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Corpus Barga en Venecia


http://www.getty.edu/art/collection/objects/134569/fedele-azari-piazza-san-marco-venice-italy-italian-1914-1929/




«Para mí, los futuristas son los impresionistas urbanos».
Marcel Duchamp


¿Francia? Que no le preguntasen a Camba. Si él decía Francia, en realidad, estaba pensando en París y París era un rumor, el rumor de la gran ciudad, el divino rumor que intentaba grabar en sus artículos: «Yo sólo sé que en París no tengo que preocuparme de ver ni de leer. Me limito a oír. Me dejo arrullar por el rumor de París y me encuentro al poco rato saturado de parisianismo. Con el solo rumor de París me basta y me sobra para escribir mis crónicas». ¿Francia? Que no le preguntasen tampoco a Corpus Barga: «Las naciones pasan y las ciudades quedan. París es más antiguo que Francia, y cuando Francia desaparezca, París seguirá siendo París, seguirá teniendo el rostro inteligente, el corazón sensible, la pantorrilla redonda, el Sena hondo y las nubes bajas». Él era «un hombre de ciudad», «el Caín del hombre del campo que en mí pueda haber». Y esta querencia se fundaba tanto en la intuición de que el periodismo es urbano y local o será otra cosa, como en la seguridad de que la ciudad estaba llamada a convertirse en el baluarte donde resistir los chillidos histéricos del nacionalismo: «La ciudad es como el rostro del país, la expresión más inteligente; la nación es el cuerpo con todos sus instintos». El atronador embate fue ganando decibelios y mermando aquella vieja confianza. Corpus Barga comenzó a temer la capitulación y en 1927 decía: «La potencia del Estado moderno, del Estado nacional, supera a todo; sin embargo, la ciudad defiende aún su soberanía, se defiende contra la nación. Todo un aspecto del conflicto europeo no es más que esta lucha social entre las ciudades y las naciones,  esta superación de las ciudades por las naciones. […] La gran ciudad, la capital, es, cada vez más, la ciudad a quien se le ha subido la nación a la cabeza; y el sentido de la ciudad lo defienden las ciudades más pequeñas, más independientes del Estado de la nación, con más razones propias de existir». El urbanita confeso y alarmado, que escribió sobre París, Roma, Milán y Florencia, Amsterdam y Utrecht, Viena, Budapest, Bucarest y hasta Sebastopol, sentía una especial debilidad por Venecia. Y fue esta, como ninguna otra, la que le permitió explicar su escritura.

Venecia era, por supuesto, la historia de la ciudad que había defendido su soberanía durante más tiempo que ninguna otra, pero Corpus Barga no se entrega al mito político que convierte a Ludovico Manin, desprendiéndose del corno ducal y la cuffietta, en el protagonista del final de la Serenísima: «A Venecia la mató Vasco de Gama cuando dobló la punta de África y abrió para Lisboa el comercio directo con las Indias». Venecia era también el cuento romántico que interpretaron George Sand y Alfred Musset, del que Corpus Barga se carcajeaba: «Fue un sainete o una farsa de la comedia italiana en la que no faltó el doctor Pantaléon, solamente que joven y guapo, en la persona del médico Pietro Pagello, o, dicho en castellano, Pedro Sonda, el cual, mientras curaba a Musset delirante, enamoró sin querer, tranquilamente, a Jorge Sand». Venecia era también su carnaval, pero no tanto el de las leyendas de excesos y libertinajes como el del «violín desesperado tan virtuosamente por Paganini». Corpus Barga sólo se rindió al único mito veneciano que no es un mito: el de su absoluta singularidad. Francesco Sansovino escribió en 1581 Venetia, città nobilissima et singolare; Corpus Barga, casi cuatro siglos después, se confesó fascinado por la ciudad única que contiene todas las ciudades posibles e impensadas, por la Venecia imprevista que «posee el secreto encanto de todas las Venecias posibles». Y a aquel escenario de «cosas extraordinariamente admirables» quiere marcharse volando en cuanto le llega la noticia de acqua alta: «Pues a estas horas, según comunica el telégrafo, puede presenciarse también en Venecia otro espectáculo extraordinario: la plaza de San Marcos se ha inundado y se atraviesa en góndola. En la ciudad de los canales no había una plaza acuática. Ahora la hay. ¿Sale algún hidroavión para Venecia? Que nos den billete. Las gloriosas palomas de la plaza, ante el grave problema de no poder posarse en ella, estarán convirtiéndose en cisnes».

