
El chocolate es caliente y oscuro como el café, pero hasta ahí llegan las semejanzas. El chocolate adormila el cuerpo y apacigua la conciencia, infunde un vago sopor que reclama una pausa o, mejor, una siesta. Es una bebida doméstica y, ciertamente, domestica y amansa. Aplaca los ánimos, las intenciones y hasta los intentos. Por el contrario, el café tiene una dosis de electricidad que tensa los músculos, aviva la percepción y despabila los atrevimientos. Propaga una cierta celeridad nerviosa al pulso y a la respuesta. Es un excitante que reclama el acompañamiento de otras drogas infamadas por insanas e insensatas, como el tabaco, la conversación, la lectura o la calle. No hay compatibilidad posible entre el chocolate y el café. Se trata de una disyuntiva que exige pronunciarse: mojar el bizcocho del tedio en el chocolate o las inquietudes en el café, reverenciar el vuelo espiritualoide de las sotanas o las enseñanzas terrenales de los maestros laicos, buscar el calorcillo de la mesa camilla o el aire fresco ruando a la intemperie, complacerse en la dócil sumisión o en la revoltosa desobediencia, darse a la mesura conservadora o a la agitación insurrecta, en resumen, chocolate o café. No hay solución intermedia. En la granja M. Viader, Lieschen advirtió que el chocolate era delicioso, pero que su inclinación innata, imposible de reeducar, era el café.
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