Una escena noble



“Para la gente de mi edad es inadmisible una mañana sin un café con leche y el diario abierto sobre la mesa del bar. La desaparición del tabaco ha enturbiado esa escena, tan noble y mítica como en escultura el niño que se quita una espina del pie, pero conserva parte de su fuerza. Los de mi quinta no sabríamos qué hacer sin ese momento religioso de las mañanas, lo que explica que los suicidios, hasta ahora vespertinos, comienzan a producirse antes de mediodía”.

Félix de Azúa
Autobiografía de papel
(Mondadori, Barcelona, 2013, p. 167)

Los "clubes de inocentes" de la CIA





Willi Münzenberg fue, según el retrato que de él hizo Stephen Koch, el gran factótum de la propaganda soviética en Europa en el periodo de entreguerras. Puso su imaginación al servicio del Komitern, el organismo que aspiraba a expandir la influencia del marxismo-leninismo por todo el mundo. Y su imaginación fue prodigiosa: inventó la operación secreta de propaganda y movilizó al servicio de sus intereses a simpatizantes que ignoraban que sus conciencias estaban siendo manipuladas. Münzenberg comprendió que la propaganda más efectiva no era la de cuño manifiestamente bolchevique, sino la que afectos a la izquierda no comunista podrían realizar. Resultaba indispensable que ofreciesen una imagen pública de independencia; es más, ellos mismos debían creerse independientes. Escritores, periodistas, actores, dramaturgos, profesores, en definitiva, líderes culturales y creadores de opinión, se convirtieron en marionetas movidas por los hilos que manejaba una intrincada red de agentes de Stalin comandada por Münzenberg. Él llamaba a aquellos intelectuales, con evidente desprecio, “los clubes de inocentes”.

Inmediatamente después del fin de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos consideraron una prioridad absoluta erosionar la seducción que el marxismo y el comunismo ejercían sobre las elites ilustradas europeas. Se puso en marcha entonces un ambicioso programa de propaganda cultural financiado, en un primer momento, con los fondos reservados del Plan Marshall y luego, a partir de 1947, por la Agencia Central de Inteligencia, la CIA. Debate acaba de reeditar el libro que la periodista británica Frances Stonor Saunders dedicó a aquella operación. La CIA y la guerra fría cultural –cuya primera edición en inglés se publicó en 1999 y su traducción al castellano, en 2001– detalla el empeño de los servicios secretos norteamericanos por demoler el éxito que habían alcanzado las campañas de Münzenberg. Recurrieron exactamente a la misma estrategia y a las mismas armas que el espía soviético había empleado pocos años antes. 

En efecto, el mismísimo Münzenberg no habría puesto reparos a la definición de propaganda que figura en un documento de los archivos del gobierno estadounidense fechado en 1950 y exhumado por Stonor Saunders: “Todo esfuerzo o movimiento organizado empleado por una nación, excepto el combate, que comunica ideas e información con el propósito de influir en las opiniones, actitudes, emociones y comportamiento de grupos extranjeros, de manera que apoyen la consecución de los objetivos nacionales”. Se entendía que la propaganda más efectiva era aquella en la que “el sujeto se mueve en la dirección que uno quiere por razones que piensa que son propias”. Teniendo en cuenta estos presupuestos, cabe deducir que la esperanza real que los Estados Unidos depositaron en iniciativas propagandísticas como la  emisora de difusión mundial La Voz de América –creada en 1942 como réplica a la soviética Radio Moscú– era insignificante. La táctica sería otra: urdir campañas de persuasión encubiertas; la “voz” de América solo podría adquirir influencia si se confundía con la que elevaban públicamente los intelectuales europeos y su timbre no debía parecer impostado, era preciso que sonase como la expresión espontánea de sus opiniones.

El Congreso por la Libertad Cultural, organizado por el agente de la CIA Michael Josselson entre 1950 y 1967, fue el acto central de la inmensa operación de propaganda secreta desplegada en Europa. Decenas de millones de dólares fueron destinados a financiar ediciones de libros y revistas culturales –Der Monat, Preuves y Encounter–, a organizar conferencias y exposiciones. Las grandes fundaciones norteamericanas –Ford, Rockefeller– colaboraron en la campaña, también museos como el MoMA, que promocionó el expresionismo abstracto como contestación al realismo socialista. Algunos intelectuales ni siquiera fueron conscientes de ser utilizados, cooperaron con total ingenuidad; otros, a sabiendas. En cualquier caso, la nómina de los reclutados es larga e incluye, entre otros, los nombres de Arthur Koestler, George Orwell, André Gide, Bertrand Russell, T. S. Elliot, Isaiah Berlin, Raymond Aron, Jacques Maritain, André Malraux o Igor Stravinsky. Y al contrario, ciertos autores –algunos ya censurados en su día por los nazis– fueron expurgados de las listas de libros que el Departamento de Estado enviaba a bibliotecas europeas: así, por ejemplo, Thomas Mann, Herman Melville, Sigmund Freud, John Reed o Henry David Thoreau.

