Irse de Madrid



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«Confieso que el aspecto de Londres entristece más que alegra; ¡se ve uno tan pequeño en él, es uno tan nadie! Por otra parte, yo creía que el viajar me distraería de mis disgustos; pero en Madrid, adonde veía diariamente a mis amigos y amigas, donde era obsequiado y tenido en algo, esto mismo no me permitía estar siempre enteramente solo; por el contrario, mientras más me alejo, más objetos veo: pero como ninguno de ellos está ligado a mí, no sirven más que para recordarme que estoy solo; en una palabra, estoy en Londres cara a cara conmigo mismo, y este es el mayor trabajo que me podía suceder, porque, a decir verdad, no me gusto gran cosa».




Irse a Madrid



«Lector amigo: Me he mudado unas cuantas puertas más arriba, y, como tú y yo somos conocidos viejos, de hace años, me creo en el deber de ofrecerte mi casa; estoy en Madrid. Tú y yo procuraremos reírnos un poco de este Madrid, con nuestro desdén de provincianos encantados de la provincia y que saben que es ahí donde la vida se acerca más a lo que la vida debiera ser.

Madrid, en rigor, no es más que el primero de los tópicos nacionales. Un día aparece en el pueblo un jovencito que idea un vals o que publica unos versos en un semanario. Este jovencito encuentra en seguida algunos amigos cariñosos que lo admiran. Como en provincias somos todos hombres de corazón generoso, no solemos negar admiración a aquellos que sabemos que la solicitan. Unas veces es sincera, otras veces es piadosa. En un caso o en otro: para procurar el bien o para librarnos del joven prodigio, aconsejamos invariablemente:

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—Usted debe marcharse a Madrid.

Desde este momento hay una conjura formidable en torno al autor del vals o de los versos. El principiante se convence desde el primer momento de que su deber es marcharse a Madrid. Cada día que pasa siente la congoja de una obligación incumplida. Se cree requerido, increpado por una interna voz que repite obsesionadamente el nombre de la ciudad de las ambiciones. Entonces a es él quien afirma:

—Yo debiera marcharme a Madrid…

[…] Y, cuando llegan las cosas a este extremo, si no se va es hombre muerto. […] Pero tú y yo, lector, no pensamos así. Sabemos que Madrid no es más que un mercado mayor, pero no una competencia mayor, ni un tribunal de sabio fallo. Entre todos, tenemos la culpa de haber creado el tópico, y, sin embargo, corregimos muchas veces a Madrid. Hemos protestado comedias ñoñas que aquí tuvieron éxitos resonantes; hemos dejado apolillarse en las librerías volúmenes absurdamente alabados por la prensa de la Corte; nos reímos del ídolo torero o del ídolo político cuando alguna vez nos visitan. Tenemos un dique de socarronería entre nosotros y Madrid. Conocemos que el que tenga que procurar la resolución de un expdiente o un acta de diputado, debe venir a la Corte; pero no le hace falta venir para que el vals que produzca tenga cadencias más armónicas o los versos que trace alcancen una armonía mayor.

Madrid no es más que un tópico; un tópico orgulloso. Tú y yo, lector, en el tiempo que dure mi permanencia aquí, procuraremos sonreírnos juntos».

Wenceslao Fernández Flórez
«Paliques. El Madrid de un provinciano»
El Noroeste, 21 de febrero de 1914

A un decímetro de distancia







«Me sucede lo contrario que a otros, y es que a medida que voy entrando en años, me va hastiando más y más cada vez la prensa informativa. Cada día aborrezco más las noticias y sobre todo eso que llaman actualidad. No me convencen eso de mirar un gran cuadro a un decímetro de distancia, ni eso de saber fragmentariamente como por grados un desarrollo histórico.

Apenas empezó la guerra ruso-japonesa renuncié a seguir su curso, diciéndome: “Cuando concluya, no faltará quien me la cuente ordenada y orgánicamente”, y me puse a leer una historia de la guerra de Transvaal. Que si Gapony está aquí, que si está allí, que si lo apresaron, que si se escapó… Dentro de un año –me dije– sabremos dónde está hoy.

Le voy cobrando verdadero asco al telégrafo, que comete más atropellos que los automóviles. Se sacrifica todo a la velocidad, y por el empeño de saber cuanto antes las cosas, las sabemos mal. En vez de mostrarnos los sucesos del día sub specie aeternitatis, en lo que tienen de permanente, nos enseñan las cosas más permanentes sub specie momenti, como meros sucesos. Y así se acaba por perder la noción de la perspectiva moral de la vida. Recibimos en montón, a granel, bajo los mismos títulos, noticias de los más diversos procesos sociales, sin que hayan pasado criba alguna.

Nada me descompone más que la sección telegráfica de un gran diario de información; aquello no son noticias, ni menos informaciones, en el verdadero sentido de estas palabras; no son sino la primera materia para elaborarlas.

Comprendo el desdén que Enrique David Thoreau sentía hacia la prensa diaria y aquella su ocurrencia de que se comprometía a redactar un número con un año de anticipación, sin más que dejar los huecos para los nombres y las fechas.

