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El simpático canotier




Se marchó a Madrid a principios de 1914. Podría parecer que su carrera en la capital arrancaba con buenos augurios. En cuanto llega, Wenceslao Fernández Flórez es reclamado para incorporarse a la redacción que fundó El Parlamentario, pero pasado poco tiempo no quería ni que le mentasen aquel antro y era oír el nombre del director, Luis Antón del Olmet, y poco menos que soltar el alarido ¡Vade retro, Satanás! mientras se persignaba tres veces. Deja el periódico y atiende las colaboraciones que le van saliendo aquí o allí, nada en firme, hasta que consigue colocarse como director de La Ilustración Española y Americana, una revista de mucha prosapia, pocos lectores y ningún futuro. El tiempo corre que vuela y así pasan dos años. En 1916 estaba claro que Madrid no se dejaba impresionar por el sombrero de ala ancha y que no se iba a rendir así como así al periodista provinciano, que, no obstante, tenía serias pretensiones, por ejemplo, veranear en un destino de postín como San Sebastián: «Y, naturalmente, “para ayuda de un viajecillo”, pensé en enviar crónicas desde allí; se las ofrecí a El Liberal; aceptaron».

Madrid en verano decía ser Baden-Baden, pero nadie se engañaba: «De San Sebastián a Santander –escribió Corpus Barga– se extendía el veraneo de primera». Las dos ciudades gozaban del prestigio petulante que les proporcionaba el hecho de ser las elegidas por la familia real para pasar los meses de estío. La prensa de la época acostumbraba a enviar a ellas a algún periodista, como los que hoy desembarcan con los calores propios de la estación en Palma de Mallorca, Marbella o Sotogrande. La misión era, según la describió Fernández Flórez, «escribir a propósito de un tema tan inconsútil como el veraneo», «patinar sobre las frívolas ocurrencias estivales»: «Se escribía acerca de la playa, de las puestas de sol, de las tertulias políticas… Era un rosario de bagatelas incesantemente pasado y repasado por todas las plumas». Aquella corresponsalía estival en San Sebastián era un caramelo envenenado. Obligaba a acatar un repertorio bien definido de convenciones temáticas y estilísticas; no parecía ofrecer, desde luego, demasiadas posibilidades a un periodista que tenía la ambición de destacarse.

Años después, Wenceslao recordó el brete: «Al llegar a San Sebastián me encuentro con que no me habían esperado a mí para descubrir el Cantábrico; todo estaba dicho ya. ¿Qué hacer? ¿Repetir lo que otros tantas veces dijeron antes que yo? Esta perspectiva me era desagradable». Tenía que encontrar una solución: «En aquel tiempo yo participaba del desdén español para la sonrisa y escribía con una cierta ampulosidad y una preocupación formal de que ya en mi adolescencia me había contagiado el “modernismo” en moda. Pero en presencia del trivial fenómeno del veraneo, vi cuánto había de ridículo en aquella competencia lírica de los cronistas frente a temas tan superficiales, y opté por aplicar a estos una expresión sin solemnidad, más divertida y punzante, caricatural, que yo reservaba para la conversación o para las epístolas, por juzgarla exenta de solemnidad literaria. Fueron aquellas crónicas las que me abrieron bruscamente el camino y las que me enseñaron el mío». No exageraba: los textos que envió durante el mes de agosto de 1916 a El Liberal tuvieron un éxito sensacional. Se lo confirmará la lluvia de propuestas laborales que recibe inmediatamente, entre todas, brilla la de Torcuato Luca de Tena que le ofrece ni más ni menos que sustituir a Azorín como cronista parlamentario de ABC. ¡Lo ha conseguido!

A Fernández Flórez le gustaba mucho contar este cuento, que venía a ser como el segundo capítulo del mito de su nacimiento periodístico. En ninguna de sus versiones, se refiere al sombrero de ala ancha. No es extraño, porque ya había renunciado a él sustituyéndolo por un canotier. Calló esa concesión o quizás no. Quizás hablaba del simpático canotier con el que tuvo que cubrirse el periodista ameno y ligero para no desentonar en San Sebastián, cuando dijo: «Me resigné entonces a “echarlo a broma” y a describir el verano de un modo humorístico, claro está que sufriendo amargamente por tener que rebajarme así». Al verano siguiente, cuando regresó a San Sebastián ya como redactor de ABC, se fotografió con el canotier. La imagen ilustró una de sus crónicas. Aquí se puede ver mejor: la verdad, si estaba sufriendo amargamente por la humillación del sombrerito, no se le nota nada. 

