Futurología


https://www.loc.gov/item/fsa2000030730/PP/


Resulta imposible negar, a estas alturas, la competencia informativa que hacen a los viejos papeles periódicos los nuevos medios nacidos gracias a las tecnologías de conexión inalámbrica. Es cierto que no puede preverse ahora cómo serán los periódicos de mañana, pero podemos estar tranquilos. La prensa es insustituible. Y, desde luego, lo que no puede suceder, lo que no veremos nosotros ni verán tampoco nuestros nietos, es debilitarse el periodismo como necesidad social. Esto decía José Escofet en un artículo de La Vanguardia de 1931, cuando la radio se llamaba T.H.S. (telegrafía sin hilos), se marcaba con cursiva el neologismo que daba la abreviatura de la palabra cinematógrafo y ya se presentía la televisión:


«Firmado por Jean Morienval, ha publicado Le Correspondant un interesante ensayo que tiene por tema el porvenir del cinematógrafo. Da pretexto a este trabajo el contacto que el cine ha establecido con importantes periódicos de París. L’Intransigeant tiene su sala de proyecciones en la rue Réaumur y el nuevo Cinéma des Champs-Elysées es vecino de unas oficinas del Petit Parisien y Excelsior, establecidas en la avenida de aquel nombre. El autor del ensayo se pregunta si el contacto del cine con la prensa será un incidente episódico, o bien, por el contrario, representa un paso inicial en la evolución de los medios de información periodística. 

Aunque Jean Morienval trata muy de paso y a la ligera este aspecto del asunto, por ser otra la finalidad que persigue, suyas son las siguientes observaciones:

“Es lógico –dice– que los más poderosos rotativos se preocupen por la repercusión de los inventos nuevos que audazmente invaden su terreno. La T. S. H. que tiene estrechas relaciones con el cine –y las tendrá mayores si la televisión presentida se realiza–, está ya dando informaciones de actualidad mucho más rápidamente que los periódicos. Si posee un aparato de radio, el suscriptor de Le Temps de nada tiene que enterarse, en lo esencial, cuando rompe la fajilla de su diario. Votos de la Cámara, cotizaciones de la Bolsa, crímenes sensacionales, sabe ya todo lo ocurrido el día anterior. En el cine, las Actualidades, casi al mismo tiempo que el periódico, le dan una visión exacta y más completa de los acontecimientos recientes. No hay necesidad de leer la declaración ministerial. Se ve y se oye al presidente del Consejo cuando la lee él mismo. Lo más importante de cuanto ocurre en el mundo es mostrado al público en una sucesión de imágenes y de palabras, como verdadera información viviente. El periódico impreso tiene en ello una doble y terrible competencia”.

Pocos periodistas habrá en el mundo que no hayan pensado lo mismo que M. Morienval ante los alardes informativos hechos en la pantalla y por las emisoras radiotelefónicas. Podemos estar tranquilos, no obstante. Es posible que el periódico tenga que servirse algún día de la radio y del cine, para emplearlo como elementos agregados y subalternos; lo que no ocurrirá seguramente es que el periodismo, en su forma de expresión actual, sea absorbido o anulado ni por un sistema de proyecciones luminosas ni por los altavoces de la T. S. H.

La imprenta es insubstituible. En el periódico moderno tiene aquella una de sus aplicaciones más importantes, acaso la primera o más inmediata. No se ha colmado todavía, ni mucho menos, la incalculable capacidad del mundo civilizado para el consumo de la letra impresa. Lo que no puede preverse ahora es cómo serán los periódicos de mañana, si más frondosos que los actuales o más reducidos o sintéticos; si evolucionaran en un sentido de substanciación, para ser más concienzudos, o seguirá acentuando su frivolidad; si obtendrá en ellos lugar preferente el artículo literario y de ideas, o irá en aumento el cultivo del sensacionalismo y del reportaje ingenioso. Pero debilitarse, como necesidad social, el periodismo que se imprime sobre el papel, eso es lo que no puede suceder, lo que no veremos nosotros ni verán tampoco nuestros nietos.

