Valle-Inclán, en la República del Café


De tertulia en la Granja del Henar
 
“Mi vicio predilecto es el café, 
donde tan muellemente he perdido la juventud y el tiempo”.

El gerundio


Una gedeonada de Gedeón (5-XII-1909)

Para hostilidad implacable, la que el periodismo profesa al gerundio. La primera súplica de cualquier preceptiva periodística es aquella que formulaba la pizarra en la redacción de El Sol: “Se ruega a los compañeros el uso moderadísimo del gerundio”. Estamos catequizados en el odio cerval al maligno. Y, sin embargo, no hemos desterrado las gerundiadas de la cháchara noticiosa. Imposible prescindir de ellas: cumplen una función de importancia mayúscula para la supervivencia profesional del gacetillero. Francisco Coves la explicó perfectamente:

«Por entonces era yo periodista, y periodista hábil por cierto. Les diré a ustedes, por si les interesa, que la habilidad del periodista consiste en no hacer literatura. Claro que hay veces que, por muy buena intención que se lleve, le sale a uno literatura. Y si se trata de un periodista novato se limitará a lamentarlo, pues ya se guardará bien el redactor-jefe de iniciarlo; sólo le dirá con una concisión cruel: “Fulano, no me haga usted literatura; el periodismo es otra cosa”. Pero si se trata de un gacetillero experto que, sin querer, ha hecho literatura, pronto sabrá remediarlo. Le bastará quitar algunos “punto y seguido” y sustituirlos por gerundios. Por ejemplo: “Ramón Camínez Menchúlez. Carretera de su pueblo. Ramón contempla un arbolito del camino. Suena un tiro. Camínez cae herido de gravedad y a poco fallece al pie del árbol”. Esto, como ustedes ven, es literatura. Observen ahora lo pronto que se hace uno periodista: “Ramón Camínez Menchúlez, ‘hallándose’ en la carretera de su pueblo ‘contemplando’ un árbol del camino, oyó un tiro, ‘cayendo’  herido de gravedad y ‘muriendo’ a poco al pie del árbol”. Esto ya es noticia.  Lo que hace falta es no confundir el pie del árbol con el del herido y decir que el árbol resultó herido en un pie y que el muerto tenía las raíces hechas polvo…».

Es decir, el hábito hace al monje y las levitas del sastre Sánchez de To K, al periodista. 

Kaleidoscopio de Lugo


Ánxel Fole
Fotografía de Pepe Álvez



Quisiera volver a aquel bazar de los prodigios, el 095, a aquel revoltijo de baratijas en el que me compraron brazaletes, anillos y abalorios para ser una Cleopatra cuajada de dorados como lo fue Elizabeth Taylor. En el catálogo infinito de menudencias fastuosas que ponía a la venta, lo único que debía de faltar era un áspid para la diadema. Y si lo recuerdo aquí es por hacer honor a la verdad y, de ninguna manera, con el propósito de formular una objeción. En el baile de disfraces del Círculo de las Artes nadie echó de menos la culebra egipcíaca, sustituida por una mariposa que brillaba como solo sabe brillar el oro falsario. Quién pudiera volver a aquel bazar, a aquella cueva de los tesoros. O, mejor todavía, visitar la misma tienda lucense en el año en que fue inaugurada, el veintisiete. 



