¿Quién es el público y dónde se le encuentra? (IV)







La prensa había encontrado, por fin, al público; es más: decía saber perfectamente quién era y dónde topárselo. Lástima que no podamos poner nombre y apellidos al redactor anónimo, de agudísima perspicacia sociológica y superlativa inteligencia periodística, que lo explicó en las páginas de la revista Estampa, aprovechando el trivial encargo de poner unas pocas letras al reportaje fotográfico del último domingo de fútbol. El titular del escueto texto era:






Y decía:  

«¿Quién es el público y dónde se le encuentra? –se preguntaba Larra–. En este siglo el público, la gran masa que puede aspirar a ostentar con más títulos la representación de esa cosa abstracta llamado público, lo constituyen, sobre todo, los aficionados del fútbol. En ninguna otra parte se le encentra en tan gran número como en los estadios presenciando las luchas a que da lugar, entre veintidós hombres, la posesión de una vejiga de goma y cuero. Nosotros diríamos que el público de fútbol es el público por antonomasia. En torno a los cuadriláteros del juego balompédico pueden apreciarse, en efecto, todas las tonalidades y todos los matices de la extraña psicología de las multitudes. El público de fútbol es ferozmente apasionado y, al mismo tiempo, incalculablemente tornadizo. Eleva ídolos y se complace luego en derribarlos. De un entusiasmo delirante pasa con facilidad a una desesperación  y a un pesimismo exagerados. El fútbol, que empezó siendo un pasatiempo de señoritos, es ya una pasión de muchedumbres. A los equipos se les dan representaciones y significaciones simbólicas insospechadas. La “afición” la constituyen millares y millares de personas –nunca con más razón empleado el lugar común– pertenecientes a todas las clases sociales. Y cada uno ve, en el equipo de sus simpatías (porque es el de su pueblo, porque es el de su barrio, o sepa Dios por qué) una representación de su propia personalidad. Raramente ecuánime, el público exterioriza su entusiasmo, o su decepción, o su cólera, sin el menor recato». 


¿Quién es el público y dónde se le encuentra? (III)


http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0001665508&page=21

Diagnóstico: sin pulso. ¿Quién lo reanimará? El regenerador que lo regenere buen regenerador será. La cantinela del 98 iba acompañada por la pregunta sobre la responsabilidad del último desastre. Algunos dedos acusadores apuntaron a los periódicos, que, unánimes sin apenas excepción, se habían prestado como altavoces de las bravatas patrioteras de los intendentes y mandantes con nostalgias del imperio. Pocos de los que escribían en los papeles diarios pudieron decir, como Emilia Pardo Bazán, que no era suya esa culpa. Así que la prensa se defendió como mejor pudo, es decir, escurriendo el bulto: ella no había enardecido los espíritus para conducirlos a la guerra; se había limitado a reflejar la opinión de su público. Para cuando los moralistas se cansaron y los furores regeneracionistas amainaron, la idea había prosperado de tal modo que iba camino de convertirse en el tópico llamado a liquidar la concepción ilustrada del periodismo que, durante buena parte del siglo XVIII y todo el XIX, había estado vigente. A su éxito definitivo colaboraron los nuevos periódicos de empresa: hicieron ampulosas declaraciones de independencia de cualquier capilla política, se esforzaron en convencer a sus clientes de que en sus páginas encontrarían el eco imparcial de la opinión y de que no tenían intereses ajenos al servicio que les rendían, proclamaron que sus dueños no eran otros que los lectores, que ellos constituían su fuerza y que a ellos se debían y blablablá. Zalamerías para adular al público.

