Mostrando entradas con la etiqueta Curioseando en la hemeroteca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Curioseando en la hemeroteca. Mostrar todas las entradas

No sé de qué




"Es una cosa sencilla,
que puede hacerla un difunto,
escribir una letrilla
cuando se tiene el asunto.
Mas cuando asunto le falta,
es cual deudor sin dinero,
si un acreedor le asalta,
el infeliz letrillero.
Yo que no escribo por vicio,
sino porque el triste oficio
de periodista tomé,
hoy me encuentro en un apuro;
he de escribir, y aseguro
que escribo, y no sé de qué.

Ignora lo que es sufrir
quien periodista no ha sido;
la cabeza ha de parir
antes de haber concebido.
De un asunto voy en pos,
y el no encontrarlo me enfada,
porque es preciso ser Dios
para hacer algo de nada.
Pido en vano, mientras fumo,
una inspiración al humo;
en vano tome rapé,
que diz hace la proeza
de despejar la cabeza:
escribo y no sé de qué.

A la ventura y sin norma
hago letras ¡oh miseria!
¿a qué diablos daré forma
si no hay forma sin materia?
La aristotélica gente
para todo, aunque os dé grima,
supone preexistente
alguna materia prima.
Y yo que tan poco valgo
¿puedo con nada hacer algo?
Obrar milagros no sé.
Pero mi mala fortuna me dice: – Escribe o ayuna, –
y escribo, y no sé de qué.

Escribir es cosa grave,
siempre para mí es un mal;
maldigo las plumas de ave
y las plumas de metal.
Son un instrumento fiero
que causa heridas mortales;
hoy las hacen ya de acero
lo mismo que los puñales.
Penetran donde la espada
no alcanza mejor templada,
y manejadas con fe…
¿Pero qué diciendo estoy?
Está visto, lo que es hoy
escribo, y no sé de qué!".

M. Rodríguez
“No sé de qué. Letrilla”

El gerundio


Una gedeonada de Gedeón (5-XII-1909)

Para hostilidad implacable, la que el periodismo profesa al gerundio. La primera súplica de cualquier preceptiva periodística es aquella que formulaba la pizarra en la redacción de El Sol: “Se ruega a los compañeros el uso moderadísimo del gerundio”. Estamos catequizados en el odio cerval al maligno. Y, sin embargo, no hemos desterrado las gerundiadas de la cháchara noticiosa. Imposible prescindir de ellas: cumplen una función de importancia mayúscula para la supervivencia profesional del gacetillero. Francisco Coves la explicó perfectamente:

«Por entonces era yo periodista, y periodista hábil por cierto. Les diré a ustedes, por si les interesa, que la habilidad del periodista consiste en no hacer literatura. Claro que hay veces que, por muy buena intención que se lleve, le sale a uno literatura. Y si se trata de un periodista novato se limitará a lamentarlo, pues ya se guardará bien el redactor-jefe de iniciarlo; sólo le dirá con una concisión cruel: “Fulano, no me haga usted literatura; el periodismo es otra cosa”. Pero si se trata de un gacetillero experto que, sin querer, ha hecho literatura, pronto sabrá remediarlo. Le bastará quitar algunos “punto y seguido” y sustituirlos por gerundios. Por ejemplo: “Ramón Camínez Menchúlez. Carretera de su pueblo. Ramón contempla un arbolito del camino. Suena un tiro. Camínez cae herido de gravedad y a poco fallece al pie del árbol”. Esto, como ustedes ven, es literatura. Observen ahora lo pronto que se hace uno periodista: “Ramón Camínez Menchúlez, ‘hallándose’ en la carretera de su pueblo ‘contemplando’ un árbol del camino, oyó un tiro, ‘cayendo’  herido de gravedad y ‘muriendo’ a poco al pie del árbol”. Esto ya es noticia.  Lo que hace falta es no confundir el pie del árbol con el del herido y decir que el árbol resultó herido en un pie y que el muerto tenía las raíces hechas polvo…».

Es decir, el hábito hace al monje y las levitas del sastre Sánchez de To K, al periodista. 

