquimistas capaces de las más exquisitas transmutaciones de la materia, de los mayores milagros culinarios. A quienes nos gusta cocinar y comer no podemos evitar la sospecha de que sólo juegan a mostrar los misterios de su arte esotérico, y de que, en realidad, se reservan el secreto último de su magisterio, que siempre nos estará vedado, porque ese es el único modo de salvaguardar la autoridad y el prestigio, de carácter casi mágico, con los que hoy aparecen revestidos.

Seiji Yamamoto, uno de esos alquimistas de principios del siglo XXI, acaba de deslumbrar a iniciados y profanos en el arte de la cocina al presentar una de sus creaciones culinarias sobre una “hoja de periódico” confeccionada con tinta de calamar. La crónica periodística que leo sobre el asunto, con su derroche de adjetivos -¡sólo a unos pocos periodistas les es dado describir certeramente sin acudir al recurso fácil del calificativo!-, es un perfecto termómetro del entusiasmo con que ha sido recibida la propuesta del japonés; con grandilocuencia, encomia el sentido lúdico y del humor de un cocinero genial que lidera la vanguardia gastronómica internacional. La cita me ahorra tener que ponderar epítetos en la búsqueda de aquellos que más cabalmente califican el trabajo de quien ha conseguido –he de admitirlo- fascinarme, pero no por razones estrictamente gastronómicas. Al leer la noticia, mis papilas gustativas no se han excitado; no se ha despertado en mí la curiosidad por conocer el sabor de ese periódico diseñado con tinta de calamar, porque no creo que sea superable al de la letra impresa de los diarios que desayuno con café y una tostada todas las mañanas. Si caigo rendida a los pies de Seiji Yamamoto es por su perspicacia al relacionar la tinta del cefalópodo con el periodismo o, mejor dicho, por materializar la metáfora un día concebida por Julio Camba. “El calamar se parece al periodista –escribió en un artículo publicado en 1924 y recogido en Sobre casi nada- en dos cosas fundamentales: en que puede tomar a voluntad el color que más le convenga y en que se defiende con la tinta”. Una misma estrategia defensiva hermanaba al calamar con el periodista, en opinión del malicioso Camba, quien no dudaba en sacar punta a la idea: “Si la arena es blanca, el calamar es blanco; si la arena es roja, el calamar es rojo, y si la arena está entreverada, el calamar aparece igualmente entreverado. Nada más fácil que cambiar de política, según se lo exijan las circunstancias”. ¿Y qué ocurre cuando el calamar, a pesar de su capacidad para mimetizarse, es descubierto? “Echa mano de la estilográfica. Instantáneamente se disuelve en el agua un gran chorro de tinta. ¿Qué nos dice en aquel mensaje el calamar? No se ve nada. No se entiende nada. Para evadir nuestra persecución, el calamar nos ha lanzado al rostro un largo artículo de fondo y se ha escabullido”.

Me confieso fascinada por esa hoja de periódico con tinta de calamar, perfecta y sagaz intuición sobre determinada forma de ejercer el periodismo. Incluso en un detalle: la página creada por Yamamoto incluye un anuncio de su propio restaurante, del mismo modo que algunas columnas periodísticas no son más que un anuncio que publicita la firma de su autor. Mi admiración no excluye la íntima satisfacción de ver, por una vez, completamente desvelado el secreto del alquimista. El mejor comentario, la más certera explicación del plato de Seiji Yamamoto es el texto de Julio Camba. Sólo él podía haberlo escrito, porque si a alguien hay que reconocer absoluta autoridad en el arte de comer –ahí está La casa de Lúculo- y si alguien merece ser considerado maestro de periodistas –cuyas lecciones se encuentran en los cientos de artículos que hoy, lamentablemente, se pueden localizar con mayor facilidad en las hemerotecas que en las librerías- es Julio Camba, alquimista poseedor de la piedra filosofal que convertía en oro periodístico cualquier pequeño tema.

[Publicado en el diario El Progreso, 14-II-2007]

Pintadas indelebles y manuscritos incombustibles

Labradas en la piedra de algunos de los edificios que se levantan en el campus de la Universidad Complutense de Madrid se pueden leer hoy inscripciones como “¡Abajo el fascismo!”, “¡Libertad!” y “FUE ¡Viva la Universidad!”. Esos gritos fueron estampados en el invierno de 1947 y es ahora, sesenta años después, cuando se ha sabido quiénes fueron los autores. Pablo Pintado y Riba, entonces alumno de la Facultad de Arquitectura, acaba de dar a conocer públicamente que fue él, en colaboración con Albina Pérez, estudiante de Letras, y Mercedes Vega, de Químicas, quien realizó las pintadas. Esta última tuvo la feliz idea de utilizar como tinta una solución de nitrato de plata en agua. El nitrato de plata resulta visible durante el día, a la luz del sol, pero pasa completamente inadvertido durante la noche, cuando llegaban los operarios de limpieza dispuestos a borrar aquellas pintadas subversivas. Así se explica que las inscripciones burlasen durante tanto tiempo la furia higiénica de los servicios policiales, quienes, por supuesto, no cejaron en su empeño de hacerlas desaparecer. Descubierto el ardid del nitrato de plata y también su pertinaz resistencia a disolverse, se decidió ¡echar mano del pico! La paradoja es que la propia dictadura franquista fue la que labró sobre la piedra aquellos mensajes que deseaba borrar; lo absurdo es que los celosos guardianes de la ortodoxia política en la década de los 40 fueron precisamente quienes permitieron que las pintadas continúen hoy a la vista del paseante atento.

Ese paseante que lee las inscripciones a favor de la libertad en los muros de los edificios complutenses quizás celebre la inoperancia de la policía por convertir el gesto de disidencia de tres universitarios en 1947 en un monumento a la memoria de la lucha antifranquista. Y también, quizás, piense por un momento que la anécdota puede ser tomada como un ejemplo de los intentos frustrados de las dictaduras, las habidas y las por haber, de acallar cualquier manifestación de discrepancia con la verdad oficial. El paseante quizás recuerde entonces el caso del escritor Mijaíl Bulgákov, quien el 7 de mayo de 1926 se vio obligado asistir, espantado, al registro que hicieron de su domicilio agentes de la OGPU, frías y aparentemente asépticas siglas con las que fue bautizada la institución heredera de la Checa. Se incautaron del original dactilografiado de Corazón de perro y de los tres cuadernos de su diario con las anotaciones correspondientes a los años comprendidos entre 1921 y 1925. Bulgákov solicitará en vano que le restituyan esos diarios. Sólo en 1929, de forma inesperada -imposible desentrañar las razones-, las autoridades se los devuelven. Bulgákov toma entonces una decisión: quemar aquellas libretas. Hace falta poca imaginación para suponer lo doloroso que tuvo que ser entregar a las llamas aquellos escritos; no obstante, resulta comprensible la determinación de quien había sentido su intimidad violada y, al tiempo, pretendía evitar que volviese a suceder. Pero las impresiones que Bulgákov plasmó en sus diarios no se perdieron en aquella hoguera: han llegado a nosotros ¡gracias a la institución encargada de su censura! Es cierto que el manuscrito se deshizo en cenizas, pero en los archivos secretos de la Lubianka se conservó una copia mecanografiada, probablemente porque era un documento comprometedor, una prueba de cargo que podía ser utilizada en cualquier momento contra su autor. Anotaciones como la que Bulgákov hizo en su diario el 21 de julio de 1924 eran, a ojos de la policía política soviética, inequívocamente subversivas, el tipo de declaraciones que se pagaban con la vida: “En Samara hay dos tranvías. Uno tiene un letrero que dice: ‘Plaza Revolución-Prisión’, y el otro, ‘Plaza Soviética-Prisión’. Algo por el estilo. En otras palabras, ¡todos los caminos llevan a Roma!”.

“¡Los manuscritos no arden!”, exclama Woland, en la novela El Maestro y Margarita, cuando el Maestro le confiesa haber quemado su novela. La afirmación del personaje de Bulgákov, sin que él lo pudiese llegar a sospechar siquiera, se tornó en profecía. Así lo ha recordado Vitali Shentalinski, quien entró en los archivos literarios de la KGB para hacer el relato documentado de los “avatares de la Palabra rusa durante la era soviética” en una trilogía cuyas dos primeras entregas –Esclavos de la libertad y Denuncia contra Sócrates- han sido publicadas recientemente por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores. A Shentalinski debemos el rescate de los diarios de Bulgákov, así como los detalles del acoso, censura y aislamiento que hubo de sufrir el escritor y que inspiraron a Juan Mayorga la obra de teatro Cartas de amor a Stalin.

¡Los manuscritos no arden! En efecto, en ocasiones se producen milagros por obra y gracia del diablo. Entonces, los manuscritos se vuelven incombustibles y las pintadas, indelebles.