Entre 1966 y 1967, la revista Ramparts y The New York Times publicaron amplios reportajes de investigación sobre los programas culturales clandestinos de la CIA. La Agencia había hecho todo lo posible para impedir que saliesen a la luz aquellas revelaciones que atentaban contra el secretismo que necesitaba su programa. En poco tiempo, tuvo que ser desmantelado.

La exhaustiva investigación llevada a cabo por Frances Stonor Saunders permite a la autora componer una prolija y elocuente descripción de los métodos empleados por la CIA; su potente capacidad narrativa invita al lector a reflexionar sobre los efectos que tuvo aquella política intervencionista: “¿Distorsionó la ayuda económica el proceso según el cual se manifestaron los intelectuales y sus ideas? ¿Acaso las reputaciones de los intelectuales salieron consolidadas o robustecidas al pertenecer al consorcio cultural de la CIA?”.

La copiosa documentación que ofrece la obra revela las colosales proporciones que tuvo la verdadera batalla que se libraba en aquellos años de la Guerra Fría, en aquel mundo que, según la metáfora que encontró el historiador Pierre Miquel para describir el maniqueísmo imperante, era un “mundo en blanco y negro”. La Guerra Fría fue, quizás antes nada, una guerra propagandística. El presidente Dwight D. Eisenhower lo explicó ahorrándose eufemismos: “Nuestro objetivo en la guerra fría no es conquistar o someter por la fuerza un territorio. Nuestro objetivo es más sutil, más penetrante, más completo. Estamos intentado, por medios pacíficos, que el mundo crea la verdad. La verdad es que los americanos queremos un mundo en paz, un mundo en el que todas las personas tengan oportunidad del máximo desarrollo individual. A los medios que vamos a emplear para extender esta verdad se les suele llamar ‘guerra psicológica’. No se asusten del término porque sea una palabra de cinco sílabas. La ‘guerra psicológica’ es la lucha por ganar las mentes y las voluntades de los hombres”. John F. Kennedy lo corroboró: “El enemigo es el sistema comunista en sí: implacable, insaciable, infatigable en su pugna por dominar el mundo. Esta no es solo una lucha por la supremacía armamentística, también es un lucha por la supremacía entre dos ideologías opuestas: la libertad bajo un Dios y una tiranía atea”.

Una lectura paralela de La CIA y la guerra fría cultural de Frances Stonor Saunders y de El fin de la inocencia. Willi Münzenberg y la seducción de los intelectuales de Stephen Koch evidencia la naturaleza esencialmente totalitaria de la propaganda. Cualquiera que sea su signo político, sus armas y tácticas están siempre al servicio de la filosofía que predica que el fin justifica los medios. Según Stephen Koch, es muy posible que Willi Münzenberg creyese honestamente que mentía en aras de la verdad que para él representaba la revolución soviética; según Frances Stonor Saunders, la CIA practicó una política intervencionista que alteró la libre circulación de ideas. ¿Conspiró en nombre de la libertad? No, concluye, en aras del imperio; y el imperio es el otro nombre de la verdad americana de la que hablaba Eisenhower.
 


El mundo perdido de Sherlock Holmes





Ni el doctor Watson ni Billy Wilder encontraron en el archivo de Sherlock Holmes el libro de familia del detective. El cajón de hojalata contenía la crónica de viejas investigaciones y una nada despreciable colección de fetiches. La lupa, la pipa, la jeringuilla de los chutes o la partitura para violín eran los atributos de la célebre personalidad; la foto de Irene Adler, la única muestra de debilidad sentimental que se permitió el genio analítico; la chapa lacada con el 221B y el estúpido gorro a cuadros, con dos viseras y un lacito, los trazos inevitables de la caricatura. Pero en el batiburrillo, ni rastro de documento alguno que acreditase la ascendencia familiar. Bien mirado, no es de extrañar: Sherlock Holmes es hijo de su tiempo y el tiempo no acostumbra a entretenerse con papeleos en el registro civil.