Desde la aparición de la primera gaceta rudimentaria, el desarrollo del periodismo ha seguido indefectiblemente un movimiento progresivo cada vez más rápido. Sobre todo en los últimos treinta años, primeros del siglo, ese movimiento ascensional y expansivo de crecimiento y conquista se ha acelerado de tal modo que, a causa de su misma rapidez, apenas tiene historia. El periódico ha marchado a la misma velocidad de los descubrimientos que dan carácter a nuestra época, con un maravilloso progreso y con un dinamismo que lleva al vértigo. La síntesis de la vida moderna, con sus complicaciones infinitas de intereses y necesidades, sus luchas, sus desenfrenos, sus ambiciones, su voracidad, su epilepsia, sus choques traumáticos, sus éxitos mecánicos y sus inquietudes espirituales, está en las páginas del rotativo, infatigable registrador de todos los sucesos, desgraciados o venturosos, que se suceden al correr de los días.

Coincidiendo con la aparición de las Actualidades en el cine y con las informaciones recitadas de la radio, el periódico ha ensanchado sus perspectivas, visto que se le ofrecían para su difusión nuevas facilidades. […]

Sería estúpido que nuestra convicción sobre la perdurabilidad del periodismo impreso nos llevara a mirar con desprecio las aportaciones de noticias plásticas y habladas del cine y de la radio. Lo que han hecho algunos grandes rotativos de París, buscando tener una conexión con el cine, demuestra la atención que las empresas periodísticas conceden a la concurrencia de esos competidores inesperados. El cine y la radio pueden ser elementos auxiliares del periódico, si un día se encuentra una forma de conjuntarlos. Hoy por hoy, las informaciones servidas por la T. S. H. y las reflejadas en la pantalla, antes aprovechan que perjudican a la Prensa porque estimulan la curiosidad de las masas populares. Cuando llegan antes que la noticia y el comentario impresos, sirven de aperitivo; si aparecen después, saben a postre. La información cinematográfica es el complemento visual y auditivo de lo que ya conocíamos por referencias literarias. La radio, en cambio, suele anticiparse y sirve de vermut. Pero sólo en el periódico se encuentra lo principal, por su contenido substancioso. Entre el preludio y el último acorde, está toda la sinfonía.

Nadie se encierra en un cine con la intención de ver la revista de actualidades; nadie tiene la radio en substitución del periódico. Este se compra para saber lo que pasa y también para buscar en él lo que se necesita. Se proyecta sobre la pantalla la visión fragmentaria de una ceremonia oficial, la partida de unos aviadores, el panorama devastado por la inundación o por el fuego, un momento de las carreras de caballos, la visita de un príncipe de Gales a una colonia inglesa, una actitud del presidente Hoover al dirigir la palabra al pueblo americano, etc. Todo ellos sirve para dar al espectador una idea de los hechos registrados, pero nunca le ofrecerá elementos suficientes para formar opinión. ¿Y quién soportaría una sesión de radio en la cual fueran recorridas por el speaker todas las secciones del periódico, desde las notas del Observatorio Meteorológico a los telegramas de última hora? Mientras se estaría enumerando las cotizaciones de Londres, París y Nueva York, la impaciencia haría saltar al radio escucha que espera conocer el resultado de un match de boxeo o al que tiene prisa por saber cómo se ha resuelto la crisis francesa.

Nada puede reemplazar a la imprenta, que fija y hace perdurar lo que recoge. El periódico es un auxiliar valioso hasta para los negocios. Se abrirán otras ventanas que permitan ver por ellas al mundo. Pero el periódico es un mirador circular, colocado en lo más alto, desde donde enfoca sus potentes reflectores giratorios, capaces de superar todas las distancias. Tiene los cien ojos de Argos y algunos más, todos lo que el mundo contemporáneo necesita para no perder el control de sí mismo. Cuando más acusada se siente la influencia de las multitudes, el periódico, instrumento esencialmente democrático, vehículo de ideas nuevas y sostén de las antiguas, que ofrece al mismo tiempo que el servicio pequeño y cotidiano una colaboración eficaz en toda labor trascendente y progresiva, es inseparable de la civilización e insensible al asalto para el cambio de su forma original».