http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0003323583&page=41


La laguna véneta reclamando para sí la plaza de San Marcos habría ofrecido la excusa perfecta a Maurice Barrès y su ralea para mecer en una góndola sus tétricas elucubraciones sobre la muerte de la ciudad. Sin embargo, Corpus Barga pide billete para un hidroavión, se diría que un hidroavión futurista si no fuese malinterpretado. Él podía estar de acuerdo con los futuristas en que a Venecia le sobraba toda «toda la literatura enfermiza y el enorme ensueño nostálgico con que las envolvieron los poetas» y, tal vez, aceptar la invitación a reírse comparando tales efusiones líricas «a boñigas colosales que los mamuts dejaron caer aquí y allí al vadear las lagunas prehistóricas»; desde luego, estaba dispuesto a «redimir a Venecia de su venal claro de luna de hotel de viajeros» y de alguna manera lo hizo al recordar que la verdadera luna de Venecia, la que alumbraba los esponsales de los dogos con el Adriático, era la media luna turca. Y, sin embargo, jamás se agacharía a recoger las octavillas del manifiesto Contro Venezia passatista que lanzaron los futuristas desde la Torre del Reloj en San Marcos, si se atiende a un artículo suyo de 1919: «Hay un futurismo en política, como lo hay en pintura, en música, etc., y así como el futurismo artístico es avanzado, porque el arte es más bien reaccionario, en política el futurismo es reaccionario porque la política va hacia adelante, mientras que el futurismo marcha siempre a contrapelo y realiza la fórmula que sintetiza la siguiente frase: “Ideas viejas y cosas nuevas”, que es verdaderamente la fórmula reaccionaria». El propio Marinetti le dio la razón en 1925: el fascismo «es el futurismo político». Corpus Barga abominaba de la apelación futurista a construir «la grandiosa y robusta Venecia industrial y militar que debe concluir con la insolencia austríaca» y, de ninguna manera, aceptaba su impugnación de Venecia.






Corpus Barga no impugna Venecia, la ciudad que amó como ninguna otra la mitología y creó la suya propia. Lo que hizo el escritor fue crear el mito para una Venecia posible e improbable, el de la fantástica y poética metamorfosis de las palomas convertidas en cisnes en la plaza acuática de San Marcos contempladas desde el vuelo del hidroavión. Sólo en Venecia podía Corpus Barga acertar a definirse de forma tan exacta: el más puro clasicismo combinado con el futurismo del hidroavión. No consiguió billete y él, aeronauta en la más auténtica y progresista vanguardia, muy por delante de Fédèle Azari, no pudo redibujar la Veduta a volo d’uccello de Jacopo de’ Barbari. Algo más que una aeropintura poética y periodística perdió Venecia en 1934: aquel mismo año Mussolini y Hitler se entrevistaron personalmente por primera vez y eligieron para hacerlo la ciudad del león alado, gustosamente humillado para la ocasión.




Elefantiada veneciana





"Todas estas criaturas pesadillescas -dragones, gárgolas, basilicos, esfinges con pechos de mujer, leones alados, minotauros, centauros, quimeras- que llegan a nosotros de la mitología (que por derecho propio debería poseer el estatuto de surrealismo clásico) son
 nuestro autorretrato".
Joseph Brodsky, Marca de agua