Holmes es hijo de su tiempo y primo segundo del profesor Challenger. George Edward Challenger fue el zoólogo al frente de la expedición científica que encontró en la selva amazónica El mundo perdido, una reserva ignota y aislada donde habían sobrevivido varias especies prehistóricas, incluidos dinosaurios. Si el New York Herald envió a Stanley a la búsqueda del doctor Livingstone, la Daily Gazette creyó oportuno ahorrarse enojosos extravíos y, para no perder de vista a la cuadrilla de Challenger, colocó en ella a uno de sus redactores, Edward Dunn Malone. En aquella edad del optimismo positivista, el periodismo ejercía de notario dando fe de los descubrimientos geográficos y científicos que ensanchaban el mundo conocido y creaban la ilusión de progreso que el liberalismo convirtió en el dogma de su religión y en el lema de su propaganda. Pues bien, a Malone le correspondió hacer el relato de la aventura y el retrato del aventurero. La misma soberbia que, según aquel dibujo, caracterizaba a Challenger es la que identifica a Sherlock Holmes; la soberbia iracunda del profesor se encarnó en el detective con unas maneras un poco menos coléricas y furiosas o un poco más refinadas y elegantes. En cualquier caso, esencialmente idénticos fueron sus engreimientos, sus jactancias materialistas y sus vanidades racionalistas. El recordatorio de las semejanzas y del parentesco soliviantaría a Holmes, un ego que reivindicaba su absoluta originalidad y que era incapaz de verse comparado, aun con el mismísimo August Dupin, sin sentir rebajada su inteligencia. Y la propia irritación certificaría la insolente arrogancia; discútase si fue la impronta de la herencia familiar o el estigma de la filosofía de la época, pero será imposible negar que aquel rasgo del carácter electrizó la lógica y el método del detective.

El discurso del método de Sherlock Holmes se resume en un conocido aforismo: una vez descartado todo lo que es imposible, la verdad está en lo que queda, por improbable que parezca. El camino deductivo que señala la máxima se cree seguro e infalible. No lo es y así lo denunció la hilarante parodia que Jardiel Poncela urdió por la vía de la reducción al absurdo. Si la técnica es reñida por irreverente y sus conclusiones, discutidas por groseras, quizás convenga entonces atender a Pierre Bayard, quien, manejando las mismas armas del raciocinio holmesiano, ha demostrado fehacientemente el garrafal error cometido por el detective en la resolución de los asesinatos de los Baskerville. De todas formas, este ataque no resulta tan peligroso para el héroe literario como podría parecer a primera vista, porque la culpa del fiasco es endosada a Arthur Conan Doyle. La tesis de Bayard es que el escritor no se había  reconciliado con el personaje que despeñó por las cataratas de Reichenbach. Forzado a volver a él, el subconsciente de Conan Doyle se rebela como puede, satisface su pulsión de venganza haciendo que el detective desvaríe y yerre en el lóbrego páramo de Devonshire. 

No, los envites más amenazadores que ha sufrido Sherlock Holmes no provienen de las travesuras naif de Jardiel Poncela, tampoco de los juegos alambicados de Pierre Bayard, ni siquiera del sarcasmo con que Conan Doyle maltrató tempranamente al detective, mucho antes de asesinarlo. El desafío más violento, el que se plantea con mayores garantías de impugnar a Sherlock Holmes, es un lance filicida. Holmes es, ya se dijo, un hijo de su tiempo, la encarnación de un tiempo que poseía una fe inquebrantable en la suficiencia de la razón para leer la verdad en sus rastros materiales y positivos. Bastaba que las dotes de observación contasen con el elemental auxilio de una lupa para poner en marcha un brillante ejercicio deductivo que disiparía las sombras del misterio con la misma eficacia prodigiosa que las bujías de Swan y Edison prometían iluminar el mundo. La lógica de Sherlock Holmes, sus técnicas y métodos, solo sirven en un mundo anterior a las inextinguibles sombras que diagnosticó Freud y a los indecibles abismos que tajó la II Guerra Mundial. Precisamente por esta razón las versiones que trasladan a Sherlock Holmes al presente resultan trampas infames, toscas adulteraciones: por muy satisfactoria que sea la adaptación de los superficiales fetiches holmesianos, incluso para el gusto escrupuloso de los devotos del canon, las actualizaciones terminan por falsear inevitablamente el espíritu del detective al concederle armas y herramientas que le fueron desconocidas, al enfrentarlo a problemas que le son incomprensibles e irresolubles.