El paseante por la Ciudad Universitaria de la Complutense quizás haya evocado la persecución a que fue sometido Bulgákov en la Unión Soviética al reparar en las inscripciones antifranquistas. Quizás piense que los diarios del escritor y las pintadas de los universitarios fueron el desahogo de los disidentes de dos dictaduras que buscaban un resquicio en el que afirmar su libertad y hoy, monumentos a la memoria de quienes fueron víctimas de la tiranía.


Claro que también puede ser de otro modo. Puede que al paseante no lo digan mucho -o nada- las pintadas en los edificios complutenses, que éstas no sirvan de tiradores del cajón de la memoria, que ese cajón, en lugar de rebosar historias de censuras, persecuciones, cárceles y crímenes, esté vacío. De ser así, los gestos de insumisión de unos universitarios durante el franquismo o de un escritor bajo el estalinismo quedan colgados en el tiempo al no encontrar eco en la conciencia y en la memoria del paseante. Será entonces cuando alguien crea que, a pesar de algunos errores, a pesar de las pintadas no borradas y de los manuscritos no quemados, las dictaduras cumplieron su misión. Y ese alguien quizás se duela al pensar que ni tan siquiera les hubiese sido necesario afanarse tanto en su labor disolvente de la historia y de la memoria, porque siempre contarán con la complicidad de la ignorancia y de la indiferencia interesada.

[Publicado en el diario lucense El Progreso, 6-II-2007]

Ese tolo de Alí Lmrabet


Hai uns poucos días Alí Lmrabet compartiu unha tarde con estudantes da Universidade Carlos III de Madrid, invitado polas profesoras María Luengo e Celia Fustes. Fomos ó acto para escoitar falar aquel xornalista marroquí que en marzo do ano 2000, tras abandonar a redacción de Le Journal por discrepancias coa súa liña editorial, funda o semanario Demain. Daquela, cando non pasara tanto dende a morte de Hassan II, comezaban xa a esvaecerse as esperanzas antes acubilladas sobre o inicio dun proceso de transición á democracia, sobre a posibilidade dunha "primavera humanitaria" tras os "anos de chumbo"; daquela, Alí Lmrabet escribiu un texto titulado ‘Credo’, perfecta descrición de como entendía o exercicio do xornalismo: "O propósito asignado a Demain será o de acompañar esta transición democrática (se é que é tal!) sen falsas ilusións, pero tamén sen excesos. Os noso leitmotiv? Informar sen caer na autocensura, analizar sen caer na inquisición, innovar con apaixonamento, permanecer na vangarda e perseguir a transparencia que tanto precisa a nosa economía nesta época de cambios. Cremos no futuro deste país. Cremos que os marroquís acadaron xa a madurez e poden ser informados de todo e desenvolver un criterio propio sobre os asuntos que lles interesan. Porque, na nosa opinión, rematou a época na que, por motivos válidos ou non, a liberdade de información era sinónimo de subversión e de ataques á seguridade do Estado".

Axiña, no mes de decembro, nun elocuente xesto das intencións futuras das autoridades, a revista Demain pechouna o Goberno presidido por Abderramán Yusufi. Lmrabet non se dá por vencido e en xaneiro de 2001 aparece Demain Magazine, o primeiro semanario satírico francófono de Marrocos e que viña representar algo semellante ó que foi Hermano Lobo na década dos setenta en España. En outono do ano seguinte, nace unha revista xemelga en lingua árabe, Doumane. Nestas publicacións, as viñetas, as caricaturas e mais a crítica humorística combinábanse coa denuncia do contubernio de intereses políticos, económicos e militares, da corrupción, da censura e da tortura. Unha e outra cousa foron consideradas igualmente irreverentes e subversivas para o réxime alauí, que non ía amosar a máis mínima condescendencia.

Cabe sospeitar que Alí Lmrabet nunca alimentara falsas ilusións respecto do porvir inmediato do seu país e que nunca foi un inxenuo. Se cometeu ese pecado –venial, en todo caso–, tivo que ser por pouco tempo, porque debe de resultar imposible reincidir nel cando as autoridades o ameazaron, insultaron, difamaron e acosaron por todos os medios imaxinables. Ó cabo, o 21 de maio de 2003, foi condenado a catro anos de prisión, logo rebaixados a tres, na mesma sentenza que prohibía as dúas publicacións por el creadas. Alí Lmrabet tiña o terrible privilexio de ser o primeiro xornalista enviado á cadea polo exercicio da súa profesión nos últimos trinta e tres anos en Marrocos. Formalmente, o que o levou ó cárcere foi publicar o presuposto do palacio real, que figura no boletín oficial, pero sobre o que a prensa non fala, un par de caricaturas e unha entrevista na que o esquerdista marroquí Abdalá Zaazaa se declaraba republicano.

Agora ben, a sañuda persecución de que foi obxecto non conseguiu que Alí Lmrabet abxurara do seu credo, da fe profesada, e mesmo dende unha das penosas estacións do via crucis que ten sufrido, a prisión de Salé, moi preto de Rabat, continuou escribindo unhas crónicas nas que describía as condicións de vida na cadea. Non o calaron nin sequera cando estaba debilitado pola folga de fame que mantivo durante cincuenta días, pero con folgos dabondo para escribir un artigo titulado ‘Morir de risa’, que foi imposible ler sen arreguizarse. Nel declaraba: "Mentres estea consciente, impedirei que o réxime faga de min un exemplo para someter a prensa marroquí independente".

A proba de que o indulto que permitiu a súa excarceración logo de sete meses non era o anuncio dun cambio de intencións do réxime, chegou cando o xornalista foi inhabilitado para o exercicio da súa profesión durante dez anos no seu país. Hoxe en día é correspondente no Magreb dun diario español e o acoso xudicial continúa. De feito, a mediados do pasado mes de febreiro, a Audiencia Provincial de Madrid rexeitou unha querela de dous correspondentes da axencia oficial marroquí MAP contra Lmrabet por un artigo no que afirmaba que eran informadores ó servizo do Estado de Marrocos. Sono, como considerou probado o tribunal.

Na Universidade Carlos III de Madrid e ante un público novo e cunha enraizada cultura democrática, Alí Lmrabet soubo explicar, dun xeito moi gráfico, a arquitectura daquel poder autocrático e os resortes que este preme para manter controlada a prensa; lembrou os grandes tabús que, como unha Santísima Trindade, son intocables no seu país –Deus, Patria e Rei, é dicir, a relixión, a integridade territorial dun país que sangra pola ferida do Sáhara Occidental e o monarca–; reflexionou sobre a eficacia da autocensura que os medios de comunicación e xornalistas se impoñen, e non agochou o seu escepticismo, ó sinalar que nas relacións internacionais, entre a realpolitik e a defensa dos dereitos humanos, sempre gaña a primeira.

Rematou a súa intervención cunha anécdota que resulta a máis elocuente descrición do que se considera tolerable e admisible en Marrocos. Nun dos procesos xudiciais que foron seguidos na súa contra, o fiscal presentou como proba incriminatoria un informe psiquiátrico sobre os supostos desequilibrios que padecía Alí Lmrabet. Non importaba que o xornalista nunca fora sometido a un exame de tal natureza ou precisara desas atencións médicas. Tampouco estrañou que o tribunal aceptara tal ditame nun xuízo político que era unha farsa cun fin coñecido de antemán. Neste caso, o informe achegaba un dato concluínte que corroboraba sen ningunha dúbida que Alí Lmrabet estaba tolo, que tiña as súas facultades perturbadas: tempo atrás rexeitara o regalo dunha imprenta, valorada nuns quince millóns de euros, que lle ofreceu un relevante home da política marroquí por apoiar a súa carreira dende a revista que dirixía daquela. Ten que estar tolo quen, a pesar do alto prezo pagado e das decepcións acumuladas, non se converteu nun descrido, quen mantén a fe no xornalismo como espazo de liberdade e xerador de liberdade, a fe na información antes que na propaganda ou nos panfletos e a fe na palabra empregada con responsabilidade e liberdade.

Imaxe: Ventura & Coromina, La Vanguardia, 20-6-2003.

Lecer, Galicia Hoxe, 2 de marzo de 2008.

A "Biblioteca del exilio", o rescate duns Robinsóns

Seoane dicíalle a Francisco Fernández del Riego nunha carta datada en maio do 1950 en Bos Aires: “Lonxe de Galicia onde a nosa existencia non conta e a onde non chega o que fagamos, bo ou malo, estamos tendo os que quedamos a sensación da inutilidade de calquera esforzo nesta cidade dedicado a Galicia. Actuamos como Robinsóns, illados en illas afastadas”. Luis Araquistáin escribiu en El pensamiento español contemporáneo, un libro editado por Losada no 1962: “Somos como tristes restos de un naufragio arrojados al margen de la historia”. Seoane e Araquistáin, que quizais só compartían a súa condición de exiliados republicanos, estaban a falar da sensación de illamento que se apoderou dos desterrados e non semella casual que para describir a súa situación ambos os dous recorran a imaxe do náufrago.

