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Wenceslao Fernández Flórez y "O terror vermelho"



 


Wenceslao Fernández Flórez confesaba en el colofón a la primera edición de Una isla en la mar rojo que su escritura le había ocupado el mes de enero de 1939. «¿Únicamente un mes para rellenar las casi quinientas holandesas que afora esta larga novela, la más extensa indudablemente de las escritas por su autor?», se preguntó José-Carlos Mainer con un punto de incredulidad. Sí, un mes le pudo bastar perfectamente si se tiene en cuenta que reaprovechó una serie de textos anteriores publicados en el periódico lisboeta Diário de Notícias. Aquellas crónicas, más otras cinco inéditas, fueron recogidas poco después en el libro O terror vermelho (Lisboa, Emprêsa Nacional de Publicidade, 1938, trad. de José Augusto). El conjunto constituía un detallado relato de las peripecias vividas por Fernández Flórez en Madrid durante el primer año de la guerra civil: «Pela primeira vez na mina vida de escritor vou ser, eu propio, tema dos meus escritos, e reconheço que começo êste trabalho com a inquietação de quem aborda um assunto a que não está habituado». El escritor coruñés también había subrayado el acusado carácter autobiográfico de Una isla en el mar rojo: «No sé clasificar este libro. ¿Novela? Pero él es más bien hijo de mi memoria que de mi fantasía […]. Una fábula, en fin, que, ciertamente, no fatigó demasiado a la imaginación». Por su parte, la crítica ha reparado en la filiación periodística de la obra: para Eugenio G. de Nora, pertenece al «género intermedio de crónica»; para Andrés Trapiello, se trata de una «novela-reportaje». Sin embargo, ha pasado inadvertido hasta qué punto el contenido y el estilo de Una isla en el mar rojo son deudores de O terror vermelho, un libro poco conocido quizás porque nunca fue traducido al español ni incluido en las obras completas del autor editadas por Aguilar.

Si el abogado Ricardo, protagonista de Una isla en el mar rojo, huía de los milicianos que lo perseguían por haber ejercido la acusación en la causa contra los asesinos de un miembro de las Juventudes de Acción Popular, Wenceslao Fernández Flórez se sintió igualmente acosado: «Nos meus comentarios às sessões parlamentares [sus célebres Acotaciones de un oyente] tinha ferido muitas vaidades, fustigando aquêle rebanho de advogadotes e de viderinhos enfatuados. Não era precisa uma sagacidade excepcional para comprender todo o perigo que para mim representava uma visita dos que se dedicavam a purificar a sociedade com as suas pistolas». Al saber en peligro su vida, el periodista se procuró refugio en distintos domicilios y en las legaciones diplomáticas de Argentina y Holanda. Muy similar es el periplo por Madrid del protagonista de Una isla en el mar rojo. Muchas de las anécdotas y digresiones que aparecen en la novela constituyen una mera reelaboración de sucesos y reflexiones ya presentes en las crónicas portuguesas; además, no pocos de los pasajes de O terror vermelho fueron incorporados a la novela de forma íntegra y literal.

En ambas obras se encuentran referencias a la tensión expectante que imperaba en Madrid desde el asesinato de Calvo Sotelo; a la quema de iglesias; al temor a ser denunciado como fascista por el portero o el personal de servicio, y a la importancia que de pronto adquirió tener el carné de alguno de los partidos del Frente Popular o de algún sindicato, verdaderos salvaconductos en el Madrid en guerra. Las dos obras también comparten las descripciones de la inmediata modificación que sufrió el paisaje humano en las calle madrileñas, tomadas por milicianos que hacían ostentación de sus armas y que se bautizaban con nombres «que copiavam as devoções totémicas dos índios do cinema ou dos folhetins a fascículos, e esgotavam nessa nomenclatura a escala zoológica». Los saqueos realizados en nombre de la Unión de Hermanos Proletarios, la violación de archivos y bibliotecas personales, los registros, detenciones, el funcionamiento de las checas y los «paseos» ocupan muchas de las páginas de O terror vermelho y de Una isla en el mar rojo, así como los pormenores de la vida claustrofóbica de los asilados en las legaciones diplomáticas. Wenceslao Fernández Flórez se recordó incapaz de ocupar las horas de reclusión leyendo una semblanza histórica de María Antonieta que cayó en sus manos o escribiendo: «Era inútil que o filósofo quisesse aperfeiçoar as suas teorias, era inútil que o novelista tentasse tecer o enrêdo da su futura obra». Hasta los detalles más menudos son trasladados a la novela: Ricardo tampoco puede avanzar en la lectura de la biografía de la esposa de Luis XVI escrita por Stefan Zweig, inevitablemente turbadora en aquel contexto. 

Quizás una de las diferencias más notables entre la novela y las crónicas periodísticas es que algunas de las alusiones, de una virulenta animadversión, a personajes de la política republicana que figuraban en O terror vermelho desaparecen en la novela. Por ejemplo, son expurgados los durísimos comentarios dedicados a Ángel Galarza, Largo Caballero, García Atadell, Belarmino Tomás, García Oliver, y la alusión a Margarita Nelken, que destilaba una evidente inquina misógina, antisemita y xenófoba.

Para el lisboeta Diário de Notícias, una de las más entusiastas plataformas propagandísticas que los sublevados españoles encontraron en el Portugal de Oliveira Salazar, los artículos del periodista coruñés poseían un indudable valor. Wencesalo Fernández Flórez era perfectamente consciente de ello, pero prefería enfatizar la dimensión testimonial de sus crónicas: «Eu sou um homem que digo a verdade sem intenções ocultas, sem pensar que posma servir para um fim político, sou como o que apresenta a fotografia de um objecto». Resulta patente el esfuerzo de Fernández Flórez por ceñirse al relato de su propia peripecia y, desde luego, los juicios y exabruptos políticos no llegan a componer un análisis de las causas que condujeron a la contienda civil. De alguna manera él mismo lo había anticipado en vísperas del estallido de la guerra: en los artículos «Literatura política» y «El redactor de sucesos», publicados en abril de 1936 en ABC, se lamentaba de que hubiese terminado el tiempo de la crónica política y llegado la hora de la crónica de sucesos. Pero en la guerra no es posible ninguna forma de periodismo, tal vez ni siquiera la crónica de sucesos, porque cualquier intento quedará transformado en propaganda de atrocidades o confundido con ella. 