Quizás quien mejor ha acertado a explicar de qué manera Sherlock Holmes se convirtió en una reliquia de un tiempo pretérito, de un mundo perdido, fue Michael Chabon.

[El texto completo de El mundo perdido de Sherlock Holmes ha sido publicado en el número 3 de Jot Down].


Mark Strand y los poemas de aire



Mark Strand (Summerside, Isla del Príncipe Eduardo, 1934) afirmó ayer que volver a leer sus primeros poemas le producía “la extraña  sensación de no estar seguro de acordarse de la persona que los escribió”. Fue en Casa de América, durante la presentación de 26 poemas tempranos, la antología que acaba de publicar Ediciones El Taller del Libro. La declaración no fue quizás otra cosa que la coquetería que juegan a impostar las canas y los años, porque luego apenas necesitó bajar la vista a la página del libro para recitar el poema “Lo que permanece”; casi de memoria puso voz al verso “Time tells me what I am”:

“El tiempo me dice lo que soy. Cambio y a la vez soy el mismo.
Vacío mi ser de mi vida y mi vida permanece”.

De alguna manera, también Martín López-Vega desmintió la lejanía entre el Mark Strand temprano y el actual en la semblanza que hizo del poeta. "No aparece Strand in medias res, sino ya de cuerpo entero", dijo refiriéndose a los poemas que Antonio Albors Fonda ha seleccionado y traducido entre los que compusieron los libros Reasons for Moving (1968), The Late Hour (1978) y Select Poems (1980). “No se encuentran los previsibles balbuceos iniciales, sino el germen de una poesía que si acaso, más tarde, se ha adensado”, insistió. En efecto, en estos 26 poemas tempranos ya resulta apreciable la sutileza que caracteriza la obra de Mark Strand. López-Vega recuperó la fórmula que, en su opinión, mejor ha acertado a definir ese rasgo: “Los poemas de Strand son como adivinanzas cuya respuesta se desvanece justo cuando parece al alcance de la mano”. La respuesta a la adivinanza, la verdad poética y la biografía del poeta, están y no están:


“En un campo
soy la ausencia
de campo.
Así
sucede siempre.
Dondequiera que esté
soy aquello  que falta”.

El poema es y no es:

“El poema que ha robado estas palabras de mi boca
Puede no ser este poema”.

La respuesta y la presencia son siempre leves, casi incorpóreas. En ese sentido, casi resulta inevitable relacionar a Mark Strand con Edward Hopper. Strand intentó ser pintor antes que poeta y siente devoción por el pintor de Nyack y el teatro silencioso y  aquietado que muestran sus cuadros, a los que dedicó un ensayo. López-Vega observó un paralelismo entre “la pintura escasamente matérica de Hopper” y la intuición poética que Mark Strand dibuja en los matices “sin moraleja, ni tambores, ni timbales”. La revelación y la presencia son siempre inasibles, de una sutileza aérea. Dicen los versos de “Mantener completas las cosas”:

“Cuando camino
parto el aire,
y el aire
siempre se mueve
para llenar los huecos
donde mi cuerpo estuvo”.

La misma clave, también en “Poemas de aire”:

“Los poemas de aire se mueren despacio;
demasiado ligeros para la página, demasiado débiles,
demasiado lejanos; los que llamamos La Luna,
Las Estrellas, El Sol, se hunden en el mar o tras los árboles
en el límite del campo. La tumba de la luz está en todas partes”.

El oxímoron “tumba de la luz” reaparece en “Una mañana”, el poema que Mark Strand eligió para cerrar el recital de ayer:

“Me deslizaba como una estrella oscura sobre la inundada mitad
del mundo hasta que, empujado por una urgencia indefinida,
me asomé por la borda y vi un espacio luminoso bajo la superficie,
una tumba llena de luz; por vez primera contemplé el único
y diáfano lugar que nos es dado cuando estamos solos”.

Los 26 poemas tempranos anuncian que el lugar del poeta es ese lugar de sombras y luz; anticipan que el tiempo del poeta es el instante y su celebración luminosa que contiene la premonición oscura de su fin.


