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¿Quién es el público y dónde se le encuentra? (III)


http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0001665508&page=21

Diagnóstico: sin pulso. ¿Quién lo reanimará? El regenerador que lo regenere buen regenerador será. La cantinela del 98 iba acompañada por la pregunta sobre la responsabilidad del último desastre. Algunos dedos acusadores apuntaron a los periódicos, que, unánimes sin apenas excepción, se habían prestado como altavoces de las bravatas patrioteras de los intendentes y mandantes con nostalgias del imperio. Pocos de los que escribían en los papeles diarios pudieron decir, como Emilia Pardo Bazán, que no era suya esa culpa. Así que la prensa se defendió como mejor pudo, es decir, escurriendo el bulto: ella no había enardecido los espíritus para conducirlos a la guerra; se había limitado a reflejar la opinión de su público. Para cuando los moralistas se cansaron y los furores regeneracionistas amainaron, la idea había prosperado de tal modo que iba camino de convertirse en el tópico llamado a liquidar la concepción ilustrada del periodismo que, durante buena parte del siglo XVIII y todo el XIX, había estado vigente. A su éxito definitivo colaboraron los nuevos periódicos de empresa: hicieron ampulosas declaraciones de independencia de cualquier capilla política, se esforzaron en convencer a sus clientes de que en sus páginas encontrarían el eco imparcial de la opinión y de que no tenían intereses ajenos al servicio que les rendían, proclamaron que sus dueños no eran otros que los lectores, que ellos constituían su fuerza y que a ellos se debían y blablablá. Zalamerías para adular al público.

Los periódicos pudieron explotar a gusto aquel nuevo argumento –la prensa no conforma la opinión pública, es formada por ella– en cuanto se emancipó de los discursos incriminadores noventayochistas. Dejó de sentirse como un baldón, como el recordatorio de una reprobable debilidad. Todo lo contrario: la prensa moderna era la que más vendía (comenzó la guerra: varias cabeceras se reivindicaban, al mismo tiempo, como las de mayor tirada) y la prensa que más vendía era la que conseguía interpretar mejor el estado de la opinión pública. Nada de quejíos larrianos: los periódicos habían encontrado, por fin, al público y este era el pilar sobre el que decía alzarse cualquier nuevo proyecto periodístico. Los más exitosos encontraron una metáfora perfecta de su fortaleza en los robustos cimientos de los palacios que se construían o compraban para albergar sus redacciones y talleres. Así, cuando a finales de 1902, el diario Heraldo de Madrid se trasladó a un edificio principal de la calle de la Colegiata dijo deberlo «al favor del público, cada vez más ostensible y cada día más creciente». El semanario Blanco y Negro, que seguía presumiendo de la fastuosa sede en la calle Serrano que había estrenado en 1899, interpretó en la misma clave la mudanza:

«Lejos están ya, por fortuna, los tiempos en que la Prensa arrastraba una existencia precaria, a merced de protecciones inseguras y del bamboleo constante de los partidos; lejos las épocas en que el periódico, obedeciendo a un criterio doctrinal cerrado, servía exclusivamente a la secta y a los afiliados a ella, y no llegaba a establecer comunicación espiritual asidua, cotidiana, con el público, único dueño y señor a quien sirve hoy la Prensa, cuando quiere vivir robusta e independiente.

»El artículo famoso de Fígaro ¿Quién es el público y dónde se le encuentra? es uno de los pocos de su autor que podrían enterrarse hoy día.

»Ya se sabe, ya se conoce con toda exactitud quién es el público; ya es fácil encontrarle en todas partes, seguirle a donde va, adivinar sus gustos, reconocer sus aficiones y tendencias. Lo que no es tan fácil, lo que aún constituye obra de romanos es dirigirle, formar su gusto, encauzar sus ideas. La prensa de gran circulación no es ya un cuadro pintado con figuras dibujadas a capricho de uno o de varios señores, sino un espejo fiel, claro, que con exactitud y precisión refleja y reproduce el pensar y el sentir de la multitud.