[Publicado en heraldodemadrid.net]

[«O terror vermelho y Una isla en el mar rojo: La guerra civil en la obra periodística y literaria de Wencesalo Fernández Flórez», texto íntegro de la intervención en el Congreso O home que quixo crear. Literatura, xornalismo e cinema na obra de Wenceslao Fernández Flórez, A Coruña y Cecebre, 20-21 octubre de 2016] 

El aliento épico de una falsificación



http://www.triunfodigital.com/mostradorn.php?a%F1o=XXVII&num=504&imagen=57&fecha=1972-05-27


En abril del año pasado el Laboratorio Rivas Cherif de investigación teatral puso en escena durante unos pocos días una adaptación de El laberinto mágico. Como no podía ser de otra forma, el montaje estaba obligado a condensar los seis volúmenes de Max Aub en unas pocas escenas. Una de ellas se correspondía con el primer capítulo de Campo de sangre, aquel en que el juez José Rivadavia y el médico Julián Templado acaban de presenciar el fusilamiento de tres hombres en el castillo de Montjuïc. «Un fusilamiento es algo muy desagradable; tres, todavía se pueden aguantar»: Max Aub introduce así al lector en la conversación entre ambos personajes. El montaje teatral prescindía de la frase o de cualquier otro recurso escénico que provocase nada más comenzar, a bocajarro, un malestar similar. La estrategia se repetía una y otra vez. Bien fuese por los pasajes seleccionados o por el tratamiento que recibían, en muy pocos momentos la obra conseguía transmitir al espectador esa hiriente sensación de fatiga, agobio y angustia que acompaña al lector de los libros.  

Aquella representación, un ensayo abierto al público, que al parecer aplaudió el resultado al concluir la función en unas encuestas escritas, ha pasado a formar parte de la programación regular del Centro Dramático Nacional y se puede ver estos días en el Teatro Valle-Inclán. De hacer caso a las declaraciones de Ernesto Caballero, su director, el montaje no ha cambiado sustancialmente: “No queríamos en absoluto hacer una suerte de escenas yuxtapuestas, sino lograr una coherencia interna, que le otorgase el carácter de odisea de la Guerra Civil, el aliento épico que el propio Max Aub quiso proporcionar a sus seis novelas”. También en su día Antonio Muñoz Molina defendió que las obras estaban “llena[s] de empuje épico y de melancolía”.

Es muy fácil provocar la emoción del espectador a través la épica y la melancolía, pero ellas solo se encuentran en la versión, peor que edulcorada, falsificada del original. La epopeya requiere héroes y, como sostuvo Octavio Paz, «la tragedia de Max Aub no tiene héroes». Lo dijo a propósito de San Juan, pero sirve también para El laberinto mágico, donde cualquier atisbo épico queda nublado de inmediato, porque los personajes tienen sombras y viven y mueren en lo oscuro que todo lo tizna. Por eso mismo, no hay melancolía. Toda la obra de Max Aub, absolutamente toda, está exenta de ese sentimiento blando y dócil. En los Campos hay dolor, angustia, el aullido de las blasfemias, la impotencia de saber cumplido un designio que no era ineluctable, traición; no comparecen unos y otros, porque todos son unos, los mismos, renegridos y sucios, entrematándose; está la vida en vilo y los personajes desaparecen para reaparecer en otro libro del ciclo, o no, nunca hay certeza; está la muerte que llega de repente, sin anunciarse, con una frase seca, sin epílogo; todo está dislocado, descoyuntado, desquiciado, también la estructura de la narración. Siendo así, la decisión formal de evitar «una suerte de escenas yuxtapuestas», de procurar al relato una «coherencia interna», debió ser el paso imprescindible para burlar a Max Aub y hacer de él un escritor templado de panfletos épicos y suavemente melancólicos. Un laberinto ordenado y coherente no es un laberinto. Los responsables sabrán cuál era la necesidad, más cuando Aub no precisa mediadores ni adaptaciones, porque es el dramaturgo de, entre otras, la tragedia San Juan, que llegó al María Guerrero en 1998 en un espectacular e inolvidable montaje, o De algún tiempo a esta parte, que solo requirió a una actriz formidable como Carmen Conesa en la puesta en escena que, a principios de este mismo año, se pudo ver en la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español.

Arqueología de las trincheras


http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/2006/11/30/pagina-13/53462002/pdf.html


 
El hombre de la fotografía es Albert Varoquier, un vecino de Massiges. En 2006 tenía 80 años y labraba la misma tierra que un siglo atrás estaba rajada por las trincheras del frente del Marne-Argonne. Lo que Albert muestra son algunos de los restos que la Primera Guerra Mundial dejó allí enterrados y que él fue exhumando durante las últimas décadas. Quim Roser toma la fotografía y el periodista Plàcid Garcia-Planas se demora en la enumeración de la quincalla en el reportaje que escribió para La Vanguardia, luego recogido en el libro La revancha del reportero: «Un paquete entero de cigarrillos alemanes, un montón de periscopios de cuatro metros de altura, incontables bombas de todos los tamaños, una trompeta chafada, decenas y decenas de fusiles oxidados, decenas y decenas de cascos medio carcomidos, muchas botellas, braseros de ambas trincheras para calentarse, […] todo tipo de picos, todo tipo de palas, un pedazo de bicicleta militar inglesa, un trozo de camilla, aparatos para vendar los brazos. Una armónica alemana…». Y unos párrafos después, todavía más: «Una bala clavada en la hebilla de un cinturón francés, una caja de betún alemán, el pincho de un casco alemán atravesado por una bala francesa, un peine francés para mostacho, un peine para mostacho alemán, una bala francesa atravesada por una bala alemana, una bala alemana atravesada por una bala francesa…». El «estómago de las trincheras» también vomitó «latas enteras con las pastillas de caldo en su interior, potes con sus granos de café, cajas de confitura que los alemanes robaron en Bélgica, latas intactas de kraben gelé, una lata de sardinas de la marca Clovis la Gauloise ¡con las sardinas –secas– todavía dentro!...».