Los periódicos pudieron explotar a gusto aquel nuevo argumento –la prensa no conforma la opinión pública, es formada por ella– en cuanto se emancipó de los discursos incriminadores noventayochistas. Dejó de sentirse como un baldón, como el recordatorio de una reprobable debilidad. Todo lo contrario: la prensa moderna era la que más vendía (comenzó la guerra: varias cabeceras se reivindicaban, al mismo tiempo, como las de mayor tirada) y la prensa que más vendía era la que conseguía interpretar mejor el estado de la opinión pública. Nada de quejíos larrianos: los periódicos habían encontrado, por fin, al público y este era el pilar sobre el que decía alzarse cualquier nuevo proyecto periodístico. Los más exitosos encontraron una metáfora perfecta de su fortaleza en los robustos cimientos de los palacios que se construían o compraban para albergar sus redacciones y talleres. Así, cuando a finales de 1902, el diario Heraldo de Madrid se trasladó a un edificio principal de la calle de la Colegiata dijo deberlo «al favor del público, cada vez más ostensible y cada día más creciente». El semanario Blanco y Negro, que seguía presumiendo de la fastuosa sede en la calle Serrano que había estrenado en 1899, interpretó en la misma clave la mudanza:

«Lejos están ya, por fortuna, los tiempos en que la Prensa arrastraba una existencia precaria, a merced de protecciones inseguras y del bamboleo constante de los partidos; lejos las épocas en que el periódico, obedeciendo a un criterio doctrinal cerrado, servía exclusivamente a la secta y a los afiliados a ella, y no llegaba a establecer comunicación espiritual asidua, cotidiana, con el público, único dueño y señor a quien sirve hoy la Prensa, cuando quiere vivir robusta e independiente.

»El artículo famoso de Fígaro ¿Quién es el público y dónde se le encuentra? es uno de los pocos de su autor que podrían enterrarse hoy día.

»Ya se sabe, ya se conoce con toda exactitud quién es el público; ya es fácil encontrarle en todas partes, seguirle a donde va, adivinar sus gustos, reconocer sus aficiones y tendencias. Lo que no es tan fácil, lo que aún constituye obra de romanos es dirigirle, formar su gusto, encauzar sus ideas. La prensa de gran circulación no es ya un cuadro pintado con figuras dibujadas a capricho de uno o de varios señores, sino un espejo fiel, claro, que con exactitud y precisión refleja y reproduce el pensar y el sentir de la multitud.

»Existe entre mucha gente el grave error de pensar que los lectores de los grandes diarios no se toman el trabajo de discurrir, sino que al adquirir el periódico preferido compran por los cinco céntimos una cantidad de opiniones y de juicios sobre sucesos e ideas para aprovecharlos después en la conversación. Nada menos cierto. Si así fuera, sería tarea facilísima el escribir un periódico para la muchedumbre. Pero, precisamente, ocurre lo contrario; que el periódico más favorecido por el público es aquel que con mayor agudeza y precisión reproduce lo que éste hace, piensa y quiere. Y como el público es una masa ondulante, amorfa, escurridiza, de escasa consistencia y tarda en pronunciarse en cualquier sentido, de ahí que se requiera habilidad grandísima para eso que llaman pulsar la opinión.

»Conseguir tan difícil triunfo es tarea de entendimientos muy perspicaces, de oídos muy despiertos, de plumas muy avisadas; y uno de los diarios que lo han logrado con mayor acierto y felicidad es nuestro querido colega el Heraldo de Madrid, que gracias al favor constante del público, ha llegado a realizar la aspiración más legítima y satisfactoria de toda persona y de toda empresa ordenada: la de tener casa propia». 

Postdata: Aquella solidez arquitectónica es hoy una ruina. No seré yo quien niegue la urgencia y el placer de dedicarse a la arqueología de las piedras en estos tiempos de pensamiento líquido, periodismo líquido y redacciones líquidas, antes de que todo se vuelva definitivamente gaseoso. Sí, hagamos arqueología, pero sin trampas: el diario Ahora, propiedad de Luis Montiel y dirigido por Manuel Chaves Nogales, tenía a gala ser un periódico popular. Por eso mismo, los Valle-Inclán y compañía se llevaban aristocráticamente la mano a la nariz cuando tenían cerca un ejemplar. Si la administración del plebeyo periódico terminó contratando la pluma de don Ramón, no deberíamos descartar que fue para que cejase en su terca campaña contra el periódico. Por otra parte, quizás convendría explorar las circunspectas posibilidades que caben entre las viejas pamplinas y lisonjas que los periódicos dedicaban a sus lectores -con españolísimos ecos contemporáneos- y las reprimendas que comienzan a estilarse. Porque eso es lo que hace Miguel Ángel Aguilar, reñir preventivamente a los lectores del primer número de Ahora que se han gastado tres euros, por si se les ocurre no volver a aflojar la cartera: «Los lectores dictarán su fallo inapelable sobre si prevalecerá la cultura del todo gratis, que enriquece a los agregadores que canibalizan las aportaciones originales y pauperizan a los medios que se esfuerzan en conseguirlas mientras sitúan a los periodistas como especie a extinguir». ¡Ay, las inquietudes ecológicas de las empresas ordenadas!