Corpus Barga en Venecia


http://www.getty.edu/art/collection/objects/134569/fedele-azari-piazza-san-marco-venice-italy-italian-1914-1929/




«Para mí, los futuristas son los impresionistas urbanos».
Marcel Duchamp


¿Francia? Que no le preguntasen a Camba. Si él decía Francia, en realidad, estaba pensando en París y París era un rumor, el rumor de la gran ciudad, el divino rumor que intentaba grabar en sus artículos: «Yo sólo sé que en París no tengo que preocuparme de ver ni de leer. Me limito a oír. Me dejo arrullar por el rumor de París y me encuentro al poco rato saturado de parisianismo. Con el solo rumor de París me basta y me sobra para escribir mis crónicas». ¿Francia? Que no le preguntasen tampoco a Corpus Barga: «Las naciones pasan y las ciudades quedan. París es más antiguo que Francia, y cuando Francia desaparezca, París seguirá siendo París, seguirá teniendo el rostro inteligente, el corazón sensible, la pantorrilla redonda, el Sena hondo y las nubes bajas». Él era «un hombre de ciudad», «el Caín del hombre del campo que en mí pueda haber». Y esta querencia se fundaba tanto en la intuición de que el periodismo es urbano y local o será otra cosa, como en la seguridad de que la ciudad estaba llamada a convertirse en el baluarte donde resistir los chillidos histéricos del nacionalismo: «La ciudad es como el rostro del país, la expresión más inteligente; la nación es el cuerpo con todos sus instintos». El atronador embate fue ganando decibelios y mermando aquella vieja confianza. Corpus Barga comenzó a temer la capitulación y en 1927 decía: «La potencia del Estado moderno, del Estado nacional, supera a todo; sin embargo, la ciudad defiende aún su soberanía, se defiende contra la nación. Todo un aspecto del conflicto europeo no es más que esta lucha social entre las ciudades y las naciones,  esta superación de las ciudades por las naciones. […] La gran ciudad, la capital, es, cada vez más, la ciudad a quien se le ha subido la nación a la cabeza; y el sentido de la ciudad lo defienden las ciudades más pequeñas, más independientes del Estado de la nación, con más razones propias de existir». El urbanita confeso y alarmado, que escribió sobre París, Roma, Milán y Florencia, Amsterdam y Utrecht, Viena, Budapest, Bucarest y hasta Sebastopol, sentía una especial debilidad por Venecia. Y fue esta, como ninguna otra, la que le permitió explicar su escritura.

Venecia era, por supuesto, la historia de la ciudad que había defendido su soberanía durante más tiempo que ninguna otra, pero Corpus Barga no se entrega al mito político que convierte a Ludovico Manin, desprendiéndose del corno ducal y la cuffietta, en el protagonista del final de la Serenísima: «A Venecia la mató Vasco de Gama cuando dobló la punta de África y abrió para Lisboa el comercio directo con las Indias». Venecia era también el cuento romántico que interpretaron George Sand y Alfred Musset, del que Corpus Barga se carcajeaba: «Fue un sainete o una farsa de la comedia italiana en la que no faltó el doctor Pantaléon, solamente que joven y guapo, en la persona del médico Pietro Pagello, o, dicho en castellano, Pedro Sonda, el cual, mientras curaba a Musset delirante, enamoró sin querer, tranquilamente, a Jorge Sand». Venecia era también su carnaval, pero no tanto el de las leyendas de excesos y libertinajes como el del «violín desesperado tan virtuosamente por Paganini». Corpus Barga sólo se rindió al único mito veneciano que no es un mito: el de su absoluta singularidad. Francesco Sansovino escribió en 1581 Venetia, città nobilissima et singolare; Corpus Barga, casi cuatro siglos después, se confesó fascinado por la ciudad única que contiene todas las ciudades posibles e impensadas, por la Venecia imprevista que «posee el secreto encanto de todas las Venecias posibles». Y a aquel escenario de «cosas extraordinariamente admirables» quiere marcharse volando en cuanto le llega la noticia de acqua alta: «Pues a estas horas, según comunica el telégrafo, puede presenciarse también en Venecia otro espectáculo extraordinario: la plaza de San Marcos se ha inundado y se atraviesa en góndola. En la ciudad de los canales no había una plaza acuática. Ahora la hay. ¿Sale algún hidroavión para Venecia? Que nos den billete. Las gloriosas palomas de la plaza, ante el grave problema de no poder posarse en ella, estarán convirtiéndose en cisnes».