»Existe entre mucha gente el grave error de pensar que los lectores de los grandes diarios no se toman el trabajo de discurrir, sino que al adquirir el periódico preferido compran por los cinco céntimos una cantidad de opiniones y de juicios sobre sucesos e ideas para aprovecharlos después en la conversación. Nada menos cierto. Si así fuera, sería tarea facilísima el escribir un periódico para la muchedumbre. Pero, precisamente, ocurre lo contrario; que el periódico más favorecido por el público es aquel que con mayor agudeza y precisión reproduce lo que éste hace, piensa y quiere. Y como el público es una masa ondulante, amorfa, escurridiza, de escasa consistencia y tarda en pronunciarse en cualquier sentido, de ahí que se requiera habilidad grandísima para eso que llaman pulsar la opinión.

»Conseguir tan difícil triunfo es tarea de entendimientos muy perspicaces, de oídos muy despiertos, de plumas muy avisadas; y uno de los diarios que lo han logrado con mayor acierto y felicidad es nuestro querido colega el Heraldo de Madrid, que gracias al favor constante del público, ha llegado a realizar la aspiración más legítima y satisfactoria de toda persona y de toda empresa ordenada: la de tener casa propia». 

Postdata: Aquella solidez arquitectónica es hoy una ruina. No seré yo quien niegue la urgencia y el placer de dedicarse a la arqueología de las piedras en estos tiempos de pensamiento líquido, periodismo líquido y redacciones líquidas, antes de que todo se vuelva definitivamente gaseoso. Sí, hagamos arqueología, pero sin trampas: el diario Ahora, propiedad de Luis Montiel y dirigido por Manuel Chaves Nogales, tenía a gala ser un periódico popular. Por eso mismo, los Valle-Inclán y compañía se llevaban aristocráticamente la mano a la nariz cuando tenían cerca un ejemplar. Si la administración del plebeyo periódico terminó contratando la pluma de don Ramón, no deberíamos descartar que fue para que cejase en su terca campaña contra el periódico. Por otra parte, quizás convendría explorar las circunspectas posibilidades que caben entre las viejas pamplinas y lisonjas que los periódicos dedicaban a sus lectores -con españolísimos ecos contemporáneos- y las reprimendas que comienzan a estilarse. Porque eso es lo que hace Miguel Ángel Aguilar, reñir preventivamente a los lectores del primer número de Ahora que se han gastado tres euros, por si se les ocurre no volver a aflojar la cartera: «Los lectores dictarán su fallo inapelable sobre si prevalecerá la cultura del todo gratis, que enriquece a los agregadores que canibalizan las aportaciones originales y pauperizan a los medios que se esfuerzan en conseguirlas mientras sitúan a los periodistas como especie a extinguir». ¡Ay, las inquietudes ecológicas de las empresas ordenadas!

¿Quién es el público y dónde se le encuentra? (II)








No tardó mucho El Pobrecito Hablador en reformular, esta vez en un artículo enteramente suyo, la pregunta inaugural sobre el público: «¿No se lee en este país porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee?». El Heraldo de Madrid respondía en 1899: «Hay un verdadero divorcio entre el novelista, el poeta y el público. Este no lee, acaso, porque no se escribe para él». El periódico acusaba a los escritores de cultivar «las letras como sacerdotes de un misterioso rito, viviendo en la admiración de unos centenares de iniciados», de no ser mas que «predicadores de un reducido público ilustrado»:

«Los literatos ejercen escasísima influencia en la opinión española, especialmente los encumbrados y famosos, los que vigilan y guardan el prestigio de su firma como bajo un fanal, temerosos de que el aire de la plazuela y la luz de las alegrías y dolores populares lo manche o lo deshaga. […]

»No censuramos por ello a nuestros literatos. Siguen todo lo rápidamente que pueden el progresivo movimiento de las letras francesas, rusas y escandinavas; pero el hecho de que nuestro pueblo, retrasado, se queda sin literatura, y que, necesitando instintivamente ese elemento educativo, lo busca en las columnas de los periódicos, hallando en la rápida concepción de un artículo, en el espeluznante relato de un crimen, en las sesiones de la Audiencia o el Parlamento, en el telegrama de la guerra, la cantidad de emoción y de ideas nuevas que una literatura, ininteligible para él, no acierta a proporcionarle».

El artículo traía ganas de polémica, así que no se recataba en poner nombres y apellidos a los absentistas. Entre ellos, Emilia Pardo Bazán era el ejemplo de escritora perfectamente ensimismada en «sus propias especulaciones intelectuales», incapaz de interpretar el sentimiento del país después del último desastre nacional, el del 98, según acababa de demostrar en una reciente conferencia dictada en París, donde había sostenido que el patrioterismo bizarro, la épica del conquistador aguerrido y del guerrillero montaraz fueron muertos y enterrados en Cuba. El Heraldo, erigiéndose en legítimo portavoz de la opinión, gritaba su enmienda: la derrota no había arrancado de los corazones al héroe de Cascorro, ¡honor y gloria a él!  