¿Quién es el público y dónde se le encuentra? (II)








No tardó mucho El Pobrecito Hablador en reformular, esta vez en un artículo enteramente suyo, la pregunta inaugural sobre el público: «¿No se lee en este país porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee?». El Heraldo de Madrid respondía en 1899: «Hay un verdadero divorcio entre el novelista, el poeta y el público. Este no lee, acaso, porque no se escribe para él». El periódico acusaba a los escritores de cultivar «las letras como sacerdotes de un misterioso rito, viviendo en la admiración de unos centenares de iniciados», de no ser mas que «predicadores de un reducido público ilustrado»:

«Los literatos ejercen escasísima influencia en la opinión española, especialmente los encumbrados y famosos, los que vigilan y guardan el prestigio de su firma como bajo un fanal, temerosos de que el aire de la plazuela y la luz de las alegrías y dolores populares lo manche o lo deshaga. […]

»No censuramos por ello a nuestros literatos. Siguen todo lo rápidamente que pueden el progresivo movimiento de las letras francesas, rusas y escandinavas; pero el hecho de que nuestro pueblo, retrasado, se queda sin literatura, y que, necesitando instintivamente ese elemento educativo, lo busca en las columnas de los periódicos, hallando en la rápida concepción de un artículo, en el espeluznante relato de un crimen, en las sesiones de la Audiencia o el Parlamento, en el telegrama de la guerra, la cantidad de emoción y de ideas nuevas que una literatura, ininteligible para él, no acierta a proporcionarle».

El artículo traía ganas de polémica, así que no se recataba en poner nombres y apellidos a los absentistas. Entre ellos, Emilia Pardo Bazán era el ejemplo de escritora perfectamente ensimismada en «sus propias especulaciones intelectuales», incapaz de interpretar el sentimiento del país después del último desastre nacional, el del 98, según acababa de demostrar en una reciente conferencia dictada en París, donde había sostenido que el patrioterismo bizarro, la épica del conquistador aguerrido y del guerrillero montaraz fueron muertos y enterrados en Cuba. El Heraldo, erigiéndose en legítimo portavoz de la opinión, gritaba su enmienda: la derrota no había arrancado de los corazones al héroe de Cascorro, ¡honor y gloria a él!  

«[Emilia Pardo Bazán] Ha declarado muerta la leyenda dorada de España, forjada con sangre de los audaces capitanes y navegantes de nuestra Edad Media y cristalizada con la guerra de la Independencia; muerta, no a manos de los yanquis, sino por el desengaño propio; por la realidad que nos ha hecho ver cuán inútil es la bravura individual en las guerras modernas.

»A poco que se fije la autora de Morriña […] se convencerá de que la leyenda que ella ha matado en París goza en España de excelente salud, y tan peligroso es aislarse en los límites de la Península, dejando que la leyenda negra, forjada de nosotros por extranjeros escritores, circule y viva, como pretender iniciar a los extraños en nuevas orientaciones de nuestra conciencia, que sólo existen en un centenar de espíritus cultivados precisamente con ideas que nada tienen de españolas».

