
“El infeliz –relató Fernández Flórez– fue a visitar a una autoridad para pedir amparo, y la autoridad le instruyó:
-Usted puede escribir, si quiere, veinte volúmenes contra la caza del gato con anzuelo; puede fundar otro periódico exclusivamente consagrado a defender los intereses de los gatos. Pero insultar al Ejército, no.
-Adjetivé a dos hombres crueles.
-Adjetivó a dos oficiales. Cacen gatos o funden asilos para gatos, son dos oficiales siempre.
Vencido, Picouto redactó otro suelto:
‘No eran dos salvajes, eran dos tenientes de Infantería los que hace una semana…’”.

“Los políticos están ahora tan terriblemente identificados con sus ideales, que muchas veces creen que el ideal es… ellos mismos […]. Si se opone un comentario hostil a sus procedimientos o a sus manifestaciones, extienden trágicamente un brazo para denuncia ante el país:
-¡He ahí un enemigo de la República!
Desde ahora aclaro que no veo en toda la extensión de la política española un solo hombre que pueda presumir de que en él está vinculado el nuevo régimen. El que cace gatos lo hará por su cuenta”.

"Para mí, desde hoy, el presidente del Consejo es la República; sus mejillas, las mejillas de la República; sus verruguitas, las verruguitas de la República. Cuando le vea merendar en el bufet del Congreso, diré: ‘La República se robustece’. Cuando le oiga calificar de idiotas, cursis, estúpidos, imbéciles, a los que dicen algo contrario a lo que él piensa, meditaré: ‘La República bien puede tener desplantes’. [...]
Únicamente existe un escollo. Si Azaña es la República, la República será, a su vez Azaña. Otra cosa no sería justa. Entonces, si el señor Azaña tiene algún día –lo que no deseamos– una colitis, ¿hemos de entender que le duele la barriga a la República?
Para la mejor comprensión de mis deberes de republicano ortodoxo, me conviene que se aclare este asunto”.
Así terminaba el artículo “La República, confundida con sus hombres”. Tiene su gracia el modo en que Wenceslao Fernández Flórez decía en sus Acotaciones de un oyente de 1931 y 1932 lo que Arcadi Espada, con gravedad circunspecta, denuncia hoy en Periodismo práctico: “Ante la impugnación de su trabajo, los políticos suelen responder que se trata de un argumento populista, fascistoide, violento. Su egocentrismo es tan chabacano que se confunden a sí mismos con la democracia y aun con la propia política. Es evidente que esa distinción debe hacerse. Y que su trabajo puede ser juzgado. Técnica, fría, objetivamente”. A veces lo técnico, frío y absolutamente objetivo está en el calor del adjetivo. Es evidente que el apocado Picouto tenía de su parte la razón de la objetividad periodística: aquellos dos eran unos salvajes.
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