«[Emilia Pardo Bazán] Ha declarado muerta la leyenda dorada de España, forjada con sangre de los audaces capitanes y navegantes de nuestra Edad Media y cristalizada con la guerra de la Independencia; muerta, no a manos de los yanquis, sino por el desengaño propio; por la realidad que nos ha hecho ver cuán inútil es la bravura individual en las guerras modernas.

»A poco que se fije la autora de Morriña […] se convencerá de que la leyenda que ella ha matado en París goza en España de excelente salud, y tan peligroso es aislarse en los límites de la Península, dejando que la leyenda negra, forjada de nosotros por extranjeros escritores, circule y viva, como pretender iniciar a los extraños en nuevas orientaciones de nuestra conciencia, que sólo existen en un centenar de espíritus cultivados precisamente con ideas que nada tienen de españolas».

A más de estar en Babia, ¡afrancesada!, porque la estaban tachando de afrancesada. El insulto, desde los días de Larra, conservaba toda su potencia despectiva (si aún hoy es el salivazo que escupen los ultras y serviles…). No siendo demasiado original como denuesto, tampoco resultaba inocuo, como bien sabía Emilia Pardo Bazán: «No era muletilla inofensiva, sino mortífera, como la quijada de asno de Sansón; generalmente los que la esgrimían con furia proponíanse estorbar algún adelanto, mantener algún error añejo, apuntalar alguna preocupación ruinosa, a cuya sombra medraban». Así que la escritora decidió tomar el baldón como elogio involuntario que le hacían. Lo que la irritó verdaderamente fue escuchar que escribía de espaldas al público. Porque si en algo estaba de acuerdo con el Heraldo de Madrid es que existía un público y que ese público, exiguo o nutrido, el que fuese, se encontraba en los periódicos. Pues bien, en la prensa de mayor circulación ella venía escribiendo de forma intensiva, expresándose a las claras  y… arrostrando las consecuencias. Si Larra había clamado y llorado por la falta de público («Terrible y triste cosa me parece escribir lo que no ha de ser leído»), Emilia Pardo Bazán lo hace por la coerción del público, que, por fin, después de casi un siglo, se hace presente con modales autoritarios. La escritora gallega recordaba, en la réplica que dio al Heraldo en La Ilustración Artística el primero de mayo de 1899, que discrepar de las unanimidades –siempre aplastantes; belicosas, además, en el caso de Cuba– le había enseñado que «escribir para el público era escribir con el público, so pena de muerte»:

«Si positivamente estuviese España en uno de esos momentos críticos en que se delibera para cambiar de conducta; si este enfermizo sopor fuese, allá por dentro, la suprema crisis en que se convierte el espíritu a la luz y se ve lo que antes ocultaba un velo; […] entonces los escritores hallaríamos modo de empezar a decir mucho que callamos, de puro desalentados y de puro escarmentados también. Entonces señalaríamos peligros, indicaríamos reformas, pondríamos el dedo en la llaga quizás. Los escritores somos, en cierto modo, como diz que son los gobernantes, que cada país tiene los que puede tener, y en nuestra patria, escribir para el público es escribir con el público, so pena de muerte.
 
»Uno de los aspectos en que más le convendría a España no haber sido tan castiza, es este de la tolerancia y respeto a la opinión manifestada por escrito, sobre todo cuando no difiere de la preocupación general. Se ha necesitado aquí valor a toda prueba, un género peculiar de valor, para indicar por escrito cosas que la conciencia sentía, que el entendimiento preveía, que el tiempo demostró. No faltaba, por ejemplo, quien entendiese que era necesario, y más que necesario urgentísimo, conceder a Cuba, en paz y en buenas condiciones para nosotros, la independencia; pero ¡ay del que se atreviese a susurrarlo! Aun entre un círculo de amigos, cubría nuestra voz la reprobación unánime, cuando manifestábamos, antes de declararse la guerra, ciertos pareceres. Y sin embargo, era tan fácil hacer de Casandra non unquam credita Teucris…
 
»Se me dirá que el escritor está obligado a clamar hasta en el desierto. En el desierto, bueno; en el desierto nadie nos hará caso, pero nadie nos tirará piedras tampoco. Lo arduo es clamar metido en la fosa de los leones, o en el horno de Babilonia. Y lo sandio es tal vez clamar cuando de nada sirve. Los redentores no se sacrifican estérilmente; aspiran a redimir; si no esperasen fruto, se quedarían en su casa bien callados. ¿Puede España ser redimida aún? ¿Quién tiene fuerzas para conseguirlo?
 
