Cartafolio veneciano (XLIII)


En Venecia, escribió Mauricio Wiesenthal, “siempre hay algo que uno debería ver y no ve; o que uno no quiere contarle a nadie”. Lo que Wiesenthal no quiere contar y no cuenta es dónde está la antiquísima iglesia –“el monumento mágico más maravilloso de Venecia”–, en cuyo interior encontró una solitaria columna verde. Quizás porque verdes son los ojos del monstruo de los celos, Wiesenthal se reserva celosamente esa información. A decir verdad, no es fácil oír hablar de esa columna, incluso Giulio Lorenzetti, en su monumental Venezia e il suo estuario, se olvida de ella. Así que fue el azar de un paseo el que me llevó hasta esa columna de mármol verde y capitel jónico, probablemente del siglo VI y traída por Alí Baba desde Bizancio. Es una de las que sujetan, a la derecha, la nave central de San Giacomo dall’Orio. La iglesia es, efectivamente, antiquísima, puesto que sus orígenes se remontan al siglo IX, y también muy hermosa. Su belleza es más tranquila y recoleta, menos grandilocuente, que la de otras iglesias venecianas, lo que seguramente ha contribuido a preservar el secreto de esa columna o, por lo menos, a provocar en el visitante la sensación de que acaba de realizar un fabuloso hallazgo. No voy a pedir disculpas a Wiesenthal por desvelar su secreto, porque no creo que haya traición. Al fin y al cabo, él no quiso confiármelo y, por otra parte, es un dudoso secreto éste del que ya habían hablado Ruskin y D’Annunzio, como he terminado por averiguar.

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El secreto de la columna verde que quería reservarse Wiesenthal denota un rasgo de esnobismo propio, no de las golondrinas como predica el título de su libro. Seamos indulgentes, es el tipo esnobismo al que ningún viajero sentimental es capaz de sustraerse, como bien advirtió Henry James: “La única desavenencia del turista sentimental con Venecia es que allí tiene demasiados competidores. Prefiere estar solo, ser original, tener, al menos para sí, el aire de realizar descubrimientos”.

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Destapar el esnobismo de Wiesenthal es, no lo discuto, otra modalidad de esnobismo.

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Si respeto mi compromiso de fidelidad a lo que fue mi viaje, he de admitir que yo también me di el aire de haber realizado un descubrimiento en Venecia, quizás menudo, pero descubrimiento al fin y al cabo. Era el secreto aquel de las calles Cafetier. Lo revelaría a su debido tiempo y sólo a un exclusivo círculo de iniciados en la religión del café. La ilusión me duró poco, exactamente hasta el momento en que leí, estando todavía en Venecia, un artículo de Roger Salas en la edición internacional del diario El País. En él decía, con vaguedad impropia en un periodista, que en Venecia había “un montón” de calles con el nombre Cafetier. Así que mi sensacional secreto venía cacareado en los papeles del día, por cierto, bajo un titular que delata a su autor como un típico esnob veneciano: “Guía secreta de la ciudad del agua”.

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Nuestra ignorancia es la que nos convence de que somos los únicos dueños de los secretos venecianos. Ya lo había dicho Henry James: “No queda nada por descubrir ni describir, y la actitud original es del todo imposible”. Y lo recordó Mary McCarthy: “Nada puede decirse aquí (incluida esta afirmación) que no se haya dicho ya”. De ahí el fenomenal chasco que se lleva aquella mujer, a la que se refirió McCarthy, cuando es informada de que la pequeña iglesia que cree haber descubierto, una joya recóndita que supone ignorada, no es otra que la celebérrima Santa Maria dei Miracoli. Sí, los esnobs resultamos ridículamente cómicos en el momento de ser desenmascarados.

2 comentarios:

jordim dijo...

Uf.. vaya cita la de Miller, cuando son ciertas duelen...

Lieschen dijo...

Muchas gracias por la visita y el comentario!!