El síndrome del traje manchado en el tranvía


Quien más, quien menos, ha tenido un jefe que llega un día a la redacción con la camisa chorreando sudor y, de inmediato, encarga una crónica sobre la ola de calor que asola  la ciudad, el país, el mundo, el universo entero; el mercurio de los termómetros puede decir lo que quiera y el verano estará siendo más bien templadito, da igual: el titular anunciará mañana el advenimiento del apocalipsis térmico. El mismo tipo se ha acatarrado y al primer estornudo, en lugar de tomarse un desenfriol, te está pidiendo una nota sobre la manifiesta capacidad homicida de los aparatos de aire acondicionado. Si tiene problemas para darse de baja en la compañía de teléfonos, si el servicio de recogida de basuras de su barrio no funciona bien, si los clientes del bar de la esquina arman escandalera por las noches, disponte a escribir con convicción una denuncia contra la telefónica, una requisitoria contra el concejal y un reportaje sobre los decibelios permitidos por la legislación vigente. Disfrazadas como crónicas costumbristas, los periódicos guardan memoria de los abscesos en el estado de humor de nuestros jefes, de sus mostrencas contingencias biográficas. Consolémonos, porque siempre ha sido así. Digamos que se trata del viejo síndrome del traje manchado en el tranvía.

La Época, 22 de febrero de 1906.


Papel, tinta, plomo y café con media




Para hacer un periódico se precisa una inteligencia empresarial, una inteligencia editorial y una tropa de reporteros, pero no basta. O, al menos, no bastaba cuando el periodismo solo podía fabricarse a base de papel, tinta y plomo. En 1917, Tovar se puso a calcular los raudales consumidos por El Imparcial en cincuenta años:

1. En efectivo metálico, el saco de duros hace sombra a la fachada principal del Banco de España.

2. Con la bobina del papel para hacer las hojas del periódico habrá para envolver a España entera.

3. De plumas, un elefante resultaría un acerico.

4. Todos los pinares de la Península son insuficientes para producir la goma gastada.

5. En tiempo y saliva malgastada, ustedes compararán.

6. La torre Eiffel resulta una tontería al lado de las cuartillas escritas.

7. Todos los sastres que conocemos no han cortado ni recortado lo que nosotros.

8. Con la cinta telegráfica de nuestro servicio habría para hacerle una corbata al globo terráqueo.

9. De fósforo gastado, mucho más y mejor que lo qe ha fabricado el monopolio de cerillas.

10. De tintas… ¡la mar!

11. De tipos de imprenta hemos hecho más derroche de plomo que en la guerra europea.

12. Y de cafés con media, podría llenarse la Plaza de Toros de Madrid (esto por cuenta de los interesados).


 
En efecto, el periodismo decimonónico se hizo bajo los efectos moderadamente excitantes de la cafeína rebajada con leche y la media tostada. Pocos fueron los disidentes del café, partidarios de brebajes más fuertes: a mediados del XIX, resultaba exótica la afición de Ortega Munilla a la cerveza, y excesivo, según los maledicentes, el gusto de Mariano de Cavia por el vino. Todavía faltaba mucho para que el whisky corriese por las redacciones. Me parece a mí que no están suficientemente estudiadas las secuelas que estos y otros estupefacientes posteriores han dejado en la prosa informativa de cada época, en la puesta en marcha de la función nerviosa del periodismo.

 