Os exiliados do 1939 tiveron que asumir a súa expatriación, que os desherdaba de moito máis cá terra. Tiveron a desesperante sensación de estar abocados a manter unha sorte de monólogo, unha vez decatáronse de que foran desposuídos dos seus interlocutores naturais. Nese sentido, Seoane escribiulle a Maside, a quen envexaba “a sorte inmensa de que a súa obra case enteira quede en Galicia”: “Ahí trabajáis y vuestro trabajo aún en silencio tiene un destino, nosotros si lo hacemos ya no tenemos un pueblo con el que comunicarnos y entendernos y toda la vida del artista y del escritor ha estado destinada siempre a establecer un lenguaje con su pueblo, con la historia y la tradición de su pueblo, con lo que él ama y odia”. Cando no 1964, máis de vinte anos despois da súa primeira edición en México, foi publicada en Primer Acto a traxedia San Juan de Max Aub, este confesou: “Que estos seres vivan todavía es todo lo que puedo pedir. El que aparezcan en las tablas –y en Madrid- sería esperar demasiado, aunque no hice otra cosa desde hace más años de los que tiene esta tragedia”. Max Aub facía gala dunha falta absoluta de inxenuidade e dun realismo que, non obstante, non excluían un chisco de esperanza. San Juan tivo que agardar á noite do 25 de febreiro do 1998 para ser estreada no Teatro Principal de Valencia e chegou ese mesmo ano ó Teatro María Guerrero no Madrid dos soños de Max Aub.

A perda do seu público natural foi necesariamente magoante para aqueles para sublimaron o seu exilio a través dun traballo infatigable, na continuación do proxecto de vida e de obra concibido antes da súa expatriación. De novo o testemuño de Seoane ilustra cabalmente o seu destino, persoal e xeracional: “O destino dunha parte da nosa xeración é o ir e volver sen atopar acomodo espiritual en parte ningunha. Para min penso que o xeito de atopalo reside no propio traballo utilizándoo como un narcótico”. O traballo converteuse nunha droga para soportar a dor e na expresión da súa resistencia a darse por vencidos. Porque o exilio non era unha derrota, non foi vivido como tal, senón como unha nova batalla. A verdadeira derrota, o fracaso da súa biografía, viña representado polo temor de que o seu labor se perdera, que non revertera no país que os expulsou, que este non asumira o seu legado como propio. Seoane, nun momento no que se sente ignorado, expresou unha sospeita: “Pode ser que nós esteamos no Index e non formemos parte da historia de Galicia”.

Pois ben, na tarde do martes pasado tivo lugar na Casa de América en Madrid a presentación dun proxecto editorial xa en marcha: a “Biblioteca del exilio”. A colección naceu da colaboración da galega Ediciós do Castro e da sevillana Editorial Renacimiento para rescatar a obra daqueles Robinsóns que foron os exiliados republicanos do 1939, recluídos na marxe da historia, cando non absolutamente expulsados dela. O acto celebraba que, baixo aquel cuño, xa saíron do prelo cincuenta títulos e participaba ós asistentes de que nos planos está a chegar ó cento de obras publicadas. Estiveron presentes todos os membros do comité editorial: Isaac Díaz Pardo, José Esteban, Abelardo Linares, Charo Portela e Manuel Aznar Soler. Este último encargouse de relatar que foi en Collioure o 18 de decembro do 1999, na sesión de clausura do Congreso Internacional do Exilio celebrado entre marzo e decembro daquel ano en doce comunidades autónomas, onde a máis de renderlle homenaxe a Antonio Machado, se anunciou unha nova utopía para o século XXI: a creación dunha Biblioteca del exilio, integrada por edicións de absoluto rigor filolóxico, acompañadas de estudos críticos, e en todas as linguas da nosa República literaria. Daquela Manuel Vázquez Montalbán afirmou que as utopías son un catálogo de necesidades insatisfeitas. O martes Aznar Soler non agochou a satisfacción pola utopía feita realidade, polo camiño percorrido para satisfacer a necesidade dunha inmensa minoría.

É imposible escoller unhas poucas obras para dar conta da riqueza do catálogo editorial sen sentir que coas omisións se está mutilando un valioso conxunto. Este foi inaugurado con obras de Juan Rejano, Juan Chabás e Lorenzo Varela, presta atención a todos os xéneros literarios e inclúe obras nunca reeditadas despois das súas primeiras edicións no exilio ou mesmo textos inéditos, como a recente publicación de Cuentos de Madrid, escrito no seu exilio soviético por César M. Arconada. Así, é preferible adiantar as inmediatas novidades editoriais, as promesas feitas pola Biblioteca del exilio. Están en preparación libros de Díez Canedo, Jiménez de Asúa e unha obra de Pedro Salinas, El valor de la vida, non recollida nas súas obras completas. Ademais, o Grup d’Estudis de l’Exili Literari (Gexel) da Universitat Autònoma de Barcelona está rematando un dicionario biobibliográfico do exilio que verá a luz no 2009. Daquela xa teremos unha actualización dos míticos seis volumes de El exilio español do 1939 que dirixiu José Luis Abellán e que editou Taurus entre 1976 e 1977.

O acto da Casa de América foi dunha modestia e sobriedade que contrastaban estrepitosamente coa monumental tarefa de manter a única colección dedicada exclusivamente ó exilio do 1939 que están asumindo Renacimiento e do Castro, esta última avalada xa polo fondo editorial máis importante do mundo hispánico sobre a guerra civil e o exilio.

Os exiliados republicanos xuráronlle fidelidade ó pasado e nel cimentaron o compromiso de futuro co seu país. Seoane, referíndose á súa propia obra, dixo que “toda ela está feita de lembranzas, pensada con paixón na terra, cos desexos afervoados de volver algún día pra atopar nela a miña xustificación definitiva”. Evitar que se lle escatime esa xustificación definitiva ó exilio, case setenta anos despois do seu inicio, é o obxectivo fundacional e a filosofía inspiradora da Biblioteca del exilio. Manuel Aznar Soler puxo especial énfase en salientar que ese labor non é unha débeda que se salda co exilio, senón con nós mesmos; que non é un favor que se lles fai ós desterrados, senón un servizo que nos prestamos como sociedade. Coido que as palabras de Aznar Soler e o traballo sistemático, rigoroso e calado da Biblioteca del exilio son unha contundente resposta ás paroladas baleiras sobre a recuperación da memoria histórica, ós espurios intereses políticos e electorais en xogo arredor desta cuestión e a unha lei raquítica e apoucada.

Lecer, Galicia Hoxe, 24 de febreiro de 2008.

O Graal da fotografía de guerra

Brian Wallis, director do International Center of Photography en Nova York, atinou de cheo cando afirmou que o recente descubrimento en México de tres caixas con cento vinte e sete rolos de negativos de fotos da Guerra Civil española tomadas por Robert Capa é equiparable ó achado do Santo Graal.

Aínda que outros conflitos bélicos anteriores foran fotografados, non é errado dicir que naquel naceu o fotoxornalismo de guerra. Isto debeuse, entre outras razóns, ás posibilidades técnicas inauguradas polas cámaras Leica. A mobilidade e mais a instantaneidade que permitían conferíronlles ás imaxes o indiscutible prestixio de documentos veraces. Ese creto de obxectividade, como o definiu Susan Sontag en Ante a dor dos demais, resultaba beneficiado pola sospeita que atinxe á linguaxe dende os mesmos comezos do século XX e, en especial, a partir da I Guerra Mundial. A fotografía fíxose acredora da fe perdida nas palabras; ela semellaba capaz de artellar unha crónica certa e cabal aí onde as palabras semellaban incapaces, miserentas, esmorecidas e exhaustas semanticamente, afectadas, en definitiva, por unha acusada conciencia de crise que, por outra parte, tan ben acaba de explicarnos na súa xénese e nas súas consecuencias Adan Kovacsics no ensaio Guerra y lenguaje.

Ademais, foi en España onde André Friedmann se converteu en Robert Capa, onde comezou a forxarse a lenda do "mellor fotógrafo de guerra do mundo", segundo o cualificou a revista Picture Post xa na temperá data de decembro do 1938. A historia do fotoxornalismo de guerra contemporáneo e a lenda de Robert Capa naceron, pois, na Guerra Civil española. Coñecíanse unhas cincocentas fotografías de Capa tomadas naqueles días, que foron dabondo para cimentar o relato dos dous nadais que o mito confunde nun mesmo acontecemento. Agora o mito é alimentado por 3.500 novas imaxes. É certo que non todas pertencen a Capa e, xa que logo, queda por diante o reto nada cativo de repartir correctamente as atribucións de autoría entre el, David Seymour, o amigo co que ía fundar a axencia Magnum, e Gerda Taro, a compañeira no traballo e na vida. Agora ben, esa dificultade non estorba para que o material localizado sexa considerado o cáliz sagrado, o Santo Graal, aquel que contivo o sangue da ensinanza do mestre.