El Taller del Libro
Martín López-Vega elogió ayer la traducción que Antonio Albors Fonda ofrece de los poemas de Mark Strand: “Mantiene abiertos todas las lecturas, caminos y sugerencias que los versos contienen”. También celebró la exquisita edición que ha realizado El Taller del Libro. 26 poemas tempranos es el séptimo libro de este pequeño sello. No publica más que una obra al año. Cada una de sus ediciones es de quinientos ejemplares numerados a mano. Con mimo artesanal, las editoras, María Manso y Rosa Lozano, eligen el formato, el papel, la tipografía y la encuadernación en función de la obra y del autor. En el caso de la antología de Mark Strand, el cartón visto de sus cubiertas y el sutil gris de su papel ofrece el continente más liviano posible para aquellos poemas de aire que siempre habían sido demasiado ligeros o débiles para la página.


José Mª Salaverría




Renacimiento acaba de reeditar en un volumen tres novelas cortas -El literato, Mundo subterráneo y Nicéforo, el tirano- que José Mª Salaverría publicó en la colección “El cuento semanal”. El ejercicio de arqueología literaria puede ofrecer algún interés, dudoso y en todo caso no mayor al que revestiría otro de paleontología periodística. Salaverría fue un esforzado articulista que gastaba una prosa tiesa. Pero entre la paja decimonónica, aquí y allí, algunas líneas estimables. Aquí, en La Vanguardia del 23 de febrero de 1916, una pulla a la profesión:

“¡Cuán grotesca suele ser a veces la superstición de la letra impresa! Una persona inteligente y cultivada no duda en aceptar las palabras de su periódico como indubitables; esa persona conoce acaso algún periodista, sabe el grado mental y ético que alcanzan los periodistas. Sin embargo, al leer por la mañana su periódico, lo acepta como un oráculo. Los mismos periodistas, que saben cómo se hacen los periódicos, suelen aceptar humildemente las versiones de un periódico de París y Londres, y dan fe a esas versiones amañadas, como si los periodistas de Londres y París no escribieran igual que todos, bajo el imperio de una necesidad de amaño y consolación”.

Y allí, en el ABC del 3 de junio de 1908, la interviú imaginaria con el presidente del Gobierno y la acotación sarcástica sobre la motita de sangre que el prohombre dejó en el impecable cuello de su camisa al espachurrar una hormiguita.  

Salvador Morales Pérez, in memóriam




El historiador Salvador E. Morales Pérez, profesor de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, en Morelia, falleció el pasado mes de noviembre. He recibido hoy la noticia y el día ha quedado teñido por el luto. Entre las obras de Salvador Morales, no puedo dejar de destacar la biografía que escribió sobre José Almoina Mateos. Almoina, un exiliado gallego contra la dictadura trujillista (Santo Domingo, Archivo General de la Nación, 2009) exhumaba documentos de archivo inéditos sobre el exiliado lucense, algunos tan importantes y reveladores como el informe confidencial sobre la política del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo que remitió a las cancillerías de varios países americanos en septiembre de 1947. Aquel texto, localizado en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela, confirmaba que Almoina había iniciado una campaña para denunciar las tropelías del trujillismo dos años antes de la publicación de Una satrapía en el Caribe. Historia puntual de la mala vida del déspota Rafael Leónidas Trujillo, en realidad, desde el mismo momento en que pudo salir de Santo Domingo.

Salvador Morales no había dado por concluidas sus investigaciones sobre Almoina y, solo unas pocas semanas antes de su muerte, en nuestro último contacto, me comunicaba que estaba trabajando en un artículo sobre las noticias que el exiliado había obtenido y difundido sobre la complicidad corrupta de los medios informativos con la dictadura de Trujillo.

Cuando emprendí mi investigación sobre José Almoina, Salvador Morales Pérez dio muestra de una extraordinaria generosidad al facilitarme la consulta de artículos y  textos publicados por el lucense en Santo Domingo y México. No estimo menos las conversaciones que sostuvimos sobre Almoina en nuestros encuentros madrileños y la cálida expresión que dio a su confianza en mi trabajo, tan importante en los momentos de desaliento.

Su muerte me priva de la lectura de los trabajos que tenía en curso y de la posibilidad de discutir con él las ideas que ensayo en mi libro sobre Almoina, pero no podrá borrar la memoria de sus investigaciones, de su generosidad y de su contagiosa vitalidad.