Lo que sí puedo hacer, gracias al kaleidoscopio sentimental de Ánxel Fole, es escuchar los recuerdos de un bachiller de la promoción de aquel curso y curiosear entre la quincalla que reunió en un maravilloso museo de bagatelas: una cajita de rapé, grabada a punta de navaja; una escribanía del escribano don Ramón Coterces, de cuatro kilos de peso, verdaderamente colosal, bestial, piramidal; una sombrilla rosa y una boa blanca; un corsé de veinte ballenas; unos impertinentes de carey; haces empapelados de pitillos de “mataquintos”; un traje cortado por la tijera del sastre de postín apellidado Montesinos; un sobrecito con polvos de santonina y calomelanos; un quinqué de alpaca, sin tubo de cristal; plumas de machete, de lanza, de coronilla, de cazoleta y la estilográfica de don Celedonio Celeiro; un vulgar pito de hojalata; una chistera de “siete pisos”; un aristón comprado en París; un asador de castañas con su manubrio… Puedo ojear el álbum con las fotos de “Sete Vicentes”, “O Cheirón”, “O Pataco”, “Paco das hostias” y “Orellas de Caiado”; de las peñas de “comelláns” y de las trincas de bebedores profesionales; de aquellas dos francesas, enfundadas en sus monos, colocando una rueda a un Renault a la puerta del Hotel Méndez, y contemplar la estampa que ofrecía el vestíbulo del cine Lugo-Salón, en la esquina de la calle Aguirre. Puedo pasar una tarde entera leyendo los artículos de Correa-Calderón, Bal y Gay, Otero Pedrayo, Villar Ponte o Blanco Torres en la amarilleada colección de El Pueblo Gallego y gastar media noche en la tertulia del Hielo-Bar. Puedo ver a Fantômas y a Charlot, las películas Con Alan Cobhan al lago Kivu y Metrópolis, de Fritz Lang, La línea general, de Eisenstein, y El hundimiento de la casa Usher, de Epstein. Me cruzo con Luis Pimentel y Ángel González, éste con chalina negra. Abro una carpeta de periódicos antiguos de Lugo y, entre los recortes, me topo con la esquela mortuoria que publicó la prensa pocos días antes de la proclamación de la II República de un masón, un tal Galo Domenech. Me es dado pasear una noche de niebla londinense por la praza do Campo con Lorca. Voy a un mitin al Teatro-Circo. Me aparto a un lado, no vaya a pillarme en medio el fuego cruzado por los redactores de “Quisicosas” y “Chilindrinas”. No hago más que enterarme de que ha llegado el aviador francés Leoncio Garnier y ya veo su monoplano cruzando el cielo. Escucho los soliloquios de Cascarilla y los pregones de Trangallada, la “Canción de Roibás” entonada por los coros báquicos, las letrillas de moda y el “Au clair de la lune” de las cupletistas afrancesadas. Suenan las composiciones de Granados, Turina, Wagner, Beethoven, Músorgski y Rimski-Kórsakov en el Círculo. Se mezclan todas estas músicas con la melodía que Isaac (¿o era Isaías?) arranca a la linotipia, la primera en Lugo, la que tuvo la imprenta de Palacios, del Obispo Izquierdo, donde se componían las planas de Vanguardia Gallega. Los voceadores gritan los titulares de la prensa de Madrid que ha llegado en el ferrocarril. Y a la sinfonía cubista, dodecafónica, se suma el traqueteo de las prensas rotulando Ronsel. Las campanas de A Nova tocan a misa de funeral. Como en el kaleidoscopio de una barraca de San Froilán, se suceden notas, colores, abigarrados, en un capricho, raudo, frenético; mil cosas viejas y ya olvidadas, alacenadas, para ser vistas, vistas y oídas y hasta tocadas: a los sentidos restituidas; fisonomías, almas y vidas recuperadas. El kaleidoscopio se terminó llamando cartafolio, que tampoco es mal título. Me siento a seguir leyendo en la terracilla del café Bonifacio. En la mesa vecina están de palique los doctores Almoina y García Neira; en esta, Fole me cuenta de la prehistoria del balompié en el stadium de Montirón y de los miriñaques, los macferlanes, los polisones, los garrotillos, el rigodón y las astrales disquisiciones del gran Trifón. Pero es la tarde del 14 de abril y decidimos acercarnos a la calle de San Marcos, a saber por la pizarra de El Regional qué dicen las últimas noticias llegadas de Madrid.

Como nunca tuvo la vanidad de posar dándose importancia, creerán que él era poco más que un chamarilero. Se equivocan quienes confundan la falta de ambición con la falta de intención. La narración múltiple y un tanto dislocada termina componiendo la crónica que busca el tiempo perdido y, también, el tiempo que iba a ser y no fue por culpa de todo lo que sucedió a partir de 1936. Aquellas estampas de antaño mixturan el naturalismo documental, periodístico, que tenían las fotografías de Salvador Castro Freire con las utopías que acariciaron los jóvenes de Yunque y las lunerías de don Fabulón de Lugo. 



Postdata: He vuelto a mirar las fotografías inverosímiles que me tomaron en el estudio Riaño vestida de reina ptolemaica. Y he vuelto a leer el Cartafolio de Lugo, buscándome, convencida de que Ánxel Fole no pudo por menos que rescatar del olvido el humorismo onírico de una Cleopatra lucense. ¿Quién no querría hacerse la ilusión de habitar aquel kaleidoscopio? ¿Quién no querría haber sido el fantástico desvarío de don Fabulón? 