Este amasijo de bártulos y cachivaches es lo que queda de la guerra en el mismo lugar en el que Gaziel vio morir, el 13 de septiembre de 1916, a las cinco y media de la tarde, a un soldado francés, a uno de tantos, a uno más de aquellos hombres tomados, también ellos, por morralla. Este revoltijo de plomo y herrumbre es, dice Garcia-Planas, «la chatarra de la historia», «las virutas de la hecatombe». Y en la chatarra ignorada por la historia es donde revuelve el periodismo para hablar de los hombres sin nombre, por ejemplo, de aquel poilu que va a morir buscando una salida en el laberinto de las trincheras. Gaziel pudo contar el azar absurdo de su muerte porque escribía a ras de suelo, ofreciendo la perspectiva opuesta a la «visión astral, fuera de geometría y de cronología» de Valle-Inclán en La media noche, un experimento que él mismo admitió fracasado. Garcia-Planas pudo, cien años después, en un ejercicio de arqueología, poner nombre al poilu: se llamaba Victor Guyon y está enterrado en el cementerio de Le Pont de Minaucourt.

Es frecuente encontrar en las crónicas de Plàcid Garcia-Planas los objetos que la guerra deja tirados en el suelo. Como «corresponsal de guerras muertas», detalló los desechos que guardaba el cobertizo de Albert Varoquier y describió el polvo, las telarañas y los restos de botellón en la tumba de Gavrilo Princip en Sarajevo. Como «corresponsal de guerras vivas», encontró el envoltorio plateado y abierto de un condón entre doce viejos tanques soviéticos en Kandahar o el póster roto anunciando en árabe perfumes para princesitas no muy lejos de donde asomaba el cráneo de un carnero. «¿Por qué en el fragor de las batallas siempre aparecen este tipo de objetos empeñados en subrayar el sinsentido humano?», se pregunta el reportero en Como un ángel sin permiso. No es eso lo que turba a algunos de sus lectores, sino el condón; incomodados, incluso escandalizados, dudan de la pertinencia del detalle en la crónica y se preguntan si cambia la percepción de la guerra. El reportero les contesta en el prólogo de Jazz en el despacho de Hitler: «El envoltorio abierto del condón, y la descripción de su lugar exacto en el mundo, no cambia la percepción de la guerra. Es parte de la guerra». Hace algunos años, Garcia-Planas expuso en el centro Arts Santa Mònica algunas piezas cobradas a la guerra, objetos de la colección que ha ido reuniendo en los escenarios de las guerras pasadas o contemporáneas que visitó, la chatarra arqueológica que explota en sus reportajes diseminando la metralla de la ironía o la paradoja.

No es de extrañar, entonces, que haya llamado la atención del periodista el libro Volver a las trincheras. Una arqueología de la guerra civil española, recientemente publicado por Alianza Editorial. El pasado domingo dedicaba dos páginas en su periódico a la obra de Alfredo González Ruibal, arqueólogo del CSIC, que enhebra un relato de lo que sucedió en distintos campos de batalla de la guerra civil y en algunos centros de represión de los primeros años del franquismo, como Castuera, a partir de las piezas recobradas en las excavaciones realizadas: cartuchos, casquillos, granadas, restos de todo tipo de munición, botones, calzado, hebillas, monedas, insignias, latas de sardinas, de atún, de leche condensada, vidrios de botellas de anís, jerez y vino, escudillas de rancho, envases de vitaminas y medicinas, cepillos de dientes y dentífrico Myrurgia, restos ilegibles de un periódico…


 
En la localidad leridana de Raïmat, el equipo de González Ruibal también desenterró el esqueleto de un soldado republicano, encontrado en la exacta posición en la que cayó abatido dentro de su trinchera. Sus restos y los de sus pertenencias permiten recuperar alguna información sobre él y sobre su muerte; los avatares de su exhumación, además, suscitan al historiador una reflexión crítica sobre la complicada ley catalana sobre restos humanos de la guerra civil: «Tan complicada que, al contrario que en la mayor parte de las comunidades autónomas, en Cataluña prácticamente no se han realizado exhumaciones. […] La Generalitat defiende su manejo del tema como una forma de evitar la manipulación (que, según ellos, se sufre en el resto del Estado). […] Para entender la actitud de la Generalitat, es conveniente recordar el carácter de la Guerra Civil en Cataluña. Aquí se produjeron, o reprodujeron, pequeñas guerras civiles que dividieron a la sociedad catalana entre nacionalistas españoles y catalanes, nacionalistas de derechas y de izquierdas, patronos y obreros, comunistas y anarquistas. Los asesinatos cometidos en zona republicana fueron escandalosamente elevados: más que duplicaron las ejecuciones llevadas a cabo bajo el régimen franquista. Es comprensible, que el Gobierno nacionalista no esté muy interesado en enzarzarse en polémicas que en última instancia pueden llevar a crear fisuras en la sociedad. En el fondo, su actitud es semejante a la de los conservadores en el resto de España».

