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Deogracias Gratis et Amore (XIII)





«¿Recuerda usted lo primero que salió de su pluma?», le preguntan en 1933 a Manuel Linares Rivas. «¡Pero, usted está loco!... responde. ¿Sabe usted a qué tiempos fabulosos se remontan mis primeros escritos?... Pues…, desde luego, antes de Jesucristo… Fui corresponsal de un periódico que se editaba en Lugo con el título de El Edén Gallego. Pero como los gallegos pronuncian medianamente el castellano le decían El queledén gallego. Allí, toda la redacción y colaboración era honoraria; quiero decir que tenían nuestros honorarios. El mío era de quince duros: estos eran también honorarios. No se dio el caso de que los cobrase una sola vez. El director me decía: “Son seguros; los tiene usted en nómina; fijos y a la cabeza”. Mejor hubiera podido decir: “¡Duro y a la cabeza!”. Entonces traducía yo a Homero y ponía en verso La Correspondencia de España…».

No hay rastro en las hemerotecas de El Edén Gallego, así que hemos de deducir que todo lo que contaba Linares Rivas era un perfecto infundio. Los periódicos gallegos, y singularmente los lucenses, siempre, incluso antes de la era cristiana y con mucho más motivo después, han sido puntuales pagadores de los honorarios de sus colaboradores honorarios. Como todo el mundo sabe, Galicia es un paraíso, hasta para los periodistas.

Deogracias Gratis et Amore (XII)



Los colaboradores espontáneos tenían fama de plomos. Inundaban con artículos de cien cuartillas la mesa de redacción de los periódicos, lo que obligaba con cierta regularidad a desinfectarlas del microbio de la mala prosa. Pero no se les ocurría cejar, alentados en su empeño por la posibilidad de ver sus trabajos publicados, porque lo cierto es que no todos terminaban en las tenebrosas profundidades del cesto de los papeles. Incluso había revistas que acostumbraban, de tanto en tanto, a editar números compuestos íntegramente con las contribuciones espontáneas, lo que invita a examinar la vertiente económica del asunto.

«Elegido del anónimo montón lo más bueno, ¿es suficiente premio la publicación, o debía acompañarse al idealismo de la gloria la prosa de la ineludible moneda?», se preguntaba un periódico en 1903. La disyuntiva traducida a la prosa hoy vigente sería: ¿hay que pagar o no a los espontáneos? Las opiniones estaban divididas. Unos pagaban: «Cuando vean publicado algún trabajo suyo, pueden pasar por nuestra Redacción a cobrar su importe, cualquier lunes, de cinco a siete». Y otros no: «Si alguno de estos escritos espontáneos fuera publicado, no envuelve ello derecho a retribución». Estos, por no pagar, no pagaban ni los sellos del envío: «Insistimos en decir a nuestros colaboradores espontáneos, que como sus escritos no vengan debidamente franqueados, no tenemos el propósito de pasar a correos a recoger sus partos pagando los sellos correspondientes. ¡Sería el colmo de… la mansedumbre!». Pero algunos periódicos no especificaban si sus espontáneos iban a ser remunerados, lo que daba lugar a tremendos malentendidos. Con el muy plausible propósito de no crear falsas expectativas, una revista avisaba:



En fin, los espontáneos solían ser una subespecie de la polilla periodística que Clarín bautizó con el nombre de Deogracias y apellidó, sin importarle la redundacia patronímica, Gratis et Amore.

Deogracias Gratis et Amore (XI)





«­En 1979, Vindicación Feminista naufragaba. El ninguneo, la indiferencia con que la revista era recibida por las instituciones y su escasa repercusión pública pusieron a Carmen Alcalde contra las cuerdas. José Ilario Font, fundador de revistas satíricas como Por favor, y director de Play-boy, le ofreció hacerse cargo de las deudas. A cambio, quería publicar un artículo en la revista y Carmen aceptó. El guasón artículo "Confesiones de un feminista" que, en tono de mofa, ridiculizaba a las feministas con el clásico ¿por qué casi todas las feministas quieren parecer feas? valoraba sus ideas de poco serias cuando se indignaban por el simple hecho de que desde las páginas de una revista una modelo esté mostrando su clítoris al tiempo que muestra la lengua, valiente tontería. A Montserrat [Roig] le faltó tiempo para saltar.
   El día 18 de julio escribió a Carmen Alcalde. Primero, le destacó que se había sorprendido de que un hombre publicase en la revista, cuando desde el principio habían decidido que solo publicarían mujeres. Le señaló que “el tono me ha parecido paternalista y trivial” y después “si vais a empezar a dejar que escriban hombres, ¿por qué le habéis elegido a él?”. Sabía que José Ilario se había prestado a salvar la revista. Pero el precio había sido demasiado alto. “Dado que yo me siento corresponsable de la revista y que tengo que ver mi nombre al lado de este ‘feminista’ masculino y exhibicionista frustrado, te agradecería que me pagaseis el artículo. Mi tolerancia en otras revistas solo es posible porque me pagan”».