http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0003323583&page=41


La laguna véneta reclamando para sí la plaza de San Marcos habría ofrecido la excusa perfecta a Maurice Barrès y su ralea para mecer en una góndola sus tétricas elucubraciones sobre la muerte de la ciudad. Sin embargo, Corpus Barga pide billete para un hidroavión, se diría que un hidroavión futurista si no fuese malinterpretado. Él podía estar de acuerdo con los futuristas en que a Venecia le sobraba toda «toda la literatura enfermiza y el enorme ensueño nostálgico con que las envolvieron los poetas» y, tal vez, aceptar la invitación a reírse comparando tales efusiones líricas «a boñigas colosales que los mamuts dejaron caer aquí y allí al vadear las lagunas prehistóricas»; desde luego, estaba dispuesto a «redimir a Venecia de su venal claro de luna de hotel de viajeros» y de alguna manera lo hizo al recordar que la verdadera luna de Venecia, la que alumbraba los esponsales de los dogos con el Adriático, era la media luna turca. Y, sin embargo, jamás se agacharía a recoger las octavillas del manifiesto Contro Venezia passatista que lanzaron los futuristas desde la Torre del Reloj en San Marcos, si se atiende a un artículo suyo de 1919: «Hay un futurismo en política, como lo hay en pintura, en música, etc., y así como el futurismo artístico es avanzado, porque el arte es más bien reaccionario, en política el futurismo es reaccionario porque la política va hacia adelante, mientras que el futurismo marcha siempre a contrapelo y realiza la fórmula que sintetiza la siguiente frase: “Ideas viejas y cosas nuevas”, que es verdaderamente la fórmula reaccionaria». El propio Marinetti le dio la razón en 1925: el fascismo «es el futurismo político». Corpus Barga abominaba de la apelación futurista a construir «la grandiosa y robusta Venecia industrial y militar que debe concluir con la insolencia austríaca» y, de ninguna manera, aceptaba su impugnación de Venecia.






Corpus Barga no impugna Venecia, la ciudad que amó como ninguna otra la mitología y creó la suya propia. Lo que hizo el escritor fue crear el mito para una Venecia posible e improbable, el de la fantástica y poética metamorfosis de las palomas convertidas en cisnes en la plaza acuática de San Marcos contempladas desde el vuelo del hidroavión. Sólo en Venecia podía Corpus Barga acertar a definirse de forma tan exacta: el más puro clasicismo combinado con el futurismo del hidroavión. No consiguió billete y él, aeronauta en la más auténtica y progresista vanguardia, muy por delante de Fédèle Azari, no pudo redibujar la Veduta a volo d’uccello de Jacopo de’ Barbari. Algo más que una aeropintura poética y periodística perdió Venecia en 1934: aquel mismo año Mussolini y Hitler se entrevistaron personalmente por primera vez y eligieron para hacerlo la ciudad del león alado, gustosamente humillado para la ocasión.




Periodistas en el Palace (II)




El afán contable es uno de los instintos primarios del periodismo. Encomendada la misión de dar publicidad a la regia magnificencia del hotel, el periodista, obediente al resorte irracional, echa mano de las cifras: 15.000.000 de pesetas han costado las obras de un establecimiento que posee 800 habitaciones con salón de baño, toilette y teléfono, un bar con 60 billares y, en las bodegas, vinos por valor de 1.200.000 francos. El puntilloso libro de cuentas incluirá en el debe los cuatro árboles talados para facilitar la llegaba de los autos de los clientes hasta la misma entrada del hotel. Solo en raras ocasiones el periodismo se libera del instinto y se entrega a la intuición. Lástima que el periodismo, la ciudad y el hotel no se hayan consagrado a la tarea de cumplir la intuición poética y futurista que Corpus Barga recogió en el artículo “Madrid, cinematográfico”:


“Cuando se presentaba a los príncipes las ciudades en la palma de la mano, los pintores pintaban ciudades lineales, cerradas, quietas, con sus murallas, acaso subrayadas por el supuesto movimiento de un río. Después la pintura, como los príncipes de leyenda, ha ido entrando en la realidad, en la conquista de la ciudad y del paisaje. El paisaje ciudadano ha llegado a ser un motivo pictórico. Costumbrista. Realista. Dramático. Social. Impresionista. Cubista. Ahora el paisaje ciudadano lo vemos desde el punto de vista cinematográfico.