A ledicia inicial pola milagreira salvación quedou enturbada cando se soubo que entre os prezados documentos non existía a proba documental que permitira confirmar ou desmentir as sospeitas que inzaron, dende que foran sementadas por Phillip Knightley no 1975, acerca da posibilidade de que a célebre foto de Capa do Miliciano abatido fora unha montaxe. Resulta de certo sorprendente que no primeiro momento espertara maior interese o segredo dunha foto xa coñecida, que os milleiros de segredos das imaxes inéditas, pero ten a súa explicación. A foto en cuestión pasou á historia como a primeira que capturou o momento preciso da morte dun home na fronte de batalla, neste caso en Cerro Murriano, o 5 de setembro do 1936. Ese mesmo mes foi publicada pola revista francesa Vu e, dende aquela, reproducida en infinidade de ocasións na súa calidade de incuestionable obra mestra do xornalismo gráfico e talvez de mellor fotografía de guerra de todos os tempos. A imaxe converteuse, deseguida, nunha icona representativa de toda a obra do seu autor e do xénero que estaba a fundar. Por iso, discutir a fotografía representa un atentado contra o senlleiro significado da icona; e, por esa mesma razón, Richard Whelan, biógrafo de Capa, puxo todos os recursos, os argumentos e a paixón posibles na defensa da autenticidade da fotografía.

O propio Whelan non ten reparos en admitir outras falsificacións armadas por Capa. Por exemplo, cando no 1935 fixo unha reportaxe composta por fotos supostamente rexistradas durante un descenso en paracaídas. Esa era a sensación lograda habilidosamente, pero non houbo tal salto, nin sequera viaxe en avión. A finais de xuño do 1937, Robert Capa e Gerda Taro filmaron e fotografaron un simulacro de ataque do Batallón Chapaiev, preto de Peñarroya. Ce Soir publicou aquelas fotos coma se foran as da conquista doutro lugar, La Granjuela, noutro momento, durante o anterior mes de abril. Capa arranxou toda a escena e quedou moi satisfeito co resultado: as secuencias da falsa batalla semellaban máis auténticas cás dunha real. Whelan desculpa o episodio lembrando que non foi a única escenificación tramada para o documental cinematográfico no que estaban a colaborar Capa e Taro por encargo de Henry Luce, fundador da revista Time. Ó parecer, este dera a orde de empregar "montaxes para ser fieis á verdade" cando fora preciso. Non obstante, unha cousa é aceptar estes falseamentos ou manipulacións e outra ben distinta, transixir coa máis mínima sospeita sobre a foto do Miliciano abatido. En realidade, Whelan comparte cos que el chama difamadores de Capa a idea de que este non pode saír indemne se aquela imaxe, con todo o seu valor simbólico, queda desacreditada.

Alguén debería dicirlle a Whelan que non é precisa tanta vehemencia na defensa da foto de Cerro Muriano. Se fora unha seria argallada na traxectoria de Capa, só constituiría unha invitación a rectificar a haxiografía para comezar a escribir a biografía. A derruba do mito permitiría humanizar a Capa. No novo contexto quizais acadaría unha máis xusta aclaración o consello que lle deu na década dos trinta a Cartier-Bresson, interesado na fotografía surrealista e, ó tempo, en verse publicado pola prensa: "Se te dis artista, non te encomendarán ningunha reportaxe. Preséntate como xornalista gráfico e logo fas o que che pete". Talvez sexa preciso derruír a mistificación na que se basean as orixes do xornalismo gráfico de guerra, a lenda de Capa, os discursos sobre a fotografía como espello da realidade e mais o relato mentireiro da obxectividade xornalística. Desbotar os tópicos que adoita repetir unha historia que nos contaron, mal esixirá unha reflexión menos doada –e, dende logo, problemática, porque impón tanto unha revisión do pasado coma dos estereotipos presentes, na que deberían estar interesados os xuíces da integridade– sobre a sospeita ou a discutida lexitimidade que sempre axexa ó tratamento artístico do retrato da dor das vítimas da guerra, sobre o compromiso político omnipresente na obra de Capa, sobre as rutinas xornalísticas que herdou ou inventou e sobre as manipulacións nunca inocentes e os seus cómplices. Alguén debería dicirlle a Whelan e ós que, na outra banda, discuten a foto de Cerro Muriano que a súa mentira, no caso de ser tal, non constitúe unha emenda á totalidade da obra de Capa. Antes de que chegara el, as fotos de guerra eran estáticas e distantes; despois, el ensinou a achegarse ata o lugar onde é posible captar imaxes que estremecen porque elas mesmas tremen nunha sacudida imposible de finxir reiteradamente, como demostrou a súa propia morte. El descubriu que a guerra non se atopa só na fronte de batalla, que o seu fragor abrangue á retagarda para reflectirse nos ollos dos civís e compor as fileiras de refuxiados e exiliados, imaxes todas que resumen a única verdade da calquera guerra.

Non se trata de esquecer a incómoda foto do Miliciano abatido, porque, sexa cal sexa a súa certa historia, forma parte da biografía de Capa. Pero ela tampouco pode secuestrar e agochar toda unha traxectoria, que inclúe as miles de fotos agora recuperadas e que son, en efecto, un Graal –e omitamos, por favor, os certificados de santidade. Entre todas elas hai unha que non é un clímax de morte e dor, senón de amor. É unha foto de Gerda Taro durmindo. Sabiamos polas descricións que fixeron dela María Teresa León e Carmen Antón, corroboradas polas fotografías, do atractivo desta muller, pero ningunha imaxe o captou en toda a súa plenitude como esta. Convertidos en voyeurs, contemplamos esa beleza, inconsciente de si mesma durante o sono. O corte de pelo à la garçonne e o pixama masculino realzan unha feminidade cativadora e sen enfeites. A tenrura e o amor que destila a imaxe pertencen á mirada de Capa, son a verdade sen trampas dun punto de vista coñecido e descoñecido.

Lecer, Galicia Hoxe, 17 de febreiro de 2008.

Catro séculos de xornalismo

Hai uns poucos días presentouse en Madrid o libro Cuatro siglos de periodismo en España. De los avisos a los periódicos digitales, de María Cruz Seoane e María Dolores Saiz. O lugar escollido para o acto non podía ser máis axeitado, posto que o número 14 da rúa Larra –estreita e cativa vía para a vasta e colosal figura de Fígaro– evoca e condensa gran parte do pasado do noso xornalismo. Aí tiveron a súa sede a redacción de El Sol e La Voz e mailos talleres de Tipográfica Renovación nos que se imprimían ambos os dous xornais. Esas instalacións foron as primeiras en seren incautadas polos falanxistas tras a entrada en Madrid dos sublevados; e a casualidade nada ten que ver con esa decisión, que anunciaba ás claras a política de pillaxe e a vontade de liquidación dunha tradición xornalística que ía caracterizar a ditadura franquista. Por se cabía algunha dúbida sobre o ánimo de substitución, os locais das empresas fundadas por Urgoiti, en estreita colaboración con Ortega y Gasset, axiña foron ocupados polo diario Arriba, que, incapaz de conter a impaciencia, editou neles o primeiro número da posguerra. Hoxe o histórico edificio aloxa a Fundación Diario Madrid, institución herdeira daquel xornal que saltou polos aires no 1973, nunha voadura motivada por intereses inmobiliarios, pero que deseguida se converteu nunha potente metáfora das limitacións da Lei Fraga, aquela que a propaganda cualificou de aperturista e que obrigara a pechar o xornal menos de dous anos antes.

Pois ben, o que fora director de Madrid, Antonio Fontán, foi o anfitrión da presentación do libro en tan senlleiro escenario. O acto convocou o ministro de Cultura, César Antonio Molina, quen lembrou as horas compartidas coas autoras nas hemerotecas cando preparaba o seu estudo sobre a prensa literaria española entre 1900 e 1950; e ó presidente da Asociación da Prensa de Madrid, Fernando González Urbaneja, quen se doeu das escasas posibilidades que ofrecen as “hixiénicas” redaccións actuais para aprender dos veteranos os segredos do oficio e da especial importancia que, nese contexto, adquiren obras como a de Seoane e Saiz, que amosan de onde vimos, onde estamos e, quizais, albiscar cara a onde camiñamos.