El 2º periódico en Madrid



No había auditorías de difusión y ventas, pero la pelea por los lectores era salvaje y las agarradas a cuenta de qué diario tenía mayor tirada, tremebundas. Ninguno de los grandes estaba dispuesto a claudicar. El Imparcial proclamaba en su cabecera, en lugar bien visible, ser «el periódico de mayor circulación de España»…

http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0000669255


…exactamente al mismo tiempo que El Liberal se arrogaba ese puesto.

http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0001191807


El pasado miércoles, en lo más duro de la cuesta de enero de la historia y de las ojotadés, un periódico decidió colocar en su cabecera una leyenda jactanciosa: «El 2º periódico en Madrid». Podría haber añadido, a renglón seguido, que Madrid es España y lo demás, tierra conquistada.


¿Quién es el público y dónde se le encuentra? (IV)







La prensa había encontrado, por fin, al público; es más: decía saber perfectamente quién era y dónde topárselo. Lástima que no podamos poner nombre y apellidos al redactor anónimo, de agudísima perspicacia sociológica y superlativa inteligencia periodística, que lo explicó en las páginas de la revista Estampa, aprovechando el trivial encargo de poner unas pocas letras al reportaje fotográfico del último domingo de fútbol. El titular del escueto texto era:






Y decía:  

«¿Quién es el público y dónde se le encuentra? –se preguntaba Larra–. En este siglo el público, la gran masa que puede aspirar a ostentar con más títulos la representación de esa cosa abstracta llamado público, lo constituyen, sobre todo, los aficionados del fútbol. En ninguna otra parte se le encentra en tan gran número como en los estadios presenciando las luchas a que da lugar, entre veintidós hombres, la posesión de una vejiga de goma y cuero. Nosotros diríamos que el público de fútbol es el público por antonomasia. En torno a los cuadriláteros del juego balompédico pueden apreciarse, en efecto, todas las tonalidades y todos los matices de la extraña psicología de las multitudes. El público de fútbol es ferozmente apasionado y, al mismo tiempo, incalculablemente tornadizo. Eleva ídolos y se complace luego en derribarlos. De un entusiasmo delirante pasa con facilidad a una desesperación  y a un pesimismo exagerados. El fútbol, que empezó siendo un pasatiempo de señoritos, es ya una pasión de muchedumbres. A los equipos se les dan representaciones y significaciones simbólicas insospechadas. La “afición” la constituyen millares y millares de personas –nunca con más razón empleado el lugar común– pertenecientes a todas las clases sociales. Y cada uno ve, en el equipo de sus simpatías (porque es el de su pueblo, porque es el de su barrio, o sepa Dios por qué) una representación de su propia personalidad. Raramente ecuánime, el público exterioriza su entusiasmo, o su decepción, o su cólera, sin el menor recato». 


¿Quién es el público y dónde se le encuentra? (III)