En Madrid, desde la plaza de la Independencia, calle de Alcalá abajo, cuando se empiezan a encender las luces. La otra rampa de la calle Alcalá, que sube desde la Cibeles, brilla todavía trémula con sus diferentes fuegos: unos, fijos e intermitentes; otros, continuos y vagos. El parque de Buenavista es una sombra, y detrás se levanta un palacio de estrellas: la Telefónica. ¿Qué ciudad es Madrid? ¿Una ciudad al borde del mar, en lo alto de una montaña?

Es una ciudad para que llegue en  avión a la terraza del Palace Greta Garbo con una misión secreta y para que se pare ante un escaparate Charlie Chaplin”.

Luz. Diario de la República
28 de enero de 1932

Fotografía: Collage publicado por la revista La Esfera (18 de diciembre de 1920).

El libro que leería durante la película que no puedo perderme


Un resabio religioso ha inculcado en nosotros la nostalgia del jardín del edén; una querencia romántica nos induce a concebir quimeras bucólicas. Incluso jactándonos de haber sido vacunados contra esos vicios del pensamiento, a veces, nuestra conciencia de anarquistas insumisos y ateos de nervuda sentimentalidad flaquea y la ocasión propicia el asalto de tentadores sueños de armonía que dibujan la utopía de un Walden. Pero no hay que olvidar que Thoreau, en su complacido y orgulloso retiro, enfrentó serias dificultades para disfrazar a su campestre conveniencia el silbido del ferrocarril que penetraba en los bosques y la estela de nubes de vapor que su paso dejaba; porque la verdad: resulta muy poco convincente su denuncia de la intromisión de los caballos de hierro, portadores de la seducción del viaje y de la ciudad. La añoranza de un idílico paraíso quedó sin coartada, si no antes, después de Baudelaire y de Walter Benjamin. Ellos vinieron a colocarnos ante la evidencia de que somos urbanitas irredentos, que nuestro verdadero deseo es embriagarnos de la enorme ramera de encanto infernal, que transitamos los pasajes de la ciudad buscándonos.

Sin miedo a pasar por blasfemo, Corpus Barga predicó que el mayor prodigio de la escenografía universal no es obra divina. Junto a él, postrémonos con reverente devoción ante el resultado de un octavo día de la creación, el del génesis de la ciudad, “un día sin fecha que fue para el tiempo lo que es la cuarta dimensión para el espacio”. En efecto, el paraíso nos es un concepto inconcebible, una abstracción incomprensible. En el paraíso no hay arquitectura, no hay tiempo y no hay posibilidad de relato. Todo se originó con el Big Bang de la invención cainita. Intramuros de Enoc, comenzó a contar el tiempo y comenzamos a contarnos relatos. Y las crónicas y las narraciones se hicieron arquitectura, adquirieron la solidez de las murallas y los edificios. En ellas habitamos, como leemos en Las ciudades invisibles de Italo Calvino y como vemos en The Fall. El sueño de Alexandria de Tarsem Singh.

Plumas y pullas (CVIII)




“Había en El Sol una sala reservada para que se reunieran por las tardes Urgoiti y los otros miembros escogidos del Consejo de Administración, el director y los redactores o colaboradores más importantes. Los periodistas de mesa, los verdaderos periodistas, despechados porque no tenían acceso a ella, le llamaban despectivamente el Olimpo. Durante la dictadura de Primo de Rivera se armaron en el Olimpo grandes discusiones entre Marte, que era Maeztu, Araquistain, que era Vulcano, y otras no menos importantes minervas. […] si en el Olimpo de Júpiter los dioses solían andar a la gresca, qué no se hubiera dicho si del Olimpo de El sol salen dos intelectuales desafiados como de una taberna”.

Corpus Barga
Los pasos contados. IV.
Los galgos verdugos



“[Robert Rutherford McCormick, editor del Chicago Tribune] Había convertido su periódico en una especie de feudo fuera de las leyes comunes: por ejemplo, había impuesto su propio barbero a todos los redactores y si uno de estos osaba casarse con una chica que no le gustaba, lo despedía. Simpatizó conmigo […]. Cuando me despedí de él, para darme a entender que le había caído bien me dijo: ‘Procure que me informen de su muerte, cuando se produzca. Publicaré la noticia en el Tribune con un comentario favorable’. Tenía por lo menos treinta años más que yo”.