González Ruibal añade que las leyes de memoria histórica no contemplan la posibilidad en la que se encontraba su equipo en 2011, la de localizar restos humanos en una excavación arqueológica. Según la legislación, que no distingue este caso y el de la exhumación de fosas de represaliados, estaban obligados a comunicar el hallazgo al Memorial Democràtic y éste debía enviar a un antropólogo. «Eso es una injerencia en la labor investigadora difícil de admitir», denuncia el arqueólogo antes de añadir: «Cuando el representante del Memorial llegó no le hizo ninguna gracia que hubiéramos realizado la exhumación. Menos gracia aún les hizo a las autoridades que divulgáramos nuestro hallazgo en los medios. Por lo visto, en opinión de algunas autoridades, la sociedad aún no está madura para recibir noticias de este tipo». El Memorial se hizo cargo de los restos y, por su parte, la Generalitat declinó la oferta del CSIC de realizar el análisis antropológico y «decidió encargar (y pagar) el estudio a alguien. Según el protocolo, la exhumación debería haberla realizado también una empresa privada. La diferencia entre que el estudio lo hiciéramos nosotros en vez de la Generalitat, además del gasto, habría sido la accesibilidad. Todos nuestros informes se encuentran disponibles en el repositorio institucional del CSIC». Los restos del soldado fueron enviados finalmente al memorial de Camposines. Este y los demás centros gestionados por el Consorci Memorial dels Espais de la Batalla de l’Ebre, dependiente del Memorial Democràtic, comparten «la misma narrativa supuestamente apolítica», que González Ruibal cuestiona: «Esto se presenta como una superación del conflicto, pero ¿lo es realmente? Ya señalé […] mi desacuerdo con que un conflicto político, como fue la Guerra Civil, se convierta en una catástrofe natural, en la que todo el mundo es víctima y no hay responsables: un pasado, en fin, sin ideologías. A los políticos, al contrario que a los historiadores, no les suele interesar mucho ir a las causas de los fenómenos históricos: nunca se sabe lo que se puede descubrir. Prefieren monumentos abstractos a valores con los que todos podemos identificarnos fácilmente (como la paz o la reconciliación), pero que no significan nada fuera de contexto».

El trabajo arqueológico de Alfredo González Ruibal y el periodismo de Garcia-Planas comparten una acusada sensibilidad para escuchar los relatos sobre los hombres anónimos que cuenta la chatarra despreciada por la historia que se escribe a sí misma con mayúsculas. El periodista que encontró el nombre de un poilu muerto en 1916 entiende la necesidad que tuvo el equipo de González Ruibal de poner nombre al soldado de Raïmat; aunque nunca se sabrá el suyo verdadero, lo llamaron Charlie. El libro de González Ruibal dialoga con Garcia-Planas, el periodista que en Belchite escribió: «El tiempo deshuesa el campo de batalla y aparece la más profunda de las informaciones». Volver a las trincheras, además, interpela a Garcia-Planas, nuevo director del Memorial Democràtic. Resulta inevitable leer el artículo del pasado domingo, publicado después de su reciente nombramiento, como un acuse de recibo. Iba ilustrado con una foto, de nuevo de Quim Roser, de una alambrada de trinchera de la Primera Guerra Mundial y del casco de un soldado alemán integrados en el cierre de un campo de cultivo en Macedonia. Garcia-Planas escoge esta imagen, testimonio de lo que los historiadores llaman «pasado no ausente», y menciona en el texto las objeciones que hace Alfredo González Ruibal a la política que levanta museos para los vestigios bélicos en los que se hurta la pregunta por las causas de la guerra: «Nuestro trabajo consiste en invocar fantasmas, con todas las consecuencias que ello trae consigo». Al recoger la cita, Plàcid Garcia-Planas pareciera asumir el discurso en contra de todas las privatizaciones a las que es sometida la memoria.

http://www.lavanguardia.com/internacional/20160313/40391869587/objetos-trincheras-guerras-europeas-alfredo-gonzalez-ruibal.html


No calendario da dor, 17 de agosto


-Asi aprenderán a non ter ideas
Castelao

“Liberteime da morte a agora ando, coa vida a costas, por camiños que endexamáis coidei percorrer. Vai comigo a Santa Compaña dos mártires galegos”. Estas frases foron escritas por Castelao “â luz dunha fiestra ensombrecida por un rañaceos” da cidade de Nova York nos primeiros días do ano 1940. No inicio do seu exilio, Castelao amosaba, unha vez máis, a súa capacidade para pór palabras aos sentimentos e ideas colectivas: neste caso, aos de todos aqueles que se viron obrigados a abandonar Galicia trala guerra civil pola súa adhesión á legalidade republicana de 1931. Os desterrados galegos de 1939 emprenden o camiño -os camiños, como moi xustamente apuntaba Castelao- do exilio coa acusada conciencia de terse salvado da violencia exercida polos sublevados durante a guerra civil e que outros non puideron esquivar. Luís Seoane escribiu en 1969: “[...] vivimos con los muertos. Sí, es verdad, aparte algún familiar, por entonces cayeron algunos de mis amigos más queridos y siempre están conmigo”. A lembranza dos represaliados, daquela Santa Compaña dos mártires galegos, é o perenne recordatorio de que a ditadura franquista aspiraba a exterminar, física e ideoloxicamente, aos seus inimigos, o primeiro paso na súa estratexia para liquidar a súa memoria. Nese sentido, o episodio tantas veces contado de que o franquismo ordenou destruír a partida de nacemento de Santiago Casares Quiroga pódese considerar representativo dunha política de negación da historia comparable á expresada naquel decreto de Fernando VII que en 1823, ao reinstaurar o absolutismo, declaraba o labor lexislativo das Cortes de Cádiz, a Constitución e os decretos aprobados, “nulos y de ningún valor ni efecto, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen del medio del tiempo”. 

A memoria das vítimas da guerra civil non podía deixar de acompañar aos que se viron obrigados a abandonar a terra. Elas lembráballes que o seu desterro, lonxe de ser voluntario, era o único camiño que permitía evitar o cárcere e a represión, salvar a vida. “¡Ai se te pillan a ti, despois de buscarche como che buscaron!”, escribiulle Xerardo Álvarez Gallego en xaneiro de 1937 a Castelao. Polo tanto, gardar a memoria dos asasinados e perseguidos era gardar o recordo dos motivos do propio exilio; era, asemade, un exercicio de resistencia fronte ás pretensións aniquiladoras da ditadura; en definitiva, un xesto de lealdade coas vítimas, entre os que se contaban familiares, amigos e irmáns nas ideas. Nin rastro de van retórica hai nas alusións que o exilio dedica aos represaliados e asasinados. Antón Alonso Ríos –el mesmo “fuxido pol-os montes e perseguido de morte” durante a guerra civil, nunha peripecia que relatou en O Siñor Afranio ou como me rispei das gadoupas da morte– abre, de xeito ben significativo, o seu libro C-o pensamento na patria galega, editado en Bos Aires en 1942, cunha lembranza das vítimas, case unha ladaíña: 

"Que as miñas primeiras verbas, despóis d-un longo silenzo, d-un longo falar calado –soliloquio da concencia–, vaian camiño das vosas foxas. Descansade. Que ôs vôsos corpos envôltos na caricia da Terra, hoxe escrava, chegue o meu alento coma un latexo, fondo, moi fondo, da nova vida que xermola aguiloada pol-o voso exempro, fecundada pol-o voso sangue. Descansade. Que âs vosas almas sereas, que a inxustiza non inqueda, que a calunia non fire, chegue a promesa afervoada que, de xionllos, formula a miña ialma: GALIZA SERÁ CEIBE. Descansade".