Nunca he podido resistir la lectura de una novela por entregas, y el “se continuará” me descompone siempre. Espero a que una obra se termine para leerla interrumpiendo la lectura donde me plazca o las vicisitudes de mi vida cotidiana me lo indiquen y no donde el ajuste del periódico me lo imponga.

Hay quien ha sostenido que la extensión y predominio que la prensa alcanza, es parte la más principal a darnos una visión cinematográfica e inorgánica del mundo y de la vida, y una de las causas de lo difícil que hoy se hace cobrar concepciones unitarias y de conjunto».

«Literatura al día»
Nuevo mundo, 7-IX-1905

El Quijote corregido





“La edición ha sido patrocinada por la Academia de la Lengua, según un mandato del Gobierno… hecho hace más de cien años”. Y este es el juicio que merecía el proyecto, exactamente cien años atrás, a Wenceslao Fernández Flórez:

«Se va a hacer una edición especial del Quijote. Una edición especial para señoras y señoritas y para los niños. El Sr. Dato ha comentado la noticia con los periodistas diciendo:
­—Ya ven ustedes. Mis niñas no han podido leer El Quijote.
Ahora le quitarán a la obra inmortal las escenas y los párrafos donde haya alguna crudeza, alguna de estas cosas que se llaman crudezas; quizás se ponga en su primera página el marchamo de la censura contemporánea, y las señoritas podrán comenzar a enterarse del libro de Cervantes.
Observen ustedes esta tendencia que hay ahora de modificar las obras literarias. Se ponen en prosa las leyendas de Zorrilla, se hacen reducciones sintéticas de La Eneida, se extracta la substancia de Los miserables. Un señor que lea cualquiera de estas transformaciones, ¿puede decirse enterado de la obra original?… Seguramente, no. Lo que se hace, quizás, es favorecer y facilitar la pedantería, sirviéndola como un índice de materias. No obstante, parecer ser esto del agrado del público, cuando las casas editoriales van concediendo una cada día más creciente preferencia a esta clase de publicaciones. Las bellas ediciones de las obras clásicas que hacía “La Lectura”, probablemente estarán durmiendo el sueño eterno en los escaparates de las librerías –en sus almacenes, más bien, porque de los escaparates habrán venido a echarlas los centenares de volúmenes que están publicando acerca de la guerra–. Este intento de difundir las obras clásicas, puras y simples, tal como han sido dadas a la luz por sus autores, parece que ha fracasado. Ahora se tiende, en el laboratorio de las casas editoriales, a formar compuestos y derivados.
¿Hasta qué punto hay derecho a semejantes mutilaciones, que privan de gran parte de su belleza a las obras originales?... La característica de la época en España es un santo y decidido horror a la lectura. No se lee. Y el que lee, no quiere cosas abstrusas ni voluminosas, prefiere lo frívolo y lo rápido. Sin embargo, se hace preciso cierto baño de cultura, saber hacer a tiempo una cita, sugerir una comparación, que tendrá tanto mayor mérito cuanto más añejo y olvidado sea el nombre invocado. Por esto esas gentes buscan lo que pudiéramos llamar epítomes de la literatura. Así como los grandes abogados se enteran muchas veces de los pleitos por las minutas que sus pasantes les hacen, el público, una gran parte del público, aspira a conocer las obras maestras, aquellas cuyo desconocimiento pudiera serle una tacha, por medio de esos extractos que ahora se están poniendo en boga.
—¡Oh! –se disculpan–. La vida de vértigo, los múltiples quehaceres…
Menos mal si todo esto quedase reducido a los pedantes. El pedante, al fin y al cabo, es poco dañino; se le conoce a simple vista y se puede huir de él. Pero ¡ay de nosotros si la mojigatería se decide a tomar más activa parte en el asunto y comienza también a servirnos condensaciones y a tamizarnos las lecturas! Hasta ahora no hacía más que poner su veto, y este veto tenía fuerza exclusivamente entre gentes de una escasa capacidad, admiradora de la ñoñería literaria, en cuyo cerebro las ideas de los grandes maestros había de caer, al fin, como la semilla en los arenales del Sahara. Nada se perdía en definitiva con que la mojigatería lanzase prohibiciones. Pero el que ahora se decida a empuñar las tijeras y hacer expurgos y tender velos… es para temblar.
¿Qué tendrá que ver –nos preguntamos nosotros– la moral con el arte?... Aún admitiendo la inmoralidad –no la inmoralidad ridícula que ellos creen ver, sino la verdadera y brutal inmoralidad de pensamientos, de teorías– aún admitiendo que esa inmoralidad exista en una obra, que no la lea quien no debe leerla, y en paz.
¿Quién será el que ahora se ponga a colaborar con Cervantes?... Temblamos al presumir el cónclave encargado de hacer las anunciadas modificaciones en la obra más gigantesca de la literatura nacional».

“El Quijote corregido”
Cit. por Alicia Longueira Moris, Wenceslao Fernández Flórez. Formación autodidacta de un cronista parlamentario (1885-1917), Madrid, Congreso de los diputados, 2014, pp. 443-444.