Foi María Cruz Seoane a encargada de botar a vista atrás para explicar que lugar ocupaba Cuatro siglos de periodismo en España na súa longa traxectoria persoal e de traballos compartidos con María Dolores Saiz. Fixou a xénese da súa fascinación polos papeis amarelados das hemerotecas nos días nos que preparaba a súa tese de doutoramento sobre a linguaxe política nas Cortes de Cádiz, para o que consultou, entre outras fontes, a prensa da época.

Aquel estudo –publicado no 1968 cun limiar de Rafael Lapesa– foi seguido por Oratoria y periodismo en la España del siglo XIX, editado conxuntamente pola Fundación Juan March e Castalia no 1977. Esta obra era o froito dun esforzo que só pode ser cualificado de inxente se temos en conta a pobreza dos traballos sobre a historia do xornalismo, que aínda eran poucos e sobre aspectos parciais ou épocas moi concretas. A historiadora confesaba crer que pagaba a pena analizar a evolución paralela da oratoria e do periodismo –xéneros que “necesitan, como a planta da luz, dun clima de liberdade política para desenvolverse”– quizais porque aí se atopaba algunha ensinanza para un futuro, aínda cheo de incertezas, no que o establecemento dunha “democracia sen adxectivos obrigue os nosos futuros inexpertos parlamentarios a buscar raíces nunha tradición por tanto tempo truncada”.

Foi a finais da década dos 70, cando, en plena e irremediable adicción ós vellos xornais, Seoane recibiu a invitación de María Dolores Saiz, profesora da Universidade Complutense coa que fixo amizade durante as xornadas anteriores nos arquivos, de acometer xuntas o labor de redactar unha historia do xornalismo en España. Os primeiros resultados saíron do prelo no 1983, cando, baixo o selo de Alianza Editorial, foron publicados dous volumes que decontado se converteron en obras de referencia: un, asinado por Saiz, dedicado ós séculos XVII e XVIII; outro, debido a Seoane, sobre o século XIX. Aquelas obras eran moito máis que manuais universitarios, que tamén o foron para varias xeracións de xornalistas que estudaron neles a súa historia. A exactitude e o exhaustivo da información que ofrecían non era só o resultado dunha síntese, senón das propias investigacións das autoras, que enfrontaron a tarefa de encher os abondosos baleiros na bibliografía dispoñible sobre o tema. Deste xeito, aqueles libros dunha colección universitaria foron tamén o recurso a miúdo empregado polos historiadores.

A publicación do terceiro volume, centrado entre 1898 e o comezo da Guerra Civil, só apareceu no1996. Os anos que houbo que agardar quedaron xustificados polo resultado dunha obra na que a claridade expositiva non impedía apreciar as horas investidas na consulta de fondos hemerográficos e na análise dun impresionante caudal bibliográfico, todo posto ó servizo dunha visión de conxunto que subliñaba a riqueza do patrimonio da Idade de Ouro do noso xornalismo. Javier Tusell aforrounos o traballo de buscar o xeito máis cabal de avaliar a obra conxunta de María Cruz Seoane e María Dolores Saiz: é, sinxelamente e segundo afirmou sen medo á esaxeración, a mellor historia da prensa española contemporánea.

As autoras tiñan diante de si culminar o relato da evolución do xornalismo dende o 1936. O deber foi adiado para atender outros traballos, algúns ben arriscados como a historia de El País e do Grupo Prisa que Seoane publicou, xunto a Susana Sueiro, no 2004, demostrando a súa capacidade para burlar os perigos de toda clase que a empresa implicaba e para o que debeu de resultar fundamental tanto unha ferrea disciplina investigadora, coma unha certa retranca de estirpe galaica que se ve na redacción do texto.

Chegado o momento de retomar a súa historia do periodismo, Seoane e Saiz coidaron oportuno e igualmente perentorio revisar os volumes anteriores, en especial os ­dous primeiros, á luz das novas investigacións, propias e alleas. Deste xeito foi como decidiron reunir as dúas tarefas nunha e escribir Cuatro siglos de periodismo en España, que de novo publica Alianza, editorial á que se manteñen fieis. A obra constitúe unha síntese da historia do xornalismo, dende Andrés de Almansa, quen pode ser considerado o primeiro profesional do xornalismo, ata os nosos días.

Queda incluída tamén a pregunta sobre o futuro da prensa escrita ante a rápida revolución desencadeada por internet. Non sei se é das autoras, ou llo poño eu, o sarcasmo co que dan conta das datas exactas que algúns profetas do apocalipse teñen o valor de poñerlle á morte dos papeis periódicos. Non sei se é das autoras, ou fetichismo propio, a desolación final ante os agoiros dos que prognostican que un dos produtos máis característicos da imprenta non chegará, no mellor dos casos, a celebrar o seu sexto centenario. De seren certos os presaxios, din as autoras, “a esta historia só lle faltaría relatar os últimos momentos do moribundo e entoar o réquiem final”.

Ó tempo que celebramos a aparición da obra que culmina un traballo de décadas, confiamos en que María Cruz Seoane e María Dolores Saiz non dean por concluída a súa colaboración, sexa para explorar algúns camiños por elas abertos ou mesmo para relatarnos a penosa agonía do sentenciado a morte.

Lecer, Galicia Hoxe,
3 de febreiro de 2008.

Saudade do Porto


Hai puntos que pestanexan no mapa do mundo, que se chaman a si memos cidades, que incluso o pretenden dun xeito conmovedor ou escandaloso, pero que non resultan ser máis que gardamobles ou coleccións de fiestras, segundo ben dixo Olivier Rolin. Logo están as cidades verdadeiras. Estas son un soño. Naceron dos soños, os dos seus fundadores e os de todos aqueles que as construíron e habitaron século tras século, e viven grazas ós soños presentes dos que hoxe moran nelas. As cidades son, xa que logo, soños feitos realidade. Non resulta tan evidente, pero as cidades deben de estar edificadas tamén polos soños que inspiran a aqueles que nunca as visitaron.

O Porto foi a afastada cidade dos soños dunha nena en Lugo que recibía postais con escenas compostas por azulexos azuis. Enviáballas durante o inverno unha amiga daquela cidade portuguesa coa que compartía nos veráns xogos e baños nas praias atlánticas d’A Lanzada e d’As Paxariñas. A nena medrou e tamén a morriña da cidade imaxinada, sobre todo durante as súas excursións a Soria, onde sempre gustou de pasear pola ribeira machadiana do Douro ata San Saturio. Na meseta castelá, tan lonxe do océano, cavilaba na fin da viaxe das augas do río. Todos aqueles soños acaban de descubrir o escenario real do Porto.

Hai poucos días cheguei a Porto, onde un sol impropio de xaneiro lle sacaba brillos multicolores ás casas e facía incongruentes os adornos do Nadal aínda por retirar e os postos de venda de castañas asadas nas rúas. Quizais foi ese sol o que desfixo de contado a imaxe de Porto como cidade gris. A literatura ten abusado da metáfora dos ríos que van morrer no mar e eu rematei por crer que Porto tiña que estar contaxiada da tristura do Douro. Non hai dúbida de que o río, cando pasa baixo da ponte Dom Luís I, sabe que se achega ó océano, non porque o vexa -que non o pode ver, inda que está ben preto-, senón porque llo din as gaivotas, esas que saen nos fados e que aquí remontan o curso das augas para gozar da estampa que o Douro e Porto compoñen. Pero o río non leva mágoas. Será porque a vista de Porto cúralle as saudades sorianas ou será porque, desdicindo o tópico literario, os ríos non senten morrer no mar, senón acadar unha nova vida. A que promete o Atlántico ó Douro é oceánica e inclúe A Lanzada. A serena ledicia do Douro, antes de se encamiñar á súa nova aventura, é a de Porto e a dos portuenses. Discrepo de Enrique Vila-Matas, quen escribiu nun texto sobre Porto –incluído en Desde la ciudad nerviosa e exposto nun panel na fermosísima librería Lello & Irmão- que os veciños da cidade visten rigorosamente de gris e negro. Tampouco estou de acordo con Gaziel cando afirmou, no terceiro volume de Viatges i somnis. Trilogia ibèrica, o que leva por título La península inacabada, que Porto ten un halo de severidade xansenista e unha vaga tristura externa. Porto desmentiu os meus prexuízos, moldeados durante décadas polas fantasías propias e polas versións da cidade lidas e herdadas.