http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0001665508&page=21

Diagnóstico: sin pulso. ¿Quién lo reanimará? El regenerador que lo regenere buen regenerador será. La cantinela del 98 iba acompañada por la pregunta sobre la responsabilidad del último desastre. Algunos dedos acusadores apuntaron a los periódicos, que, unánimes sin apenas excepción, se habían prestado como altavoces de las bravatas patrioteras de los intendentes y mandantes con nostalgias del imperio. Pocos de los que escribían en los papeles diarios pudieron decir, como Emilia Pardo Bazán, que no era suya esa culpa. Así que la prensa se defendió como mejor pudo, es decir, escurriendo el bulto: ella no había enardecido los espíritus para conducirlos a la guerra; se había limitado a reflejar la opinión de su público. Para cuando los moralistas se cansaron y los furores regeneracionistas amainaron, la idea había prosperado de tal modo que iba camino de convertirse en el tópico llamado a liquidar la concepción ilustrada del periodismo que, durante buena parte del siglo XVIII y todo el XIX, había estado vigente. A su éxito definitivo colaboraron los nuevos periódicos de empresa: hicieron ampulosas declaraciones de independencia de cualquier capilla política, se esforzaron en convencer a sus clientes de que en sus páginas encontrarían el eco imparcial de la opinión y de que no tenían intereses ajenos al servicio que les rendían, proclamaron que sus dueños no eran otros que los lectores, que ellos constituían su fuerza y que a ellos se debían y blablablá. Zalamerías para adular al público.

Los periódicos pudieron explotar a gusto aquel nuevo argumento –la prensa no conforma la opinión pública, es formada por ella– en cuanto se emancipó de los discursos incriminadores noventayochistas. Dejó de sentirse como un baldón, como el recordatorio de una reprobable debilidad. Todo lo contrario: la prensa moderna era la que más vendía (comenzó la guerra: varias cabeceras se reivindicaban, al mismo tiempo, como las de mayor tirada) y la prensa que más vendía era la que conseguía interpretar mejor el estado de la opinión pública. Nada de quejíos larrianos: los periódicos habían encontrado, por fin, al público y este era el pilar sobre el que decía alzarse cualquier nuevo proyecto periodístico. Los más exitosos encontraron una metáfora perfecta de su fortaleza en los robustos cimientos de los palacios que se construían o compraban para albergar sus redacciones y talleres. Así, cuando a finales de 1902, el diario Heraldo de Madrid se trasladó a un edificio principal de la calle de la Colegiata dijo deberlo «al favor del público, cada vez más ostensible y cada día más creciente». El semanario Blanco y Negro, que seguía presumiendo de la fastuosa sede en la calle Serrano que había estrenado en 1899, interpretó en la misma clave la mudanza:

«Lejos están ya, por fortuna, los tiempos en que la Prensa arrastraba una existencia precaria, a merced de protecciones inseguras y del bamboleo constante de los partidos; lejos las épocas en que el periódico, obedeciendo a un criterio doctrinal cerrado, servía exclusivamente a la secta y a los afiliados a ella, y no llegaba a establecer comunicación espiritual asidua, cotidiana, con el público, único dueño y señor a quien sirve hoy la Prensa, cuando quiere vivir robusta e independiente.

»El artículo famoso de Fígaro ¿Quién es el público y dónde se le encuentra? es uno de los pocos de su autor que podrían enterrarse hoy día.

»Ya se sabe, ya se conoce con toda exactitud quién es el público; ya es fácil encontrarle en todas partes, seguirle a donde va, adivinar sus gustos, reconocer sus aficiones y tendencias. Lo que no es tan fácil, lo que aún constituye obra de romanos es dirigirle, formar su gusto, encauzar sus ideas. La prensa de gran circulación no es ya un cuadro pintado con figuras dibujadas a capricho de uno o de varios señores, sino un espejo fiel, claro, que con exactitud y precisión refleja y reproduce el pensar y el sentir de la multitud.

»Existe entre mucha gente el grave error de pensar que los lectores de los grandes diarios no se toman el trabajo de discurrir, sino que al adquirir el periódico preferido compran por los cinco céntimos una cantidad de opiniones y de juicios sobre sucesos e ideas para aprovecharlos después en la conversación. Nada menos cierto. Si así fuera, sería tarea facilísima el escribir un periódico para la muchedumbre. Pero, precisamente, ocurre lo contrario; que el periódico más favorecido por el público es aquel que con mayor agudeza y precisión reproduce lo que éste hace, piensa y quiere. Y como el público es una masa ondulante, amorfa, escurridiza, de escasa consistencia y tarda en pronunciarse en cualquier sentido, de ahí que se requiera habilidad grandísima para eso que llaman pulsar la opinión.

