Budas y vedettes







Y entonces llega Él, Juan Luis Cebrián, y decide que su periódico no va a ser un álbum de cromos:

«–En La prensa y la calle hablas de los “budas de las letras y la política que circulan por las redacciones como si fueran los amos de la opinión”. ¿Cómo va El País de budas?
–Hay pocos budas en el periódico. Uno de los éxitos de El País es que hemos tratado de eliminar a los budas y a las vedettes.
–¿Y no crees tú que habéis creado las dos cosas?
–Yo creo que en El País hay más vedettes que budas. Tampoco somos un periódico de vedettes. No es un periódico montado sobre eso. Aquí no sale la fotografía de casi nadie de los que trabajan […]».

Así lo explicaba a Víctor Márquez Reviriego en una entrevista publicada en la revista Triunfo en febrero de 1981. Ahora, en sus memorias, vuelve sobre el asunto e insiste:

«Ya he dicho que no quería tener columnistas habituales que escribieran a diario. No me gustaban las colaboraciones estrictamente literarias en las que el periódico arrendara sus columnas para que en ellas se explayaran las manías o las ocurrencias de unos cuantos privilegiados que tenían acceso a él. Era una costumbre muy acendrada en la prensa española que el deterioro del tiempo nos ha devuelto multiplicada […]. Únicamente hice una excepción en esto: Francisco Umbral».

Cebrián no quería vedettes, pero ficha a la primera vedette del periodismo. A su lado todas las demás parecían mediocres chicas de conjunto. Umbral era aquel columnista que, preguntado por si lo que leía antes que nada en el periódico era su columna, confesaba: «No. Es lo primero que miro, para ver la foto». Que consiguiese pegar el cromo al capitel de la columna más tarde, en otro periódico, no sirve de refutación. Sólo significa que el Umbral de «Diario de un snob» o «Spleen de Madrid» se veía forzado, por no quedar «en blanco y sin figura», como Cervantes en las Novelas ejemplares, a «valerse por su pico» para dibujar su prosopografía. En un minúsculo ejemplo de su desmesura se incluyó, allá por 1979, en una lista de diez señores elegantes: «Al final no he podido menos de meterme, y ustedes disculpen. El ego es que me devora».

Hubo un momento en que El País desistió de la política iconoclasta de Cebrián y democratizó la foto para dársela a todo quisque. De un tiempo a esta parte ha vuelto a negar la prerrogativa a quienes evacúan sus manías y ocurrencias en el papel. Las voces descabezadas allí enseñan, sin embargo, sus efigies en la portada digital del periódico. Ser o no ser, esta no es la cuestión en la que se debaten. La cabeza guillotinada en el papel o el cromo digital adopta en otros rincones de Internet un avatar que muda según los avatares. Dada la hiperinflación de espejos, ¿en cuál de todos ellos se contemplan hoy los narcisos?, ¿cuál es la estampita que ofrecen a la devoción de los lectores? Verdaderamente no extraña el trastorno de identidad disociativo que padece el periodismo y sus santos columnistas.

Coqueta y presumida





La entrevistadora presentaba a la entrevistada así:

«Renata Adler (Milán, 1938) es una mujer presumida; bueno, en realidad todas lo somos. Ella es coqueta, e intenta preservar su atractivo con la misma reserva que su vida privada, a la que muy pocos han tenido acceso, pese a sus muchas “amistades”. Tanto es así que para que esta entrevista tuviera lugar puso como condición que utilizáramos la fotografía que Richard Avedon (1923-2004) le hizo en marzo de 1978, cuando el Nueva York bohemio e intelectual del que ambos formaron parte daba sus últimos coletazos».

Magnífica revelación periodística: Renata Adler es coqueta y presumida. Dado que estos rasgos no le son singulares, sino más bien una característica universal del género femenino (la entrevistadora se confiesa coqueta y presumida; yo, lectora, soy amablemente informada de que también, y en realidad no hay ninguna mujer que no lo sea), ¿por qué se alude entonces a ellos en la presentación de la escritora? Por una cuestión de grado. Adler es coqueta y presumida en un grado superlativo, tan anómalo en su desmesura (incluso a juicio de una coqueta conciencia mujeril), que llega a imponer que la entrevista vaya ilustrada por una foto de hace cuarenta años. La explicación es tan obvia y convincente que ahorra a la entrevistadora su trabajo, que consistiría en formular una escueta, sencilla y disolvente pregunta: ¿Por qué? Eso fue exactamente lo que hizo Xavi Ayllén y esta, la respuesta que obtuvo:

«Le dije a Richard [Avedon] que parecía una secuestradora y él me respondió: “Te equivocas, es preciosa”. Era tan extraordinario fotógrafo que conseguía que todos pareciéramos cualquier cosa que él desease… independientemente de lo que fuéramos. […] Ante mis reticencias, me dijo muy serio: “Estas fotografías que te hecho te presentan con un aspecto muy mejorado, de un modo que nunca serás en realidad”. Me enfadé, pero con el paso del tiempo he visto que tenía razón y ahora soy yo quien me pregunto cada día: ¿qué habría sido de mí sin esas fotografías?».

La profesión es un álbum de cromos. La pose suele ser dispuesta concienzudamente por el periodista o escritor, tentada hasta lograr el eco visual de su voz, el icono en el que vivir, escribir y perseverar. Cuarenta años después, Renata Adler también se mantiene fiel al retrato que le hizo Avedon, pero admite, si le preguntan, que no fue amañado por ella misma, sino que le fue dado; aún más, le fue dado el retrato de una voz que no era la suya. Y se rindió a la potencia de aquel producto del deseo y la imaginación del fotógrafo. Lo que no llega a aclarar, porque nadie le preguntó, es si comenzó a escribir asumiendo o desafiando la profecía del fotógrafo de que en realidad nunca sería así; si, gracias a un esfuerzo titánico o con una involuntariedad que delataría la fuerza tiránica del icono, ha terminado por acoplarse a aquella imagen, como Gertrude Stein terminó pareciéndose al retrato que le hizo Picasso. De haber conseguido la identificación con aquella voz inventada por Avedon, estaría bien saber si alguna vez ha llegado a sentirse como la muñeca de un ventrílocuo.

Estos enojosos problemas en torno a la identidad surgen cuando se desecha la explicación rápida y estúpida comúnmente llamada prejuicio. Cualquiera podría rendirse a esa tentación y atribuir a la coquetería confesa de la entrevistadora su decisión de posar junto a Renata Adler compartiendo una falsa intimidad, haciéndole confidencias ñoñas, como que es incapaz de escribir por la noche, que cuando está bloqueada lee poesía... Pero, claro, sería una conclusión urgente y torpe, porque lo que la movía era más bien ese instinto de exhibicionismo primario que busca rozarse con el prestigio confiando en que sea contagioso. Por ese motivo la entrevistadora se conducía como un caballero, como el perfecto caballero, como El Caballero Audaz.

¡No soy un cromo!





Están los exhibicionistas, duendes, audaces y demás gandías; los poetas de la ausencia, como El detective Roskoff, y, por último, los orgullosos y los snobs. A esta tercera categoría pertenecen todos aquellos que, con más o menos convicción, oponen cierta resistencia a que los conviertan en un cromo. José Nakens tenía al respecto un criterio tan inquebrantable como lo eran su republicanismo y su anticlericalismo. Así lo advertía en un artículo de 1889, recogido más tarde en su libro Trozos de mi vida:

«Ningún periódico de los que se dedican a publicar retratos de personajes (?) ha logrado obtener mi permiso para reproducir mis facciones. Recuerdo que allá por el 83 ú 84 le contesté al director de uno, que había decidido no exponerme hasta que no fuese ministro. ¡Arranque digno de figurar entre los más notables que haya producido el orgullo humano!».