Á memoria de Alexandre Bóveda dedicou Castelao Sempre en Galiza e precisamente a data do asasinato de Bóveda, o 17 de agosto, foi a escollida como Día dos Mártires Galegos que, cada ano, conmemoraban os galegos da emigración e do exilio. Pasou a formar parte dun calendario político –“un calendario da dor”, segundo Lorenzo Varela– que tiña no 14 de abril, o 25 de xullo ou no aniversario do plebiscito do Estatuto galego sinaladas datas, todas asociadas á lembranza de Bóveda, pero tamén de Ánxel Casal, Xohán Carballeira, Blanco Torres, Víctor Casas, Xaime Quintanilla ou Martínez Garrido, entre outros, que representaban a todos os que pagaron coa vida o seu compromiso político con Galicia e a República. 

"N-íl –dicía en setembro de 1948 A Nosa Terra, referíndose a Alexandre Bóveda- fican simbolizados os milleiros e milleiros de mártires da galeguidade, os milleiros e milleiros de galegos, pertenecentes a tudol-os partidos republicáns, que deron as suas sagras vidas pol-a República e pol-a Libertade". 

Os actos que conmemoraban a paixón e morte das vítimas do 36 e as declaracións de lealdade coa súa memoria non foron formulismos retóricos nin exercicios dos primeiros anos do exilio que se foran esvaecendo co paso do tempo. Ademais, xunto coas declaracións públicas, máis ou menos grandilocuentes, subsistiu na intimidade do día a día unha dor por veces reavivada. En 1967 Emilio González López, exiliado nos Estados Unidos, ten casualmente noticia da morte do coruñés Juan González del Valle nun campo de concentración nazi durante a II Guerra Mundial e trasládalla a outro exiliado, o escritor Max Aub, quen respondeu dende México: 

"No sabes el gusto que me da recibir tu carta y la tristeza de saber que murió Juanito, aunque auténticamente, ya está hecho polvo. Pero no importa. Quedan los recuerdos, y duelen".

As vicisitudes da guerra e da diáspora tamén tiveron ese efecto: o de obrigar aos exiliados a enfrontarse a un sufrimento involuntaria e estrañamente diferido. 

Unha das claves do significado e valor que a memoria das vítimas da guerra civil tivo para os exiliados queda sintetizada nestas palabras de Castelao sobre o fusilamento de Bóveda: “N-íl víase o futuro da Galiza; por iso o asesiñaron inicuamente”. Manter a memoria era un compromiso co pasado, certo, pero, sobre todo, un compromiso co futuro que a guerra e a ditadura tentou escachar. Os exiliados quixeron cumprir o mandato dos mortos, dos “mártires da espranza” que forman un coro no poema “Cantiga nova que se chama martirio” de Lorenzo Varela para encomendar unha misión: 

"¡Xuntádevos, galegos, 
xuntádevos, hirmáns! 
¡Erguédevos! ¡Erguédevos 
é libertade o chán! 
Facede de Galicia 
un eido pra morar. 
Facede de Galicia 
unha frol xunto ao mar, 
acarón das ribeiras enmeigadas, 
pra darlle arume ao mundo, 
á Libertade, á Paz". 

Aos que invitaban aos exiliados a esquecer, Luís Seoane contestoulles dende as páxinas de Galicia emigrante, en maio de 1957: “Olvidad, también dicen. Pero si olvidamos, ¿qué queda de nosotros y que queda en nosotros de la misma Galicia?”. O exilio foi, antes que nada, memoria. Sabíano ben os servicios de propaganda do franquismo que primeiro se afanaron en presentar aos exiliados como bandidos, delincuentes, ladróns e inimigos da patria, furtándolles calquera dignidade. Co paso do tempo, pretendeuse negar a existencia desa España exiliada, que, coa súa subsistencia, era unha constante acusación contra a ditadura e, ao mesmo tempo, encarnaba un proxecto político de futuro afastado a anos luz do réxime franquista. A memoria fixo imposible o regreso para algúns que, co paso do tempo, tiveron algunha posibilidade de volver. Nese sentido, Amparo Alvajar, nunha carta remitida dende Xenebra a Rafael Dieste e Carmen Muñoz escribía: 

"Resolverme ir alá é moi difícil. Ademais, sigo lembrando entrañabelmente a amigos mortos nas condicións daquela famosa época, e non os podo esquecer, nin podo esquecer o que fixeron con eles. É moi difícil". 

Estas liñas foron escritas en 1970. 

Galegos ao servizo da diplomacia republicana


En xullo de 1936, o político republicano Salvador Etcheverría Brañas foi detido e encarcerado polos sublevados en A Coruña. O primeiro de xaneiro do ano seguinte consegue saír dos cárceres franquistas e fuxir a Lisboa, onde embarcou no buque Iberia rumbo a Cuba. Levaba consigo a memoria dos asasinados: “Los que, con mejor suerte, pudimos alcanzar una triste libertad cruzando la otra orilla del mar, nos impusimos el deber sagrado de luchar incansablemente y sin reposo, hasta restablecer la justicia que tanto anhela España. ¡Mandan los muertos!”. O compromiso cos “hermanos en el ideal, que supieron defender sin claudicaciones una tesis humana” esixía loitar “hasta ganar la batalla decisiva que nos permita reconquistar la República”. Etcheverría Brañas acatou o que sentía como un mandato imperativo e puxo toda a súa enerxía ao servizo da diplomacia republicana. Recrutado polo seu amigo e compañeiro de partido Félix Gordón Ordás, desempeñou durante a guerra civil os cargos de secretario da embaixada española en La Habana, cónsul en Veracruz e encargado de negocios en Santo Domingo e Haití. Sobre as características do traballo dos representantes diplomáticos escribiu:

“En diplomacia el interés de la Nación debe estar condensado en utilizar los esfuerzos de todos los que integran el servicio, sujetos al programa de acción preconcebido, sin tener en cuenta el ejecutor de que su trabajo va a quedar –en la mayoría de las veces– enterrado en el polvo de los archivos del Ministerio, que vale como dejar su gloria en el anónimo”.

