Charamuscas y chilindrinas

La noticia la da Ánxel Fole en su Cartafolio de Lugo: la firma de Julio Camba había aparecido en el diario local La Idea Moderna. Fue, poco más o menos, por los días del Pleistoceno superior, cuando los periódicos tenían cuatro páginas de letra apretada, sin ningún grabado, y Camba era un jovencito a punto de cumplir quince años. Entonces, vio su nombre al pie de los apuntes de una noche de verano en el ejemplar del diario lucense del 18 de octubre de 1899. Teniendo en cuenta que se acostumbra a fechar en 1900 su bautismo periodístico, aquel podría ser el primer escrito de Camba que pasó por las linotipias. Entre 1899 y 1901, sus charamuscas y chilindrinas aparecieron en La Idea Moderna. Algunas las recolocó después en el Diario de Pontevedra y en la Revista Gallega; otras las había publicado antes allí (desde el origen de los tiempos, fue un consumado maestro del arte del reciclaje). Entre todas ellas, hay alguna pieza desconocida hasta para la biblia del cambismo que escribió Almudena Revilla Guijarro.  

Este Camba adolescente utiliza la pluma, primero, para escribir requiebros a Carmela, Maruja y Rosa (“uns pés tan miudos é un corpo tan feito”); poco después, para romanticismos regionalistas (“galleguiños que me ouvides”), y, finalmente, para efusiones revolucionarias (“que os hinos guerreiros / soilo poden grabarse con sangre / n’o libro d’o humano progreso”). Los últimos versículos los remite desde el Buenos Aires de sus correrías anarquistas; como casi todos los que lo precedieron, está en gallego, el idioma en el que, según diría más tarde, sólo se puede hacer algunas poesías, comprar pescado y hablarles a las gallinas y a las muchachas de aldea.

En fin, que la arqueología periodística no sirve más que para exhumar charamuscas y constatar que Camba no era todavía Camba. Lo que, bien mirado, no es poco. Cuentan que el mismo periodista, poco antes de morir, era capaz de recitar de memoria algunos de estos versos prehistóricos. ¿Cómo podría haberlos olvidado? Ellos le recordaban que el periodista no nace, se hace; que él se hizo gastando las fuerzas de un Hércules. Esa es la verdad, la verdad que desmiente los mil y un elogios de la pereza que escribió.

*****

 Al vuelo (Apuntes de una noche de verbena)

-¡Hola! Tú por aquí?
-¡Psch! Los libros empalagan, y además el  ánimo necesita esparcirse.
-Tienes razón.
-Y dinero… ¿vamos á tomar algo?
-Lo que tú quieres; á mí me entusiasman las sandías.
-Pues yo soy algo escéptico en materia de frutas.
-¡Como que las confundes con los frutos!...

II
(Entre personas serias)

-Esto es salvaje.
-Todo se vuelven fiestas en España.
-En Inglaterra no pasa esto.
-¡Vivan los ingleses, pero… hasta luego, señores.
-¿Qué ocurre, D. Procopio?
-Nada, me retiro por causa de un inglés que viene allí.

III
(Monologuillos)

-¡Qué insípidos se han vuelto los hombres! Ni uno solo se me acerca, ¡Oh, los chicos de mi tiempo!...
Una que pasa de los veinticinco.

-Decididamente, esta noche voy á hacerle el oso á aquella jamona.
Un pollo.

-¡Si yo pudiese conquistar aquel jancón!...
Un cesante.

-Esas cursis no saben más que pasear por delante de Jacinto; me parece á mi que voy á mandarlas… ¡á paseo!
Un joven frágil.

IV
-Dame cinco duros que está muriéndose mi madre.
-No los tengo.
-Dame entonces una sortija.
-Tampoco tengo.
-El reloj.
-No es mío.
-¡Hombre! dame algo por lo que más quieras en este mundo.
-Sí? pues…
-¡Ay! ¡ay!
-Chica, dispensa; tú me has pedido algo y yo… te dí lo que pude.

V
-¡Salerosa! Sus ojos de V. se parecen á dos luciérnagas brillando en medio de… pestañas.
-Pero, señor, ¿qué daño le hice yo á V. para que me trate con tanta ojeriza?

VI
-¡Adiós, chata!
-¡Infame! ¡granuja! ¡pillo! Márchese V. ó de lo contrario…
-¡Ridiez! la hija de mi tiniente con su novio ¡Si me pescan!...

VII
No tengo un céntimo, pero me acerco á aquellas y…
-¡Adiós, Pepita!
-¿Quiren ustedes tomar algo?
-Gracias; está mamá mirándonos desde el balcón y no podemos complacer á usted.
-¡Vamos! Vénganse ustedes y tomaremos horchata, cerveza, manzanilla… lo que ustedes gusten.
Un vendedor.- ¡Buñuelooos!

Marín. Septiembre del 99.

[La Idea Moderna, 18 de octubre de 1899, núm. 2.665, p. 2]

*****

N’un abanico

¡Qué boca! ¡qué dentes!
¡Qué orellas! ¡qué beizos!
¡Qué pés tan miudos!
¡Qué corpo tan feito…
Cada vez que che miro, Carmela,
Non sey o que penso,
Cada vez que che miro parécesme
Un ánxel, mandado por Dios dend’o ceo
Para qu’os homes se formen idea
D’as moitas legrías que garda alí drento.

_____

Mais… non é posibre,
Que Dios non fay eso
Por moito cariño
Que teñ’ôs valeiros
Pois ¿comoiba á quedarse n a groria
Sin ver eses beizo?
Sin mirar os encantos que teñen
Uns pés tan miudos é un corpo tan feito?...

Marín.

[La Idea Moderna, 19 de diciembre de 1899, núm. 2.715, p. 2.]

*****

Seguidillas

“Lo mejor de las plantas
-dijo un poeta-
son las flores que trae
la primavera.”
Y, eso es calumnia,
Pues las plantas mejores
¡ay! son las tuyas.