Ministro no iba a serlo ni en la alucinación más desaforada que padeciese la política española, y lo sabía. ¿Fotos suyas? Nunca jamás. El director de El Motín pensaba que exhibirse en la prensa conservadora –la única con posibles para estampar en sus páginas caras y bustos– era algo así como comparecer en la feria de las vanidades vistiendo esmoquin: un entreguismo, una forma indigna de malbaratar la revolución que predicaba. Resultaba imposible doblegar su orgullo. «Nakens estaba preso y no se dejaba retratar por nadie –recordó en 1929 el fotógrafo Alfonso–. Cuantos medios intenté para seguirlo fueron inútiles. Intervino Francos Rodríguez. Intervino también D. Miguel Moya. Todo inútil. Y aquí surge  Morote, que me escribió una carta de presentación para Nakens, quien al leerla rompió a llorar como un niño. ¡Qué cosas no le diría! Yo también creí llorar de agradecimiento, al ver que el inflexible D. José se dejaba retratar convencido por las palabras elocuentísimas y sentidas de Luis Morote». Así que la única forma de ablandar al que pasaba por ser un terrible comecuras era tocando su fibra sensible. Por una vez y sin que sirviese de precedente, el periodista cedió. Casi todas las fotos de Nakens le fueron hurtadas con malas artes o, directamente, a las bravas, por la fuerza represiva del Estado. Hoy sólo lo podemos ver detenido, esposado, cubriendo el Far West de sus ideas con un sombrero muy propio.
 

 De riguroso perfil, en la ficha policial.


Viejo, cansado y digno posando delante de un lienzo arrugado en la Cárcel Modelo.


Es imposible encontrar hoy una foto que falsifique la coherencia insobornable de Nakens. Estaría encantado.


Mariano de Cavia era otro enemigo declarado de los fotógrafos. Sólo había accedido a posar para Campúa en cierta ocasión y toda la profesión lo sabía. Por eso El Caballero Audaz no las llevaba todas consigo aquel día de 1914 que se marchó a entrevistar al periodista, aunque fuese acompañado por quien una vez logró el milagro.

«–¿Crees que conseguiremos hacer algo? –le pregunté a Campúa, que, arrebujado en un rincón de la berlina, con su máquina sobre las rodillas, descorría la vista distraídamente al través de los cristales.
–No sé qué decirte, chico –me contestó desesperanzado–. Es muy raro este sujeto. Yo no he podido hacerle más que una fotografía en mi vida, que por cierto es la única que de él hay; esa del clavel y el cordoncito de los lentes. Ya verás, es un hombre especial; un enemigo sincero de toda exhibición.
Este pesimismo de Campúa me desconcertó».

El pesimismo estaba más que fundado como iba a comprobar la pareja enseguida. «Suplico a ustedes –advirtió [Cavia] muy serio– que prescindan esta tarde del oficio. ¡Nada de fotografías ni demás engorros! ¿Hem?... Dejen ustedes eso para los estafermos que quieran lucirse; yo le detesto». La verdad es que al final, después de mucho gruñir, se sentó en un banco de El Retiro y se dejó. Campúa lo había vuelto a lograr. De hecho se podría decir que había conseguido volver a hacer la misma foto, porque allí estaba el mismo Cavia, idéntico a sí mismo, sólo que añoso.


Pero aquello era una derrota en toda regla para El Caballero Audaz, que no podía sumar a su álbum de fotos, en donde siempre se le veía acompañado de los prestigios de la época, la de Cavia. Este era perro viejo y no se prestó promocionar al caballero que decía ser la encarnación misma del intrépido nuevo periodismo. Ningún recién llegado iba a enseñarle al autor de Azotes y galeras las reglas de la publicidad, que había manejado magistralmente cuando tocaba, por ejemplo, en aquellos lejanos días en que escribía su columna bajo el título Plato del día. No parece que entonces gastase muchos reparos o escrúpulos.


Con su carrera ya hecha, entonces sí, Cavia podía ponerse muy estirado y despotricar contra los estafermos exhibicionistas. Murió en 1920 y las necrológicas fueron ilustradas por la foto que, de alguna manera, él había elegido: la del clavel reventón en la solapa, el cordoncillo de los lentes y el ricito que caracoleaba en la frente. Le encantaba esa imagen cursi y relamida; quizás se equivocaba, porque ella contribuyó a convertir su nombre en un significante vacío que terminaría bautizando el premio periodístico que hace siglos que no premia a ningún periodista y que concede un diario para el que Cavia nunca escribió. Para más inri, cuando Google busca hoy alguna imagen de Cavia, lo que encuentra son los preciosos modelitos que la Reina luce durante la ceremonia de entrega.  