A más de estar en Babia, ¡afrancesada!, porque la estaban tachando de afrancesada. El insulto, desde los días de Larra, conservaba toda su potencia despectiva (si aún hoy es el salivazo que escupen los ultras y serviles…). No siendo demasiado original como denuesto, tampoco resultaba inocuo, como bien sabía Emilia Pardo Bazán: «No era muletilla inofensiva, sino mortífera, como la quijada de asno de Sansón; generalmente los que la esgrimían con furia proponíanse estorbar algún adelanto, mantener algún error añejo, apuntalar alguna preocupación ruinosa, a cuya sombra medraban». Así que la escritora decidió tomar el baldón como elogio involuntario que le hacían. Lo que la irritó verdaderamente fue escuchar que escribía de espaldas al público. Porque si en algo estaba de acuerdo con el Heraldo de Madrid es que existía un público y que ese público, exiguo o nutrido, el que fuese, se encontraba en los periódicos. Pues bien, en la prensa de mayor circulación ella venía escribiendo de forma intensiva, expresándose a las claras  y… arrostrando las consecuencias. Si Larra había clamado y llorado por la falta de público («Terrible y triste cosa me parece escribir lo que no ha de ser leído»), Emilia Pardo Bazán lo hace por la coerción del público, que, por fin, después de casi un siglo, se hace presente con modales autoritarios. La escritora gallega recordaba, en la réplica que dio al Heraldo en La Ilustración Artística el primero de mayo de 1899, que discrepar de las unanimidades –siempre aplastantes; belicosas, además, en el caso de Cuba– le había enseñado que «escribir para el público era escribir con el público, so pena de muerte»:

«Si positivamente estuviese España en uno de esos momentos críticos en que se delibera para cambiar de conducta; si este enfermizo sopor fuese, allá por dentro, la suprema crisis en que se convierte el espíritu a la luz y se ve lo que antes ocultaba un velo; […] entonces los escritores hallaríamos modo de empezar a decir mucho que callamos, de puro desalentados y de puro escarmentados también. Entonces señalaríamos peligros, indicaríamos reformas, pondríamos el dedo en la llaga quizás. Los escritores somos, en cierto modo, como diz que son los gobernantes, que cada país tiene los que puede tener, y en nuestra patria, escribir para el público es escribir con el público, so pena de muerte.
 
»Uno de los aspectos en que más le convendría a España no haber sido tan castiza, es este de la tolerancia y respeto a la opinión manifestada por escrito, sobre todo cuando no difiere de la preocupación general. Se ha necesitado aquí valor a toda prueba, un género peculiar de valor, para indicar por escrito cosas que la conciencia sentía, que el entendimiento preveía, que el tiempo demostró. No faltaba, por ejemplo, quien entendiese que era necesario, y más que necesario urgentísimo, conceder a Cuba, en paz y en buenas condiciones para nosotros, la independencia; pero ¡ay del que se atreviese a susurrarlo! Aun entre un círculo de amigos, cubría nuestra voz la reprobación unánime, cuando manifestábamos, antes de declararse la guerra, ciertos pareceres. Y sin embargo, era tan fácil hacer de Casandra non unquam credita Teucris…
 
»Se me dirá que el escritor está obligado a clamar hasta en el desierto. En el desierto, bueno; en el desierto nadie nos hará caso, pero nadie nos tirará piedras tampoco. Lo arduo es clamar metido en la fosa de los leones, o en el horno de Babilonia. Y lo sandio es tal vez clamar cuando de nada sirve. Los redentores no se sacrifican estérilmente; aspiran a redimir; si no esperasen fruto, se quedarían en su casa bien callados. ¿Puede España ser redimida aún? ¿Quién tiene fuerzas para conseguirlo?
 
»No seremos seguramente los escritores, puesto que se nos lee bastante menos de lo que desearíamos. Me sugiere esta reflexión el artículo del Heraldo de Madrid que acabo de recibir, que se titula La leyenda muerta y que se refiere a la conferencia que pronuncié en la salle Charras hace tres días. Quéjase el articulista de que no escribo para el público, ni tampoco Galdós, ni otros varios, y por eso no puedo contribuir a remediar los males de la patria. A fe que siento curiosidad de saber, por lo que a mí respecta, si no es para el público para quien estoy escribiendo sin cesar. Que el público lea o no lo que le destino, es otra cosa. Acaso no llegue a enterarse de ello, aunque, relativamente y dado el público que en España existe, yo suponía haber llegado hasta él ¡pero que por mi culpa se quede sin establecer la comunicación!
 