___

Por lo mucho que brillan,
á dos luceros
se parecen, Maruja,
tus ojos negros.
Y, en consecuencia,
todo aquel que los mira
ve las estrellas.

___

Cada vez que te miro
me pongo serio
pensando en explicarte,
lo que es un beso,
mas, sin embargo,
es mejor que saberlo,
saborearlo…

Marín.

[La Idea Moderna, 23 de diciembre de 1899, núm. 2.719, p. 2]

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Chilindrinas (Para el album de la bellísima joven Rosa Crespo)

El que tuvo la dicha de mirarte,
Al recordar tu busto peregrino
Modelado de Fidias en el arte
Dice que en  ti hay de todo, mas, yo opino
Que te falta un altar… ¡para adorarte!
Un apasionado.

___

Tus mejillas por lo frescas
Se parecen á la nieve
Pero, no obstante, al mirarlas,
Me ponen incandescente.
Un pollo.

___

La numeración, á pesar de su carácter infinito, no llega para decir las veces que eres guapa.
Un matemático.

___

Dime lo que se te ocurra
Y pídeme lo que quieras,
Porque, siendo tan bonita
No podré dejarte fea.
Un tenorio.

___

Si es cierto que hay un Dios, sabio é infalible,
No demuestra su vida la razón
Y solo al contemplar tus perfecciones
Puede pensarse en Dios.
Un descreido.

___

Por mucho que digas, me haré siempre la ilusión de que te soy muy simpático, pues no es posible que una joven tan guapa como tú, me mire con malos ojos…

Isla de Arosa, Marzo del 900.

[La Idea Moderna, 16 de marzo de 1900, núm. 2.782, p. 2]

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A Galicia. (Inspirado en un soneto de Lamas Carvajal)

¡Sus! Levántate, patria, audaz y fuerte
Para ganar la libertad perdida,
Pues vale más la muerte que la vida
Cuando la vida es causa de la muerte.
Tan solo porque sepas defenderte
No habrá quien te proclame parricida,
Y es preciso cuanto antes ver hundida
A la nación que hundida quiere verte.
Penetra del horror en lo profundo,-
Lucha sin treguas y demuestra al mundo
-Si juzga pequeñez odiar sus heces-
Que en la tierra de celtas y de suevos,
Mientras existan corazones nuevos
Existirán grandiosas pequeñeces.

Isla de Arosa

[La Idea Moderna, 27 de mayo de 1900, núm. 2.839, p. 1]

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Framento
(A meu quirido hirmán Farruco) (*)
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ESCEA SEGUNDA
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MANOEL É CARMELA

Manoel.- E disme adiós así… con ise xeito
Tan foncho de rigor,
Sin que ó teu corazón sinta on pouquiño
O penar d’o meu probe corazón,
Sin porcatal-á pena que me embaza,
Sin pensar n-o meu door
Sin ver ó triste que se queda todo
Cando se oculta ó sol…

Carmela.- ¡Bolería! Manoel, xa te conozo
De tres anos acó
E sei de certo que che da ó mesmiño
Falarme coma non…
(sarcástecamente) Vol-os homes poñedes unha cara
Para engañarnos à nos
Que á que non sexa esperta… ¡Asús María!
Cae n-a tentación.
Pro, eu, que sey de sobra con quen lido
Non me deixo coller así tan sóo…
Conque, vaite, Manoel, que pol-o mundo
As mulleres atópanse á montons.

M.- O faláresme así, Carmela amada
Avivas ó meu door
E sinto que unha cousa indescriptibe
Me rae ó corazón.
A vida sin praceres non é vida
E ó meu pracer, en ti sempre aniñou
De modo que ó marcharme d’o teu lado
Teño por forza que morrer d’amor.

C.- (tartamudexando) ¡Que ques! Melchor é rico, eu son muy probe
Meu pai apenas rexe c’o legón
E si quero á meu pai, é nacesario
Que para mantelo me una con Melchor.

M.- (con enerxía) Pero ¿que dis ahi si xa é sabido
Que á treidora ningunha che ganou?
¿Si n-a conciencia está de todo ó mundo
A tua sin razón?
Sempre fuche constante… co’a incostancea,
No teu peito no’existe nada bo
E por moitos amores que haixas tido
Nunca tiveche amor…

C.- ¡Manoel!

M.- Non hay Manoel xa pra Carmela
O idíleo terminou;
Se ques ser miña amiga dende logo
Mais, si non queres… non.
E xa que estás así, tan resoluta
Cásate con Melchor
Que eu as lembranzas com’as realidades
Seilles dicir: -¡Adiós!

(Vaise; Carmela ó quedar sola cae debrnzada enriba d’o céspede é rompe á chorar)…


(*) De unha comedia en porparación.

Illa d’Arousa, San Xuán de 1900.

[La Idea Moderna, 5 de julio de 1900, núm. 2.870, p. 2]

*****

¡¡Ergámonos!!

Alá van as anduriñas
Que viñeron pol-o vran
Alá van as froles muschas
Antr’ó fero vendaval,
Alá van os nosos fillos
Outras terras â exprotar,
Alá van pr’ô cimeteiro
Pouco á pouco os nosos pais
E entramentes que n’a vila
Repercuten as campás,
Salú, groria, pais e fillos…
¡Alá van!

____

Todo queda solitàreo,
Non se escrit’ou alaláaa,
Os paxaron arreboan
Agoirando moito mal,
Todo queda solitáreo,
Chor’ó ceo, renxe ó mar
E antr’as brétemas nouturnias
Repercuten pol-o val
Os tañidos lenguateiros
D’as campás.
____

¿Q’hay de novo pol-a aldea?
Pregunteill’ ont’ôn rapaz,
-¿Q’ha d’haber?, arrespendeume
Moita fame é pocuo pan;
Está á feira sin feirantes
Y os terrêos sin labrar…
Esto dixo é, n’aquel inntre
Resoaron pol-o val
Bulidores y-alqueireiros
Os tañidos d’as campás.