Quizais haxa outros malentendidos sobre Porto. Para descubrilo, abonda con baixar dende o magnífico miradoiro sobre a cidade no que se ergue a catedral deica o Cais da Ribeira polas Escadas das Verdades. As empinadas escaleiras deberán o seu nome a un motivo prosaico que non me interesa, porque, no empeño por descubrir a alma da cidade, a toponimia convértese nun agoiro de que ese é un bo camiño. Na Ribeira do Douro reclama atención un altar de devoción cívica, cheo de cirios xunto a unha placa en memoria dos portuenses que morreron en 1809 cando, fuxindo do avance das tropas francesas do mariscal Soult, improvisaron unha ponte de barcas que non soportou a misión e afundiu provocando a traxedia. O lugar é tamén a lembranza de que Porto, que hoxe conta con seis pontes sobre o Douro, segundo pregoan as empresas que ofertan cruceiros polo río, tivo que agardar ata ben entrado o século XIX para tender o primeiro paso entre as dúas ribeiras.

Cruzar a fermosa ponte de ferro de Dom Luís I –que, en realidade, son dúas pontes, separadas en dous niveis por un arco- é, pois, un privilexio recente. O peón vese obrigado a compartir a pasaxe cos coches ou co metro, pero iso non pode estragar o regalo das vistas que, con toda xustiza, merecen os máis inspirados e apaixonados adxectivos. En canto un pon o pé na outra banda, un cartel proclama que estamos en Vila Nova de Gaia. A división administrativa semella unha curiosidade. Xa iamos advertidos por Gaziel, quen convidou a imaxinar que o Ponte Vecchio sobre o Arno unira dúas cidades distintas: unha, a dos Uffizi, e outra, a do Palazzo Pitti. Gaziel reparou que o Douro marca aquí unha separación física e tamén espiritual, semellante, na súa opinión, á que distingue as dúas ribeiras do Miño. Non digo que non sexa así, pero eu non fun quen de aprecialo. Polo tanto, non sei se entra na categoría dos malentendidos que concirnen a Porto que os viños que lle deron sona internacional á cidade sexan froito dunhas uvas recolleitas moitos quilómetros río arriba e criados nas adegas de Vila Nova de Gaia. Tendo a pensar que os viños non saben de xurisdicións burocráticas, que ás barricas tanto lles ten e que, en calquera caso, non é mal lugar para envellecer aquel que permite a mellor perspectiva de Porto, a que se ofrece grazas a un certo afastamento, pero non tanto coma para sentirse da parte de fóra. Talvez secretamente ós viños agradecen ós bispos de Porto os custosos aranceis que pretendían cobrar ás cavas e que motivaron o seu traslado. Coido, pois, que non hai malentendido, nin engano, no vencello entre o nome do viño e o de Porto que, con toda propiedade, pode considerar de seu, mesmo cando unha caixa de aforros galega dise dona dalgunhas das adegas portuenses dende 1998.

O único truco turístico dunha cidade que non minte, que non é decorado construído para compracer ós visitantes, son os rabellos ancorados nas ribeiras do río. Esas embarcacións, que transportaron tradicionalmente polo Douro os bocois de viño, son hoxe un anacronismo. O pecado é ben miúdo e resulta doado perdoalo. A miña absolución non foi precisa, porque máis ben agradecín que estiveran alí as naves tan semellantes ás das miñas fantasías viquingas. Ó que parece, estas barcas fluviais de vela non tiñan temón, senón que ían dirixidas por un enorme remo chamado espadela, manexado dende unha especie de castelo de popa por aqueles que deberon de sentirse gondoleiros no Douro.

O soño de Venecia non foi, chegado o momento, tan poderoso como para desfacer o nó de saudade na garganta co que escoitei o fado que se entoa na despedida.

Lecer, Galicia Hoxe, 27 de xaneiro de 2008.

O exilio de Emilio González López

"A xeración á que pertenzo –dixo o coruñés Emilio González López, nun acto público en Nova York no 1940– foi formada na ilusión que forxou a República". Cando pronunciou estas palabras é probable que estiveran presentes na súa memoria aqueles días en que, sendo estudante de Dereito en Madrid, participou activamente nas mobilizacións universitarias contra a ditadura de Primo de Rivera e aqueloutros que seguiron á proclamación da II República e que marcaron o inicio da súa carreira política. Foi deputado da ORGA e Esquerda Republicana nas Cortes das tres lexislaturas republicanas e ocupou distintos cargos na administración do Estado. Quizais tamén lembraba os días, aínda máis próximos, da Guerra Civil, cando prestou a súa axuda a Castelao para que o Estatuto de Autonomía de Galiza fora discutido na sesión que as Cortes celebraron en Montserrat e cando foi nomeado cónsul xeral en Xenebra e secretario da delegación española na Liga das Nacións. González López pertencía a unha xeración que non só foi formada na ilusión que espertou a República, senón que co seu compromiso e co seu traballo loitou por facer realidade aqueles soños.

No 1940, cando principiaba o seu exilio e o de todos os se que mantiveron fieis á legalidade republicana do 1931, aquel ilusionante proxecto de futuro parecía liquidado pola Guerra Civil e a ditadura franquista. No entanto, para Emilio González López, como para tantos outros desterrados, a súa derrota na guerra non significaba a derrota dos seus ideais e, xa que logo, cumpría non desertar do traballo iniciado. Así llo dicía ó escritor Max Aub nunha carta do ano 1957: "Moitas veces, cando penso na Coruña, lémbrome das súas visitas e das esperanzas que ambos tiñamos en facer unha España mellor e máis humana. As esperanzas non se foron. Son aínda más apremantes. O que se foi é A Coruña, a terra mesma, onde poder traballar por ela. Dende aquí, na medida das miñas forzas, sigo facendo o que tamén faría se aínda estivera acolá e recibira de cando en vez a súa visita esperanzada". Estremece ler estas poucas liñas, que constitúen a fermosa e sinxela confesión a un vello amigo. Talvez González López permítese a franqueza, carecente de todo enfeite e grandilocuencia, en honra da amizade compartida coa súa correspondente décadas atrás e interrompida, como tantas outras relacións, pola diáspora do 1939. A familiaridade doutros tempos invitaría á confidencia e, se cadra tamén, a condición de exiliado do propio Max Aub, que lle permitiría, sen precisar de máis, entender do que falaba o coruñés. E González López estaba a falar dunha evidencia: el, como desterrado, perdera a terra; e dunha sólida vontade que desafiaba os designios da Historia: que a terra non o perdera a el, malia o afastamento físico.

En efecto, González López deu continuidade a un traballo que estaba ó servizo da terra da que fora expulsado. O seu compromiso político, netamente democrático, republicano e galeguista, fíxose visible, por exemplo, na súa activa colaboración coa Casa de Galicia ou cando asumiu a representación do Consello de Galiza en Nova York. Ó mesmo tempo, reiniciou a súa carreira docente no Hunter College da City University of New York e no Middlebury College Summer School. Quen en España gañara a cátedra de Dereito Penal, viuse obrigado a tomar a única saída laboral que lle podían ofrecer as universidades norteamericanas, converterse en profesor de lingua e literatura españolas. Pois ben, o labor que dende aquela desenvolveu como profesor, crítico literario e historiador estivo guiado exactamente polos mesmos ideais que explican as súas actividades políticas.

Galiza converteuse, así, no primeiro obxecto dos seus estudos e dos seus escritos. Significativamente titulou Galicia, su alma y su cultura unha obra editada en Bos Aires que recollía algúns ensaios representativos das súas preocupacións intelectuais. Segundo subliñou Eduardo Blanco-Amor no limiar daquel libro, González López revélase na súa obra como membro dunha xeración que sentiu a Galiza como célula de universalidade e que aspiraba a facela "consciente de si mesma valorando o seu pasado en función dunha perspectiva de cultura e prometendo fidelidade a un porvir no que haberían de terse en conta as implícitas esencias nativas para levalas ó seu máximo desenvolvemento".

A ese obxectivo responde, sen dúbida, a súa Historia de Galicia que, como o mesmo González López recoñeceu, era a súa obra máis ambiciosa. Tamén manifestou o seu lexítimo orgullo polas páxinas dedicadas, entre as moitas dedicadas á literatura española e hispanoamericana, a escritores galegos en lingua castelán como Emilia Pardo Bazán ou Valle-Inclán. "Fun eu, quen, contra a crítica predominante, como a de Fernández Almagro, demostrei que as principais fontes literarias empregadas por Valle-Inclán procedían da literatura galega", dixo agardando o recoñecemento por esa contribución, o mesmo do que é merecente a súa Historia de la literatura española, publicada en dous volumes por Las Americas Publishing Company e que aínda hoxe figura recomendada nos programas oficiais de estudos hispánicos dalgunhas universidades norteamericanas. A súa decisión de incluír nese traballo a análise das expresións literarias en catalán e en galego é especialmente elocuente, sobre todo, tendo en conta o contexto no que foron escritos e o público ó que ían dirixidos. Para el a decisión era absolutamente natural, posto que o propósito que o guiaba era darlle o lugar que lle correspondía ó mosaico da arte e da cultura galega que ficaba "agochado timidamente nun recuncho da cultura española". Pero quizais porque sospeitaba a sorpresa dos lectores, xustificouse argumentando que a literatura naquelas linguas "deixaron unha fonda pegada na literatura española e constitúen unha valiosa aportación de España á cultura universal". Por outra banda, sería imperdoable non salientar o impresionante apoio bibliográfico desta obra, sen dúbida beneficiada pola magnífica dotación das bibliotecas que estiveron á disposición de González López, sempre obsesionado por conseguir "a meirande precisión na información e a exactitude no detalle".