Betsabé Garcia
Con otros ojos. La biografía de Montserrat Roig
(Roca Editorial, Barcelona, 2016, pp. 332-333)

Deogracias Gratis et Amore (X)




«Además, el dinero no está reñido con el periodismo. Un buen periodista puede permitirse hasta el lujo de casarse y de engendrar hijos, y muchas veces no tiene ni que comérselos. A trabajar pues, amigos».

José López Pinillos
Hombres, hombrecillos y animales
(Madrid, Biblioteca Nueva, 1917, p. 72)



«Fuera ya de El Liberal, comencé a colaborar en gran número de periódicos semanales de Madrid y provincias. Hubo día en que escribí seis artículos, no todos pagados, pues en esto del cobro he sido víctima muchas veces de la insolvencia de los editores. Algunos me encargaban trabajos que yo, en mi inexperiencia, escribía puntualmente y que no cobraba nunca; hasta que, a imitación de los fotógrafos, puse un cartel en mi despacho que decía así:

LOS ARTÍCULOS SE PAGAN POR ADELANTADO

Y gracias a esta salvadora advertencia conseguí comer todos los días y criar a mis niños».

Luis Taboada
«Intimidades de un autor festivo»
Alrededor del mundo
(17 de noviembre de 1899)

 

Deogracias Gratis et Amore (IX)





Decía un artículo de 1926 que existen “escritores probos y escritores vanales y cleptómanos”. De la segunda calaña ofrecía un par de ejemplos:

«Ha habido quien intentó cobrar dos veces un artículo publicado. ¿Y qué no decir en cuanto a los llamados refritos? Dos poetas hay actualmente en Madrid, que son los maestros en esto. El uno sorprendió la buena fe de dos importantes publicaciones de la corte, y con ello consiguió que apareciese el mismo verso en ambas, con sólo una semana de intervalo. Y el otro, tras haber publicado una poesía en una de esas importantes revistas gráficas, se presentó un día, a los pocos meses, y la entregó, como si fuera nueva, al Director. Este le dijo: “Pero, hombre, C., si esto lo publicamos ya”. Y el vate le contestó: “Sí, es verdad; pero sabe usted que, por lo general, en España hace falta insertar tres veces la misma composición, porque la primera, el lector no la mira siquiera; la segunda, suele leer el título, y la tercera, es cuando se decide llegar desde éste a la firma”».

El vate vistió con ingenio el prosaico argumento que podría dar cualquier fulanito: que sólo a partir de la tercera publicación –y del tercer cobro– empezaba a rendirle algún beneficio menear la pluma. Habría que emprender una campaña contra la mala prensa que acarrean los autores de refritos si no fuese porque, como ya era público y notorio en 1926, «no podemos creer que haya hoy editor émulo de Harpagón». Ni de Harpagón, ni de Caco, que no se sabe de ningún director que en 2016 publique tres veces un mismo artículo pagándolo sólo la primera… con calderilla y deo gracias.  

Deogracias Gratis et Amore (VIII)






«Otra redacción que frecuenté por entonces fue la de La Revista Nueva, que creo que se fundó en 1899.
Este año, Luis Ruiz Contreras me invitó a tomar parte en esa revista como socio y como redactor. Yo, al principio, rehusé.
­­­–¿Es que quiere usted abandonar la literatura? – me preguntó.
–Por lo menos, el periodismo no me importaría nada dejarlo; para lo que da, me parece que sería lo más prudente.
Insistió varias veces, y quedamos de acuerdo en que yo escribiría y daría algún dinero, no mucho, porque no lo tenía, y el periódico se costearía entre varios: Ruiz Contreras, Gonzalo Reparaz, el maestro Lassalle y el novelista José María Matheu y yo. Matheu era una excelente persona, y estaba dispuesto a trabajar y a pagar. Los demás eran cucos que tenían su plan. […]
Pagué yo dos o tres plazos de mi cuota de La Revista Nueva; llevé algún mueble y algunos grabados que procedían de la Sociedad de Acuarelistas, que estaba en mi misma casa, y que los habían abandonado, dejándolos en el patio, hasta que me pareció una primada demasiado fuerte el tener que pagar por publicar artículos, pudiendo publicarlos en otro lado, por lo menos, gratis.
Además, ocurría que otros escribían en la revista naturalmente sin pagar nada, y además eran solicitados.
Al no querer pagar más, Ruiz Contreras me advirtió que algunos socios, entre ellos el señor Icaza, que había sustituido al señor Reparaz, decían que si yo no daba mi parte alícuota, no debía seguir colaborando en la revista.
–¡Ah, muy bien! No escribiré –y dejé de escribir».

Pío Baroja
Desde la última vuelta del camino
Memorias. Final del siglo XIX y principios del XX
(Caro Raggio, 1982, pp. 82-83)

Deogracias Gratis et Amore (VII)


http://all-that-is-interesting.com/fishing-change-great-depression


«En Los caballeros de la tortuga [drama lírico-alegórico-fantástico-burlesco en tres actos y verso] despiertan una docena de durmientes al oír sonar por el suelo un talegón de pesos duros. ¡Vaya una invención! Con sonar una peseta sobre la mesa de la redacción hago yo despertar a los siete durmientes, que hace más de dieciocho siglos que cerraron los ojos».