____

Galleguiños que me ouvides,
Camdo á pátrea non é tal
Porque n’ela soilo engordan
Medea ducia de larpans,
Cando â crimas estranxeiros
Temos qu’ir buscal-ó pan
Que nos falla eiqui, n’a terra
Nosa nay
¿Non paresce unha inominia
Tanto fino repicar?

[La Idea Moderna,  24 de octubre de 1900, núm. 2.959, p. 2]

*****

¡¡Adiós!!...

Melancólicas márgenes del Umia,
Si supiera cantar os cantaría,
Mas la pena que embarga mis sentidos
No puede traducirse en harmonías.
Sentado en una roca, veo el agua
Arrastrando hacia el mar su hermosa linfa
Y mis ojos derraman en la arena
Un torrente de lágrimas dulcísimas…
¿Cómo puede brindarnos el talento
Más sublime y más dulce despedida?
En el lenguaje del dolor profundo
Hace el llanto las veces de la tinta.

[La Idea Moderna, 3 de enero de 1901, núm. 3.016, p. 2]

*****

En la muerte de Campoamor

¿Quién puede cantar la gloria,
Y enaltecer el talento?
Yo, solo rendir intento
Mi homenaje á tu memoria.
Las páginas de la Historia
Nunca sabrán ensalzarte
Ni los poetas cantarte
Ni sus bocas bendecirte…
Mas, sabrá el alma sentirte
Y el corazón recordarte.

___

Tú, que escribiendo Doloras
Has calmado mil dolores
Y con tus versos mejores
Pintaste el sitio en que moras;
Tú, que has pasado las horas
Cantando lo más hermoso
¿Podrías lograr reposo
Sobre esta tierra maldita
Donde el alma se claudica
Y el genio se hace insidioso?

___

Naciste, viviste y fuiste
-Cumplida ya tu misión-
A buscar el galardón
De los versos que escribiste.
Cuando aquí abajo exististe
Creció sin treguas tu nombre
Mas, al dejares el hombre
Por un imperio fecundo,
¡No será solo en el mundo
Donde suene tu renombre!

[La Idea Moderna, 22 de febrero de 1901, núm. 3.058, p. 2]

*****

Charamuscas
Tinta nova
(Ao correuto esquirtor D, José Vega Blanco)

O ceo sin nubes
tranquilo e sereo
sorría, amostrando
purismo contento
y-á pradeira que é sempre en Galicia
trasunto d’o ceo,
parescía tamén alegrarse
c’os doces amagos d’o fúlxido febo.

_____

Frotaban n-a amosfra
ciscados á eito,
de froles distintas
cheirumes diversos,
e, formando con estes cheirumes
grandioso concerto,
escoitábase a-o lonxe á armunía
que as aves canoras lle daban a os ventos.

_____

¡Grandeza! ¡fertuna!
¡Saúde é contento!
Sin vos, soilo pode
vivirse morrenndo
-excramey a-o  mirar un paisaxe
tan chuscarrandeiro
e a-o sentir as suaves caricias
que en todo o meu corpo faciame ó céfiro.

_____

Mais logo, ouservando
c'un probe d’un vello
n’o arró perecía
de fame é de teo.
-¡Inda hay xentes que sufren, me dixen,
disgracias á eito,
entrementrel-os ricos se gaban
gastando sin orde montós de diñeiro!
E, cheo de rábea
somentes por  eso,
maldixen o goce
de terras e ceos.
Pois, a-o ver que n-a calle quedaba
sin folgos un vello,
inda tiñan aquel para surrirse
co’as festas d’os ricos parexas correndo…

_____

As veces á pruma
levada d’os demos
quer por en estrofas
ó vello conto do vello,
mais axiña arrepintome é pároa
que os hinos guerreiros
soilo poden grabarse con sangre
n’o libro subrime d’o humano porgreso.

[La Idea Moderna, 28 de febrero de 1901, núm. 3.063, p. 2]

*****

Refleuxiós (*)
(N’a morte de Ramón Couto)

Así como van é veñen
As mainas ondas d’o mar,
Así tamén á esta vida
Unhas veñen y-outras van;
¿Será que non caiban todas
N’o mund’onde á sorte as da,
Ou será porqu’o  qu’ê terra
Ten en terra qu’acabar?
¡Ay! Á mín non m’eè posibre
Decirvos ó que será
Pois ô ver morrer aqueles
Que, para dita d’os demáis
Deberan vivir tranquilos
Por tod’unha eternidá,
Ó ver que Couto, isa espranza
D’a pintura nacional
Morre n-o millor d’os anos
Namentras moitos langrans
Trunfan, comen, rín é beben
Sin sofir nin traballar,
Penso qu’á ley y á xusticia
Son alleas en total
Á este remuiño d’ondas
Que se veñen… que se van…

(*) De una Corona fúnebre en preparación.

B. Aires, 1901.

[La  Idea Moderna, 10 de noviembre de 1901, núm. 3.269, p. 1]


Los zapatos y la túrmix de Camba




La portada es, en sí misma, un ensayo.