Todo exilio supón unha discontinuidade, unha perda. Irreparable é a que representa o desterro dos que se dedicaron ó ensino. Unha parte do seu labor, a explicación de cátedra e o contacto persoal entre mestre e discípulo, nunca poderá ser recuperado, como sinalou Vicente Lloréns, el mesmo profesor e exiliado. Dende a magoada conciencia de que Galiza perdeu esa vertente do maxisterio de Emilio González López, cómpre reivindicar a recuperación e o estudo da súa monumental obra escrita. Aínda hoxe está pendente o traballo previo de facer unha bibliografía exhaustiva que recolla todos aqueles traballos, concibidos e publicados alén mar, de quen escolleu Galiza como tema e destinataria dos seus traballos e dos seus días.

Emilio González López deixou interrompido o relato das súas memorias, publicadas en tres volumes por ediciós do Castro, precisamente no comezo do seu exilio. Pero nos seus escritos está tamén a súa biografía a partir daquela, a continuación dunha vida construída e animada pola mesma e irrenunciable conciencia anterior a 1939.

Lecer, Galicia Hoxe, 20 de xaneiro de 2008.

A agulla dos segundos no reloxo da Historia

Os xornais aliméntanse da curiosa superstición de que todos os días ocorre algo novo", din que dixo Borges. Quedaba curto. A exacerbación alcanzada por ese prexuízo provoca que o periodismo adoite atribuírlle rango histórico a case calquera miudeza. A inflación é tal que raia no exceso sensacionalista e, ó cabo, os lectores, que gustan de saber das novidades, sexan verdadeiras ou insignificantes, pero que tamén aspiran a non vivir no sobresalto dun encadeamento perpetuo de fitos dignos de pasar ós libros de Historia, resultan vacinados. Claro que non sempre a Historia está de vacacións e, de cando en vez, antóllase interromper a sucesión máis ou menos monótona de días e escribir unhas poucas liñas. Daquela, é inútil reclamar paciencia: os xornalistas devecen por escribir o primeiro borrador da Historia e os lectores, por coñecelo. Só os xornalistas máis intelixentes saberán que non é preciso botar man de descomedidos adxectivos para pór de relevo a importancia presente e futura dalgún acontecemento e só os lectores máis avezados se decataran, inda sen o requirimento de floreos paroleiros nin alardes tipográficos, que o asunto reviste a transcendencia que chamará a atención dos historiadores, que comparecerán no seu momento sen necesidade de seren convocados.

Non esixía perspicacia profesional advertir de que o sucedido en dúas cidades xaponesas a comezos do mes de agosto de 1945 ía ser obxecto do futuro relato dos historiadores. O día 6, Hiroshima, e o día 9, Nagasaki, sufriron o bombardeo atómico ordenado polo presidente dos Estados Unidos Harry Truman. O 14 de agosto, o emperador Hirohito accedeu á capitulación, que foi asinada o 2 de setembro a bordo do acoirazado Missouri, ancorado na baía de Tokio. Estaban presentes centos de xornalistas de todo o mundo, sabedores de que aquel acto era a consecuencia do poder aniquilador do uranio e do plutonio. Pero das dimensións reais dese poder e dos efectos das radicacións ninguén que non estivera en Hiroshima e Nagasaki, ningún forasteiro, nin sequera o exército estadounidense, sabía nada, porque ninguén entrara naquelas dúas cidades case un mes despois do xenocidio atómico.

A guerra podía ter rematado, pero a censura non. En efecto, o xeneral Douglas MacArthur mantiña, cando xa non había xustificación militar que servira de coartada, a imposición ós informadores de obter un nihil obstat para publicar as súas crónicas, a prohibición de achegarse a Hiroshima e Nagasaki e a teimosía en conducilos ben lonxe das cidades nas que se decidira a guerra, levándoos da man nunha expedición oficial ata os campos de prisioneiros do norte de Xapón. Esta última invitación foi aceptada por case todos os xornalistas. O estadounidense George Weller estivo entre os poucos que a refugou: "Sentía que ser conducido coma gando cara ó norte, lonxe de Hiroshima e Nagasaki, para rumiar máis forraxe sobre ‘que animais son os xaponeses’ e ‘Jimmy semella máis delgado’ non era o xeito correcto de rematar esta guerra". Quen isto escribiu burlou todas as prohibicións e conseguiu chegar a Nagasaki, onde escribiu, entre os días 6 e 9 de setembro, os primeiros partes nos que un xornalista occidental relataba os efectos da bomba atómica na cidade.

Como describir as escenas que ofrecía Nagasaki e que nada tiñan que ver co que o veterano reporteiro de guerra xa coñecía? Como se constrúe o relato sobre Nagasaki antes de que o nome da cidade adquira o significado e connotacións que hoxe evoca? Como redactar a crónica de Nagasaki cando a Historia está pendente de ser escrita? Algunhas respostas estaban nos textos de Weller e que nunca foron publicados pola prensa. MacArthur "seguía xogando –dixo Weller– cos meus Nagasakis, enviándoos cos seus golpes ó caixón de enriba da sección ‘arquivar e esquecer’". Sesenta anos despois, o fillo do xornalista atopou entre os papeis do seu pai copias daquelas crónicas sentenciadas pola censura e que mesmo o seu autor daba por desaparecidas. Agora a editorial Crítica acaba de publicalas baixo o título Nagasaki. Las crónicas destruidas por MacArthur.

Nos mesmos días que Weller redactaba crónicas destinadas ó cesto do lixo, The New York Times publicaba un texto de William L. Laurence no que se falaba da "beleza digna de contemplación" do lanzamento de Fat Boy sobre Nagasaki e aqueloutro que proclamaba dende o mesmo titular que non había radioactividade en Hiroshima. A rentes do chan, Weller non aprecia beleza ningunha nunha cidade en ruínas, nos incendios inda sen sufocar, na cremación de cadáveres e na que el chama "enfermidade X", provocada pola bomba atómica e que continuaba segando vidas ante a impotencia dos médicos que agardan inxenuamente a chegada do estadounidenses por se traen un remedio. Malia todo isto, Weller di que "a atmosfera non é exactamente dolorosa; Nagasaki non pode describirse como unha cidade de mortos". Así, cómpre avisar que o relato de Weller é ben distinto á reportaxe de Wilfred Burchett, o primeiro xornalista occidental que entrou en Hiroshima, e que foi publicada polo London Daily Express o 5 de setembro. Burchett, a diferenza de Weller, ve antes que a cidade destruída as mortes misteriosas e horribles provocadas polo que chama, desbotando calquera eufemismo, a "praga atómica". Weller dixo sentir "compaixón, pero non remorsos; o exército xaponés curárame diso" e confesou a súa incomodidade ante a pregunta implícita que lle dirixían os seus entrevistados en Nagasaki: "Pensa vostede escribir que Norteamérica fixo algo inhumano ó lanzar esta arma contra Xapón?". Pola contra, a postura que adopta Burchett é clara: "Escribo isto o máis desapaixonadamente que poido, coa esperanza de que sirva de advertencia ó mundo". Weller chegaría a dicir que procuraba ás toas algo grande e magnífico como o que varios meses máis tarde fixo John Hersey para New Yorker, onde apareceu a súa longa reportaxe sobre Hiroshima e que hoxe e aquí podemos ler nunha edición do 2002 de Turner. Puido dicilo mentres os seus escritos formaban parte da lenda. Unha vez rescatados, non resisten a comparación co texto de Hersey. Non se trata só dunha cuestión formal ou de estilo, que tamén, porque Weller estaba obrigado a escribir do xeito sincopado que esixía a eficacia das transmisións telegráficas. É, sobre todo, polo punto de vista: o de Weller, en realidade, adoece da presuntuosa vaidade de quen se sabe a primeira testemuña occidental do acontecido en Nagasaki; Hersey faise invisible na súa reportaxe no convencemento de que a única voz que paga a pena oír é a das vítimas.

No seu clásico estudo sobre os correspondentes de guerra, Phillip Knightley escribiu que na euforia do triunfo aliado se chegou a afirmar que a II Guerra Mundial fora a que contou con mellor información da Historia. Non houbo un exame de conciencia como o que seguiu á I Guerra Mundial. Ninguén falou das restricións informativas ditadas polos gobernos e Estados Maiores, dos xornalistas que aceptaron de bo grao as regras do xogo e dun público que, tras a vitoria, non quería detalles que amolaran as súas conciencias e as celebracións. Non sei se hoxe, cando Hiroshima e Nagasaki son patrimonio da Historia, alguén terá interese en ler as crónicas periodísticas daqueles días. Tom Wolfe xa o advertiu cando, referíndose á reportaxe de Hersey de 1946, dixo que era un dos "memorables e voluminosos documentos do noso tempo que ninguén le".