La tropa



Para hacer un periódico no bastan una inteligencia empresarial y una inteligencia editorial, por mucho que estas se apelliden Urgoiti y Ortega. Se requiere también una tropa de gacetilleros o, como decía la leyenda al pie de la caricatura de Bagaría, “una comunidad de anónimos o casi anónimos”. Algún mérito hubo de tener la tropa en el prestigio que alcanzó El Sol, por más que su capitán, Félix Lorenzo, lo atribuyese a las firmas de relumbrón, a “la eximia compañía que para nosotros significan un Ortega y Gasset, un Gómez de Baquero, un Pérez de Ayala, un Miró”: “Crea usted –añadía– que cuando piensa uno que sus notas han de verse hombro con hombro con los artículos de estos caballeros, fatalmente se aprieta el estilo y procura uno decir las cosas con cierto buen aire. Cuestión de tónica nada más”. El periodista que recogió estas declaraciones fue Pedro Massa, un casi anónimo que escribía para El Heraldo de Madrid. Dada su condición, sabía que un periódico no es solo el hogar intelectual de las sapiencias que conciben sus artículos en los gabinetes de sus domicilios particulares, también es un espacio físico donde los gacetilleros conviven. Y allí, en la redacción de El Sol, reparó en un pequeño detalle: una pizarra. En ella se escribían amonestaciones de este cariz: “Se ruega a los compañeros el uso moderadísimo del gerundio” o “Convendría una rigurosa exactitud y economía en el adjetivo, para no caer en hipérboles ‘viejo régimen’”. Massa quizás creyó que el afinado estilo del periódico debía más a la “pizarra de los gerundios” –así la bautizó– que al reflejo de la luz emitida por la prosa de las estrellas de la constelación solar, según sostenía Félix Lorenzo. Desde luego su acotación parece una forma elegante de discrepar del director: “Dan idea tan sanas advertencias de lo delgado que se hila en aquella casa en punto a estilo y ponderación”.

El reportero también se fijó en la salita que, en aquella casa, servía de comedor y en las imágenes trazadas por el pincel de Bagaría sobres sus paredes: “El dibujo mural de Bagaría es un encanto. Los hombres más célebres del mundo aparecen allí deliciosamente caricaturizados y tomando cada uno una taza de café. Sólo Robespierre bebe sangre, la cual, al rebosar de la jícara, cae sobre el cardenal Cisneros, quien se libra del rojo bautizo abriendo previsoramente su paraguas. Galdós es un gabán; encima del gabán, una chalina; encima de la chalina, unas gafas, y encima de las gafas, un sombrero. Y es Galdós”. Si se atiende a la crónica de Massa, el espíritu burlón de la escena mural contagiaba la vida de la redacción:

     “–Estos se ríen porque son unos insensatos –nos dice Bagaría señalando a un grupo de redactores–; pero pocas veces se habrá visto un ‘terceto’ mejor acordado que el que formamos Sancha, Robledano, Ferrer y yo. ¿Repertorio? Copioso y selecto. Pero en lo que mejor ‘estamos’ es en el tango proteccionista –debilidad de Sancha– y en el himno a Mahón. ¡Oh! En este producimos verdaderas  maravillas. ¿Quiere usted oírlo?
     –¡No! ¡No!... –claman mil voces angustiadas.
    –¿No le digo a usted que son unos insensatos? –repite el gran dibujante, fulminando con la mirada a la Redacción en pleno-. Además me expolian de una manera desaforada. Raro es el día en que no me comen de ochenta a noventa duros en bocadillos. ¡Y de anchoas, que son los más cervezófilos!
     –Y el haberte hecho un himno, ¿no vale nada?
     –¡Un himno que es un ultraje! Óigalo:
 
‘Bagaría se marchó
a la cala de Pollensa;
se vaya donde se vaya,
seguirá tan sinvergüenza,
¡tan sin-ver-güeeensa!...’

     –¡Le parece a usted!”.

Tanta sinvergonzonería y tanta guasa resulta incongruente en un periódico que, por decirlo como lo dijo Massa, encocoraba al público con su tono académico y pedante, irritantemente mesurado y perfecto. De nuevo, le atribuimos al reportero la agudeza de la conclusión que el lector deduce de la anécdota: El Sol fue enviciado por la suficiencia arrogante de sus solemnes plumas, que triunfó sobre la doméstica querencia de los plumillas por la zumba.

Un periódico tal vez no sea otra cosa que un estilo y un temperamento. Entonces, es posible que lo mejor de El Sol, su pulcro estilo, se deba a una modesta pizarra, y lo peor, su severo temperamento, a una traición al espíritu de la redacción. La hipótesis, un desmentido irónico de la historia del diario que nos han contado, resulta arrebatadoramente incitante.