Los zapatos. Bicolor, del modelo llamado en inglés spectator. No podrían ser otros los que calzase el insigne mirón. Él, que siempre discutió el mito burgués del trabajo, no quería ser más que un flâneur, pero un flâneur  liberado de la obligación profesional de escribir unos artículos que justificaran económica y socialmente su verdadero temperamento. Camba, por supuesto, no lo explicó con ese redicho galicismo baudeleriano, lo que él escribió fue que la mejor ocupación que podía encontrar su “filosofía escéptica y peripatética” sería la de hombre-sándwich, emparedado entre dos anuncios, paseando lenta y despreocupadamente por Picadilly y Regent Street. Así que esa indolencia que sugieren los zapatos descansando sobre la mesa es, sencillamente, perfecta. Por otra parte, los spectator  invitan a imaginar al dandi. El dandismo, según la exacta definición de Umbral, es el esfuerzo sostenido de suprimir el yo en beneficio de un personaje ficiticio, fabricado a base de palabras y actitudes, frases y sorpresas, lecturas y sastrería. El día que Camba decidió inventarse a Camba se marchó al estudio de Compañy a hacerse retratar. El fotógrafo le pidió dos cosas: una, que sonriese; la segunda, que estirase los puños. Pero Camba aún no tenía una sonrisa que lucir, tampoco el dinero para unos puños, que le tuvieron que dejar allí mismo. Descubrió que su personaje no podía ir por la vida de prestado y que su empeño no iba a resultar tan fácil ni tan barato como había creído. Se inventó una sonrisa burlona, sarcástica y jovial. Se compró un traje en Savile Row y unos zapatos en Dover Street. Y envió desde Londres una nueva foto a su director: “Es cierto que la cara está un poco mal; pero la chaqueta, que es lo importante, ha salido muy bien. Esa chaqueta les demostrará a ustedes que, a pesar de mis protestas, yo ya soy un poco inglés”. Su periódico anotó al pie del retrato, para aviso del público, que siempre anda despistado: “Sabíamos que era Julio Camba el más elegante de los cronistas. Ahora vemos –con regocijo también– que es el ‘más cronista’ entre los elegantes de Londres”. El dandismo de Camba fue un dandismo discreto, pocas veces advertido o exactamente ponderado: el de la americana. Pero no tenemos ningún problema en admitir la licencia de los zapatos bicolor; es, sin duda, una metáfora más legible y, desde luego, posee un insuperable encanto años 30.

La túrmix. El cacharro que hace picadillo y lo revuelve todo hasta convertirlo en una papilla más o menos digerible, imprescindible para cualquier columnista. En manos de Camba, la túrmix acoplada a la máquina de escribir fue un instrumento anarquista de primer orden, al que lo mismo le daba una catedral gótica que un sombrero de paja, todos los ministros de un gobierno que los campos sonrientes en primavera, un artículo del Daily Telegraph que las obras completas de Voltaire. Camba ponía en marcha la túrmix y trituraba las jerarquías apuntaladas. Tenía una indeclinable querencia por la bagatela. Prefería, sin duda, un gabán viejo, un par de gemelos de teatro, una máquina de afeitar, un pollo asado y el humor con el que se acababa de levantar la señora Fisher, la patrona de su pensión, a la catedral, al prohombre ministerial o a los laureles del panteón literario. La túrmix de la portada es un acierto definitivo como metáfora y una impecable verdad objetual. Camba se pirraba por los chismes, al menos eso fue lo que contó Augusto Assía:

“Su erudición, además de peculiar y extensa, era muy up to date.
Se enteraba de todo lo que ocurría en el mundo y sobre todo de las pequeñas cosas, las historias de la vida diaria y de los inventos extraños y pintorescos, de muchos de los cuales se enamoraba y, deseaba tenerlos, aunque no se sabe muy bien para qué. 
-¿Va usted a Francia? A ver si me trae una cafetera que ha aparecido hace poco y que mantiene el café caliente todo el día debido a un gadget que tal y tal – le decía a uno y le daba la tienda donde podía comprarse, hacía un mapa preciso de la calle en París y en las distintas esquinas iba poniendo las distintas tiendas: ‘aquí hay una pajarería’ anotaba, ‘aquí un herbolario’, ‘pues aquí, aquí hay las cafeteras, en una hojalatería’ acababa precisando triunfalmente”.


La portada es, ya se dijo, un ensayo precioso que nos entretiene la espera del día 9. Ese día, según han prometido los Libros del K.O., los zapatos y la túrmix de Camba llegan a las librerías.

La gacetilla subterránea



Cualquier lector de periódicos puede apreciar el mérito de una columna de ringorrango, de una crónica inspirada, de un reportaje sensacional o de una entrevista incisiva. Pero solo el genuino lector de periódicos ama la gacetilla, la unidad mínima de medida periodística. El género detesta el exhibicionismo; aún más, posee la elegante sobriedad de renunciar al subrayado enfático. El verdadero lector de periódicos lo sabe, por eso no se deja acuciar por la pereza o la impaciencia y lee la noticia de cabo a rabo. No es extraño el caso de que en el último párrafo, consumidas ya las cinco uves dobles de rigor, se encuentre, relegada y brillante, la idea del día.

Lean la noticia, esa que el otro día hablaba de la ocurrencia de alguien de dibujar el plano del metro que Vigo no tiene. El diseño, decía su autor, rehúsa cualquier pretensión realista. Nada -líneas, estaciones, nudos para los trasbordos- es real, ni lo podría ser; todo es enteramente ficticio: "Debemos partir de la base de que Vigo es una ciudad de tamaño medio y que la red de líneas y estaciones que creé no tienen sentido real ninguno; de llevarse a la práctica algunos trenes pararían cada treinta segundos, pero era necesario crear una malla compacta para que el resultado final fuese atractivo". Ahí está, el entrecomillado, aguardando al lector en el último párrafo. Y en él, agazapado, un tratado de semiótica: toda representación no aspira más que a trenzar una malla compacta -y bonita- de significado. La realidad es un lejano pretexto al que conviene no hacer mucho caso, porque estropearía la hechura trabada y el efecto decorativo que persigue la representación. Así también la representación de la realidad que propone el periódico, le da por pensar al lector de la gacetilla subterránea.

No sé de qué




"Es una cosa sencilla,
que puede hacerla un difunto,
escribir una letrilla
cuando se tiene el asunto.
Mas cuando asunto le falta,
es cual deudor sin dinero,
si un acreedor le asalta,
el infeliz letrillero.
Yo que no escribo por vicio,
sino porque el triste oficio
de periodista tomé,
hoy me encuentro en un apuro;
he de escribir, y aseguro
que escribo, y no sé de qué.