»"Entre vosotros hablo y enseño todos los días", dijo Jesús; y aunque parezca profanación, que en mi propósito no lo es, y la costumbre de citar textos evangélicos lo autoriza, repetiré esa misma frase. No tengo autoridad para enseñar; digo mi parecer, y lo digo allí donde puedan oírlo, en El Imparcial, en El Liberal, en El Español, en La Época, aquí, en diez o doce periódicos donde colaboro –no en libros misteriosos, recónditos y de difícil adquisición y manejo. Y si se trata de las cualidades del estilo, tampoco por ellas ha de quedarse nadie sin entenderme. Soy de una claridad diáfana. El que no me comprende es de los que no ven por tela de cedazo.
 
»Me he quedado, pues, boquiabierta al enterarme de que peco de ininteligible. Todo sea por Dios, y hablemos de Francia».
 
Y la afrancesada, por el gusto de provocar, se puso a hablar de Francia, precisamente sobre el affaire Dreyfus, aquel que bautizó a los Zolas como «intelectuales».


 
Posdata: Los intelectuales de 2015, dice el periódico, «rodeados de silencio y música clásica en sus bibliotecas, formulan sus impresiones desde una palpable lejanía, desde cierto atrincheramiento, digamos, en sus elitistas espacios de paz y pensamiento». Y uno de esos «seres de lejanías» se queja, más o menos por los mismos días, en el «tono híspido y áspero» propio del gremio, de que aquí sigue sin haber público: «Al cabo del tiempo, al cabo de tantos proyectos y sueños de regeneración, uno contempla el panorama social y comprueba que, tras la apariencia y el barniz de la modernidad, seguimos siendo el mismo país ignorante y atrasado de siempre. Queda una gran minoría ilustrada, cómo no, pero se antoja poco logro para las oportunidades históricas que tuvimos y que una vez más desperdiciamos. Diríase que hay una conjura para que estas cosas sean así». Uno y otro, encasquillados, obvian el quid contemporáneo de la cuestión: cómo escribir para el público y contra el público.

Última hora: La leyenda dorada resucita en forma de astracán.

¿Quién es el público y dónde se le encuentra? (I)


http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/btv1b530170680.r


El periodismo es un negocio de zarracatines y chamarileros. El primero, por supuesto, fue Larra. No se molestó en disimularlo, es más, dejó aviso:

«Cuando no se le ocurra a nuestra pobre imaginación nada que nos parezca suficiente o satisfactorio, declaramos francamente que robaremos donde podamos nuestros materiales, publicándolos íntegros o mutilados, porque como pobres habladores hablamos de lo nuestro y lo ajeno, seguros de que al público lo que le importa en lo que se le da impreso no es el nombre del escritor, sino la calidad del escrito, y de que vale más divertir con cosas ajenas que fastidiar con la propias. Concurriremos a las obras de otros como los faltos de ropa a los bailes del carnaval pasado; llevaremos nuestro miserable ingenio, le cambiaremos por el bueno de los demás, y habrá artículos que sean una capa ajena con embozos nuevos. El de hoy será de esta laya. Además, ¿quién nos podrá negar que semejantes artículos nos pertenezcan después de que los hayamos robado?».

Larra había birlado la capa de aquel día a Étienne de Jouy e incluso confesó a la policía en qué calle: en la Chaussée d'Antin. ¿Importa?, se preguntaba el periodista Manuel Chaves Rey, el padre del hoy celebradísimo Chaves Nogales, en su biografía de Larra:

«¿Qué importa que en el artículo […] tuviese por modelo un original francés que Larra no encubre, al llamarle ‘artículo mutilado o refundido’? […] No es serio tomar en cuenta la tacha de plagiario, a quien tenía la alteza de talento de Larra, demostrado una y mil veces, y a quien si tomaba por base un asunto de Courier o de Jouy era para ofrecerlo completamente original, adaptándolo a nuestras costumbres y tipos y más de una vez embelleciéndolo».