»No seremos seguramente los escritores, puesto que se nos lee bastante menos de lo que desearíamos. Me sugiere esta reflexión el artículo del Heraldo de Madrid que acabo de recibir, que se titula La leyenda muerta y que se refiere a la conferencia que pronuncié en la salle Charras hace tres días. Quéjase el articulista de que no escribo para el público, ni tampoco Galdós, ni otros varios, y por eso no puedo contribuir a remediar los males de la patria. A fe que siento curiosidad de saber, por lo que a mí respecta, si no es para el público para quien estoy escribiendo sin cesar. Que el público lea o no lo que le destino, es otra cosa. Acaso no llegue a enterarse de ello, aunque, relativamente y dado el público que en España existe, yo suponía haber llegado hasta él ¡pero que por mi culpa se quede sin establecer la comunicación!
 
»"Entre vosotros hablo y enseño todos los días", dijo Jesús; y aunque parezca profanación, que en mi propósito no lo es, y la costumbre de citar textos evangélicos lo autoriza, repetiré esa misma frase. No tengo autoridad para enseñar; digo mi parecer, y lo digo allí donde puedan oírlo, en El Imparcial, en El Liberal, en El Español, en La Época, aquí, en diez o doce periódicos donde colaboro –no en libros misteriosos, recónditos y de difícil adquisición y manejo. Y si se trata de las cualidades del estilo, tampoco por ellas ha de quedarse nadie sin entenderme. Soy de una claridad diáfana. El que no me comprende es de los que no ven por tela de cedazo.
 
»Me he quedado, pues, boquiabierta al enterarme de que peco de ininteligible. Todo sea por Dios, y hablemos de Francia».
 
Y la afrancesada, por el gusto de provocar, se puso a hablar de Francia, precisamente sobre el affaire Dreyfus, aquel que bautizó a los Zolas como «intelectuales».


 
Posdata: Los intelectuales de 2015, dice el periódico, «rodeados de silencio y música clásica en sus bibliotecas, formulan sus impresiones desde una palpable lejanía, desde cierto atrincheramiento, digamos, en sus elitistas espacios de paz y pensamiento». Y uno de esos «seres de lejanías» se queja, más o menos por los mismos días, en el «tono híspido y áspero» propio del gremio, de que aquí sigue sin haber público: «Al cabo del tiempo, al cabo de tantos proyectos y sueños de regeneración, uno contempla el panorama social y comprueba que, tras la apariencia y el barniz de la modernidad, seguimos siendo el mismo país ignorante y atrasado de siempre. Queda una gran minoría ilustrada, cómo no, pero se antoja poco logro para las oportunidades históricas que tuvimos y que una vez más desperdiciamos. Diríase que hay una conjura para que estas cosas sean así». Uno y otro, encasquillados, obvian el quid contemporáneo de la cuestión: cómo escribir para el público y contra el público.

Última hora: La leyenda dorada resucita en forma de astracán.

Un hilván




Gil Toll cierra Heraldo de Madrid. Tinta catalana para la II República española con un apéndice que ofrece la semblanza biobibliográfica de los hombres que formaron parte de la plantilla del diario. Nada se sabe de la peripecia de algunos de ellos tras la guerra; a otros les aguardaba la cárcel o el exilio. En 1939 quedaba abruptamente interrumpida la historia de una cabecera y una empresa, pero también fue truncada una posible continuidad con aquella generación de periodistas que ensayaron nuevas fórmulas y, a través de ellos, con sus antecesores. Se perdieron quienes pudieron ejercer de maestros del oficio. Y, sin embargo, en ocasiones, es posible descubrir el hilván, raro y finísimo, que cose unos nombres.