Ignora lo que es sufrir
quien periodista no ha sido;
la cabeza ha de parir
antes de haber concebido.
De un asunto voy en pos,
y el no encontrarlo me enfada,
porque es preciso ser Dios
para hacer algo de nada.
Pido en vano, mientras fumo,
una inspiración al humo;
en vano tome rapé,
que diz hace la proeza
de despejar la cabeza:
escribo y no sé de qué.

A la ventura y sin norma
hago letras ¡oh miseria!
¿a qué diablos daré forma
si no hay forma sin materia?
La aristotélica gente
para todo, aunque os dé grima,
supone preexistente
alguna materia prima.
Y yo que tan poco valgo
¿puedo con nada hacer algo?
Obrar milagros no sé.
Pero mi mala fortuna me dice: – Escribe o ayuna, –
y escribo, y no sé de qué.

Escribir es cosa grave,
siempre para mí es un mal;
maldigo las plumas de ave
y las plumas de metal.
Son un instrumento fiero
que causa heridas mortales;
hoy las hacen ya de acero
lo mismo que los puñales.
Penetran donde la espada
no alcanza mejor templada,
y manejadas con fe…
¿Pero qué diciendo estoy?
Está visto, lo que es hoy
escribo, y no sé de qué!".

M. Rodríguez
“No sé de qué. Letrilla”

No calendario da dor, 17 de agosto


-Asi aprenderán a non ter ideas
Castelao

“Liberteime da morte a agora ando, coa vida a costas, por camiños que endexamáis coidei percorrer. Vai comigo a Santa Compaña dos mártires galegos”. Estas frases foron escritas por Castelao “â luz dunha fiestra ensombrecida por un rañaceos” da cidade de Nova York nos primeiros días do ano 1940. No inicio do seu exilio, Castelao amosaba, unha vez máis, a súa capacidade para pór palabras aos sentimentos e ideas colectivas: neste caso, aos de todos aqueles que se viron obrigados a abandonar Galicia trala guerra civil pola súa adhesión á legalidade republicana de 1931. Os desterrados galegos de 1939 emprenden o camiño -os camiños, como moi xustamente apuntaba Castelao- do exilio coa acusada conciencia de terse salvado da violencia exercida polos sublevados durante a guerra civil e que outros non puideron esquivar. Luís Seoane escribiu en 1969: “[...] vivimos con los muertos. Sí, es verdad, aparte algún familiar, por entonces cayeron algunos de mis amigos más queridos y siempre están conmigo”. A lembranza dos represaliados, daquela Santa Compaña dos mártires galegos, é o perenne recordatorio de que a ditadura franquista aspiraba a exterminar, física e ideoloxicamente, aos seus inimigos, o primeiro paso na súa estratexia para liquidar a súa memoria. Nese sentido, o episodio tantas veces contado de que o franquismo ordenou destruír a partida de nacemento de Santiago Casares Quiroga pódese considerar representativo dunha política de negación da historia comparable á expresada naquel decreto de Fernando VII que en 1823, ao reinstaurar o absolutismo, declaraba o labor lexislativo das Cortes de Cádiz, a Constitución e os decretos aprobados, “nulos y de ningún valor ni efecto, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen del medio del tiempo”. 

A memoria das vítimas da guerra civil non podía deixar de acompañar aos que se viron obrigados a abandonar a terra. Elas lembráballes que o seu desterro, lonxe de ser voluntario, era o único camiño que permitía evitar o cárcere e a represión, salvar a vida. “¡Ai se te pillan a ti, despois de buscarche como che buscaron!”, escribiulle Xerardo Álvarez Gallego en xaneiro de 1937 a Castelao. Polo tanto, gardar a memoria dos asasinados e perseguidos era gardar o recordo dos motivos do propio exilio; era, asemade, un exercicio de resistencia fronte ás pretensións aniquiladoras da ditadura; en definitiva, un xesto de lealdade coas vítimas, entre os que se contaban familiares, amigos e irmáns nas ideas. Nin rastro de van retórica hai nas alusións que o exilio dedica aos represaliados e asasinados. Antón Alonso Ríos –el mesmo “fuxido pol-os montes e perseguido de morte” durante a guerra civil, nunha peripecia que relatou en O Siñor Afranio ou como me rispei das gadoupas da morte– abre, de xeito ben significativo, o seu libro C-o pensamento na patria galega, editado en Bos Aires en 1942, cunha lembranza das vítimas, case unha ladaíña: 

"Que as miñas primeiras verbas, despóis d-un longo silenzo, d-un longo falar calado –soliloquio da concencia–, vaian camiño das vosas foxas. Descansade. Que ôs vôsos corpos envôltos na caricia da Terra, hoxe escrava, chegue o meu alento coma un latexo, fondo, moi fondo, da nova vida que xermola aguiloada pol-o voso exempro, fecundada pol-o voso sangue. Descansade. Que âs vosas almas sereas, que a inxustiza non inqueda, que a calunia non fire, chegue a promesa afervoada que, de xionllos, formula a miña ialma: GALIZA SERÁ CEIBE. Descansade".

Á memoria de Alexandre Bóveda dedicou Castelao Sempre en Galiza e precisamente a data do asasinato de Bóveda, o 17 de agosto, foi a escollida como Día dos Mártires Galegos que, cada ano, conmemoraban os galegos da emigración e do exilio. Pasou a formar parte dun calendario político –“un calendario da dor”, segundo Lorenzo Varela– que tiña no 14 de abril, o 25 de xullo ou no aniversario do plebiscito do Estatuto galego sinaladas datas, todas asociadas á lembranza de Bóveda, pero tamén de Ánxel Casal, Xohán Carballeira, Blanco Torres, Víctor Casas, Xaime Quintanilla ou Martínez Garrido, entre outros, que representaban a todos os que pagaron coa vida o seu compromiso político con Galicia e a República. 