O libro Al servicio de la República. Diplomáticos y guerra civil (Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación-Marcial Pons, 2010) reúne os esforzos dun grupo de historiadores por burlar o destino que Etcheverría Brañas cría reservado aos que loitaron pola República na trincheira da diplomacia. Os autores entraron nos arquivos para desempoar os documentos que testemuñan un labor en gran medida descoñecido e esquecido ata agora, o dos servizos exteriores republicanos entre 1936 e 1939. As iniciativas desenvolvidas nas embaixadas no Reino Unido, Francia, Estados Unidos, Suíza, Checoslovaquia, México e a Unión Soviética son obxecto de estudo, como tamén o é a reconstrucción da base organizativa e persoal da carreira diplomática que levou a cabo o Ministerio de Estado, obrigado polo alcance das defeccións dos funcionarios tralo 18 de xullo.

Augusto Barcia, Eduardo Blanco-Amor, Emilio González López, José Almoina, Ramón Martínez López, Andrés Rodríguez Barbeito, Vicente Gómez Paratcha, Álvaro Fernández Suárez, Alejandro Otero e José Calviño, foron algúns dos galegos que traballaron para a diplomacia republicana durante a guerra civil ou colaboraron con ela. A estes nomes cómpre engadir os de Salvador Etcheverría Brañas e Lois Tobío, que deixaron por escrito as súas lembranzas daquela etapa. Etcheverría fíxoo en Eclipse en España. Apuntes del diario íntimo de un diplomático de la República Española, 1936-19...? (Ediciós do Castro, 1989); Tobío, un dos cinco membros da “promoción da República” que se mantiveron leais a ela, en As décadas de T.L. (Ediciós do Castro, 1994; hai tradución ao castelán das pasaxes que aluden ao seu traballo para o Ministerio de Estado: Recuerdos de un diplomático intermitente, Editorial Dossoles, 2003). Ambos testemuños revisten especial valor por seren moi escasas, segundo lembra Ángel Viñas, as memorias dos diplomáticos daquelas horas.

Etcheverría e Tobío poden non ser máis que unha nota a pé de páxina na historia da diplomacia republicana. Pois ben, confeso a miña especial afección por ese tipo de apuntamentos, que se explica por todas as razóns que debullou Anthony Grafton. Pero, sobre todo, gusto das notas a pé de páxina, porque malia a súa aparencia de rexistro de vanglorias eruditas ou de vertedoiro onde relegar e esquecer miudezas, ás veces, nelas caben os homes e as súas vidas co recordatorio de que a súa historia é o motivo polo que nos interesa a Historia, coa chamada incitante a rescatar a súa biografía das marxes dos libros de Historia.

A memoria lucense de Almoina


O lucense José Almoina foi funcionario de Correos, militante socialista, traballador nos consulados republicanos de distintas cidades francesas durante a guerra civil, exiliado en 1939, tradutor, profesor universitario, e autor de varios libros, algún deles dedicado ó humanista Erasmo de Rotterdam, figura pola que se sentía absolutamente fascinado. Este apresurado retrato non permite adiviñar que Almoina ben podería ser a personaxe dunha novela, quizais dunha novela de John Le Carré. Así o revelou o seu tráxico fin: en 1960, foi asasinado a tiros en México. O sensacionalismo das fotografías que amosaban a súa agonía ilustrou na prensa a noticia do suceso, que era o desenlace dunha trama na que estaba encerellada a política, posto que dende o primeiro momento deuse por seguro que o seu asasinato fora executado por sicarios mandados polo ditador dominicano Rafael Leónidas Trujillo.

En efecto, a arañeira na que ía quedar enredado José Almoina comezou a tecerse durante a súa estadía na República Dominicana, a onde chegou en 1939 formando parte da pasaxe de exiliados republicanos españois do Flandre. Alí exerceu como profesor de historia e de lingua e literatura portuguesas. En 1942 converteuse no preceptor do fillo de Trujillo; dous anos máis tarde, entrou a traballar tamén na Chancelería de Relacións Exteriores. Ó cabo, en xaneiro de 1945, foi nomeado secretario particular do ditador. Velaí está o episodio máis escuro da biografía de Almoina, desempeñando un cargo que a un home da súa biografía, exiliado socialista, debería anoxar.

As versións que o presentan como un renegado dos ideais que profesara, como un colaborador leal de Trujillo, por convencemento ou por cartos, non dan unha explicación satisfactoria ós motivos polos que Almoina marchou do país para instalarse en México, pretextando motivos de saúde, en novembro do ano seguinte ó seu nomeamento e tamén restan calquera importancia ó feito de que, a partir de aquel momento, Almoina dera publicidade a documentadas denuncias contra a ditadura dominicana. Así o fixo a través dun informe confidencial que remtiu en 1947 a distintos gobernos e, dous anos máis tarde, publicando baixo pseudónimo o libro Una satrapía en el Caribe. Historia puntual de la mala vida del déspota Rafael Leónidas Trujillo. Tratábase da máis detallada acusación contra o réxime que vira a luz ata aquel momento, pois faltaban varios anos para que o vasco Jesús de Galíndez publicara un avance de La era de Trujillo, a súa tese de doutoramento.

Nun intento de desmentir as sospeitas de que era o autor de Una satrapía en el Caribe, de burlar as ameazas que o libro lle valeron, Almoina escribiu en 1950 Yo fui secretario de Trujillo. Porque a biografía de Almoina pode ser novelesca, pero non foi unha novela; porque Almoina non podía permitirse xogar a ser o secretario Zagallo, autor dun panexírico do Conde de Abraños que resulta, por obra e ironías de Eça de Queiroz, un retrato absolutamente desprestixiador; Yo fui secretario de Trujillo só podía ser unha haxiografía desmesurada ó gusto do megalómano ditador e esa é a única lectura que admite.