Antonio Cullaré fue el director de La Tribuna de Barcelona y de Manuel Fontdevila. Fontdevila aprendió el oficio con él –“Movía toda la redacción como si fuéramos muñecos mecánicos. Él era la pila eléctrica. ¡Cullaré sí que era un periodista!” – y no olvidó su figura cuando luego, con el tiempo, él mismo dirigió Heraldo de Madrid. Un día fue asaltado a las puertas del periódico por un joven recién llegado de Zaragoza con unas pocas perras en los bolsillos y muchos dibujos en un cartapacio que pedía una oportunidad. Era Manuel del Arco y era, por supuesto, antes del 36. Fontdevila lo fichó. Años después, Manuel del Arco demostraría su talento como entrevistador en Diario de Barcelona, La Vanguardia y Destino. Ejerció su magisterio en aquellos medios y también en la Escuela de Periodismo de la Rambla de Santa Mónica, donde sus alumnos le escuchaban insistir: el oficio consiste en “ver, oír y contar”. El lema era un calco del “contar y andar” de Chaves Nogales, otro hombre del Heraldo, donde Fontdevila había ejercido de batería electrizante de sus redactores recordando la exhortación de Cullaré: “El periodismo se amasa en la calle”. Entre los estudiantes que escucharon las lecciones de Manuel del Arco y a través de ellas, tal vez, el eco de las voces de otros viejos periodistas, se encontraba Manuel Vázquez Montalbán. En 1973 publicó en la revista Triunfo un artículo en el que recordaba las clases del profesor y el ejemplo del periodista, siempre forcejeando, sin desistir de la batalla “entre lo que se podía y lo que se debía decir”, que es la batalla desde el origen de los tiempos y del oficio.   

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'Heraldo de Madrid'. Tinta catalana para la II República española




Marx, Engels y McLuhan mediante, el materialismo ha inspirado las teorías de la comunicación con mayor predicamento. Una versión nunca ensayada, pero con sugestiones irresistibles, podría ser aquella que propusiese un relato sobre la historia del periodismo a partir de la descripción de las redacciones que han ocupado los diarios. Véase, por ejemplo, cómo era el domicilio de un vespertino madrileño a principios de la década de los 20 del siglo pasado:

“El edificio que ocupaba, en la calle Marqués de Cubas, era muy amplio y de una centralidad insuperable en la ciudad. La sala de redacción había sido decorada por el arquitecto Arturo Mélida cargándola de ornamentaciones entre las que destacaba un friso donde se leía con letra gótica


DAR A ENTENER LA JUSTICIA DISTRIBUTIVA;
HACED QUE LAS BUENAS LEYES SE GUARDEN.
Cervantes (discurso de las Armas y las Letras)

Sobre una chimenea de estilo plateresco, unos azulejos componían la figura de un heraldo medieval a caballo, con una trompeta en ristre. Frente a él, un enorme retrato de Miguel Moya Ojanguren y otro de Felipe Ducazcal, fundador del periódico en 1890”.

Así describe Gil Toll la sede del Heraldo de Madrid en la monografía que ha dedicado al periódico, editada por Renacimiento. Saltan a la vista los indicios: Cervantes en letra gótica, el pastiche plateresco y el trompetero medieval. Son la pretenciosa mezcolanza de símbolos que había amañado un diario inequívocamente decimonónico, los restos de una gloria finiquitada. Allí estaban también, para refrendar la decadencia, los retratos de los patronos. Felipe Ducazcal, el ventajista atrabiliario, asomaría desde un marco con volutas su facha antañona de fantasma inverosímil. Por su parte, a Miguel Moya, muerto en 1920, no le había dado tiempo a adquirir la dignidad nostálgica del espectro. Hubo quien dijo que se lo había llevado por delante el soponcio que le causó la reciente huelga de periodistas. Fuese así o no, lo cierto es que el suceso biológico vino a coincidir con la agonía del Heraldo y también de la Sociedad Editorial de España, el célebre trust al que estaba asociado el diario y cuya constitución Moya había impulsado en 1906. En definitiva, el periódico de la calle Marqués de Cubas conservaba la inútil centralidad de una sede cuando su voz se encontraba ya en los arrabales de la ultratumba.

¿Cómo fue, entonces, que se salvó aquella cabecera con una tirada ridícula y una deuda que superaba los dos millones de pesetas? La respuesta que ofrece el libro de Gil Toll está en su mismo subtítulo: la tinta catalana. Los hermanos Busquets, proveedores de la tinta con que el periódico se había escrito y sus principales  acreedores, asumieron la propiedad y la gestión del diario en febrero de 1923. Y la metáfora de la tinta como la sangre que corre por las venas del periódico se convirtió, por una vez, en una literalidad física, orgánica, materialista.  