"N-íl –dicía en setembro de 1948 A Nosa Terra, referíndose a Alexandre Bóveda- fican simbolizados os milleiros e milleiros de mártires da galeguidade, os milleiros e milleiros de galegos, pertenecentes a tudol-os partidos republicáns, que deron as suas sagras vidas pol-a República e pol-a Libertade". 

Os actos que conmemoraban a paixón e morte das vítimas do 36 e as declaracións de lealdade coa súa memoria non foron formulismos retóricos nin exercicios dos primeiros anos do exilio que se foran esvaecendo co paso do tempo. Ademais, xunto coas declaracións públicas, máis ou menos grandilocuentes, subsistiu na intimidade do día a día unha dor por veces reavivada. En 1967 Emilio González López, exiliado nos Estados Unidos, ten casualmente noticia da morte do coruñés Juan González del Valle nun campo de concentración nazi durante a II Guerra Mundial e trasládalla a outro exiliado, o escritor Max Aub, quen respondeu dende México: 

"No sabes el gusto que me da recibir tu carta y la tristeza de saber que murió Juanito, aunque auténticamente, ya está hecho polvo. Pero no importa. Quedan los recuerdos, y duelen".

As vicisitudes da guerra e da diáspora tamén tiveron ese efecto: o de obrigar aos exiliados a enfrontarse a un sufrimento involuntaria e estrañamente diferido. 

Unha das claves do significado e valor que a memoria das vítimas da guerra civil tivo para os exiliados queda sintetizada nestas palabras de Castelao sobre o fusilamento de Bóveda: “N-íl víase o futuro da Galiza; por iso o asesiñaron inicuamente”. Manter a memoria era un compromiso co pasado, certo, pero, sobre todo, un compromiso co futuro que a guerra e a ditadura tentou escachar. Os exiliados quixeron cumprir o mandato dos mortos, dos “mártires da espranza” que forman un coro no poema “Cantiga nova que se chama martirio” de Lorenzo Varela para encomendar unha misión: 

"¡Xuntádevos, galegos, 
xuntádevos, hirmáns! 
¡Erguédevos! ¡Erguédevos 
é libertade o chán! 
Facede de Galicia 
un eido pra morar. 
Facede de Galicia 
unha frol xunto ao mar, 
acarón das ribeiras enmeigadas, 
pra darlle arume ao mundo, 
á Libertade, á Paz". 

Aos que invitaban aos exiliados a esquecer, Luís Seoane contestoulles dende as páxinas de Galicia emigrante, en maio de 1957: “Olvidad, también dicen. Pero si olvidamos, ¿qué queda de nosotros y que queda en nosotros de la misma Galicia?”. O exilio foi, antes que nada, memoria. Sabíano ben os servicios de propaganda do franquismo que primeiro se afanaron en presentar aos exiliados como bandidos, delincuentes, ladróns e inimigos da patria, furtándolles calquera dignidade. Co paso do tempo, pretendeuse negar a existencia desa España exiliada, que, coa súa subsistencia, era unha constante acusación contra a ditadura e, ao mesmo tempo, encarnaba un proxecto político de futuro afastado a anos luz do réxime franquista. A memoria fixo imposible o regreso para algúns que, co paso do tempo, tiveron algunha posibilidade de volver. Nese sentido, Amparo Alvajar, nunha carta remitida dende Xenebra a Rafael Dieste e Carmen Muñoz escribía: 

"Resolverme ir alá é moi difícil. Ademais, sigo lembrando entrañabelmente a amigos mortos nas condicións daquela famosa época, e non os podo esquecer, nin podo esquecer o que fixeron con eles. É moi difícil". 

Estas liñas foron escritas en 1970. 

Valle-Inclán, en la República del Café


De tertulia en la Granja del Henar
 
“Mi vicio predilecto es el café, 
donde tan muellemente he perdido la juventud y el tiempo”.

El gerundio


Una gedeonada de Gedeón (5-XII-1909)

Para hostilidad implacable, la que el periodismo profesa al gerundio. La primera súplica de cualquier preceptiva periodística es aquella que formulaba la pizarra en la redacción de El Sol: “Se ruega a los compañeros el uso moderadísimo del gerundio”. Estamos catequizados en el odio cerval al maligno. Y, sin embargo, no hemos desterrado las gerundiadas de la cháchara noticiosa. Imposible prescindir de ellas: cumplen una función de importancia mayúscula para la supervivencia profesional del gacetillero. Francisco Coves la explicó perfectamente:

«Por entonces era yo periodista, y periodista hábil por cierto. Les diré a ustedes, por si les interesa, que la habilidad del periodista consiste en no hacer literatura. Claro que hay veces que, por muy buena intención que se lleve, le sale a uno literatura. Y si se trata de un periodista novato se limitará a lamentarlo, pues ya se guardará bien el redactor-jefe de iniciarlo; sólo le dirá con una concisión cruel: “Fulano, no me haga usted literatura; el periodismo es otra cosa”. Pero si se trata de un gacetillero experto que, sin querer, ha hecho literatura, pronto sabrá remediarlo. Le bastará quitar algunos “punto y seguido” y sustituirlos por gerundios. Por ejemplo: “Ramón Camínez Menchúlez. Carretera de su pueblo. Ramón contempla un arbolito del camino. Suena un tiro. Camínez cae herido de gravedad y a poco fallece al pie del árbol”. Esto, como ustedes ven, es literatura. Observen ahora lo pronto que se hace uno periodista: “Ramón Camínez Menchúlez, ‘hallándose’ en la carretera de su pueblo ‘contemplando’ un árbol del camino, oyó un tiro, ‘cayendo’  herido de gravedad y ‘muriendo’ a poco al pie del árbol”. Esto ya es noticia.  Lo que hace falta es no confundir el pie del árbol con el del herido y decir que el árbol resultó herido en un pie y que el muerto tenía las raíces hechas polvo…».

Es decir, el hábito hace al monje y las levitas del sastre Sánchez de To K, al periodista. 