Se acerca muy despacio. Es apenas una premonición del agua de los canales, que se turba con una vibración desconocida. Sigue avanzando. La laguna todavía no comprende, pero tiene un pálpito distinto al presentimiento ondulado del viaje de la góndola. No se detiene. Y el presagio se vuelve un estremecimiento salpicado de olas que contagia a los pilotes crujidos ahogados. Un paso y otro más. Ruge la marejada. Los gemidos de los cimientos son ya un coro de alaridos y blasfemias que salen de las bocas de los pozos. Hasta la última bricola chilla de espanto. La bestia continúa impasible su marcha. Y las piedras veneradas por Ruskin se cuartean sin remedio. El paquidermo, cinco toneladas de inconsciente poder, descarga de nuevo su maciza andanada. Los tres arcos ceden, los puentes sucumben y las arquitecturas góticas se desmoronan con el estrépito del apocalipsis. El elefante berrea y la ciudad aúlla. Solo un segundo antes de sumirse toda ella en el fragor de la vorágine final, Venecia despierta de la pesadilla.

La ciudad emerge del sueño y vuelve en sí poco a poco, pero se le ha quedado prendida una tos de cieno y angustia. Por más que lo intenta, es incapaz de escupir el pánico.  Entonces, ofuscada por un miedo supersticioso, toma su decisión: desterrará por siempre al elefante. Y así lo hizo ella, precisamente ella, que acoge a animales de todos las especies, géneros, familias y órdenes, animales rampantes y reptantes, dóciles y salvajes, minúsculos y gigantes, animales raros, exóticos, imposibles, monstruosos, mitológicos: cocodrilos, águilas, perros, chuchos, dromedarios, víboras, camellos, lobos, tortugas, corderos, puercoespines, asnos, grullas, zorros, abejas, peces espada, gatos, venados, caballos, pelícanos, cangrejos, ratas, osos, aves y serpientes del paraíso y de los infiernos, grifos, cancerberos, quimeras, centauros, basiliscos y dragones, seres deformes y prodigiosos y nacidos de coyundas fantásticas. Los ejemplares de este infinito catálogo zoológico son representados a menudo como depredadores: «Todos los animales de piedra de Venecia –advirtió Jan Morris– están en actitud de roer, descuartizar, pelear o morder, o enzarzados y retorcidos en un amasijo de patas, dientes, pelo, orejas y saliva». Pero la ciudad no se asusta de su instinto carnívoro, de su voracidad asesina. No teme la dentellada de ninguno de los ejemplares de su bestiario y la que menos, la del león, el emblema multiplicado por la propaganda de la Serenísima en una redundancia nunca satisfecha y centuplicado por las ferreterías en aldabas y pomos. La fiera está por todas partes: es un animal doméstico. Véase si no el león que dibujó Carpaccio acompañando a San Jerónimo en su entrada al convento, en el lienzo expuesto en la Scuola di San Giorgio degli Schiavoni: tuerce la cabeza en un gesto manso como si fuera un tierno e inofensivo gatito, convirtiendo en cómico el susto de los monjes que, con revuelo de hábitos, salen corriendo despavoridos al verlo. Ni siquiera es su antónimo el león alado que el mismo pintor hizo para el Palacio Ducal. Podría parecerlo, tan imponente y soberbio, superpuesto al perfil monumental que ofrece la Piazzetta vista desde el bacino de San Marcos, posando sus patas traseras en el Adriático, que fue la primera conquista de la talasocracia veneciana, y sujetando con una de sus zarpas delanteras un libro abierto por las páginas en las que figura inscrita la consabida leyenda, Pax tibi, Marce, Evangelista meus. Y, sin embargo, su estampa es más majestuosa que amedrentadora. Sus ojos miran con una solemnidad regia, con una gravedad inteligente, gatuna y humana; ni un punto de ferocidad leonina mancha el iris. No, Venecia no se siente amenazada por su fantástico bestiario. No teme en absoluto al león y por eso su figura pudo hacerse omnipresente. Es el elefante, el proscrito, el que la hace temblar de pánico. La ciudad llegó a creer que bastaba despintarlo de la iconografía para sacudirse los malos sueños y disolver el terror ácido que estruja el despertar, pero la criatura resiste haciendo de la terca mansedumbre su disciplina, oponiendo a los manoteos con los que se decreta su deportación el fabuloso vigor de su cuerpo áspero y lento. El animal se afirma con su natural complexión, dueña de la potencia indeclinable de las verdades oníricas, esas que impugnan el relato mentiroso que amañan los cronistas oficiales. 