Se gardaba algunha esperanza de que aquel libro lle salvara a vida, se lle cabía algunha dúbida sobre os métodos de Trujillo, a desaparición de Galíndez en 1956 despexounas. Daquela, Almoina remitiu dúas cartas á prensa e ás autoridades mexicanas nas que denunciaba a responsabilidade do réxime dominicano no asasinato de Galíndez e desmentía terse prestado de intermediario da ditadura para subornar ó vasco co fin de que interrompera a súa campaña antitrujillista. Almoina sábese condenado a morte. A sentenza foi executada en 1960.

O nome de José Almoina, que ocupou os rechamantes titulares da prensa mexicana en 1960, era o mesmo que a finais da década dos vinte e con modesta tipografía aparecera nas páxinas do diario El Progreso asinando ocasionalmente algúns artigos. Porque a biografía de Almoina comezou en Lugo, onde nacera en 1903, no número 5 da rúa Emilio Castelar, hoxe chamada do Teatro. Era fillo do doutor Almoina Vigil, o primeiro en dispor de aparato de raios X na cidade, colaborador habitual do xornal La Idea Moderna, e presidente do Círculo de las Artes entre 1909 e 1911. Eugenio Granell contou que unha tía de Castelao foi a madriña de José Almoina. E pouco máis que estes datos anecdóticos, xunto co seu ingreso na masonería en 1928, na loxa Lucus núm. 5, é o que se coñece dos seus anos lucenses. Sen embargo, a memoria de Almoina nunca desapareceu da cidade.

En 1977, Ánxel Fole dedicoulle un artigo no suplemento “Táboa Redonda” de El Progreso, logo incluído en Cartafolio de Lugo. Nel evocaba o seu último encontro co amigo, en Benavente en 1931, e a súa filiación socialista. En efecto, aquela vila zamorana foi un dos seus destinos profesionais como funcionario de Correos, onde casou con Pilar Fidalgo e comezou a súa militancia política. Chegou a ocupar o segundo lugar da lista do PSOE en Zamora nas eleccións de 1933, aínda que non obtivo acta de deputado, pero si foi, con 37.499 votos, un dos compromisarios electos pola provincia de Zamora en abril de 1936 para designar ó Presidente da República. De Benavente fuxiu no inicio da guerra civil, frustrando a súa detención, pero non a da súa muller, encarcerada polos sublevados ata ser canxeada por presos en poder dos republicanos.

De Benavente a Lugo tamén viaxou a memoria de Almoina, portada por Claudio Rodríguez Rubio, quen ía deixala en herdanza ó seu fillo, o escritor Claudio Rodríguez Fer, segundo relata este en O muiñeiro misterioso. Rodríguez Fer reservou un dos capítulos do seu libro O mundo lucense de Ánxel Fole a José Almoina e a el, como a outros lucenses ou cidadáns de Lugo vítimas das tiranías, está dedicada a obra editada pola Galería Sargadelos de Lugo. Precisamente neste lugar Rodríguez Fer presentou o pasado mes de outubro o libro de Xurxo Martínez Crespo, publicado por Edicións A Nosa Terra, que aporta nova documentación e reivindica a figura de Almoina. Para a historia queda a biografía daquel lucense que pagou coa vida a súa oposición a Trujillo; para a especulación novelesca, xa ensaiada por Manuel Vázquez Montalbán nalgunha pasaxe de Galíndez e por Mario Vargas Llosa en La fiesta del Chivo, o momento no que Almoina enxergou o seu destino e as conxecturas sobre se aínda tiña algunha posibilidade de zafarse del.


Unha nai nos cárceres franquistas

O 20 de xullo de 1936, só media hora despois de que Almoina saíra de Benavente, un grupo de falanxistas asaltaron a súa casa, escacharon a súa biblioteca e requisaron o seu arquivo. A súa muller, embarazada de sete meses, quedou baixo arresto domiciliario ata que dera a luz. Nove días despois de facelo foi encarcerada xunto coa súa filla Helena. Da terrible experiencia que Pilar Fidalgo compartiu nunha prisión de Zamora con outras mulleres, entre elas, Amparo Barayón, a esposa de Ramón J. Sender finalmente fusilada, prestou declaración, logo de ser liberada, no Consulado de Baiona o 25 de abril de 1937. Aquel testemuño, integramente reproducido por El Socialista en tres entregas durante o mes de maio, foi a base do libro Une jeune mère dans les prisons de Franco, publicado aquel mesmo ano en París por Editions des Archives Espagnoles cun debuxo de Picasso na capa, e que a londiniense United Editorial traduciu ó inglés en 1939. No septuaxésimo aniversario do inicio do exilio que Pilar Fidalgo compartiu co seu marido e cos seus fillos, Xurxo Martínez Crespo rescatou aquel texto de denuncia.

[Publicado en Trasluz Lukus, núm. 7, verán de 2010, páxs. 79-81]

Las lenguas del exilio

El fotógrafo Agustí Centelles fue uno de los exiliados que, en penosas condiciones, se vieron forzados a cruzar los Pirineos en febrero de 1939 ante la inminencia de la entrada de las tropas franquistas en Barcelona. Fue uno de aquellos republicanos que escucharon los gritos de “allez, allez!” de los gendarmes franceses apremiándolos a entrar en la playa de Argelès-sur-Mer, donde con alambradas se había cercado un campo de concentración. Por las anotaciones del diario que Centelles comenzó a llevar poco antes de su salida de España y que acaba de editar Península, podemos seguir su peripecia en aquellos días. En sus páginas queda constancia del dolor por dejar atrás a su familia; del hambre que no podían saciar los mendrugos de pan que fueron el único y escaso alimento probado durante días; de la diarrea y de los piojos, que se ensañaban con los refugiados, y de aquel viento que, por más que nos sea descrito por éste y tantos otros testimonios de quienes estuvieron allí, sigue siendo inimaginable en su torturadora constancia y su inclemente fuerza. A pesar de las terribles circunstancias, Centelles no dejó de hacer apuntes en su diario, que se extiende hasta poco después de su salida, en octubre de 1939, del campo de Bram a donde había sido trasladado a principios del mes de marzo.