Kaleidoscopio de Lugo


Ánxel Fole
Fotografía de Pepe Álvez



Quisiera volver a aquel bazar de los prodigios, el 095, a aquel revoltijo de baratijas en el que me compraron brazaletes, anillos y abalorios para ser una Cleopatra cuajada de dorados como lo fue Elizabeth Taylor. En el catálogo infinito de menudencias fastuosas que ponía a la venta, lo único que debía de faltar era un áspid para la diadema. Y si lo recuerdo aquí es por hacer honor a la verdad y, de ninguna manera, con el propósito de formular una objeción. En el baile de disfraces del Círculo de las Artes nadie echó de menos la culebra egipcíaca, sustituida por una mariposa que brillaba como solo sabe brillar el oro falsario. Quién pudiera volver a aquel bazar, a aquella cueva de los tesoros. O, mejor todavía, visitar la misma tienda lucense en el año en que fue inaugurada, el veintisiete. 



Lo que sí puedo hacer, gracias al kaleidoscopio sentimental de Ánxel Fole, es escuchar los recuerdos de un bachiller de la promoción de aquel curso y curiosear entre la quincalla que reunió en un maravilloso museo de bagatelas: una cajita de rapé, grabada a punta de navaja; una escribanía del escribano don Ramón Coterces, de cuatro kilos de peso, verdaderamente colosal, bestial, piramidal; una sombrilla rosa y una boa blanca; un corsé de veinte ballenas; unos impertinentes de carey; haces empapelados de pitillos de “mataquintos”; un traje cortado por la tijera del sastre de postín apellidado Montesinos; un sobrecito con polvos de santonina y calomelanos; un quinqué de alpaca, sin tubo de cristal; plumas de machete, de lanza, de coronilla, de cazoleta y la estilográfica de don Celedonio Celeiro; un vulgar pito de hojalata; una chistera de “siete pisos”; un aristón comprado en París; un asador de castañas con su manubrio… Puedo ojear el álbum con las fotos de “Sete Vicentes”, “O Cheirón”, “O Pataco”, “Paco das hostias” y “Orellas de Caiado”; de las peñas de “comelláns” y de las trincas de bebedores profesionales; de aquellas dos francesas, enfundadas en sus monos, colocando una rueda a un Renault a la puerta del Hotel Méndez, y contemplar la estampa que ofrecía el vestíbulo del cine Lugo-Salón, en la esquina de la calle Aguirre. Puedo pasar una tarde entera leyendo los artículos de Correa-Calderón, Bal y Gay, Otero Pedrayo, Villar Ponte o Blanco Torres en la amarilleada colección de El Pueblo Gallego y gastar media noche en la tertulia del Hielo-Bar. Puedo ver a Fantômas y a Charlot, las películas Con Alan Cobhan al lago Kivu y Metrópolis, de Fritz Lang, La línea general, de Eisenstein, y El hundimiento de la casa Usher, de Epstein. Me cruzo con Luis Pimentel y Ángel González, éste con chalina negra. Abro una carpeta de periódicos antiguos de Lugo y, entre los recortes, me topo con la esquela mortuoria que publicó la prensa pocos días antes de la proclamación de la II República de un masón, un tal Galo Domenech. Me es dado pasear una noche de niebla londinense por la praza do Campo con Lorca. Voy a un mitin al Teatro-Circo. Me aparto a un lado, no vaya a pillarme en medio el fuego cruzado por los redactores de “Quisicosas” y “Chilindrinas”. No hago más que enterarme de que ha llegado el aviador francés Leoncio Garnier y ya veo su monoplano cruzando el cielo. Escucho los soliloquios de Cascarilla y los pregones de Trangallada, la “Canción de Roibás” entonada por los coros báquicos, las letrillas de moda y el “Au clair de la lune” de las cupletistas afrancesadas. Suenan las composiciones de Granados, Turina, Wagner, Beethoven, Músorgski y Rimski-Kórsakov en el Círculo. Se mezclan todas estas músicas con la melodía que Isaac (¿o era Isaías?) arranca a la linotipia, la primera en Lugo, la que tuvo la imprenta de Palacios, del Obispo Izquierdo, donde se componían las planas de Vanguardia Gallega. Los voceadores gritan los titulares de la prensa de Madrid que ha llegado en el ferrocarril. Y a la sinfonía cubista, dodecafónica, se suma el traqueteo de las prensas rotulando Ronsel. Las campanas de A Nova tocan a misa de funeral. Como en el kaleidoscopio de una barraca de San Froilán, se suceden notas, colores, abigarrados, en un capricho, raudo, frenético; mil cosas viejas y ya olvidadas, alacenadas, para ser vistas, vistas y oídas y hasta tocadas: a los sentidos restituidas; fisonomías, almas y vidas recuperadas. El kaleidoscopio se terminó llamando cartafolio, que tampoco es mal título. Me siento a seguir leyendo en la terracilla del café Bonifacio. En la mesa vecina están de palique los doctores Almoina y García Neira; en esta, Fole me cuenta de la prehistoria del balompié en el stadium de Montirón y de los miriñaques, los macferlanes, los polisones, los garrotillos, el rigodón y las astrales disquisiciones del gran Trifón. Pero es la tarde del 14 de abril y decidimos acercarnos a la calle de San Marcos, a saber por la pizarra de El Regional qué dicen las últimas noticias llegadas de Madrid.

Como nunca tuvo la vanidad de posar dándose importancia, creerán que él era poco más que un chamarilero. Se equivocan quienes confundan la falta de ambición con la falta de intención. La narración múltiple y un tanto dislocada termina componiendo la crónica que busca el tiempo perdido y, también, el tiempo que iba a ser y no fue por culpa de todo lo que sucedió a partir de 1936. Aquellas estampas de antaño mixturan el naturalismo documental, periodístico, que tenían las fotografías de Salvador Castro Freire con las utopías que acariciaron los jóvenes de Yunque y las lunerías de don Fabulón de Lugo. 