Elefantiada veneciana





"Todas estas criaturas pesadillescas -dragones, gárgolas, basilicos, esfinges con pechos de mujer, leones alados, minotauros, centauros, quimeras- que llegan a nosotros de la mitología (que por derecho propio debería poseer el estatuto de surrealismo clásico) son
 nuestro autorretrato".
Joseph Brodsky, Marca de agua


Se acerca muy despacio. Es apenas una premonición del agua de los canales, que se turba con una vibración desconocida. Sigue avanzando. La laguna todavía no comprende, pero tiene un pálpito distinto al presentimiento ondulado del viaje de la góndola. No se detiene. Y el presagio se vuelve un estremecimiento salpicado de olas que contagia a los pilotes crujidos ahogados. Un paso y otro más. Ruge la marejada. Los gemidos de los cimientos son ya un coro de alaridos y blasfemias que salen de las bocas de los pozos. Hasta la última bricola chilla de espanto. La bestia continúa impasible su marcha. Y las piedras veneradas por Ruskin se cuartean sin remedio. El paquidermo, cinco toneladas de inconsciente poder, descarga de nuevo su maciza andanada. Los tres arcos ceden, los puentes sucumben y las arquitecturas góticas se desmoronan con el estrépito del apocalipsis. El elefante berrea y la ciudad aúlla. Solo un segundo antes de sumirse toda ella en el fragor de la vorágine final, Venecia despierta de la pesadilla.

La ciudad emerge del sueño y vuelve en sí poco a poco, pero se le ha quedado prendida una tos de cieno y angustia. Por más que lo intenta, es incapaz de escupir el pánico.  Entonces, ofuscada por un miedo supersticioso, toma su decisión: desterrará por siempre al elefante. Y así lo hizo ella, precisamente ella, que acoge a animales de todos las especies, géneros, familias y órdenes, animales rampantes y reptantes, dóciles y salvajes, minúsculos y gigantes, animales raros, exóticos, imposibles, monstruosos, mitológicos: cocodrilos, águilas, perros, chuchos, dromedarios, víboras, camellos, lobos, tortugas, corderos, puercoespines, asnos, grullas, zorros, abejas, peces espada, gatos, venados, caballos, pelícanos, cangrejos, ratas, osos, aves y serpientes del paraíso y de los infiernos, grifos, cancerberos, quimeras, centauros, basiliscos y dragones, seres deformes y prodigiosos y nacidos de coyundas fantásticas. Los ejemplares de este infinito catálogo zoológico son representados a menudo como depredadores: «Todos los animales de piedra de Venecia –advirtió Jan Morris– están en actitud de roer, descuartizar, pelear o morder, o enzarzados y retorcidos en un amasijo de patas, dientes, pelo, orejas y saliva». Pero la ciudad no se asusta de su instinto carnívoro, de su voracidad asesina. No teme la dentellada de ninguno de los ejemplares de su bestiario y la que menos, la del león, el emblema multiplicado por la propaganda de la Serenísima en una redundancia nunca satisfecha y centuplicado por las ferreterías en aldabas y pomos. La fiera está por todas partes: es un animal doméstico. Véase si no el león que dibujó Carpaccio acompañando a San Jerónimo en su entrada al convento, en el lienzo expuesto en la Scuola di San Giorgio degli Schiavoni: tuerce la cabeza en un gesto manso como si fuera un tierno e inofensivo gatito, convirtiendo en cómico el susto de los monjes que, con revuelo de hábitos, salen corriendo despavoridos al verlo. Ni siquiera es su antónimo el león alado que el mismo pintor hizo para el Palacio Ducal. Podría parecerlo, tan imponente y soberbio, superpuesto al perfil monumental que ofrece la Piazzetta vista desde el bacino de San Marcos, posando sus patas traseras en el Adriático, que fue la primera conquista de la talasocracia veneciana, y sujetando con una de sus zarpas delanteras un libro abierto por las páginas en las que figura inscrita la consabida leyenda, Pax tibi, Marce, Evangelista meus. Y, sin embargo, su estampa es más majestuosa que amedrentadora. Sus ojos miran con una solemnidad regia, con una gravedad inteligente, gatuna y humana; ni un punto de ferocidad leonina mancha el iris. No, Venecia no se siente amenazada por su fantástico bestiario. No teme en absoluto al león y por eso su figura pudo hacerse omnipresente. Es el elefante, el proscrito, el que la hace temblar de pánico. La ciudad llegó a creer que bastaba despintarlo de la iconografía para sacudirse los malos sueños y disolver el terror ácido que estruja el despertar, pero la criatura resiste haciendo de la terca mansedumbre su disciplina, oponiendo a los manoteos con los que se decreta su deportación el fabuloso vigor de su cuerpo áspero y lento. El animal se afirma con su natural complexión, dueña de la potencia indeclinable de las verdades oníricas, esas que impugnan el relato mentiroso que amañan los cronistas oficiales. 

El elefante ha sobrevivido en el secreto de los delirios venecianos y en las páginas no escritas de una historia clandestina. [...]


[El texto completo de "Elefantiada veneciana" ha sido publicado en el número 9 de Jot Down].