Nakens era un orgulloso y Cavia, un snob. Más para acá, Enric González echó mano de la arrogancia de uno para repetir los melindres del otro cuando en El País le pidieron una fotografía para colocar en la cabecera de su columna «Un asunto marginal»: «No logro entender qué interés puede tener alguien en conocer el aspecto de quien escribe, pero el fenómeno parece imparable. Poco a poco, los periódicos se han llenado de caritas, sonrientes, tímidas, espantadas». ¡Como si la moda fuese cosa de hoy! La verdadera novedad era el reproche: el periodista culpaba a los lectores, voyeurs carentes de imaginación que necesitan de un fetiche para excitarse porque la prosa periodística no les basta. «Cuando se anunció –seguía diciendo– que los artículos de este diario irían acompañados por una imagen del autor, rogué que me eximieran. Lo conseguí, creo, en el primero de esta errática serie marginal. Para el segundo echaron mano de una imagen disponible en Internet».

Podría haberse disculpado como lo hizo Unamuno, cuando el director de una revista le pidió un retrato y aquello desató «un pequeño conflicto en mi conciencia»: «El resultado final de tal conflicto es la decisión de enviarle el retrato, pues el resistirse a que aparezca en público la imagen de nuestro físico arguye, en los tiempos que corren, mayor petulancia que el ceder a ello», escribió en ¡1902! Pero en 2008 Enric González opta por un alambicado ejercicio de exhibicionismo, porque lo que hacía era precisamente llamar la atención sobre la foto a los lectores despistados y, al mismo tiempo, avisaba de que en realidad no había cedido, no se había rendido, que él era un articulista sin pose.


Pero miremos bien la foto supuestamente encontrada al azar de una búsqueda en Internet. La cabeza estaba ligeramente ladeada para obligar a los ojos a mirar por el rabillo a la cámara, en un gesto un poco pícaro o burlón que termina de dibujar la media sonrisa. Era la misma pose que adoptaba en sus textos. La foto era, pues, perfecta y a Enric González le encantaba. 

Foto: Alberto Cuéllar

Cuando fue fichado por El Mundo, procuró repetirla ante el objetivo de Alberto Cuéllar, pero ni el fotógrafo ni el fotografiado consiguieron reproducir aquella despreocupación que afectaba antes. Algo cambió desde el momento en que Enric González comenzó a escribir al dictado del tipo de aquel cromo nuevo. 


En cierta ocasión, preguntado Umbral por si lo primero que leía en el periódico era su columna, dijo, para quien quisiera entender: «No. Es lo primero que miro, para ver la foto». No era una boutade.

https://twitter.com/mario_benito/status/686995234752983043



Poética de la ausencia





«La economía capitalista lo somete todo a la coacción de la exposición». «El exceso de exposición hace de todo una mercancía». «En la sociedad expuesta, cada sujeto es su propio objeto de publicidad. Todo se mide en su valor de exposición». «El valor de exposición constituye el capitalismo consumado y no puede reducirse a la oposición marxista entre valor de uso y de cambio. No es valor de uso porque está sustraído a la esfera del uso, y no es ningún valor de cambio porque en él no se refleja ninguna fuerza de trabajo. Se debe solamente a la producción de atención». Está bien, pero que ahora Byung-Chul Han nos explique cómo en la sociedad de la transparencia la ocultación o la ausencia pueden estar igualmente al servicio de la producción de atención y del lucro mercantil. Porque de eso, de toneladas de letra impresa, de marketing y de dinero, va el asunto de Elena Ferrante.

La revelación de la identidad escondida bajo el seudónimo Elena Ferrante hablaba de dinero: el dinero fue la pista que condujo hasta Anita Raja y los futuros réditos comprometidos por la investigación de Claudio Gatti explicaban la reacción furibunda de los editores italianos. Pero por debajo de la puerta de la caja de caudales asomó, tímida, su patita la «poética de la ausencia» objetando el chismorreo periodístico. ¿Qué alma sensible no se habrá conmovido ante la sutil resistencia que el argumento poético oponía a la burda prosa dineraria? Ninguna, a no ser que recuerde que el primer poeta de la ausencia no escribía versos, ni sagas napolitanas: fue un reportero. Pero antes de hablar de él es necesario hacer un poco historia.