*****

Ilustración.-"La redacción de El Sol, vista por Bagaría" fue publicada el 1 de enero de 1928 con un pie socarrón y seguramente cervezófilo: "Por vez primera presentamos a los lectores la Redacción de El Sol, exclusivamente la Redacción, la comunidad de anónimos o casi anónimos que escriben nuestras páginas. Esperamos que para el público tendrá algún interés adivinar, a través de los trazos caricaturescos, la fisonomía de los que tan fiel y desveladamente le sirven a diario. Se trata de una interpretación de Bagaría; es decir, de un arrebato genial. Lo advertimos para que los lectores no formen de las cualidades físicas de la Redacción de El Sol a la vista de este grabado, el mal concepto que es de temer".

Julio Camba y los antípodas de Aravaca


Julio Camba no se dejaba entrevistar. A este respecto, su criterio era completamente inflexible: “Siente un profundo horror por esta forma de información periodística. ‘¿Quieres hablar de mí? –dice–; pues habla; ya me conoces. ¿O qué quieres? ¿Que te llene yo veinte cuartillas que luego has de firmar tú? No…’”. Sabía que el objeto de interés de los entrevistadores y del público no era él mismo, sino el personaje que había creado. Si este iba a aparecer en escena, que fuese en sus artículos, en donde la palabra era bien calculada y extraordinariamente bien pagada.

Julio Camba tampoco se dejaba fotografiar. Se daba la penosa circunstancia de que su persona y su personaje tuvieron que compartir rostro. Así que obligado a hacerse un retrato para la publicidad, evitaba la ocasión improvisada y el objetivo de los amateurs. Para la foto del tipo aquel que escribía unos artículos llenos de humor e intención, elegía el estudio de un maestro, preferiblemente el del mejor, Alfonso, que entendía y satisfacía el encargo. De manera que la imagen que encabeza este texto constituye una rareza verdaderamente insólita. Se diría que la foto y el pie de foto fueron una idea de Camba. Cuando se le ocurrió el pie, accedió a la foto; por una vez, con generosidad y sin retribución, el personaje se mostraba y se explicaba. 

Cráneo previlegiado


Vuelvo a ocuparme de un cráneo, en este caso, el de Schiller. A estas alturas, alguien podría sospechar en la nueva afición de este blog por las reliquias óseas el propósito de hacer la competencia a la genial Nieves Concostrina. Nada más lejos de mi intención. Pero es que, curioseando en la hemeroteca, me ha salido al paso un artículo digno de figurar en una antología de la esqueletomaquia. Fue publicado en el diario El Regional, de Lugo, el 23 de mayo de 1912:

“En la sepultura había setenta cráneos, el profesor Von Froslep los reconoció, y dijo: ‘Éste es’. Tratábase del cráneo de Schiller, el gran dramaturgo alemán, que, en popularidad, rivalizó con Shakespeare, el gran dramaturgo inglés. Un Congreso de anatomía se reunió en Munich y declaró auténtico este cráneo, que el profesor Von Frosiep presentaba victoriosamente.

Se tributaron honores al cráneo en cuestión; se guardaba en preciosa vitrina, por ante la cual desfilaban los alemanes piadosamente emocionados; era una reliquia, la bóveda protectora de un cerebro excepcionalmente sensible; este cerebro, vibrante armónicamente conmovió al mundo; y pues no quedaba del hombre otra cosa que el recipiente craneano, los alemanes adoraron en los huesos, descubiertos en hora feliz por el sabio y erudito profesor.

Los alemanes triunfaban de los ingleses en algo. Si de Shakespeare sólo quedaban las obras que aplaudimos todos aún hoy, de Schiller quedaban las obras y el cráneo: algo material.

Pero he aquí que sale ahora otro profesor, alemán también, para mayor desdicha, el profesor Von Welker de Halle, el cual demuestra que el cráneo dicho es apócrifo. No es, ni pudo ser, del gran Schiller. Las razones en que apoya su aserto parecen ser de una lógica aplastante, de un rigorismo científico que no deja lugar a dudas.