Heraldo de Madrid se convierte, pues, en el portavoz de los intereses empresariales de los Busquets, quienes también van a imprimir al diario una nueva sensibilidad política con respecto a Cataluña: “No se trata de ir a hacer catalanismo a Madrid como si estuviéramos en Barcelona, sino intervenir en la vida española pensando en catalán”. La frase es del abogado Amadeu Hurtado, el encargado de diseñar un plan de viabilidad para la cabecera, y resume la vocación de los nuevos editores. Por lo demás, el diario terminará por identificarse con la causa de la II República hasta el punto de que, entre los vítores que se dieron en las calles de Madrid el 14 de abril de 1931, hubo un “¡Viva Fontdevila!”. Era el homenaje al director de un diario que no necesitaba apurarse a buscar un gorro frigio para lucir en la ocasión. Su compromiso republicano se mantuvo sin ambigüedades en los años siguientes.

Podría decirse que la historia que relata Gil Toll es, en cierta forma, la de una redacción entre dos momentos: el de la llegada de los Busquets a aquella sede de vetustas glorias y rancias pretensiones, y aquel 28 de marzo de 1939 en que una centuria de la Falange procede a la incautación de las instalaciones. La irrupción de los gánsteres de la victoria franquista sorprende a los redactores del periódico comiendo lentejas, el plato único de los años de la guerra, en la larga mesa que ocupaba la redacción. Los talleres del edificio de Marqués de Cubas fueron arrendados inmediatamente a Juan Pujol, que los utilizaría para editar el diario Madrid. “El entuerto rojo quedaba deshecho” proclamó Arriba, sucinto y tajante al dar por concluidos los tres últimos lustros del Heraldo de Madrid.



Durante aquella etapa cancelada de forma salvaje, el periódico había multiplicado su tirada. Desde luego, eran una fantasía descabellada los 160.000 ejemplares de los que alardeaba en 1930. Aquí, ni entonces ni ahora, hemos sabido cuántos lectores suma la prensa, pero la verdad estaría más cerca de los 30.000 ejemplares que declaraba su director en 1928. En cualquier caso, aquello representaba un éxito rotundo que, por sí solo, no es capaz de explicar ningún materialismo histórico; menos aún, su versión devaluada, la fetichista que se fijase únicamente en la sala que abría el conserje, al cuidado de plumillas, tinteros y cuartillas, encendiendo la estufa en invierno, en la que los redactores escribían y, después, al cierre de la última edición, hacia las siete de la tarde, jugaban al póquer. No hay constancia de que los Busquets mudasen la anticuada decoración de aquella habitación. Así que el nuevo Heraldo inventó un periodismo nuevo obviando el espíritu de Ducazcal y la tramoya pomposa de la azulejería. El libro de Gil Toll cuenta una historia empresarial y acaricia la intuición de que la hizo posible, tanto como la tinta catalana, un equipo en el que estuvieron, entre otros, Carlos Sampelayo, Vicente Sánchez Ocaña, Carmen de Burgos, Juan González Olmedilla, César González-Ruano, Manuel Chaves Nogales, Gerardo Ribas o Manuel del Arco, bajo la dirección de Manuel Fontdevila. Su fórmula estuvo basada en el convencimiento de que, en cierta forma, todo el periodismo es periodismo local: “El comentarista mejor será aquel que recoja el suceso más lejano del mundo en las antenas de la pluma y lo brinde al lector tan familiar como si hubiera sucedido en Vallecas”. Y, sobre todo, Fontdevila no estaba dominado por el fetichismo de las redacciones. Le gustaba recordar lo que decía su jefe y maestro en La Tribuna, Antonio Cullaré, cuando tenía a todos sus redactores en la calle: “Están cosechando espigas. La redacción no es más que un molino. La noticia sensacional, la espiga de oro, hay que buscarla en el surco, entre las amapolas del drama”.

En definitiva, Heraldo de Madrid. Tinta catalana para la II República española propone el rescate de un proyecto empresarial y de una tradición periodística olvidada, todavía olvidada, en un campo de adormideras.



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En la fotografía de Díaz Casariego que acompaña este texto, los fetichistas pueden ver a la plantilla de periodistas del Heraldo de Madrid posando en la redacción; y, en los primeros minutos de la película El misterio de la Puerta del Sol o el último día de Pompeyo (1929), los talleres del diario.




