Los calzones de Bonafoux




Bonafoux vistió su genio y figura con la distinción estrafalaria que le dictaba una inmensa heterodoxia y una paupérrima cartera. Él mismo contó una anécdota de juventud, del tiempo en que vivió en Salamanca intentando terminar sus estudios, que permite hacerse una idea de su estrambótica facha y de la arrogancia con la que la paseaba:

«Para ir a Salamanca, debí empezar por vestir o de charro, que es el traje provinciano, o de cura, que es el traje nacional; pero no pensé en ello, y allá me fui con lo que usaba, un traje caqui, que tenía perspectivas de tela de jergón. Este traje, que ya había dado ‘el golpe’ en Madrid, causó una revolución callejera en Salamanca. Charros con bombachos, presbíteros con manteos y mozas con sayagüesas, iban procesionalmente detrás de mí, comentándome los zancajos.
   […] Casi me hallaba decidido a abandonar mi escandaloso traje, cuando en la concurrida calle de la Rúa empezaron a vocearme desde un balcón. Miré, y vi a unas guapas señoritas que entre risas y grititos decían:
   ―¡Vaya unos pantalones!... ¡Si parecen sacos de patatas!...
   Como no recuerdo haber disgustado, al menos a sabiendas, al bello sexo, miré hacia el balcón y llevándome las manos a la pretina dije a las señoritas:
   ―¿No les gustan?... ¿Quieren que me los quite?...
   Y como no contestaron, y el que calla otorga…, me los quité.
  Hubo gritos atroces, exclamaciones indignadas, huyeron despavoridas las señoritas del balcón, cerrando con violencia la cristalera, aunque sin dejar de mirar a través de los visillos, protestó un comerciante, gruñó un perro, y hasta un cura quiso morderme…
   Esta actitud mía, desconocida en el país, actitud que pudiera denominarse ‘de calzón quitao’, dio un resultado maravilloso. Nadie, desde entonces, volvió tomarme el pelo de la ropa. Moraleja: en España, dígase lo que se quiera, se pueden aclimatar toda clase de costumbres si el innovador y perseguido, tiene… el valor de sus calzones…».

Véase la foto de arriba, traída aquí como prueba de que Luis Bonafoux nunca perdió el valor de sus calzones. Lo mantuvo incluso cuando el tiempo desmintió su insolencia juvenil: en estos lares no se toleran las rebeldías indumentarias y mucho menos las desnudistas. Las señoritas hipócritas se escandalizan, los tenderos patalean, los perros policía gruñen, los clericanallas muerden y,  dígase lo que se quiera, a un periodista de apellido francés y pantalones de jerga inglesa no le queda otra que salir corriendo. Para evitar procesos judiciales, prendimientos y prisiones ―porque "en tierra de Weyler y Maura, mi casa es la cárcel pública"― se marchó a Francia. Allí, según la versión romántica que ofreció Blasco Ibáñez, no desentonaba en el paisaje urbano: "El ancho pantalón a cuadros, la corbata llamativa, la chistera de alas planas con cinta de terciopelo, le dan el aspecto de un original de los que pululan en el Barrio Latino". Pero la verdad es que su vida no fue la de un boulevardier: malvivió en el campo de Asnières escribiendo "a calzón quitao" e intentando remediar su miseria con los pocos francos que los hermanos Garnier le pagaban por la traducción de libros sobre velocípedos. Terminó muriendo en Londres. Dicen, y podría ser así, que fue enterrado en el cementerio de Kensal Green. No hay crónica de aquel día londinense en la prensa madrileña, que andaba ocupada en lo de siempre, en contar a las señoritas, tenderos, perros policías y curas que España era "una balsa de chufas".

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