El artículo refundido lanzaba una pregunta inédita: «¿Quién es el público y dónde se le encuentra?». La originalidad de Larra radicaba en plantear la cuestión en términos absolutamente contemporáneos. La reformularía, obsesivamente, en distintas ocasiones y de distintas maneras, pero la respuesta, lejos de darse adornada y embellecida, destilaba un desasosegado escepticismo que terminó desembocando en el nihilismo final, el de «El día de difuntos de 1836», el de «Horas de invierno», el del delirio filosófico de la última Nochebuena. La originalidad de Larra fue también el momento elegido para esbozar por primera vez la pregunta, precisamente cuando, después de la experiencia juvenil de El Duende satírico del día, se presenta en la escena periodística madrileña, decidido a conquistarla, como El Pobrecito Hablador. Conocer al público resultaba ineludible y acuciante para quien creía que la «palabra escrita necesita retumbar, y como la piedra lanzada en medio del estanque, quiere llegar repetida de onda en onda hasta el confín de la superficie; necesita irradiarse, como la luz, del centro a la circunferencia». Sólo concebía escribir para ser leído y ser leído, para influir. De no ser así, la escritura se convertía en «un monólogo desesperante y triste» y las palabras se volvían huecas, sin más significado que su propia impotencia.

En cierto modo se podría decir que la obra de Larra no fue más que dar vueltas y más vueltas en torno a aquella pregunta sobre el público, que era el membrete con el que apelaba a sus lectores y al sujeto político que había de sustentar los cambios que predicaba en sus artículos. Los batuecos tampoco han dejado de intentar resolver el problema y en esta serie se anotarán algunas soluciones que se han dado, desde los tiempos de Larra hasta hoy mismo, cuando el marketing político sigue intentando definir quién es el público (¿la gente?, ¿los seres humanos normales?) y los periódicos, intrigadísimos, se preguntan dónde se esconde (¿en Twitter?, ¿en Facebook?).

Una protesta enérgica e incruenta


 


Esta es la reconstrucción, a partir de las crónicas periodísticas, de la película de los acontecimientos que tuvieron lugar el miércoles 2 de diciembre de 1930.

Aquel día, a las once de la mañana, Joaquín Llizo, malagueño, 45 años, casado, sin hijos, pluriempleado (periodista y secretario particular del director de la Compañía Arrendataria de Tabacos) se sienta a escribir una nota dirigida a Félix Lorenzo, su director en El Sol:

«Mi querido director:
Un motivo esencial de delicadeza hacia la profesión me obliga a dimitir mi puesto como redactor de ese periódico.
No es que vaya a realizar nada indigno. Pero sí lo sería el ponerme en contacto con varios periodistas sin decirles que no estoy entre ellos como compañero, porque ampararme en ellos, es decir, en la profesión, equivaldría mi silencio.
Tengo la esperanza de volver junto a usted, junto a ustedes. Mas por lo pronto remito adjunto mi carnet y hasta mis tarjetas. Sólo conservo una en la que tacho la línea que dice: ‘Redactor de El Sol’. […]».

Llizo firma, cierra el sobre y lo dispone todo para que el destinatario reciba su carta exactamente a las cinco y media tarde, la hora a la que tenía previsto consumar su plan. (El servicio de la mensajería de Continental Express de la glorieta de Bilbao no resultó ser muy diligente, más teniendo en cuenta que la calle Larra le quedaba a tiro de piedra: la entrega no se hizo efectiva hasta las 18:15 horas).

¿En qué ocupó el tiempo Joaquín Llizo entre las once de la mañana y las primeras horas de la tarde? Elipsis.

La siguiente escena se produce en uno de los salones de la presidencia del Gobierno. Los reporteros aguardan la llegada de Dámaso Berenguer, que los atenderá, según su costumbre, antes de la celebración del Consejo de Ministros. La presencia de Llizo sorprende a los colegas, porque hace tiempo que ha dejado de hacer información política.

-Hombre, Joaquín, tú por aquí otra vez.
-No vengo como periodista –replicó. No soy periodista ya; he dimitido de El Sol y podéis echarme de aquí si queréis.
-¡Como te vamos a echar, hombre! –respondieron los compañeros. Pero, ¿te ha pasado algo en el periódico?
-Es larga la explicación; de cualquier modo, pronto la tendréis.