El asedio al castillo de Chambord


Robert J. Day:
Thousands of words cascade out of N.Y. Times building

El dinero es un atributo imprescindible del poder y un símbolo insuficiente del imperio. Por eso, Jeff Bezos no ha comprado a la familia Graham un negocio ruinoso, sino un símbolo todavía resplandeciente. Ha puesto su nombre al abrigo del mito que esos señores que solo saben sumar moneditas, los contables, llaman marca. Es el suyo el mismo esnobismo de todas las transiciones, el del nuevo rico que envidia el vetusto abolengo de la aristocracia. También Adolph S. Ochs tuvo en su día veleidades nobiliarias. Había conseguido convertir Longacre Square en Times Square. La plaza fue rebautizada en 1904, cuando aún faltaban meses para que concluyeran las obras del edificio que acogería su periódico. Y, sin embargo, aunque hoy resulte incomprensible, un rascacielos en el corazón de Manhattan no colmaba la ambición del editor. Era demasiado nuevo; le faltaba la pátina del tiempo, esa costra que visten los prestigios. Y Ochs hizo decorar su moderna autoridad con el estilo del renacimiento francés. En los años 30 por fin podía presumir–así lo hizo delante de Paul Morand– de que la nueva sede de The New York Times era un remedo del castillo de Chambord. 


Antídotos para el veneno de la serpiente de verano




Cualquier plumilla lo sabe: si el director te llama a su despacho, no será para acariciarte el lomo, menos aún para ofrecerte un aumento de sueldo. Así que Mike Dolan va camino de la bronca rumiando el alegato en su defensa que no pronunciará, “pensando que era una vergüenza que ningún periódico tuviera agallas y deseando haber vivido en los días de Dana y Greeley, en los que un periódico era un periódico y se llamaba ‘hijos de puta’ a los hijos de puta y al diablo con las consecuencias. Le hubiera encantado ser uno de aquellos reporteros de los viejos tiempos. No como ahora, con el país repleto de esos pequeños Hearsts y MacFaddens”. El problema de Dolan es el mismo que el de todos los periodistas: no tenemos memoria, solo nostalgia. La cabrona de la nostalgia nos hace añorar hoy el sombrero de los reporteros de los años 30, fetiche de los viejos y felices tiempos del periodismo; los de la quinta del sombrero, la de Dolan, soñaban con tener un editor patilludo como Greeley; los cronistas de 1850 querrían haber sido uno de los primeros escribidores de gacetas, y estos, a su vez, debieron de envidiar los gloriosos días del mismísimo Mercurio que, en horas bajas, maldecía su trabajo, absolutamente consumido por la nostalgia de un futuro en el que los mensajeros habrían de carretear noticias para otros jefes que no fueran las divinidades del panteón.

La nostalgia es una fullera sentimental y peligrosa. Por creer sus mentiras Mike Dolan terminó como terminó. Su designio estaba sugerido ya en la portada de la novela de Horace McCoy: Los sudarios no tienen bolsillos (Akal, 2009). ¿Pero quién querría nublar el sol de una tarde de verano con la lectura de una novela negra negrísima sobre la profesión? ¿Quién arruinar la indolencia estival con Manuel Ciges Aparicio: “El periódico tiene un pecado original, y no hay Bautista que de él pueda limpiarlo”? No, Ciges Aparicio –Del periódico y de la política. El libro de la decadencia (Renacimiento, 2011)–, recordándonos nuestra irredenta condición, no es para estos días. Más impertinente aún resultará Papel mojado (Debate, 2013), la crónica de Mongolia sobre los corruptos cambalaches de todos esos Hearsts y MacFaddens castizos: los Cebrianes, Roures, Pedrojotas, Antichs y Godós. El verano nos da su venia para esquivar todas esas lecturas que arramblarían con nuestra ingenuidad, que impugnarían la desmemoriada nostalgia y la desinformada esperanza. La instigación veraniega es a pensar que si es cierto lo que dicen los profetas del apocalipsis, que no tenemos futuro, al menos, nuestro desahuciado espíritu siempre podrá cobijarse en el pasado.