Indro Montanelli
Memorias de un periodista.
Testimonio recogido por Tiziana Abate


“Un director de periódico -me contó una vez un veterano periodista estadounidense- es a veces como un chef que llega a última hora a la cocina de su restaurante, se sube a una silla frente a los fogones, se baja la cremallera de los pantalones y se mea en la olla de la sopa, en la que llevan trabajando todo el día sus ayudantes, al grito de ‘la estoy mejorando’”.



 “La tentación asamblearia, tan frecuente en la España posfranquista de entonces, también estuvo presente entre los que discutían el Estatuto, que consideraban que El País podía dirigirse por plebiscito; Engels le sirvió a Cebrián para argumentar contra esa tentación. El director había leído la correspondencia privada del compañero de Marx. Le decía Engels a un amigo: ‘Me preguntas cómo se comportaba Karl Marx como director de periódico y yo te quiero aclarar que se comportaba de la única manera posible cuando se dirige un periódico que tiene la vocación de mantener una línea editorial coherente y además ha de estar todos los días a una hora temprana en los puntos de venta: ejerciendo la dictadura total del director”.

Juan Cruz
Una memoria de El País


“Ser director de periódico no es lo mismo que ser periodista, en absoluto. A menudo es incluso peor”.



Fotografía de Buffalo Bill. Los directores de periódicos vienen a ser algo así como soldados, cazadores de búfalos y showmen en el Wild West.

Plumas y pullas (LXXVI)



“El periodismo es esa vieja profesión que ha logrado la supervivencia de muchos escritores y que ha destruido a otros tantos. Casi todos han dicho que el periodismo era un infierno, pero en realidad resulta ser un infierno con varias de las tentaciones de un paraíso”.

Valentí Puig


“El literato aquí, por mucho que trabaje, tiene que cubrir sus gastos de primero de mes con el sueldo periodístico y después sufragar cada semana con los artículos de las revistas acogedoras y salvadoras”.

Ramón Gómez de la Serna


"Para mí, el periodismo es un género soberano. Uno de las grandes cosas que pueden hacerse en la vida es escribir en periódicos: artículos, crónicas, reportajes, entrevistas… lo que sea. Muchos escritores desdeñan hacer literatura en periódicos, o la hacen de manera mercenaria, para ganar dinero; en mi caso, la escritura en periódicos ha estado siempre vinculada al resto de mi trabajo, de mi propósito de ser escritor, incluso antes de empezar a publicar”.

 

“Todos prestan o alquilan sus plumas jornaleras a esos monstruos que van cada mañana y cada noche gritando por las calles. […] Mientras el libro concede cada día menos la posibilidad de una flaca ganancia, el periódico paga, si no precisamente estipendios fastuosos, por lo menos cantidades decorosas y al contado. Otorga también al contado el éxito. […] Todos los escritores españoles, con sus cuartillas bajo el brazo, tienen que desfilar ante las mesas directivas de los diarios […]. Desde Ortega y Gasset al último pelafustán”. 

José María Salaverría


"Mire, señor mío, aunque yo y mis hijos no comamos de lo que la pluma me produce, cenamos de ello".

Miguel de Unamuno


“Las formas de aristocratismo ‘aparte’ han sido siempre estériles en esta península. Quien quiera crear algo […] tiene que ser aristócrata en la plazuela. He aquí por qué, dócil a la circunstancia, he hecho que mi obra brote en la plazuela intelectual que es el periódico”.

José Ortega y Gasset

 
“Quien se entrega al periodismo, pierde en él su talento y coge sin sazonar el trigo de su gloria, si realmente era apto para recoger cosecha tan noble”.

Jules Barbey d'Aurevilly


“Pérez de Ayala escatima sus novelas. Hacía ocho años que no publicaba ninguna. Ese periodismo, ese periodismo literario. ¡Por qué ha de absorber a los que sirven para cosas mejores!”.

Manuel Azaña


“Usted tiene frescura escribiendo y rasgos originales. ¡Como que es una lástima que no escriba otra cosa además de periodismo!”.

Azorín,
dirigiéndose a Corpus Barga


“El periodismo avillana el estilo”.

Ramón del Valle-Inclán


“No le exagero si le digo que me dejaría cortar las dos piernas si pudiese disponer de dos horas más de atención concentrada al día. Los periódicos me están comiendo vivo, literalmente”.