Hacia 1912 el periodismo madrileño, que todavía se cortaba por un patrón decimonónico, fue sacudido por un violento terremoto. Adelardo Fernández Arias, hasta entonces un periodista del montón, comienza a escribir para el Heraldo de Madrid. La primera decisión que toma es cambiarse el nombre, porque el del bautismo se había revelado francamente incapaz de salvarlo de las umbrías galeras donde reman los gacetilleros anónimos. Adelardo se convierte así en El Duende de la Colegiata (no derrochó originalidad: había una larga tradición de duendes periodísticos y la redacción del vespertino estaba en la calle de la Colegiata). Viste el seudónimo con un impermeable, agarra un bastón que tiene por empuñadura una cabeza de perro, se calza unos guantes amarillos y se cala un sombrero de fieltro verde. Acto seguido, se echa a la calle a hacer unos reportajes que causaron sensación. El éxito fue inmediato y descomunal. Lo mismo entrevistaba a la cantante Marthe Regnier que a una aristócrata venida a menos convertida en camarera del Ritz; pasaba un día en los ambientes frecuentados por el hampa y el siguiente en una casa de maternidad y al otro en las covachas en las que vivían unos gitanos. 



Era el suyo un periodismo «vibrante de modernismo», según Emilia Pardo Bazán. El seudónimo, el uniforme y los asuntos sobre los que escribía contribuyeron sin duda a su popularidad, pero todo habría sido insuficiente sin la contribución del fotógrafo Alfonso. Él era el encargado de retratar al Duende en acción: repartiendo caramelos a un grupo de hospicianos, conduciendo unos cabestros por la dehesa, toreando un becerro, departiendo amigablemente con un carterista o con los internos del penal de Figueras, viajando en góndola por las calles de una Sevilla inundada, prestándose para que El Chaval y El Paleto ensayasen en su persona las artes de Monipodio, rodeado de cupletistas en una casa de dormir de los bajos fondos… 


Algunos de los reportajes que causaron mayor expectación fueron los que iban encabezados con la leyenda «El Duende, detective», en los que relataba, por ejemplo, su persecución a unos fugitivos por media España a bordo de un magnífico Flanders, porque siempre iba muy bien motorizado, y en compañía, cómo no, de su inseparable Alfonso, que, además de poner las consabidas fotos, cumplía en aquellos folletines por entregas el imprescindible papel del doctor Watson. 

El Duende de la Colegiata y su inseparable Alfonso

No había reportaje del Duende sin fotografía del Duende. La noticia era el Duende y lo que el Duende hacía y los entuertos que el Duende deshacía. Se hizo célebre enseguida; era reconocido, saludado y felicitado por la calle como nunca antes lo había sido un periodista: «¡Adiós, Duende! ¡Soy lector de usted!», «Leo todas las noches lo que escribe usted. ¡Es muy bonito!». Y hasta Galdós lo recibía en San Quintín con absoluta familiaridad: «¡Hola, Duende! ¿Usted por aquí?».


El Duende de la Colegiata creó escuela. Muchas publicaciones se apresuraron a imitar, con mayor o menor fortuna, aquella fórmula que tanto éxito había alcanzado. Así nació, por ejemplo, El Caballero Audaz. 

José María Carretero, El Caballero Audaz

José María Carretero venía haciendo entrevistas para Mundo gráfico con más pena que gloria hasta que pasó a La Esfera en 1914. Se agenció el seudónimo, un fígaro le cortó aquellas barbas que le daban un aspecto simiesco, un sastre le hizo a medida varios trajes impecables y cogió del ganchete a Campúa para no soltarlo. El fotógrafo tenía la misión de retratarlo junto a los prestigios que se sometían a sus interviús. Como el prestigio es contagioso, aquellas fotos surtieron su efecto: Pablo Iglesias, Santiago Alba, Alejandro Lerroux o Mariano de Cavia lo llamaban «amigo Audaz» y Galdós le escribió el prólogo al primero de la serie infinita de libros en los que reunió sus conversaciones con Luca de Tena, Valle-Inclán, el sultán Muley Haffid y el exsultán Abd-el-Azís, Onofroff el fascinador, Margarita Xirgu, Benavente, Raquel Meller, Belmonte, Ortega Munilla, Tórtola Valencia, Blasco Ibáñez, Antonio Maura, el maharajá de Kapurthala y su esposa, el maestro Bretón, Santiago Rusiñol… 

 
Claro que su estilo no era el arrabalero y sensacionalista del Duende; nuestro caballero, muy acicalado, pero sin estridencias multicolores, con el decoro que exigía una revista formal como La Esfera, no gastaba sus audacias en la calle; se encontraba en su elemento en el despacho, la biblioteca, el gabinete de trabajo de los grandes hombres y en los camerinos de las grandes artistas. Los lectores también se dejaron encandilar por el personaje. Alcanzó tal renombre que el entrevistador merecía ya ser entrevistado. Y en el más soberbio de cuantos ejercicios de redundancia autorreferencial había llevado a cabo, El Caballero Audaz se deja entrevistar por su mismísimo doppelgänger, José María Carretero, en aquel «rinconcito de anarquía artística» que era la forma cursi con la que se refería al despacho de su casa en la calle Velázquez.