El síndrome del traje manchado en el tranvía


Quien más, quien menos, ha tenido un jefe que llega un día a la redacción con la camisa chorreando sudor y, de inmediato, encarga una crónica sobre la ola de calor que asola  la ciudad, el país, el mundo, el universo entero; el mercurio de los termómetros puede decir lo que quiera y el verano estará siendo más bien templadito, da igual: el titular anunciará mañana el advenimiento del apocalipsis térmico. El mismo tipo se ha acatarrado y al primer estornudo, en lugar de tomarse un desenfriol, te está pidiendo una nota sobre la manifiesta capacidad homicida de los aparatos de aire acondicionado. Si tiene problemas para darse de baja en la compañía de teléfonos, si el servicio de recogida de basuras de su barrio no funciona bien, si los clientes del bar de la esquina arman escandalera por las noches, disponte a escribir con convicción una denuncia contra la telefónica, una requisitoria contra el concejal y un reportaje sobre los decibelios permitidos por la legislación vigente. Disfrazadas como crónicas costumbristas, los periódicos guardan memoria de los abscesos en el estado de humor de nuestros jefes, de sus mostrencas contingencias biográficas. Consolémonos, porque siempre ha sido así. Digamos que se trata del viejo síndrome del traje manchado en el tranvía.

La Época, 22 de febrero de 1906.


Tiras de papel cubiertas de garabatos


Fotografía de Díaz Casariego

No sólo era inútil seguir escribiendo: se había vuelto del todo imposible. Así lo advirtía Wenceslao Fernández Flórez en el artículo “Literatura política”, que publicó en ABC el 2 de abril de 1936:

Estamos más allá de toda teoría: estamos en plena acción. No es que la labor de usted no sea útil, pero ya no es oportuna. Los ingenieros son incapaces de construir diques en el instante en que sobreviene una riada. Los hacen antes o después del aluvión; pero si se dedicasen a poner piedrecitas y argamasa entre los irritados remolinos, perderían el material y el tiempo. ¿Qué pueden ustedes decir? Hay estas posibles variedades de artículos políticos.
La que se dedica a examinar los pasados errores, causa de los males presentes. Importa a muy pocos. Irrita a muchos. No resuelve ninguno de los problemas apremiantes.
La que puede condensarse en esta expresión dirigida a los adversarios: '¡Hombre, parece mentira que nos tenga en consideración tan escasa!'. Sólo provoca burlas.
La que exhorta a 'poner los ojos en el bien de la patria' y a 'proceder con toda serenidad, etc.' Tópicos perdidos.
La que aspira a señalar los riesgos en que este camino desemboca. No puede publicarse.
No es tiempo de ironizar, ni de dogmatizar, ni de discernir. Menos que nada, de ironizar, porque cada ocasión  requiere su tono, y el de esta es hosco. Se ha abierto para la ironía la cárcel de un paréntesis que no podemos todavía saber cuándo se cerrará. De escribir artículos habría que buscarles una nueva forma. Desde luego, un sintetismo extraordinario. La idea escueta y monda. Cinco o seis líneas en letra negrita. Nada más. Frases cortadas. Hay que tener en cuenta esta novedad: en España, los artículos obran como la gota de agua sobre la piedra. Cayendo un día y otro y otro sobre el mismo tema y sobre la endurecida atención de la gente.  Pero ahora todo se ha hecho urgente, inaplazable, imperioso. La vida corre más que la pluma. Los comentaristas, sobran”.

Pocos días después, el 21 de abril, el periodista gallego abundaba en la misma idea:

En verdad, nada le es dable a un escritor en estos momentos. Si pretende convencer, sólo asentirán a sus palabras los que ya están convencidos; si atacar, las frases son proyectiles de algodón en esta contienda; si entretener, suscitará merecidamente la irritación y el desprecio. Tan seguro estoy de que es así, que, cada vez que la necesidad del oficio me pone ante las cuartillas, sufro una verdadera angustia, y si no he buscado otra ocupación para este intervalo –que sabe Dios el tiempo que durará-, es porque advierto que todos quieren salirse de la suya como de una casa en ruina.
¿La razón ajena? La razón ajena es la misma nuestra, pero afectada por una extraña singularidad: que el que tiene la razón, la quiere para él solo, y no la comparte con el de enfrente de ninguna manera. Desconcierta el comprobar que un hombre enemigo de la pena de muerte la desea para el adversario; que los que claman contra las persecuciones políticas, las exigen para los enemigos. Desconcierta que la idea del poder pueda ser tan parcial que un gobernante eche en cara a sus rivales en opiniones que busquen su amparo. Pues ¿qué iban a hacer? ¿En quién podían refugiarse ni a quién demandar la protección que las leyes prometen? Pero ¿es que reclamar el amparo de una autoridad es una claudicación ideológica o un reconocimiento de los propios posibles errores? ¿Qué ceguera corre por España? ¿Qué lenguaje es el que hablamos?
La razón de los otros es igual a la nuestra. Lo malo está en que esto no se puede decir, ni lo admiten los combatientes. Cada cual desea tener la razón en una jaula colgada en su cuarto. El sentimiento de fraternidad no existe. Un odio triste, creciente, una intolerancia endurecida e intolerante, sustituyen la capacidad de discurrir. Ya se han dicho todas las palabras que debían ser pronunciadas.

En 1936, abrumados por la marcha de los acontecimientos, algunos periodistas descubrieron la inutilidad e ineficacia de su trabajo. Se trataba de una lacerante revelación para quienes habían creído en la capacidad pedagógica del periodismo, en su influencia, en la elevada misión que le correspondía. Erosionada la ingenua convicción de que podían detener la carrera hacia el precipicio, Gaziel se preguntó:

“Mas cuando se escribe, no ya con la convicción previa, sino con la certeza absoluta y demostrada experimentalmente –como acabo de hacerlo, de que los artículos efímeros que uno escribirá no han de servir completamente de nada, decidme: ¿vale la pena seguir escribiendo?”.

Es inevitable tener la sensación de que Wenceslao Fernández Flórez responde, en estas líneas, a la pregunta que formulaba Gaziel:

Es inútil escribir. Uno deja correr la pluma por la inercia de tantos años, pero melancólicamente convencido de que, entre todos los hombres que intervinimos en la tarea de llenar estas páginas, no hay nadie que importe menos que nosotros, y no hay nadie que importe más, que sea buscado y leído con mayor avidez que el redactor de sucesos. Y es que él escribe los episodios de una historia impetuosa, decidida, precipitada, como una catarata o como un caballo desbocado, y tiene, por eso mismo, vivísimo interés; mientras que nosotros tenemos la pretensión de influir en la historia, de guiarla, de conducirla, modificando las costumbres humanas. Y ahora se han quedado las riendas en nuestras manos, como lo que son: tiras de papel cubiertas de garabatos.

¿Qué criado, en qué delirio, le escupió a Fernández Flórez la verdad: “tiras de papel cubiertas de garabatos? ¿No fue acaso el mismo que en 1836 le gritó a Fígaro: “Inventas palabras y haces de ellas sentimientos, ciencias, artes, objetos de existencia. ¡Política, gloria, saber, poder, riqueza, amistad, amor! Y cuando descubres que son palabras, blasfemas y maldices”?

Ebrios de deseos y de impotencia, algunos periodistas advirtieron que había pasado el tiempo del comentario político, que había llegado la hora de la crónica de sucesos. El 18 de julio así lo vino a confirmar, con una perentoriedad que no dejó hueco para la retórica de blasfemias y maldiciones.

Fotografía de Robert Capa

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Nueve siglos de historia veneciana




“El señor Gamba me había recomendado, si quería abarcar de un solo vistazo nueve siglos de historia veneciana, que me detuviera cerca de las dos grandes columnas, en el lugar donde el café de la Piazzeta linda con la laguna. Leí, en efecto, a mi alrededor esas crónicas de piedra, escritas por el tiempo y las artes.

Siglo XI
Il Campanile, o el campanario de San Marcos, comenzado por Nicola Barattieri, arquitecto lombardo.

Siglo XII
La fachada de un lateral de la basílica de San Marcos; arquitectos desconocidos.

Siglo XIII
El Palacio Ducal, de Filippo Calendario, veneciano.

Siglo XIV
La Torre dell’Orologio, erigida por Piero Lombardi.

Siglo XV
Las Procuratie Vecchie, de Bartolomeo Bono de Bérgamo.

Siglo XVI
La Biblioteca (actualmente en el Palacio Real) y la Zecca o Casa de la Moneda, de Sansovino, florentino.