Los periodistas se quedan algo intrigados. Continúan charlando por matar el tiempo. Al poco de la llegada del ministro de Gracia y Justicia, señor Montes Jovellar, entre las cinco y cuarto y las cinco y media –los testigos no se ponen de acuerdo–, un ordenanza anuncia al presidente. Entra el general Berenguer, que viene acompañado de su hermano Luis. Se quita los guantes y se dirige a los periodistas para saludarlos, estrechándoles la mano. Todo sucede rapidísimamente. Llizo se adelanta, saca del bolsillo de su gabán gris una pistola –una Browning de repetición automática del calibre 6,35–, y, con manifiesta intención, apunta al techo y dispara. La bala queda incrustada en el ángulo más próximo al lugar donde cuelga el retrato de Eduardo Dato. ¡Lagarto, lagarto!, pensaría Berenguer si le diese tiempo, pero está ocupado en inmovilizar a Llizo. Se ha abalanzado sobre el pistolero, arrinconándole contra un radiador.

-¿Qué ha intentado usted?
-Esto –proclama Llizo– no es sino una protesta incruenta y enérgica contra el régimen social que representa vuecencia.

Y añade gritando, mientras un grupo de agentes lo placan: ¡Ya está! ¡Ya está!

-¿Quién es este hombre? –pregunta el presidente.
-Es un compañero nuestro, redactor de El Sol –responden los periodistas.
-No soy redactor de El Sol –corrige el aludido–, porque antes de venir aquí he presentado la dimisión.

Llizo, que todavía tiene en su poder la pistola, la entrega en cuanto le es requerida. Al ser examinada, se comprueba que no tenía más balas y que el casquillo de la disparada todavía estaba en el cañón. Aquello corroboraba la impresión de los presentes de que si hubiese querido atentar contra Berenguer, a esas horas ya sería hombre muerto. Pero está vivo y preocupado por la versión que los periodistas darán del suceso:

-No deben darle ustedes proporciones alarmantes a lo sucedido. No es un atentado [frase que subrayó marcadamente]. Se trata, sin duda alguna, de la obra de un loco, de un desdichado, de un perturbado. Yo les suplico que no le den importancia, porque en realidad no la tiene. Yo incluso creí que se trataba de una pistola de juguete.




El presidente posa para los fotógrafos antes de retirarse y Llizo es detenido. Inmediatamente presta declaración ante el comisario jefe de la Brigada Social, señor Chamorro. Después de serenarse, niega pertenecer a ningún grupo político; sostiene que no ha querido dar a su protesta una forma cruenta, que no se le ocurrió cambiar la pistola por una bolsa de confeti y que para matar no hubiese tenido más que alargar la mano a la altura del pecho, pero que no era ese su propósito, porque esto repugna a sus sentimientos de humanidad y porque había entrado en el salón de la Presidencia del Consejo en calidad de periodista y no quería manchar de ningún modo la profesión. Llizo insiste y ruega que no le quiten un papel escrito que lleva en el bolsillo que confirma que su única intención era dar la mayor publicidad posible a su categórica protesta contra “el capitalismo delincuente” y el actual régimen político.  

La declaración finaliza unos minutos antes de la siete de la tarde. Mientras, Félix Lorenzo intenta convencer a las autoridades de que Llizo ha perdido el juicio, que precisamente por eso lo habían relegado como reportero de calle (era cierto que últimamente ejercía como redactor de mesa, pero por la sencilla razón de que sabía inglés y era de los pocos que podían traducir los despachos). El doctor Gregorio Marañón se presta a corroborar el diagnóstico y declara que estaba buscando, desde hace tiempo, la ocasión para recomendar a su familia que lo internasen en un manicomio. No coló y Joaquín Llizo ingresa en la Cárcel Modelo, de donde sólo salió cuatro meses después, con la amnistía para presos políticos del 14 de abril de 1931. El día 17 El Sol anunciaba que el periodista volvía a formar parte de la plantilla del diario.

Fundido a negro. Un año después. Joaquín Llizo se encuentra con un colega del Heraldo de Madrid, quien le pregunta cómo le van las cosas. Le cuenta que está preparando un libro:

-La idea surgió en la cárcel, cuando estaba yo como detenido político por el Gobierno Berenguer. Se me ocurrió celebrar una interviú diaria de dos horas con un famoso ladrón. Me concedieron el permiso. Así catorce días.
-¿De modo que es una interviú de veintiocho horas?
-Exactamente. Y el libro no está terminado aún, porque, reintegrado al trabajo diario, ya saben ustedes cómo es de absorbente.