Curioseando en la hemeroteca


La hemeroteca es algo así como un frigorífico que guardase yogures caducados. No me refiero a un frigorífico cualquiera, al nuestro, que abrimos un día para descubrir con sorpresa que se ha cumplido, semanas atrás, la fecha estampada en la tapa del yogur; entonces, por muy anarquista que sea nuestro espíritu, obedecemos la tiranía del calendario, desalojamos los tarritos de la nevera y los enviamos a la basura. No, la hemeroteca es un lugar completamente extraño, como un frigorífico en el que almacenásemos yogures y sólo yogures y a sabiendas de que están caducados. Vamos a la nevera y, en lugar de desalojar la mercancía pasada, nos la zampamos. Eso hacemos en la hemeroteca: comernos los periódicos después de la fecha de consumo preferente que viene indicada en la cabecera.

Este régimen alimenticio tiene, sin duda, algunas contraindicaciones. Puede muy fácilmente pasarnos lo que a aquella vieja retratada por Larra, que, leyendo de cabo a rabo la Gaceta, llegó a acumular tal retraso que en 1929 todavía iba por los ejemplares del año 23. El perseverante ejercicio consiguió hacerle olvidar cuál era su tiempo y tomaba por noticias de última hora lo que había sucedido seis años antes, así la llegada liberticida de los Cien Mil Hijos de San Luis: “¡Ay, señor de mi alma! ¡Bendito sea Dios, que ya vienen los franceses, y que dentro de poco nos han de quitar esa pícara Constitución, que no es más que un desorden y una anarquía!”. Lo que para ella fue una gran alegría puede ser para nosotros un inmenso disgusto. El regocijo o la desolación dependerá de los sabores apetecidos por el paladar de cada cual. Que si piña o frutas del bosque, podrían discutir, pero concuerdan en que el yogur es perfectamente apto para el consumo y que de caducado, nada.

Ahora bien, el más fenomenal de los sobresaltos viene cuando a la salida de la hemeroteca, haciendo el supremo esfuerzo de restituirnos en nuestro tiempo, cogemos el periódico del día en curso y descubrimos que ciertos asuntos que reclaman su novedad en grandes titulares son, en realidad, más viejos que la catana y que nos venden como recién elaboradas ciertas prosas periodísticas que tienen el sabor agrio y descompuesto del yogur pasado de fecha. Se dirá que es una aberración eso de encontrar más apetecible el yogur oficialmente caducado que el recién comprado; y seguramente es así.

En cualquier caso, lo cierto es que la visita a la hemeroteca suele ser muy entretenida, demasiado. Uno se acerca a las hojas amarillentas de los periódicos viejos con un objetivo definido de antemano y muy concreto. Y al paso, le salen textos y firmas, fotos y caricaturas, folletines y folletones, modas y modismos, publicidades y propagandas, querellas políticas y todo tipo de enredos, que por cualquier motivo peregrino llaman nuestra atención y la distraen del empeño inicial. Abro esta nueva sección, Curioseando en la hemeroteca, para meter esos materiales con los que me voy topando de forma azarosa. Sin comentarios y sin otro propósito que el de evitar que terminen enterrados y olvidados entre otros papeles que acumulo y acumulo debido a una perversión patológica que, por mucho que la disfrace, tiene mucho que ver con el síndrome de Diógenes.

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La primera entrega está dedicada a esa vieja obsesión que todavía no me ha caducado y que se llama Julio Camba. Ya lo he dicho y lo repito en mi descargo: no lo busqué yo, me encontró él. Se trata de dos retratos del periodista debidos a Sancha y que fueron publicados por la prensa madrileña en la década de los veinte del siglo pasado. En ambos Camba luce esa media sonrisa que también ponía en sus textos.




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Publicado en La Esfera con este pie:
Supuesto banquete al escultor Miranda.
Dibujo humorístico de Sancha.
(De izquierda a derecha).- En primer término: Enrique de Mesa, Julio Camba, Sebastián Miranda, Luis de Tapia, Palma, Juan Cristóbal.-
 En segundo término: Belmonte, Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Penagos, Sancha, Bagaría, Antonio Robles, Palencia, Miguel Nieto, Romero de Torres y Tovar.


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Por su parte, Julio Camba dedicó a Sancha este artículo publicado en 1959.