Mis lectores, sin duda, creerán que el asunto es de poca importancia. También lo creía yo; pero es el caso que los periódicos ingleses lo han comentado con tanto desdén y tanta ironía que los alemanes se han enfadado. Aquellos de deducción en deducción, llegan a burlarse de la ciencia misma en que los alemanes pretendían sobresalir. Esa monumental plancha de los anatomistas germanos les sirve para restarle prestigio a la misma cirugía. ‘¡Oh, jóvenes médicos que, recién salidos de las aulas, vais a Alemania, sabed cuán torpes son los alemanes en anatomía, base de la cirugía: los alemanes, las eminencias anatómicas de Alemania no saben distinguir el cráneo de Schiller de un cráneo vulgar’.

Los periódicos alemanes contestan a los ingleses airadamente y aún parece que el mismo emperador, cuyos talentos enciclopédicos le reconocemos todos, se enfadó también y para vengarse ideó construir un par más de acorazados. Esta es la réplica mejor. ‘A falta de un cráneo auténtico de Schiller tendremos dos barcos provistos de cañones rayados cuya autenticidad no podrán los ingleses negar. Y si persisten os ingleses en reírse de nuestros cráneos veremos si se reirán de nuestros cañones.

Es este un modo singular de derivar las discusiones; pero es eficaz. Los ingleses lo han comprendido en seguida y han dejado en paz el cráneo. Se ha cerrado la discusión.

Y es esto lo interesante, la moraleja. Creímos que cerrar las discusiones a puñetazo limpio era cosa propia de brutos; los hombres racionales no admiten más fuerza que la de la razón. Nos equivocábamos. Este cráneo apócrifo lo demuestra. Continuamos dándonos recíprocamente con la cabeza y vence el que la tiene más dura”.


Nadie ignora que el mundo no es una paradoja, ni tampoco una controversia; es un esperpento. Así, la única réplica posible a este artículo y su moraleja es la que pronunciaría el borracho de Luces de bohemia contagiando la curda a las vocales: “¡Cráneo previlegiado!”.

Curioseando en la hemeroteca. Por esencia, presencia y potencia



"Antes, los que escribíamos crónicas en aquel Liberal del llorado y entrañable D. Alfredo Vicenti, por ejemplo, no sabíamos disimular un gestecillo pedante y vanidoso -excúsenos el que teníamos veinte años- ante todo lo que no fuera una columna de prosa más o menos lírica o más o menos filosófica; pero siempre enjaretada a exaltar el arte por el arte y la literatura por la literatura.

[...] Creíase entonces, o creíamos la mayoría de nosotros, que sólo la crónica puramente literaria tenía importancia y trascendencia, y mirábamos con aires de desdeñosa suficiencia la labor periodística -a la sazón muy inferior a la actual, verdaderamente- de los reporteros en las redacciones.

Hoy, sin embargo y sin duda, la mayor amenidad de los periódicos suele estar en la fuerza de su reporterismo. ¿Qué es entonces lo que ha ocurrido aquí? [...]

Es que muchos escritores excelentes se han orientado resueltamente desde los periódicos -y este es el moderno sentido del periodismo- por los caminos, menos fáciles de lo que parece, de la información sensacional y del reportaje novelesco. Es que muchos de los directores de los diarios de hoy -aparte de ser literatos hechos y derechos- son, sobre todas las cosas, eminentemente periodistas, periodistas por esencia, presencia y potencia. Y saben bien que un periódico no ha de ser sólo una cátedra política, ni literaria, ni filosófica, sino, al mismo tiempo, una fuente inagotable y caudalosa de amenidad, de interés, de información".