Los reporteros descubrieron que era imprescindible someterse a la coacción de la exposición, convertirse en su propio objeto de publicidad, dejarse alumbrar por el fogonazo de magnesio o resignarse al oscuro anonimato. Pero el escenario periodístico estaba saturado de duendes y audaces. ¿Cómo distinguirse entre todos ellos? Es aquí donde aparece nuestro hombre: El detective Roskoff.  El seudónimo quizás era una derivación rusófila del nombre de los relojes proletarios Roskopf. De ser así, se avendría muy bien al periodismo que practicaba: «No siempre han de ser los que ocupan elevados puestos en la política, en las ciencias, en las letras o en las artes, los elegidos para la celebración de interviús. […] Desde luego que, para algunos, una interviú con un albañil, con un carpintero, con un guardia municipal, con una oficiala modista o con la aprendiza de un taller de sombreros, no tendrá el interés de las que celebra mi querido compañero El Caballero Audaz con políticos y cupletistas; pero como en el mundo hay mucha gente y cada cual piensa de modo distinto, no creo que sea petulancia suponer que entre todos los lectores de los periódicos que edita Prensa Gráfica habrá, por lo menos, uno al cual le agradará conocer los impulsos del espíritu de estas clases tan olvidadas y tan desatendidas». La firma del detective aparece por primera vez en 1915 en Mundo gráfico firmando mazacotes de letra apretada. Nadie repara en él. Quiere creer que el problema está en el nom de plume y prueba a escribirlo separado, Ros Koff, o a colocarle un guión, Ros-Koff. Pero no era eso y lo sabía. Finalmente se rinde: necesitaba un fotógrafo. Acompañado casi siempre por Cortés y ocasionalmente por Salazar, sale a hablar con las niñas del asilo de Vallehermoso, la reina de los apaches o el quinqui apodado El Cangrejero. Véanlo.


¿Lo han visto bien? Por supuesto que no. Roskoff siempre posaba de espaldas o en un escorzo que hacía imposible adivinar las facciones de su rostro. Había descubierto, tal vez inventado, la «poética de la ausencia», una estrategia infalible para llamar la atención entre tantos periodistas como proliferaban entregados a un exhibicionismo pornográfico. Y triunfó, quizás no de forma tan arrolladora como El Duende de la Colegiata o El Caballero Audaz, pero triunfó. Su nombre, ya que no su cara, había logrado convertirse en un reclamo comercial y en agosto de 1917 los voceadores de la Puerta del Sol pregonaron la salida de una nueva revista atribuyendo su dirección a El detective Roskoff. Ya lo había hecho antes Adelardo Fernández Arias, quien, visto el tirón popular de sus historias, fundó el semanario El Duende. Pero en este caso no era cierto y Roskoff puso la oportuna denuncia ante la policía por apropiación indebida de su nombre y remitió una nota a los periódicos para dejar bien claro que no tenía nada que ver con aquella publicación. Nunca desveló su identidad, ni siquiera en la querella por usurpación, y jamás tuvo la desvergüenza de hablar de «poética de la ausencia», quizás porque creía que lo suyo era pura periodística. Mientras, los compañeros de profesión se rascaban la cabeza contrariados: ¡Cómo no se me ocurrió a mí antes! Igual que hicieron los escritores más o menos recónditos al tener noticia del pelotazo de Elena Ferrante, aunque sólo los honestos se atrevieron a admitir en público su torpeza mercantil, como John Banville, alias Benjamin Black: «En este momento, me doy cuenta de que quizá haya sido un error haber desvelado mi identidad desde el principio. Tendría que haberme callado y, a lo mejor, ahora, las novelas de Benjamin Black tendrían tanto éxito como las de Elena Ferrante. ¿Quién sabe?».