Ramiro de Maeztu


“Los mismos que lo denostaban no desdeñaron, llegada la ocasión, colaborar en la prensa”.

Clemente Cimorra


Plumas y pullas (LIV)


 

"Y el olor de las pilas de periódicos [...], ese olor era ahora muy perceptible, un olor a moho que se notaba especialmente los días de lluvia o humedad".

E. L. Doctorow


"¡Y pensar, amigo mío periodista, que estos nuestros escritos volátiles irán, como las hojas secas en otoño, a pudrirse, olvidados en el suelo del bosque! […] Mas no se acongoje. Hoy los grandes escritores tienen que hacerse periodistas. Ante todo por una razón económica que no he de encarecerle. […] Este ejercicio, a mi modo, del periodismo –o ensayismo periódico– podrá haberme desviado de otra actividad, pero ¡me ha emancipado de tantas cosas...! […] ¡Libertan tanto ciertas servidumbres…!! […] Hagamos pues periodismo, pero con toda el alma”.

 

 “Al periódico se le moteja de superficial, en cuanto a la serena meditación de los hechos, por esa vigencia de un día o de unas horas; ese vivir efímero como el de ciertos insectos que mueren apenas ven la luz; pero en la trepidante vida de sus ediciones –centellas que se extinguen– está su condición de instantáneas que recoge una cámara maravillosa en el punto mismo en que la actualidad se deja sorprender”.

Clemente Cimorra



“El periodista es una máquina fotográfica; una instantánea frente al dibujo a lápiz o al óleo minucioso del literato.
Yo amo al periodismo porque es ligero y efímero como el mes de mayo, porque escribe en hojas que se marchitan y se lleva el aire, porque tiene un perfume de oportunidad que se evapora en una hora, porque de martes a miércoles una crónica pierde fragancia o se puede morir y, en cambio, encajada en su día exacto (como en un tiesto) se refresca con ese rocío que no conocieron los escritores antiguos y que se llama actualidad”.




“El 'artículo' en España es un género literario que los historiadores de la literatura se niegan a reconocer (hasta que se publica en libro), no sé si con razón o sin ella [...]. Los mismos articulistas han hecho un melancólico lugar común de pensar que sus artículos pasan, como las hojas, mientras los libros permanecen, como los árboles (como los árboles que no se convierten en libros). Basta visitar la hemeroteca y una librería de viejo para comprobar lo falso de tal manera de ver. Un periódico (de alguna importancia) se conserva. La colección secular de un gran diario es un monumento. En cambio, la mayoría de los libros se piere o va a parar a la fosa común de las librerías de lance; no es recogida por las bibliotecas, salvo en algún depósito oficial, sobre todo los de literatura supuesta de imaginación y los libros de ésta que se recogen no son más leídos o consultados que las colecciones de los periódicos".
 
Corpus Barga
Los pasos contados. I.
Mi familia. El mundo de mi infancia


“La superstición de las páginas encuadernadas […]. El periódico es efímero –se dice– mientras que el libro permanece. Los articulistas han insistido melancólicamente en ese tópico. No estoy yo muy convencida de que las hojas sueltas de los periódicos, que simbolizan lo efímero casi tanto como la rosa, lo sean mucho más que las cosidas y encuadernadas de los libros que, en su mayoría, son también, parafraseando a los poetas barrocos, pompa y alegría de un solo momento para dormir luego en la noche fría del olvido. Los escritores solían, y suelen, recoger posteriormente sus colaboraciones periodísticas en libros, seguramente para sacarles un rendimiento económico suplementario, pero también creyendo que así desafían mejor al olvido. Vana ilusión. He comprobado que, excepto en el caso de los muy famosos, es frecuentemente más fácil localizar sus artículos en las hemerotecas que sus libros en las bibliotecas”.

Mª Cruz Seoane
“La literatura en la Hemeroteca”

Plumas y pullas (XVI)



“Un periódico no se hace en la redacción por unos señores que, teniendo que ir a la Redacción, no se enteran de las cosas. Un periódico donde se va a hablar de lo que pasa en la calle, tiene que hacerse en la calle también”.

Corpus Barga
Menipo. El cínico (17 de noviembre de 1913)


“Contar y andar es la función del periodista”.

Manuel Chaves Nogales, 


“La base social del callejeo es el periodismo”.
Walter Benjamin
Libro de los Pasajes