Las fotografías que tomó en Bram comparten con su diario una inquebrantable voluntad de dejar, para el futuro, el relato de la experiencia personal y colectiva de los exiliados españoles refugiados en Francia. Y parte de ese futuro era su propio hijo Sergi, entonces un pequeño que todavía no había cumplido dos años. A él dedica un resumen de su vida que comienza a redactar, en el mismo cuaderno que le sirvió de diario, el día 20 de abril de hace exactamente setenta años. Aquel relato arrancaba con una justificación: por qué escribe en catalán.

“Utilizo el catalán para que, sea cual sea nuestra suerte y allá donde estemos tú, tu madre y yo y los otros familiares que puedan vivir con nosotros, tengas el orgullo y la satisfacción de llamarte catalán.
Ya desde este momento te pido perdón por la serie de faltas que puedas encontrar, con el tiempo, a lo largo de este escrito. Yo nunca había practicado el catalán por medio de la escritura. Ahora, desde que estoy en este campo, he recibido innumerables cartas de compañeros y amigos en esta lengua, y no me ha quedado más remedio que contestarles como ellos lo hacían. Lo que acabo de escribir no refleja toda la verdad. Ahora recuerdo que a tu madre, de solteros y luego de casados, contigo ya en el mundo, le había escrito muchas veces en catalán, desde el frente de guerra o desde Lérida, donde yo, soldado de la leva de 1930, prestaba servicio como fotógrafo del Comisariado General de Guerra. Estoy seguro de que en castellano me saldría más redondo, más florido, pero no. Prefiero que tu lectura de esto sea en catalán para que de esta forma te llegue más al alma”.


Lamento citar en castellano estas líneas que hicieron arrepentirme de haber evitado el pequeño esfuerzo que hubiese representado la lectura de la edición catalana de este diario.

La advertencia de Centelles sobre la lengua que utiliza no es, ni mucho menos, banal. Explicando por qué descarta el castellano aclara también qué es lo que impulsa su escritura. Ella no busca la efectividad literaria que le permitiría el castellano. Su testimonio pretende un tipo de eficacia más radical: comunicar la verdad descarnada de su propia alma que sólo podía expresarse en la lengua que hablaba y que sólo ocasionalmente había cultivado antes por escrito, el catalán. Son las palabras en catalán las únicas en las que le resulta concebible la historia de su vida, de sus circunstancias actuales y el retrato de su propia identidad. Sólo a través de ellas es posible la serena afirmación de todo lo que es y ha hecho, de todo aquello que los vencedores de la guerra censuran y de lo que querrían despojarlo, en definitiva, de todo aquello que el exilio no puede derrotar.

El exilio sólo pudo expresarse en su propia lengua, que no fue una. En el caso de Centelles fue el catalán. En el de un hombre que acababa de perder a su padre en Estados Unidos, el gallego. De él tenemos noticia por el cuaderno de notas, fechadas entre 1938 y 1940, de Castelao:

“Cando morreu un galego en Nova York. Embalsamado e pintado. Un fillo, ao verme, esclamou con ledicia: ‘Morreu papá’”.

La alegría a la que se refiere este apunte es la nacida de la posibilidad de expresar aquel íntimo dolor en la lengua de la vida y de la muerte, en la que prestaba las únicas palabras que enunciaban el momento y los sentimientos. “Morreu papá”. Ésas, y ninguna otra, eran las que permitían comunicar y compartir el dolor, las que quizás también proporcionaban una suerte de consuelo.

En los escritores que vivieron el exilio no son infrecuentes las alusiones a él como un medio hostil para la lengua propia. El profesor Vicente Lloréns, interpretando el sentir de aquellos escritores desterrados, que bien pudo ser el suyo propio como exiliado en Estados Unidos, escribió:

“Para todo escritor expatriado, tanto discursivo como imaginativo, la lengua del lugar donde encuentra acogida tiene primordial importancia. En país de lengua ajena se siente cohibido y empequeñecido. Por bien que llegue a dominarla, la espontaneidad con que la emplea cualquiera nacido en el lugar, por poco dotado que esté, le producirá una sensación de inferioridad, y no digamos en presencia de sus iguales en cultura, que pueden permitirse el juego, la sutileza, la originalidad de expresión de que él sólo es capaz en su propia lengua, no en la otra. Añádase a esto la impresión, falsa muchas veces pero que el tiempo puede hacer verdadera, de que en un medio extraño su misma lengua nativa se empobrece”.

En otra ocasión, el mismo Vicente Lloréns, abundando en sus reflexiones sobre la imposición de otra lengua que conllevó tantas veces el exilio y, en especial, de la dolorosa sensación de deterioro de la propia, se preguntaba: “Esta muerte muda, en que el habla se extingue por falta de su natural aliento nativo, ¿a quién puede afectar más sensiblemente que al poeta, cuya razón de vida parece inseparable de la lengua?”.

Los escritores y, singularmente, los poetas del exilio acertaron dar una eficaz expresión literaria al sentimiento por esa “muerte muda”, pero por qué negar que idéntico sentimiento, en absoluto amortiguado, pudo ser albergado por cualquiera de los desterrados de 1939. En la verdad sin galas poéticas de Agustí Centelles en Bram o de aquel gallego anónimo en Nueva York, se encuentra una manifestación tan directa, sincera, sensible y conmovedora, o incluso mucho más, que en otros testimonios literarios sobre la imposibilidad de la renuncia a la lengua que los expresaba. Nada indica que fuese específico del escritor desterrado “el afán –que le atribuyó Vicente Lloréns– de afirmación propia a través de la lengua, con la cual se identifica plenamente; salvarla es salvarse: por eso teme también perderla”. Los expulsados tras la guerra civil, no sólo los escritores, se aferraron a la lengua –a las lenguas del exilio– para salvar de la derrota su propia identidad. La lengua no sólo hablaba por ellos; ellos eran la misma lengua. La fidelidad a las palabras era, en definitiva, la fidelidad a sí mismos y a las causas de su exilio.