El elefante ha sobrevivido en el secreto de los delirios venecianos y en las páginas no escritas de una historia clandestina. [...]


[El texto completo de "Elefantiada veneciana" ha sido publicado en el número 9 de Jot Down].

Nueve siglos de historia veneciana




“El señor Gamba me había recomendado, si quería abarcar de un solo vistazo nueve siglos de historia veneciana, que me detuviera cerca de las dos grandes columnas, en el lugar donde el café de la Piazzeta linda con la laguna. Leí, en efecto, a mi alrededor esas crónicas de piedra, escritas por el tiempo y las artes.

Siglo XI
Il Campanile, o el campanario de San Marcos, comenzado por Nicola Barattieri, arquitecto lombardo.

Siglo XII
La fachada de un lateral de la basílica de San Marcos; arquitectos desconocidos.

Siglo XIII
El Palacio Ducal, de Filippo Calendario, veneciano.

Siglo XIV
La Torre dell’Orologio, erigida por Piero Lombardi.

Siglo XV
Las Procuratie Vecchie, de Bartolomeo Bono de Bérgamo.

Siglo XVI
La Biblioteca (actualmente en el Palacio Real) y la Zecca o Casa de la Moneda, de Sansovino, florentino.

Siglo XVII
La iglesia de Santa Maria della Salute en la orilla opuesta del Gran Canal: obra de Baldasarre Longhena.

Siglo XVIII
La Dogana da Mar, de Giuseppe Benoni.

Siglo XIX
El Café, o Pabellón, en el jardín del Palacio Real, junto a la Laguna; arquitecto aún vivo, el professor Santi.

Venecia comienza con un campanario y termina con un café; a través de las diferentes épocas y de las obras maestras, va desde la basílica de San Marcos hasta un café al aire libre. Nada testimonia mejor el genio de los tiempos pasados y el espíritu de los tiempos presentes, el carácter de la vieja sociedad moderna, que estos dos monumentos; respiran sus siglos”.

François de Chateaubriand
Memorias de ultratumba
“El libro sobre Venecia. Fragmentos suprimidos”
Volumen IV, Acantilado, Barcelona, 2006, pp. 2689-2690.

En el Caffè Florian. Foto de Gianni Berengo Gardin.

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Lieschen en Venecia: Cartafolio veneciano.
 

Venecia no es una ruina fúnebre


 

Ruina romántica. Voluptuosidad melancólica. Canales lívidos. Palacios envilecidos. Magnificencia desplomada. Decrepitud. Degradación moderna. Lasitud inefable. Desfallecimiento. Hiperestesia. Infección. Fiebre. Paludismo. Descomposición. Podredumbre hecha licuefacción. Suicidio. Muerte. Así es la Venecia de Maurice Barrès: una ciudad mórbida, lúgubre, sepulcral y trágica.

Un colosal malentendido fundó esa visión: “Esta ciudad privada de su sentido histórico, y que ya solamente actúa por su regresión, nos envuelve con una atmósfera de irremediable fracaso. Ciudad vencida, conviene a los vencidos”. Precisamente cuando la razón de Estado que fundó Venecia fue cancelada y el transcurrir de los siglos procuró una suerte de olvido del significado histórico que la modeló, se hizo posible celebrar la belleza que no necesita justificación ajena a ella misma y que se proyecta gratuitamente en el futuro. No, Venecia no es la ruina de una ambición, ni una metáfora posible de la muerte y el fracaso. Es el monumento a la substancia onírica de nuestro deseo, una Venus que se regala a quienes pueden concebir, en contra de lo que creía Barrès, que la vida no es indefectiblemente naufragio. Y si, acaso, algunos de nuestros intentos son derrotados y nuestra fe herida, Venecia se nos ofrece como dulce bálsamo.