»Conseguir tan difícil triunfo es tarea de entendimientos muy perspicaces, de oídos muy despiertos, de plumas muy avisadas; y uno de los diarios que lo han logrado con mayor acierto y felicidad es nuestro querido colega el Heraldo de Madrid, que gracias al favor constante del público, ha llegado a realizar la aspiración más legítima y satisfactoria de toda persona y de toda empresa ordenada: la de tener casa propia». 

Postdata: Aquella solidez arquitectónica es hoy una ruina. No seré yo quien niegue la urgencia y el placer de dedicarse a la arqueología de las piedras en estos tiempos de pensamiento líquido, periodismo líquido y redacciones líquidas, antes de que todo se vuelva definitivamente gaseoso. Sí, hagamos arqueología, pero sin trampas: el diario Ahora, propiedad de Luis Montiel y dirigido por Manuel Chaves Nogales, tenía a gala ser un periódico popular. Por eso mismo, los Valle-Inclán y compañía se llevaban aristocráticamente la mano a la nariz cuando tenían cerca un ejemplar. Si la administración del plebeyo periódico terminó contratando la pluma de don Ramón, no deberíamos descartar que fue para que cejase en su terca campaña contra el periódico. Por otra parte, quizás convendría explorar las circunspectas posibilidades que caben entre las viejas pamplinas y lisonjas que los periódicos dedicaban a sus lectores -con españolísimos ecos contemporáneos- y las reprimendas que comienzan a estilarse. Porque eso es lo que hace Miguel Ángel Aguilar, reñir preventivamente a los lectores del primer número de Ahora que se han gastado tres euros, por si se les ocurre no volver a aflojar la cartera: «Los lectores dictarán su fallo inapelable sobre si prevalecerá la cultura del todo gratis, que enriquece a los agregadores que canibalizan las aportaciones originales y pauperizan a los medios que se esfuerzan en conseguirlas mientras sitúan a los periodistas como especie a extinguir». ¡Ay, las inquietudes ecológicas de las empresas ordenadas!

¿Quién es el público y dónde se le encuentra? (II)








No tardó mucho El Pobrecito Hablador en reformular, esta vez en un artículo enteramente suyo, la pregunta inaugural sobre el público: «¿No se lee en este país porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee?». El Heraldo de Madrid respondía en 1899: «Hay un verdadero divorcio entre el novelista, el poeta y el público. Este no lee, acaso, porque no se escribe para él». El periódico acusaba a los escritores de cultivar «las letras como sacerdotes de un misterioso rito, viviendo en la admiración de unos centenares de iniciados», de no ser mas que «predicadores de un reducido público ilustrado»:

«Los literatos ejercen escasísima influencia en la opinión española, especialmente los encumbrados y famosos, los que vigilan y guardan el prestigio de su firma como bajo un fanal, temerosos de que el aire de la plazuela y la luz de las alegrías y dolores populares lo manche o lo deshaga. […]

»No censuramos por ello a nuestros literatos. Siguen todo lo rápidamente que pueden el progresivo movimiento de las letras francesas, rusas y escandinavas; pero el hecho de que nuestro pueblo, retrasado, se queda sin literatura, y que, necesitando instintivamente ese elemento educativo, lo busca en las columnas de los periódicos, hallando en la rápida concepción de un artículo, en el espeluznante relato de un crimen, en las sesiones de la Audiencia o el Parlamento, en el telegrama de la guerra, la cantidad de emoción y de ideas nuevas que una literatura, ininteligible para él, no acierta a proporcionarle».