Postdata: He vuelto a mirar las fotografías inverosímiles que me tomaron en el estudio Riaño vestida de reina ptolemaica. Y he vuelto a leer el Cartafolio de Lugo, buscándome, convencida de que Ánxel Fole no pudo por menos que rescatar del olvido el humorismo onírico de una Cleopatra lucense. ¿Quién no querría hacerse la ilusión de habitar aquel kaleidoscopio? ¿Quién no querría haber sido el fantástico desvarío de don Fabulón? 

El asedio al castillo de Chambord


Robert J. Day:
Thousands of words cascade out of N.Y. Times building

El dinero es un atributo imprescindible del poder y un símbolo insuficiente del imperio. Por eso, Jeff Bezos no ha comprado a la familia Graham un negocio ruinoso, sino un símbolo todavía resplandeciente. Ha puesto su nombre al abrigo del mito que esos señores que solo saben sumar moneditas, los contables, llaman marca. Es el suyo el mismo esnobismo de todas las transiciones, el del nuevo rico que envidia el vetusto abolengo de la aristocracia. También Adolph S. Ochs tuvo en su día veleidades nobiliarias. Había conseguido convertir Longacre Square en Times Square. La plaza fue rebautizada en 1904, cuando aún faltaban meses para que concluyeran las obras del edificio que acogería su periódico. Y, sin embargo, aunque hoy resulte incomprensible, un rascacielos en el corazón de Manhattan no colmaba la ambición del editor. Era demasiado nuevo; le faltaba la pátina del tiempo, esa costra que visten los prestigios. Y Ochs hizo decorar su moderna autoridad con el estilo del renacimiento francés. En los años 30 por fin podía presumir–así lo hizo delante de Paul Morand– de que la nueva sede de The New York Times era un remedo del castillo de Chambord. 


Antídotos para el veneno de la serpiente de verano




Cualquier plumilla lo sabe: si el director te llama a su despacho, no será para acariciarte el lomo, menos aún para ofrecerte un aumento de sueldo. Así que Mike Dolan va camino de la bronca rumiando el alegato en su defensa que no pronunciará, “pensando que era una vergüenza que ningún periódico tuviera agallas y deseando haber vivido en los días de Dana y Greeley, en los que un periódico era un periódico y se llamaba ‘hijos de puta’ a los hijos de puta y al diablo con las consecuencias. Le hubiera encantado ser uno de aquellos reporteros de los viejos tiempos. No como ahora, con el país repleto de esos pequeños Hearsts y MacFaddens”. El problema de Dolan es el mismo que el de todos los periodistas: no tenemos memoria, solo nostalgia. La cabrona de la nostalgia nos hace añorar hoy el sombrero de los reporteros de los años 30, fetiche de los viejos y felices tiempos del periodismo; los de la quinta del sombrero, la de Dolan, soñaban con tener un editor patilludo como Greeley; los cronistas de 1850 querrían haber sido uno de los primeros escribidores de gacetas, y estos, a su vez, debieron de envidiar los gloriosos días del mismísimo Mercurio que, en horas bajas, maldecía su trabajo, absolutamente consumido por la nostalgia de un futuro en el que los mensajeros habrían de carretear noticias para otros jefes que no fueran las divinidades del panteón.

La nostalgia es una fullera sentimental y peligrosa. Por creer sus mentiras Mike Dolan terminó como terminó. Su designio estaba sugerido ya en la portada de la novela de Horace McCoy: Los sudarios no tienen bolsillos (Akal, 2009). ¿Pero quién querría nublar el sol de una tarde de verano con la lectura de una novela negra negrísima sobre la profesión? ¿Quién arruinar la indolencia estival con Manuel Ciges Aparicio: “El periódico tiene un pecado original, y no hay Bautista que de él pueda limpiarlo”? No, Ciges Aparicio –Del periódico y de la política. El libro de la decadencia (Renacimiento, 2011)–, recordándonos nuestra irredenta condición, no es para estos días. Más impertinente aún resultará Papel mojado (Debate, 2013), la crónica de Mongolia sobre los corruptos cambalaches de todos esos Hearsts y MacFaddens castizos: los Cebrianes, Roures, Pedrojotas, Antichs y Godós. El verano nos da su venia para esquivar todas esas lecturas que arramblarían con nuestra ingenuidad, que impugnarían la desmemoriada nostalgia y la desinformada esperanza. La instigación veraniega es a pensar que si es cierto lo que dicen los profetas del apocalipsis, que no tenemos futuro, al menos, nuestro desahuciado espíritu siempre podrá cobijarse en el pasado.


El síndrome del traje manchado en el tranvía


Quien más, quien menos, ha tenido un jefe que llega un día a la redacción con la camisa chorreando sudor y, de inmediato, encarga una crónica sobre la ola de calor que asola  la ciudad, el país, el mundo, el universo entero; el mercurio de los termómetros puede decir lo que quiera y el verano estará siendo más bien templadito, da igual: el titular anunciará mañana el advenimiento del apocalipsis térmico. El mismo tipo se ha acatarrado y al primer estornudo, en lugar de tomarse un desenfriol, te está pidiendo una nota sobre la manifiesta capacidad homicida de los aparatos de aire acondicionado. Si tiene problemas para darse de baja en la compañía de teléfonos, si el servicio de recogida de basuras de su barrio no funciona bien, si los clientes del bar de la esquina arman escandalera por las noches, disponte a escribir con convicción una denuncia contra la telefónica, una requisitoria contra el concejal y un reportaje sobre los decibelios permitidos por la legislación vigente. Disfrazadas como crónicas costumbristas, los periódicos guardan memoria de los abscesos en el estado de humor de nuestros jefes, de sus mostrencas contingencias biográficas. Consolémonos, porque siempre ha sido así. Digamos que se trata del viejo síndrome del traje manchado en el tranvía.

La Época, 22 de febrero de 1906.