Venecia no necesita panegiristas


El viajero llega, por primera vez, a Venecia. Es un snob, exactamente del tipo de aquellos que harán todo lo posible para no ser confundidos con un turista y de los que deciden que resultaría de una vulgaridad intolerable rendirse a la ciudad en cuanto alardea de la primera vista que recuerda a un Canaletto; viene resuelto a no permitirse sensiblerías; declara haberse prohibido todo lirismo y todo romanticismo. No cuenta con que Venecia se complace en ejecutar su venganza contra los prejuicios, cualesquiera sean, que portan en sus equipajes los peregrinos y no la demora: es de noche y un claro de luna ilumina el Gran Canal por el que avanza su góndola, baña el sueño de la ciudad que contempla desde la altana del palacio en el que se alojará durante las próximas semanas. El espectáculo es soberbio y el espectador ha de renunciar a describirlo. Sabe que corre el serio peligro de ceder a las exaltaciones líricas que un pudoroso sentido del ridículo le ha vetado. ¿Qué firmeza de espíritu podría figurarse poseer si permitiera derrumbar sus prudentes propósitos nada más poner un pie en la ciudad? Consigue dominarse y calla. Pero esa aparente sobriedad no logra el engaño: el recién llegado, Henri de Régnier, acaba de enamorarse de Venecia.

La pasión por Venecia acompañó a Régnier por siempre, en los viajes que sucedieron a aquel primero de 1899 y en las nostalgias de la ausencia. El libro La altana. La vida veneciana, que acaba de publicar Cabaret Voltaire en traducción de Juan José Delgado Gelabert, es el testimonio de aquella relación amorosa. El escritor se confiesa cautivado por la belleza de la ciudad adriática, pero, al tiempo, admite que su devoción no es exactamente la del esteta: “Mi fascinación viene de otra parte”. Es por eso que no se detiene en la enumeración de las joyas arquitectónicas y artísticas que atesora la ciudad, que no escribe nada parecido a una guía Baedeker para clientes de la agencia Cook. Por una parte, la belleza está a la vista y es redundante cantarla, sobreescribirla; por otra, el intento sería perfectamente inútil cuando lo que en realidad procura es desvelar el misterio de la devoción que le une a Venecia, el origen del amor.

“En vano busco la llave que me abrió sus puertas secretas y las volvió a cerrar sobre mí”, anotó un Régnier rendido. Malograda la búsqueda –no hay amor que de verdad lo sea que alcance a explicarse a sí mismo–, lo único que le cabe hacer al escritor es entregarse al placer del enigma. “Este placer de vivir que no siento más que aquí” nace de un estado de ánimo que contagia Venecia con su encanto “cariñoso, irónico, indolente, un poco loco”. La ciudad es el escenario de un teatro que provoca “un sentimiento de comedia y de ópera”, “donde se aprecia tan bien la inutilidad de uno mismo y la belleza de las cosas”, el lugar en el que “uno se vuelve sensible a todo” y “es tan bueno dejarse vivir”:

“Envuelve con tanto dulzor que rápidamente se vive en una especie de bienestar sosegado, en una especie de relajación amistosa, de alegría discreta, de tierno agradecimiento cuyo delicado placer es preciso aceptar. Es este consentimiento razonable a lo que os rodea, esta reserva cara a cara de toda exaltación artificial, este abandonarse a las tranquilas delicias de un hermoso tiempo libre en el más hermoso lugar del mundo lo que […] llaman ‘ser buen veneciano’”.

Régnier tenía razón: “Venecia no necesita panegiristas”. Lo que la ciudad reclama es quien se entregue a ella, viviendo en el tempo y la dulzura inaprehensibles que la vida no posee en ningún otro lugar. Para que así sea es preciso hacerse inmune a las suspicacias que despiertan Venecia, por su simbolismo decadente, y sus amantes, por su decadentismo esnob y demodé. A la vista de la inscripción que se hizo colocar en el Palazzo Dario, el mismo al que pertenecía la altana de una noche de claro de luna de septiembre de 1899, Henri de Régnier lo consiguió: “Venezianamente visse e scrisse”.