Curioseando en la hemeroteca


La hemeroteca es algo así como un frigorífico que guardase yogures caducados. No me refiero a un frigorífico cualquiera, al nuestro, que abrimos un día para descubrir con sorpresa que se ha cumplido, semanas atrás, la fecha estampada en la tapa del yogur; entonces, por muy anarquista que sea nuestro espíritu, obedecemos la tiranía del calendario, desalojamos los tarritos de la nevera y los enviamos a la basura. No, la hemeroteca es un lugar completamente extraño, como un frigorífico en el que almacenásemos yogures y sólo yogures y a sabiendas de que están caducados. Vamos a la nevera y, en lugar de desalojar la mercancía pasada, nos la zampamos. Eso hacemos en la hemeroteca: comernos los periódicos después de la fecha de consumo preferente que viene indicada en la cabecera.

Este régimen alimenticio tiene, sin duda, algunas contraindicaciones. Puede muy fácilmente pasarnos lo que a aquella vieja retratada por Larra, que, leyendo de cabo a rabo la Gaceta, llegó a acumular tal retraso que en 1929 todavía iba por los ejemplares del año 23. El perseverante ejercicio consiguió hacerle olvidar cuál era su tiempo y tomaba por noticias de última hora lo que había sucedido seis años antes, así la llegada liberticida de los Cien Mil Hijos de San Luis: “¡Ay, señor de mi alma! ¡Bendito sea Dios, que ya vienen los franceses, y que dentro de poco nos han de quitar esa pícara Constitución, que no es más que un desorden y una anarquía!”. Lo que para ella fue una gran alegría puede ser para nosotros un inmenso disgusto. El regocijo o la desolación dependerá de los sabores apetecidos por el paladar de cada cual. Que si piña o frutas del bosque, podrían discutir, pero concuerdan en que el yogur es perfectamente apto para el consumo y que de caducado, nada.

Ahora bien, el más fenomenal de los sobresaltos viene cuando a la salida de la hemeroteca, haciendo el supremo esfuerzo de restituirnos en nuestro tiempo, cogemos el periódico del día en curso y descubrimos que ciertos asuntos que reclaman su novedad en grandes titulares son, en realidad, más viejos que la catana y que nos venden como recién elaboradas ciertas prosas periodísticas que tienen el sabor agrio y descompuesto del yogur pasado de fecha. Se dirá que es una aberración eso de encontrar más apetecible el yogur oficialmente caducado que el recién comprado; y seguramente es así.

En cualquier caso, lo cierto es que la visita a la hemeroteca suele ser muy entretenida, demasiado. Uno se acerca a las hojas amarillentas de los periódicos viejos con un objetivo definido de antemano y muy concreto. Y al paso, le salen textos y firmas, fotos y caricaturas, folletines y folletones, modas y modismos, publicidades y propagandas, querellas políticas y todo tipo de enredos, que por cualquier motivo peregrino llaman nuestra atención y la distraen del empeño inicial. Abro esta nueva sección, Curioseando en la hemeroteca, para meter esos materiales con los que me voy topando de forma azarosa. Sin comentarios y sin otro propósito que el de evitar que terminen enterrados y olvidados entre otros papeles que acumulo y acumulo debido a una perversión patológica que, por mucho que la disfrace, tiene mucho que ver con el síndrome de Diógenes.

**********

La primera entrega está dedicada a esa vieja obsesión que todavía no me ha caducado y que se llama Julio Camba. Ya lo he dicho y lo repito en mi descargo: no lo busqué yo, me encontró él. Se trata de dos retratos del periodista debidos a Sancha y que fueron publicados por la prensa madrileña en la década de los veinte del siglo pasado. En ambos Camba luce esa media sonrisa que también ponía en sus textos.




**********
 
Publicado en La Esfera con este pie:
Supuesto banquete al escultor Miranda.
Dibujo humorístico de Sancha.
(De izquierda a derecha).- En primer término: Enrique de Mesa, Julio Camba, Sebastián Miranda, Luis de Tapia, Palma, Juan Cristóbal.-
 En segundo término: Belmonte, Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Penagos, Sancha, Bagaría, Antonio Robles, Palencia, Miguel Nieto, Romero de Torres y Tovar.


**********

Por su parte, Julio Camba dedicó a Sancha este artículo publicado en 1959.