Entrevista a Rosa Montero



La entrevistada, Rosa Montero, ha recordado en más de una ocasión que la literatura es un palimpsesto. La entrevistadora cree que el periodismo también lo es y, por eso mismo, se pregunta cómo comenzar la conversación con la periodista. Podría ser precisamente así, hablándole de la admiración con que leía sus entrevistas, pero viene de revisar la que le hizo en 1977 a Yves Montand y allí se desaconseja la coba al entrevistado en los primeros minutos del encuentro: puede viciar el tono de la charla. Por otra parte, Rosa Montero maliciaría que el halago es una triquiñuela mentirosa, al fin y al cabo, ella mentía a Montand al decirle que había estado enamoradísima de él durante la adolescencia, de igual manera que su generación, definitivamente seducida por el mito, por el héroe de izquierdas que encarnó. Cuando, bien avanzada la entrevista, la entrevistadora se atreve por fin a confesar el recuerdo, Rosa Montero lo agradece, pero con escasa convicción. Es como si el eco de aquella admiración no consiguiera rozarla: no se siente adulada. Y se entiende que sea así por lo que ha venido explicando: lo suyo ha sido escapar de los imperativos y expectativas que los demás, en aquellos primeros años de éxito, proyectaron sobre alguien que llevaba su nombre pero que no era ella. Hoy, en la fachada de la casa donde vive cuelga una placa que recuerda el añejo inquilinato de un señor que escribía artículos y en las solapas de sus libros, el recordatorio de que desde 1976 trabaja en exclusiva para El País: abolengos cansados para la novelista, que dice contemplarlos desde fuera, desde lejos, sin nostalgia. Dentro del piso hay figuras de salamandras, símbolos de vida y de regeneración, por montones; también una tatuada en su brazo derecho desde hace más de una década. El izquierdo se lo ha roto solo unos pocos días antes. En varias ocasiones durante la conversación se duele y, aun así, se diría que el brazo le presta un temprano servicio en el forcejeo que va a mantener con el empeño de la entrevistadora por hablar de periodismo y de un tiempo que fue: “Mi próximo libro sale dentro de un mes y la promoción va a ser la promoción del cabestrillo. Será memorable”, dice con humor en el primer minuto. El brazo liquida la duda de por dónde empezar. 



Fotografía de Guadalupe de la Vallina.

Deogracias Gratis et Amore (III)


 
Piensa Deogracias que esto de escribir de balde es una ruina. Y su jefe está de acuerdo, de hecho lleva tiempo acariciando una solución para el quebranto económico, el suyo, por supuesto. “Yo, los artículos literarios, en vez de pagarlos, los cobraría. La firma que llevan al pie es un anuncio extraordinario”, decía Don Criterio, el personaje con que Cansinos Assens disfrazó en La huelga de los poetas a Leopoldo Romero, director de La Correspondencia de España.

Pasan los años y las décadas y caen las hojas del calendario y todo se descuelga; todo, menos la idea que lograría la suma perfección de los sumandos en la contabilidad del empresario periodístico. De labios de Josep Vergés la tuvo que escuchar Montserrat Roig. La joven periodista relató así el episodio:

“Dejé de colaborar para Destino por dos razones. La primera, económica. […] En el año 1972 pedí un aumento al señor Vergés, el propietario anterior al banquero Pujol, y me contestó que los colaboradores no teníamos derecho a quejarnos, que encima tendríamos que pagar para recibir ‘el honor’ de colaborar en su revista. Se lo dije a Baltasar Porcel y me contestó: ‘Tú, aguanta, que ya verás como subes’. No sé si quería decir subir en el sentido de trepar, no sé. Se lo dije a Néstor Luján, y me encontró un puesto en otra revista donde se me pagó el triple por el mismo trabajo. Me fui porque no quise seguir el consejo de Porcel ni tampoco el que me dio Josep Pla. El consejo del viejo kulak era: ‘Más vale que tu amo te pague poco, pero que te pague siempre’”.

Deogracias quiere consolarse de sus desgracias pensando que el proyecto de Don Criterio y el señor Vergés nunca prosperará. Pero la idea está madura y la conciencia de Deogracias, nunca como hoy, preparada para acogerla con naturalidad. La conciencia reblandecida y las tragaderas inmensamente dilatadas de los escribientes impedirán la rebelión. Más conservadores que un viejo kulak, nunca han escuchado la proclama exaltada: “Si no hubiera esclavos, no habría tiranos”.