Siglo XVII
La iglesia de Santa Maria della Salute en la orilla opuesta del Gran Canal: obra de Baldasarre Longhena.

Siglo XVIII
La Dogana da Mar, de Giuseppe Benoni.

Siglo XIX
El Café, o Pabellón, en el jardín del Palacio Real, junto a la Laguna; arquitecto aún vivo, el professor Santi.

Venecia comienza con un campanario y termina con un café; a través de las diferentes épocas y de las obras maestras, va desde la basílica de San Marcos hasta un café al aire libre. Nada testimonia mejor el genio de los tiempos pasados y el espíritu de los tiempos presentes, el carácter de la vieja sociedad moderna, que estos dos monumentos; respiran sus siglos”.

François de Chateaubriand
Memorias de ultratumba
“El libro sobre Venecia. Fragmentos suprimidos”
Volumen IV, Acantilado, Barcelona, 2006, pp. 2689-2690.

En el Caffè Florian. Foto de Gianni Berengo Gardin.

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Lieschen en Venecia: Cartafolio veneciano.
 

Disloques





La ciudad es una escenografía acicalada que escoba debajo de la alfombra las pelusas de las ciudades vencidas y fumiga la memoria de sus víctimas. Bien aseadita y muy recompuesta, se exhibe. Su vanidad procura la exclamación admirativa, nos quiere subyugados por el orden triunfante, cómplices de las violencias que lo tallaron. Pero el orden es un trampantojo; el equilibrio y la simetría, añagazas que, todo lo más, consiguen encandilarnos un instante. El objeto de nuestro amor perseverante es la huella furtiva de la disonancia, la reminiscencia secreta de la disimetría que buscamos en los lugares que nunca merecerán una placa de los munícipes. La ciudad propone un orden a nuestra admiración, pero es el desquiciado desorden que se empeña en ocultar lo que amamos. La ciudad dicta una ruta, pero nuestros pasos se escapan por las derrotas que devuelven a su lugar las insumisas figuras dislocadas. 

[El disloque quevedesco, el disloque goyesco y el disloque larriano, en el número 4 de Jot Down].


Tiempos triunfales



Juan Tallón es un escéptico, un descreído de los tiempos triunfales, pasados y futuros. Posa recreándose en la intuición de la desgracia, la derrota y la hecatombe; rindiendo culto al "divino fracaso". Podría hacerlo en los divanes del Café, pero, extinguida la institución, no le queda más que refugiarse en un garito llamado El Negro Jefe para dar de beber a su romanticismo tres gin-tonics, del tirón. Téngase en cuenta al leer El váter de Onetti, de donde fue robado este párrafo:

“En mi imaginación, el periodismo en aquel diario sólo había ido bien cuando yo aún no había nacido. Mi idea de los tiempos triunfales la resumían dos anécdotas de periodistas locales. La primera se refería a un viejo redactor de mi ex diario que conjugaba su trabajo con el arbitraje. Pitaba en segunda regional y, cuando finalizaba el encuentro, se duchaba, se vestía y elaboraba la crónica para el diario. Después de un domingo funesto, sintió que debía ser honesto con el lector, y comenzó la crónica declarando: ‘Desastroso arbitraje en el estadio del Malecón…’. La otra historia resulta menos edificante, pero igual de sugestiva. En esta ocasión, el redactor trabajaba en Faro de Vigo y mantenía malas relaciones con un delegado de La Voz de Galicia. Un domingo redactó una crónica que no tenía nada de particular, salvo el apartado reservado a incidencias. Ahí, podía leerse: ‘Campo en mal estado. Día lluvioso. Menos de media entrada. Presenciando el partido se encontraba el delegado de La Voz de Galicia acompañado de una mujer que no era su esposa’. Después de esto, todo había caído en desgracia”.

Una escena noble



“Para la gente de mi edad es inadmisible una mañana sin un café con leche y el diario abierto sobre la mesa del bar. La desaparición del tabaco ha enturbiado esa escena, tan noble y mítica como en escultura el niño que se quita una espina del pie, pero conserva parte de su fuerza. Los de mi quinta no sabríamos qué hacer sin ese momento religioso de las mañanas, lo que explica que los suicidios, hasta ahora vespertinos, comienzan a producirse antes de mediodía”.

Félix de Azúa
Autobiografía de papel
(Mondadori, Barcelona, 2013, p. 167)