El artículo traía ganas de polémica, así que no se recataba en poner nombres y apellidos a los absentistas. Entre ellos, Emilia Pardo Bazán era el ejemplo de escritora perfectamente ensimismada en «sus propias especulaciones intelectuales», incapaz de interpretar el sentimiento del país después del último desastre nacional, el del 98, según acababa de demostrar en una reciente conferencia dictada en París, donde había sostenido que el patrioterismo bizarro, la épica del conquistador aguerrido y del guerrillero montaraz fueron muertos y enterrados en Cuba. El Heraldo, erigiéndose en legítimo portavoz de la opinión, gritaba su enmienda: la derrota no había arrancado de los corazones al héroe de Cascorro, ¡honor y gloria a él!  

«[Emilia Pardo Bazán] Ha declarado muerta la leyenda dorada de España, forjada con sangre de los audaces capitanes y navegantes de nuestra Edad Media y cristalizada con la guerra de la Independencia; muerta, no a manos de los yanquis, sino por el desengaño propio; por la realidad que nos ha hecho ver cuán inútil es la bravura individual en las guerras modernas.

»A poco que se fije la autora de Morriña […] se convencerá de que la leyenda que ella ha matado en París goza en España de excelente salud, y tan peligroso es aislarse en los límites de la Península, dejando que la leyenda negra, forjada de nosotros por extranjeros escritores, circule y viva, como pretender iniciar a los extraños en nuevas orientaciones de nuestra conciencia, que sólo existen en un centenar de espíritus cultivados precisamente con ideas que nada tienen de españolas».

A más de estar en Babia, ¡afrancesada!, porque la estaban tachando de afrancesada. El insulto, desde los días de Larra, conservaba toda su potencia despectiva (si aún hoy es el salivazo que escupen los ultras y serviles…). No siendo demasiado original como denuesto, tampoco resultaba inocuo, como bien sabía Emilia Pardo Bazán: «No era muletilla inofensiva, sino mortífera, como la quijada de asno de Sansón; generalmente los que la esgrimían con furia proponíanse estorbar algún adelanto, mantener algún error añejo, apuntalar alguna preocupación ruinosa, a cuya sombra medraban». Así que la escritora decidió tomar el baldón como elogio involuntario que le hacían. Lo que la irritó verdaderamente fue escuchar que escribía de espaldas al público. Porque si en algo estaba de acuerdo con el Heraldo de Madrid es que existía un público y que ese público, exiguo o nutrido, el que fuese, se encontraba en los periódicos. Pues bien, en la prensa de mayor circulación ella venía escribiendo de forma intensiva, expresándose a las claras  y… arrostrando las consecuencias. Si Larra había clamado y llorado por la falta de público («Terrible y triste cosa me parece escribir lo que no ha de ser leído»), Emilia Pardo Bazán lo hace por la coerción del público, que, por fin, después de casi un siglo, se hace presente con modales autoritarios. La escritora gallega recordaba, en la réplica que dio al Heraldo en La Ilustración Artística el primero de mayo de 1899, que discrepar de las unanimidades –siempre aplastantes; belicosas, además, en el caso de Cuba– le había enseñado que «escribir para el público era escribir con el público, so pena de muerte»:

«Si positivamente estuviese España en uno de esos momentos críticos en que se delibera para cambiar de conducta; si este enfermizo sopor fuese, allá por dentro, la suprema crisis en que se convierte el espíritu a la luz y se ve lo que antes ocultaba un velo; […] entonces los escritores hallaríamos modo de empezar a decir mucho que callamos, de puro desalentados y de puro escarmentados también. Entonces señalaríamos peligros, indicaríamos reformas, pondríamos el dedo en la llaga quizás. Los escritores somos, en cierto modo, como diz que son los gobernantes, que cada país tiene los que puede tener, y en nuestra patria, escribir para el público es escribir con el público, so pena de muerte.
 