En calquera caso, penso que merece atención o que dixo sobre as relacións entre a Historia e o periodismo Julio Camba, quen non acubillaba ningunha falsa ilusión sobre a súa profesión: "Coido que o xornalismo, aínda o máis lixeiro e o máis superficial, ten certo dereito a entrar na Historia, aínda que non poida nunca desempeñar nela un papel moito máis brillante co que desempeña nun reloxo un punteiro de marcar os segundos". Pois ben, George Weller é a agulla que marca os segundos no reloxo da Historia; John Hersey, polo menos, a agulla dos minutos.

Lecer, Galicia Hoxe, 13 de xaneiro de 2008.

Sherlock Holmes e a aventura dos Reis Magos

Nos últimos días dei en ler moitas das aventuras de Sherlock Holmes. Mesmamente non sei por qué. Quizais porque ía unha néboa pecha en Lugo. Coa néboa, todo pode ser. Por esa circunstancia meteorolóxica o narrador dun conto asinado por Ánxel Fole lembrouse do asasinato do presidente estadounidense John F. Kennedy. A min gústame ver un punto surrealista na asociación da brétema luguesa coa acordanza do magnicidio. Para non estragar ese pequeno pracer, esquezo deliberadamente que ben puidera ser que aquel día, o 22 de novembro do 1963, mentres en Dallas nin unha cativa nube atoldaba o ceo, Lugo estivera mergullado nunha mesta brétema; tamén evito pensar no prestixio da borraxeira como metáfora do escuro e misterioso, o que, sen dúbida, lles acaería ben ós pormenores do asasinato ó que tantas voltas e reviravoltas se lle ten dado.

Estoume distraendo, porque o que quería dicir era que hai uns días Lugo gozaba dunha apreciable néboa, non tan espesa coma outras que a cidade sabe facer, pero non estaba mal. Eu atribúolle a este fenómeno, amais da creación dun peculiar estado de ánimo, extraordinarias capacidades e poderes raianos na maxia. Dun dos secretos efectos, que de seguro tivo que de-sencadear, estou certa: puxo nas miñas mans as narracións dos casos ós que se enfrontou o detective de máis sona de toda a historia, o creado por Arthur Conan Doyle. Non sei se esta conclusión provocaría o sarcasmo do racionalista Sherlock Holmes ou se desprezaría as miñas aptitudes dedutivas, coido que non. A fin de contas por el acabo de aprender que unha vez botado fóra todo o que é imposible, a verdade está no que queda, por improbable que semelle.

Xoguemos a selo doutor Watson: que é neste caso o imposible? Era imposible que buscara as historias de Sherlock Holmes nun arrouto de nostalxia do asombro co que lin eses contos na miña mocidade, porque o detective que me fascinaba daquela era Hércules Poirot. Na miña adolescencia, Doyle era antes que nada o pai do profesor Challenger de O mundo perdido e nin sequera sospeitaba que este zoólogo era curmán segundo de Holmes; ese é un dos marabillosos descubrimentos destes días. Era imposible tamén que lera as historias do detective do 221B de Baker Street para render tributo privado a unha efeméride. Só cando xa estaba irremediablemente enganchada a elas decateime de que se cumprían xusto 120 anos da primeira edición de Estudo en escarlata, a novela pola que o mundo tivo noticia da existencia de Holmes e que foi publicada nun Nadal, o de 1887, na revista Beeton’s Christmas Annual. Desbotado o imposible, a verdade está no que queda. O único que queda, non dirán que non, é que foi a néboa a responsable da lectura dos casos desenvurullados por Holmes. Por improbable que semelle. Improbable non é sinónimo de imposible. Os escépticos poderán polo menos admitir que hai un placer miúdo en poder interromper, de cando en vez, a lectura das historias de Holmes para mirar pola fiestra e ver todo branco, e non saber se é a néboa londiniense que só despexará cando o enigma quede resolto ou o fume do tabaco do detective logo de toda unha noite en vela cavilando nos detalles do último caso.

Outro pracer, este insospeitado, que depararon aquelas lecturas foi prepararme para advertir que estaba a convivir por eses días cunha pequena que podería ser tomada por alumna avantaxada de Holmes, de non ser porque ten sete anos e aínda non sabe del e dos seus métodos de traballo. Hoxe terá recibido algúns agasallos, pero non crerá que foron os Reis Magos os que llos deixaron. Fun testemuña –e podo dicir que foi digno de verse– da aplicación do seu senlleiro espírito de observación para recadar todas as probas ó seu alcance e do rigor lóxico e dedutivo, impecable e implacable, co que as analizou e que lle permitiu chegar á conclusión de que os Reis Magos non tiñan existencia real. A nena actuou como o razoador ideal definido por Holmes, aquel que, cando se lle amosa un só feito, sabe deducir toda a cadea de acontecementos que conduciron a el. Pero tamén foi quen de inferir os resultados que se derivan da conclusión obtida e que formulou en varias preguntas, puramente retóricas: “Logo o rato Pérez non existe? E Deus, tampouco?”. A investigadora fachendeaba do resultado das súas pesquisas. A verdade non provocou crise ningunha, non representou unha perda, senón a ledicia de dar un paso decisivo para deixar de ser unha nena.

Eu agardo agora o momento en que faga a descuberta de que para vivir son precisas algunhas mentiras ou, se se prefire, certos mitos. Agardo a ver cales escollerá a que, só daquela, será unha muller adulta. Confío en que nese futuro poida entender que a Arthur Conan Doyle non lle abondara con escribir as historias de Sherlock Holmes e soñara con ser el mesmo Sherlock Holmes, como demostrou cando xogou a probar –por certo, con éxito– a inocencia de dous condenados por delitos que non cometeran nunha serie de artigos publicados no Daily Telegraph. Supoño que entón comprenderá os afervoados crentes no mito de Holmes ós que non lles abondaba que foran publicados novos folletíns sobre o detective datados antes de O problema final, onde se narra a súa morte, xunto a Moriarty, nas cataratas de Reichenbach. Os lectores contemporáneos de Doyle reclamábanlle ó escritor moito máis que aventuras inéditas que devorar, esixían a resurreción do xenio analítico de Holmes, queríano vivo e que ninguén lles viñera co conto de que un personaxe literario non pode morrer porque nunca viviu. En definitiva, confío en que, dentro duns anos, nun serán de Nadal con néboa pecha a nena que hoxe non cre nos Reis Magos conserve a inocencia literaria precisa para sentar coa súa tía e gozar xuntas dalgunhas das aventuras de Sherlock Holmes e mailo doutor Watson.

Primeira posdata: Confío en que o título deste artigo, escrito por unha neófita, non fira a susceptibilidade dos devotos holmesiáns. Non era a miña intención suxerir con el que o texto que seguía fora unha aventura apócrifa do célebre detective. Apelo á súa magnanimidade, como da que deu probas o propio Sherlock Holmes aceptando o “habitual sensacionalismo”, segundo el mesmo o cualificaba, co que o doutor Watson titulaba as crónicas das súas peripecias.

Segunda posdata: Os Sherlocks Holmes afeccionados deben saber que non cabe deducir que escollín a miña profesión despois de ler O mundo perdido e de encarnarme no xornalista da Daily Gazette Edward Dunn Malone para acompañar a expedición científica pola selva amazónica na procura daquel recuncho ignoto e illado onde sobrevivían distintas especies de dinosaurios prehistóricos. Xa me encantaría poder dicilo, pero non sería certo. A verdade é máis sinxela: aquela era a única posibilidade razoable de lectura para unha moza a quen lle resultaba absolutamente detestable a soa idea de identificarse coa repelente Gladys da novela.

Terceira posdata: En todos os relatos de Sherlock Holmes que lin nestes días –o estudo non é sistemático, pero si significativo– só nun par de ocasións atopei na ambientación a néboa.Que excelente campaña de publicidade a de Londres! Que chasco o dos turistas que regresan ás súas casas sen que a cidade lles dea a oportunidade de pasear por unhas rúas brancas coma as que inventou e nos ensinou o cine! Non lembro quen, pero alguén dixo que a néboa londiniense é unha broma comparada coa lucense. Certo. O Támese leva a fama e o Miño, a agua. A que esperan as institucións encargadas da promoción do turismo en Lugo para vender a nosa mesta e máxica néboa!

Lecer, Galicia Hoxe, 6 de xaneiro de 2008.