Sí, tan absorbente que nunca lo terminó. Una lástima. Iba a ser un “relato novelesco” construido a partir de aquellas entrevistas carcelarias. Ya tenía el título, magnífico: Mario Neblar, ladrón de pulsera y tango. Se podría haber adelantado a Truman Capote más de treinta años.

 

François Maspero, José Martínez y Ruedo ibérico



Ocupados los papeles periódicos de ayer por otras necrológicas, la de François Maspero se vio relegada a los digitales. Reprodujeron el teletipo de EFE, escueto incluso al referirse a la relación del editor con España. La nota olvidaba siquiera mencionar, como lo hizo Le Monde, su amistad con José Martínez Guerricabeitia, director de Éditions Ruedo ibérico. Aquella quijotesca empresa fue posible gracias al empeño personal de Martínez y a las voluntades que logró movilizar, entre ellas, la de Maspero. Él fue el distribuidor de los libros de la editorial en Francia. En su librería del 40 de la rue Saint-Séverin, en La Joie de Lire, tenía a la venta el fondo entero de Ruedo ibérico. El mismo local acogió algunos de los actos organizados por la editorial exiliada, como la presentación, en junio de 1965, de la obra Campo francés, de Max Aub. François Maspero cedió a Martínez el derecho de edición en español de libros como Le pillage du Tiers Monde, de Pierre Jalée. Muchos de los apuros económicos que José Martínez y Ruedo ibérico enfrentaron a lo largo de los años fueron salvados gracias a la ayuda del editor francés, quien facilitó, en enero de 1969, unas nuevas oficinas para el sello y unos almacenes en Colombes para su stock de libros, después de que la editorial fuese desahuciada de su sede en la rue Aubriot. Además, Maspero se prestó a figurar como «directeur gérant» de Cuadernos de Ruedo ibérico, para cumplir la legislación que impedía a un extranjero asumir tal cargo. Cuando Luciano Rincón, uno de los colaboradores de Ruedo ibérico, fue detenido en 1971 por las autoridades franquistas acusado de propaganda ilegal y actividades de carácter subversivo y procesado por un delito de injurias al jefe del Estado general Francisco Franco, Maspero se comprometió activamente en la defensa del escritor. Uno de los últimos trabajos de José Martínez fue la traducción al español de la novela Le sourire du chat: «Las quasi-memorias de François Maspero, que fue mi colega, mi amigo y mi vecino en París. Era un editor de izquierda que se arruinó como yo. Pero él verdaderamente arruinado porque era rico. Hago esta traducción para un editor español que ha halagado mi vanidad diciéndome que Maspero y yo somos sus maestros: seguro que se arruina». La sonrisa del gato fue publicado en enero de 1987 por Anagrama, Jorge Herralde no se arruinó y en el año 2000 pudo editar José Martínez: la epopeya de Ruedo ibérico, de Albert Forment, magnífica monografía de donde están tomados los datos traídos aquí y que atestiguan la estrecha relación entre dos editores que lucharon por ampliar nuestro horizonte utópico.

Las gatas republicanas







Hubo quien, con la rapidez de reflejos de un micifú, intentó ganar unos cuartos con el entusiasmo del 14 de abril. Apenas mes y medio más tarde, el 2 de junio de 1931, el Teatro Maravillas estrenaba la revista Las gatas republicanas, con libreto de José de Lucio y Antonio Paso Díaz, y música de Cayo Vela, Joaquín Belda y Juan Tellería. Era, dijo un crítico, “una revistita con los mismos aliños que las demás: personajes de sainete que se esfuman para dar paso a las lindas tiples y a las no menos lindas chicas de conjunto”. Estas, en uno de los números, encarnaban a los periódicos madrileños que habían sufrido la censura durante los últimos años de la monarquía: con la gorra calada de Pichi, castizas y chulas a más no poder; con la escoba bien trincada, dispuestas a barrer del Portillo a la Arganzuela las últimas pelusas borbónicas. Fue un exitazo de público. Pero la prensa, y más la prensa republicana que salía al escenario, no encontraba chiste ni gracia a la cosa. La Voz protestaba: «¡Señores, no se puede tomar la República, que tantos sudores cuesta, en chacota tan desmañada y torpe!».