»Uno de los aspectos en que más le convendría a España no haber sido tan castiza, es este de la tolerancia y respeto a la opinión manifestada por escrito, sobre todo cuando no difiere de la preocupación general. Se ha necesitado aquí valor a toda prueba, un género peculiar de valor, para indicar por escrito cosas que la conciencia sentía, que el entendimiento preveía, que el tiempo demostró. No faltaba, por ejemplo, quien entendiese que era necesario, y más que necesario urgentísimo, conceder a Cuba, en paz y en buenas condiciones para nosotros, la independencia; pero ¡ay del que se atreviese a susurrarlo! Aun entre un círculo de amigos, cubría nuestra voz la reprobación unánime, cuando manifestábamos, antes de declararse la guerra, ciertos pareceres. Y sin embargo, era tan fácil hacer de Casandra non unquam credita Teucris…
 
»Se me dirá que el escritor está obligado a clamar hasta en el desierto. En el desierto, bueno; en el desierto nadie nos hará caso, pero nadie nos tirará piedras tampoco. Lo arduo es clamar metido en la fosa de los leones, o en el horno de Babilonia. Y lo sandio es tal vez clamar cuando de nada sirve. Los redentores no se sacrifican estérilmente; aspiran a redimir; si no esperasen fruto, se quedarían en su casa bien callados. ¿Puede España ser redimida aún? ¿Quién tiene fuerzas para conseguirlo?
 
»No seremos seguramente los escritores, puesto que se nos lee bastante menos de lo que desearíamos. Me sugiere esta reflexión el artículo del Heraldo de Madrid que acabo de recibir, que se titula La leyenda muerta y que se refiere a la conferencia que pronuncié en la salle Charras hace tres días. Quéjase el articulista de que no escribo para el público, ni tampoco Galdós, ni otros varios, y por eso no puedo contribuir a remediar los males de la patria. A fe que siento curiosidad de saber, por lo que a mí respecta, si no es para el público para quien estoy escribiendo sin cesar. Que el público lea o no lo que le destino, es otra cosa. Acaso no llegue a enterarse de ello, aunque, relativamente y dado el público que en España existe, yo suponía haber llegado hasta él ¡pero que por mi culpa se quede sin establecer la comunicación!
 
»"Entre vosotros hablo y enseño todos los días", dijo Jesús; y aunque parezca profanación, que en mi propósito no lo es, y la costumbre de citar textos evangélicos lo autoriza, repetiré esa misma frase. No tengo autoridad para enseñar; digo mi parecer, y lo digo allí donde puedan oírlo, en El Imparcial, en El Liberal, en El Español, en La Época, aquí, en diez o doce periódicos donde colaboro –no en libros misteriosos, recónditos y de difícil adquisición y manejo. Y si se trata de las cualidades del estilo, tampoco por ellas ha de quedarse nadie sin entenderme. Soy de una claridad diáfana. El que no me comprende es de los que no ven por tela de cedazo.
 
»Me he quedado, pues, boquiabierta al enterarme de que peco de ininteligible. Todo sea por Dios, y hablemos de Francia».
 
Y la afrancesada, por el gusto de provocar, se puso a hablar de Francia, precisamente sobre el affaire Dreyfus, aquel que bautizó a los Zolas como «intelectuales».


 
Posdata: Los intelectuales de 2015, dice el periódico, «rodeados de silencio y música clásica en sus bibliotecas, formulan sus impresiones desde una palpable lejanía, desde cierto atrincheramiento, digamos, en sus elitistas espacios de paz y pensamiento». Y uno de esos «seres de lejanías» se queja, más o menos por los mismos días, en el «tono híspido y áspero» propio del gremio, de que aquí sigue sin haber público: «Al cabo del tiempo, al cabo de tantos proyectos y sueños de regeneración, uno contempla el panorama social y comprueba que, tras la apariencia y el barniz de la modernidad, seguimos siendo el mismo país ignorante y atrasado de siempre. Queda una gran minoría ilustrada, cómo no, pero se antoja poco logro para las oportunidades históricas que tuvimos y que una vez más desperdiciamos. Diríase que hay una conjura para que estas cosas sean así». Uno y otro, encasquillados, obvian el quid contemporáneo de la cuestión: cómo escribir para el público y contra el público.

Última hora: La leyenda dorada resucita en forma de astracán.